lunes, 8 de julio de 2013

TORMENTA EN EL PACÍFICO.

   


 La tormenta los atrapó a las tres semanas de abandonar la Isla Navidad. Fue repentino, el amanecer resultó lánguido, tardío, como si el sol perezoso hubiese decidido darse otra vuelta en su cama de nubes. Luego, la atmósfera durante toda la mañana estuvo densa, pesada... el calor sofocante, era lo normal, navegaban a 180º de longitud este y a 4º de latitud norte, en la zona de las calmas ecuatoriales. Los hombres caminaban por la cubierta medio desnudos, con sólo los pantalones desgastados por indumentaria, a pesar de que navegaban con las bodegas llenas, a pesar de que tenían balas y balas de algodón no disponían ni de una vara de dril para confeccionarse ropa de repuesto.  



             
Aquel mediodía no pudieron medir la latitud, el sol no apareció por el horizonte, y ni siquiera mediante la estima pudo calcular su posición. En el laberinto de islas que poblaban el Pacífico central la falta de precisión podía ser causa de un naufragio, un error de unos pocas millas podía llevarlos a sotavento de alguna isla, de algún atolón impidiéndoles escapar de la atracción de la corriente. Su única esperanza que con las estrellas tuviesen más suerte y al anochecer brillasen en el firmamento justamente en la posición correcta. Por lo demás hacía muchísimo calor, un bochorno infernal que obligaba a los hombres de la guardia a acercarse a menudo al barril del agua para refrescarse.




Pero el tiempo no mejoró, cuando la oscuridad creció por el este, las nubes plomizas cubrieron el cielo tragándose los rayos del sol. Y lo hicieron rápido, de un momento para otro, lo que antes era blanco brillante se convirtió en una compacta masa gris y negra, imposible distinguir la línea de separación entre cielo y mar. Fue tan rápida su aparición y tan pacífica que no resultó amenazadora, los vientos se mantenían con una fuerza que empujaba a La Victoriosa a unos escasos cuatro nudos. Aparentemente no había ningún peligro en ciernes y sin embargo, los hombres desocupados deambulaban por la cubierta superior escudriñando el horizonte, ningún petrel, ningún albatros distraía su espera, ni siquiera la estela acuchillada de los atunes se apreciaba desde la borda, y hacía más de dos días que los tiburones habían desistido de su persecución. Estaban solos en el mar, alrededor de la nave no podía calibrarse ningún obstáculo, sólo  oscuridad.

Y entonces, las olas que un segundo antes se adormecían mansamente contra sus costados devinieron en impetuosos caballos encabritados que cocearon a la fragata con furia y rabia. El balanceo de la nave se tornó errático e impredecible y en los cabeceos se abrían ante la proa mandíbulas feroces que engullían al bauprés como sí frente a ellos bostezasen una manada de cachalotes hambrientos. El cielo se oscureció aún más y la noche tempranera cayó sobre la arboladura convirtiendo la cubierta en un túnel oscuro del que daba la dimensión el brillante fanal de popa que el previsor segundo oficial había ordenado encender a pesar de ser media mañana.


— Se pone feo —comentó lacónico Valera cuando Juan le relevó.

Se avecina una buena tormenta —respondió fingiendo una tranquilidad que estaba lejos de sentir. Nunca en sus pocos años en la Armada se había enfrentado a un cambio tan repentino de la atmósfera, a una oscuridad tan amenazante como la que se cernía sobre La Victoriosa.

Porque no otra cosa parecía avizorarlos, una más de la docena de tormentas tropicales que habían superado en su mes y medio de navegación. Ni por toda la seda del mundo ni las perlas del rey de Siam dejaría Juan de mostrar ecuanimidad ante su superior, aunque por dentro el miedo lo corroía, pero antes se dejaría matar a dejar que nadie de la tripulación adivinase sus pensamientos.



Por ello tomó las medidas que racionalmente su ciencia y su experiencia le obligaban a adoptar, llamó al criado del capitán para que le informase de la caída en picado de la presión atmosférica, dio orden de amarrar firmemente con cabos todo aquello que pudiera caer sobre los hombres y ordenó que se colocaran andariveles en los costados. Hubiera preferido soplar sobre las nubes y espantarlas, caldear entre sus manos el pequeño depósito del artilugio que medía la presión y hacerle subir hasta cotas de templanza y bienestar, pero no era Dios, ni siquiera Javier Caballero del Manzanar, su representante en la fragata, y ese era su mayor desasosiego... no estar a la altura de la confianza de su capitán, aunque fuera un borracho. Por las voces con las que despidió a su criado, no parecía encontrarse en disposición de asumir el mando, así que Juan, como oficial encargado de la guardia, ordenó reducir el trapo. Si lo que les amenazaba era una tormenta más, era la orden adecuada, y así en un primer momento la Victoriosa se sosegó y los cabeceos desaparecieron; impulsada solamente por las velas mayores se deslizó por el mar encabritado con sobriedad y elegancia. Pero si se trataba de algo diferente, algo desconocido por él posiblemente fuese una decisión desacertada y lo oportuno habría sido echar mano de todo el aparejo disponible y aprovechar la fuerza del viento para huir del vórtice de la batalla.



 “A lo hecho pecho”, se dijo, en el alcázar sólo había un oficial. Se apoyó en el pasamanos y escudriño la claridad que de la boca de la escotilla se desprendía, sólo se trataba del fanal del bao del que partía la escalerilla, nada hacía presagiar que el capitán fuera aparecer de un momento a otro. De la verga del velacho llegaron unos gritos, “El Rafi”, el mejor gaviero de la fragata lanzaba denuestos en un idioma desconocido a uno de los ayudantes del contramaestre. Estaba tomando un rizo, atando la empuñidura a los tojinos, con el cuerpo sólo sujeto a la verga por los sobacos, apenas rozando con la punta de los dedos de los pies los marchapiés, cuando el ayudante tiró de la driza haciendo girar la verga  hacia el bordo contrario, el de La Caleta aún sujetaba la empuñidura pero sus pies se agitaban en el aire, si caía lo haría en el mar, tal vez salvara el cuello, pero le obligaría a detener la embarcación para recogerlo y Juan no estaba muy seguro de que tuvieran la oportunidad de hacerlo con el mar tan encrespado. Por un momento el tiempo ya de por sí ausente en aquella oscuridad se detuvo y sólo la agitación de las piernas del hombre colgado a más de veinticinco pies de la cubierta anunciaba que aquello no era una pintura, que la arena del reloj continuaba cayendo.

—Sánchez —gritó haciendo bocina con las manos—, ¿qué se propone? maldita sea, ayuden a ese hombre.

El ayudante que hasta oír la orden parecía paralizado por el error  reaccionó, cogió la driza y con ayuda de otros dos marineros la sujetó firmemente. El viento tiraba de ellos, la oportunidad del gaditano estaba en que pudiera agarrarse a ella y deslizarse hasta la cubierta. Pero para llegar a la driza tenía que soltar el velacho y, sujetándose solamente con los brazos, desplazarse unos dos pies a los largo de la verga hasta el  penol.


— Suéltelo —ordenó. No quería pensar en lo que sería de la nave con un velacho dando bandazos de un lado a otro. Sólo veía a un hombre luchando por su vida, buscando con los pies un asidero, mientras aferraba firmemente entre las manos la empuñidura de la vela. Los de cubierta mantenían la driza firme a la espera, lo conseguiría, no era una acción tan difícil, aquel tipo de accidente solía ocurrir al principio de cada travesía cuando aún los hombres no habían ajustado sus movimientos, entre marineros veteranos como “el Rafi” todo quedaba en un simple susto y en una bronca en el rancho para el culpable, pero la tensa atmósfera le había sorbido las ideas, y parecía que no lo conseguiría, sobre cuando el viento se amainó  y el velacho se desinfló destensando la driza.

Juan lo vio mirar hacia el mar embravecido y luego alzar la cabeza al cielo, podía haber implorado ayuda o lanzado una silenciosa imprecación, pero no obtuvo ayuda, al contrario, el viento giró de nuevo empujando la verga suelta. Los codos del marinero se movieron unas pulgadas muy despacio en dirección al penol, luego otro poco, balanceó las piernas en busca de la driza, aún le quedaban más tres pies para alcanzarla, de pronto como si el cielo hubiera decidido que aquello no era suficiente, que necesitaba más tensión para divertirse, la nave, empujada por una ola de través, se escoró por estribor; la sacudida debió repercutirle en sus escasas fuerzas y se soltó un brazo; desde la cubierta lo vieron agitarse al aire como  un gallardete. Juan pensó que no lo conseguiría, que en unos segundos planearía sobre las gruesas olas hasta atravesarlas no como un albatros o un petrel y no reaparecería. Se equivocó, o la Virgen del Carmen le echó un escapulario, el caso fue que impulsándose con fuerza volvió a aferrarse al palo y caminó apoyado en los codos hasta que sus piernas asieron por fin tensa driza, cruzó las piernas entorno a ella y soltando los brazos de la verga, consiguió asirla con las manos. Juan suspiró aliviado.


Sin embargo poco le duró la tranquilidad, el viento de nuevo roló soplando del nordeste y empujó a la fragata por la popa con la fuerza de una legión de demonios aulladores dispuesta al asalto a la gloria. Desde el alcázar ya el mar casi no se divisaba, sólo a través de las rasgaduras que el, cada vez más furioso, viento abría entre las nubes se entreveía lo que ocurría en la cubierta.

— ¡Por todo los demonios! ¿Se va a caer el cielo sobre nuestras cabezas? —gritó el timonel a su oído. El ulular de las ráfagas, el diapasón de las bolinas y los tomadores cada vez más intenso, el crujir de los juanetes, ocultos en la oscuridad y aún las propias cofas, convertían en una quimera cualquier conversación—. Nunca había visto un tiempo como éste, señor, no deben ser más de las dos y parece noche cerrada.

— Señor, ¿avisará al capitán? —Esa era la pregunta que no dejaba de hacerse, ¿cuándo debía avisar al capitán, cuándo? Sus ronquidos se oían en la cubierta acompañando al coro de la jarcia. Juan sabía que era su responsabilidad, aquellos sucesos tan extraños ocurrían en su guardia y debía controlarlos, no podía molestar al capitán por una simple tormenta. Si le avisaba de la situación y no acudía al puente estaría cometiendo una grave falta. Si no le avisaba y ocurría algo grave la culpa sería suya, bien lo sabía, eso era lo que el capitán esperaba de él. Asumiría la responsabilidad de lo que ocurriese aquella jornada, en el diario de navegación él, precisamente él, había escrito al día siguiente de la partida de la Isla Navidad que el capitán y el primer oficial se encontraban enfermos y no añadiría ninguna referencia más. Aunque los hombres murmuraran la borrachera no trascendería, al menos... al menos que el cielo cayese de verdad sobre sus cabezas y quedasen sepultados en el fondo del mar y entonces ya no importaría.


—  El capitán se encuentra enfermo —dijo con voz firme—, el doctor ha dicho que no se le moleste y no se le molestará ¿entendido? Esto no será nada, una tormenta tropical un poco más fuerte que las otras. La fragata resistirá y los hombres también. La Victoriosa era un buen barco, pese a lo rápida que navegaba cuando el mar se encabritaba sepultándola en abismos líquidos no oponía resistencia, se dejaba ir para luego una vez que la masa de agua pasaba alzarse de los abismos.

En ello pensaba cuando la gran ola entró por el través de estribor y  hundió la fragata empujándola con tanta fuerza hacia babor que por unos momentos pareció quedar suspendida en el aire. Creyó que era su última ola ni tiempo tuvo de agarrarse al pasamanos, no la vio venir, calculaba mentalmente cuanta resistencia le ofrecían las mayores al vendaval cuando la masa de agua lo cubrió.


Había olvidado ordenar a los hombres que se ataran al aparejo, sólo el timonel lo había hecho nada más asumir su turno. Pero no tuvo tiempo de sentir remordimientos, mientras se ahogaba  con los pulmones a punto de reventar sólo pudo pensar por un segundo en su madre vestida de negro, luego agito los brazos por encima de su cabeza intentando encontrar la cresta de aquella maldita ola que no terminaba nunca de pasar. La fragata no se había hundido, de eso estaba seguro, su intuición le decía que seguía en equilibrio, aunque no era capaz de saber ni el ángulo ni el bordo que primero se libraría del agua. Se dijo que si aquel era su fin más valía permanecer sereno y aceptar que revelarse y sufrir. En el costado le golpeó un objeto pesado, se agarró con todas sus fuerzas a lo que creyó un tonel, y nada más tocarlo comprendió que se trataba de un hombre. Percibió un crujido seco con sordina y pensó que la fragata se partía en dos, abrió la boca para apresurar el fin. Su vida, pensó, había sido una buena vida y moría donde siempre creyó que lo haría, en el alcázar de un barco… bajo su mando.  Sintió cierta emoción, su cuerpo sería mar, carroña del mar… pero mar al fin y al cabo… viviría en las fauces de los tiburones, en las aletas de las ballenas… en las alas de los petreles. Esperó el ahogo, el terrible dolor en el pecho que, según se rumoreaba en los ranchos, anunciaba la muerte por ahogamiento…  y no llegó.


Seguía vivo y lo sintió primero en la frialdad de la piel de su rostro, respiraba. Abrió los ojos, si la muerte se acercaba y aquello se trataba de una alucinación de los sentidos, quería contemplarla de cerca, después de todo era un hombre, no sólo un enteco guardiamarina que lloriqueaba por la noche acordándose de su madre. Sus ojos erraron por entre jirones de niebla gris, haciendo un esfuerzo logró concentrarlos en un objeto alargado, alto y casi negro que se alzaba justo ante él. Tanto podía ser un pecio en los abismos del océano, como un recuerdo de un tiempo pretérito cuando los únicos navegantes que osaban cruzar aquel mal llamado eran los malditos caníbales de las Marquesas. Soñaba con la muerte cuando estaba vivo, cuando llevaba respirando aire fresco casi una eternidad, lo que tenía delante de sus ojos era el mayor de la Victoriosa, totalmente reconocible, que poco a poco como impulsado por su propia inercia se adrizaba volviendo a su posición perpendicular. El objeto que aferraba con sus manos se estremeció, intentaba escapársele… una voz ronca murmuraba junto a su oído.

— Señor, puede ya soltarme, gracias a Dios que me agarró —oyó decir al Rafi con la voz estrangulada.



La voz le llegaba como si procediera del reino de Poseidón, Juan sacudió la cabeza… estaba sonada…, no sólo no oía sino que lo que veía aparecía bañado en un blanco resplandor, como si de pronto toda la fragata fuera de acero y  plata… cerró los ojos compulsivamente y se los frotó con ambas manos, era como si acabara de despertar y aún la mañana no estuviera dispuesta para la revista… intentó concentrarse en la voz del gaviero… le extrañó encontrárselo casi rozando sus hombros… el sonido le venía desde tan lejos y sin embargo al girarse se topó con la jeta coloradota del marinero a un palmo de su rostro.

Señor, ¿podría soltarme? Aprieta tan fuerte que no siento la pierna.

Y entonces, mientras miraba su mano aferrada al muslo del gaviero, las lágrimas le saltaron de los ojos y la risa, una risa loca que le agitaba las entrañas, le estalló en los oídos. Y ni siquiera entonces pensó en Eugenia.