viernes, 5 de octubre de 2012

Diabluras de Verano XV



Con retraso sobre el "horario" previsto las Diabluras de Verano llegan a su fin. Ante todo quiero agradeceros el tiempo que les habéis dedicado. No pasaré la gorra, sólo os pido que al final dejéis un comentario. Y si lo hacéis, por favor, recordad que soy un ser humano.
Gracias.

¡Un aviso! El blog no se cierra. A la vieja loba aún le quedan un montón de historias que contar.

Bien, este viaje indiscreto, este “Sálvame” sui generis ha llegado al final. Amada Muñoz Expósito, una mujer fracasada, una amante fracasada, una escritora fracasada, de la que hace dos meses nadie había oído hablar, que ni siquiera con su espectacular muerte consiguió cinco minutos de fama, ha quedado para siempre expuesta a la curiosidad de la gente.

Desde el 6 de agosto fecha en que comencé a contar su historia más de mil seiscientas personas han visitado el blog. No importa si son muchas o pocas, tampoco si sólo han echado una ojeada o se han enganchado a la historia; lo cierto es que Amada ha dejado de ser anónima. Ahora, cuando alguno de esos lectores, rebuscando libros en la Cuesta de Moyano, se tope con una novelita erótica firmada por Amanda Cook, Collette Porter o Aimée Rock, se dirá “Anda, si esta es la Amada Muñoz de la que escribía la lobavieja o “Yo a esta autora la conozco” y por curiosidad se la llevarán a casa. Si eso sucede estas páginas habrán cumplido su finalidad. 





¡Eh! ¿No irás a terminar así la historia? ¿Es que no vas a contarnos lo que realmente pasó en Nueva York? Preguntareis. Esa era mi intención. No por ganas de fastidiar sino simplemente porque no lo sé. Puedo intentar una aproximación, entre mi imaginación y lo que hemos averiguado puedo forjar una historia, que no dejará de ser eso, una historia. Ninguno de los protagonistas o de los testigos, que los hubo, al menos uno, están vivos. Así que mi versión puede ser tan válida como la de cualquiera.

No sé vosotros, yo la pregunta que no dejo de hacerme es ¿a qué grado de locura, si locura o llamadlo amor, llegó Amada para estando muriéndose viajar a Nueva York y matar a Margot?  

Mi opinión. Que de las muchas clases de locura que nos pueden asaltar la peor, la más terrorífica es la que se nutre de la soledad, la que remueven monstruos de cuerpo cubierto de escamas como los que creara H.P. Lovecraft, monstruos que al deslizarse por la piel arrastran tras de sí cualquier átomo de razón liberando a los demonios que llevamos dentro. 




Y si a la soledad y a los monstruos babosos se les añade la muerte y se revuelve con el amor y el resentimiento puede que nos acerquemos a una explicación plausible de lo que Amada sintió… Puede... 

Prefiero creerla loca a reconocerla vengativa. La mujer con la que hablé el 29 de enero de 2008 en el El Retiro no padecía la locura del abandono, al menos no me lo pareció entonces, sólo parecía cansada, vieja, enferma. Aún ahora después de escuchar las cintas y aceptar los testimonios me cuesta admitir que en su precipitado viaje a Nueva York hubiera alguna intención oculta. Para mí, Amada corrió tras Margot porque anhelaba la reconciliación.

- ¿Reconciliación, gilipolleces? Amada viajó expresamente a matar a Margot –se burló Vanessa cuando le expuse mis dudas-. Apenas aterrizó se compró la pistola, la llamó, quedó con ella y en cuanto le echó la vista encima le disparó. La mala suerte fue que se dieran de bruces con los policías.

- Llegó la tarde anterior –le advertí-, se vieron en el hotel, ¿recuerdas al vampiro? Le propuso volver con ella, seguro, y le dejó la noche para pensárselo, ¿no lo ves? La dejó que acudiera a la fiesta, que tuviera su oportunidad. El encuentro en la esquina de Lexington fue una cita, a la que Margot podía no haber acudido. Tuvo una oportunidad…

- No la tuvo, cómo no iba a acudir, estaba en Nueva York,  sola, le acababan de robar… sin un céntimo, tenía que presentarse ¿no lo ves? –repitió con sorna mis palabras.





El revólver. Recordé. Había un fallo en el relato que la inspectora Taylor nos había endilgado -¿Cuándo compró Margot el revólver? –le pregunté nerviosa- ¿Si la tal Addy le había robado el dinero cómo lo compró?, ¿cuándo? –insistí.

-Lo compraría en cuanto llegó.

-¿Por qué? ¿A cuenta de qué iba a hacerlo? Quería triunfar como fotógrafa, no robar bancos –no me respondió. No lo sabía Después de todo Vanessa no era tan lista como se creía y el final de su reinado andaba cerca.- No volvió al hotel, la hubieran reconocido ¿recuerdas? La Addy le robó hasta la llave, y no digas que lo llevaba con ella, lo habría dicho.

- ¿Quieres decir qué…? –preguntó de repente sin palabras.

Quiero decir que hay muchos locos en el mundo, muchas locuras distintas y que tan peligrosa o más que la de la soledad es la de los celos.





Quiero decir que aunque la versión oficial de la santafesina me obligue a imaginarme a una Amada rumiante de su locura en las oscuras calles de la madrugada neoyorquina, tal vez otro fue el final de la historia, tal vez algo más inverosímil, tal vez un evento impredecible de los que a veces acontecen en la rúa y ni siquiera con las narices pegadas a los cristales vislumbramos.

Así que por ahora, por ahora, hasta que Vanessa y sus hakeos me desmientan, creo que Amada, en la última noche de vida repitió los vagabundeos de Samantha entregándose a la ciudad sin darse cuenta de la gélida oscuridad por la que transitaba, con el aliento condensado cayéndole como copos de nieve sobre la barbilla. Porque está comprobado que no reservó habitación en ningún hotel. “¿Para qué?”, pensaría. Previó que compartiría la cama de Margot. Dando por hecho que las treinta y seis horas transcurridas habrían enfriado el entusiasmo que la huida y la llegada provocaron en “la artista”, concediéndole la ventaja del miedo. Creyó que Margot se resignaría, que regresarían juntas ¿dónde si no iba a encontrar otro amor?

O no. Tal vez callejeó en su última noche en Manhattan porque como los condenados necesitaba permanecer alerta, recordar, hacer balance. Contarse a sí misma la historia de dos muchachas ignorantes y jactanciosas que con apenas veinte años creyeron que se comerían el mundo. Comprender que a pesar de los años y las vicisitudes no habían cambiado. No ella. Apreciar, cuando la historia concluía, la rotundidad del fracaso. No sólo Margot no había sido lo suficientemente inteligente para aceptar la mediocridad de sus vidas sino que ella misma fue incapaz de prever una salida más acorde con la realidad. Y a cada paso se enfadaría más y más, seguro, hasta llegar a sentir que una vida vacua y vanidosa como la de Margot la hacía acreedora de un fin narcisista. Y entonces decidió que lo menos que podía concederle por los años de felicidad compartida sería convertirla en  famosa. Proporcionarle sus cinco minutos de gloria. 




O tal vez lo hizo porque cuando dejó el Chelsea, cuando dijo adiós a Margot callejear parecía lo más apropiado para macerar el rencor. Seguro que la “artista” le enseñó intencionadamente la tarjeta de la señora Addy, su triunfo. Amada no se habría fiado, jamás, seguro que le diría que en una tarjeta de visita cualquiera puede poner Management de Pacewildenstein. Luego, ante el gesto mezquino, renunciaría, para qué abrirle los ojos si los tenía llenos de esperanza. Y le concedería una noche más. Si Margot se abría en aquella fiesta un hueco en el mundo del arte Good for her. Y si no Good for me, diría. Margot volvería al redil como oveja descarriada, maltrecha, pero volvería.

- Aún así era una cita con una mujer –precisó Vanessa-. Tendría celos.

 Sí, tal vez fuera, a la vista del resultado, ese el motor de sus pies cuando descendió a los infiernos en busca de la muerte. Porque en Nueva York, como en cualquier otro sitio, más allá de la Quinta Avenida, de la ciudad de los turistas había una realidad distinta; una que se vivía, se vive entre agujas y jeringas rotas, tapones de frasquitos de crack, papelinas y basuras, entre muertos y embalsamados que alimentan a los millones de ratas que pueblan el subsuelo. Y sin embargo a ella nadie la molestó, ni siquiera aquellos que tantas películas nos han mostrado parados en las esquinas ciegas, aquellos que iluminan las aceras con el blanco de su dentadura. Y avanzó, avanzaría por las avenidas en penumbra, franqueadas por las ruinas de los edificios, de los almacenes y talleres silenciosos, sin obreros ni sindicatos, nichos de adoquines extraditados y gatos en libertad condicional. 




Hasta que en algún instante de la noche, mientras las ratas calentitas por las conducciones de gas dormitaban, se detendría frente alguno de ellos y aunque temiese el navajazo que le partiera el corazón, el pellizco de la bala que le mordiera la carne preguntaría “¿cuánto?”

Pero ni las noches de Nueva York son las que fueron ni los asesinos esperan por las esquinas a cincuentonas desoladas, de eso se había encargado Giulliani. Y se rió, seguro. Y su risa de tuneladora asmática desafiaría a cualquiera que se atreviera a rozarla. Y esperó, esperaría, mientras el hielo aprisionaba sus pies entre las grietas de las baldosas rotas, a que su suerte se decidiera. Y cuando la relación mercantil se concretó no dudo de que, sopesando la mortalidad del arma, con voz firme le pidió Enséñeme a utilizarla”.




Y el desconocido sacaría el cargador y le mostraría las balas. Luego el seguro. En silencio. Sin mediar palabra le daría un curso avanzado. Hasta dispararía una bala y el eco en el vacío de la noche lo repetiría colándose por las paredes derrumbadas, por los techos caídos. Seguro, seguro que esperó a que volviese el arma contra ella y le  abriese una rosa en su viejo abrigo de cuero. Pero no sucedió. No así

Y siguió callejeando porque ya no había nada más que hacer sino esperar al amanecer. Despojada de toda responsabilidad puesto que había bajado a los infiernos y seguía viva. Las aceras caminarían tras ella, persiguiéndola juguetonamente, nostálgicas de las tardes cuando se vaciaban los rascacielos y la vida las reventaba. En el bolsillo del abrigo la pistola, la Glock y el billete de regreso que a cada paso aumentarían  exponencialmente su peso. Y fue entonces cuando lo supo. Entonces, jugueteando con las balas, comprendió que sólo necesitaba dos, que llegado el momento abrazaría a Margot en la despedida y le dispararía en el corazón, luego volvería el arma contra sí.  

Y fue entonces, ya amaneciendo, cuando se encaminó hacia Lexington rompiendo el billete en diminutos trozos que sus pasos enterraron en la nieve. Luego, cuando vio a Margot salir de la boca del subterráneo disparó. Su tiro levantó esquirlas de la pared; Margot en cambio disparó contra ella y le partió el corazón al detective Carlos Solano; el detective Patrick H. Hermman, reaccionó y le descubrió el tercer ojo a la infeliz Amada y Margot oyendo tras ella el cerrojo de la celda cerrarse se llevó el revólver a la sien y se suicidó.

Eso fue lo que oficialmente ocurrió. Demasiado inverosímil pienso como para no admitir conjeturas. ¿Cuáles son las vuestras? ¿Ocurrió así? ¿Quién mató a quién?



Samantha
o la recompensa de la virtud




¡Querida! ¡Querida, Raquel! Ojalá estuvieras aquí. ¡Cuánto te añoro! La suavidad de la piel de tus muslos, la timidez remisa de tus pezones, su altivez cuando mi lengua los soliviantaba, la dulzura de tus labios… ¡Oh, querida, cuánto te echo tanto de menos! Ojalá y en vez de comprar la vaca hubieras venido conmigo…

 Y no, no es verdad lo que decía la señora J. lo infernal que resulta para una mujer viajar en barco. Desde la experiencia te digo que los meses en el mar, a pesar de las tormentas y las calmas han sido para mí muy placenteros. Aún reconociendo lo agobiante del confinamiento ha sido un bálsamo para mi estragado conejito y un reconstituyente para mi salud. Aún no habíamos avistado las costas de África cuando las fiebres desaparecieron y las carnes volvieron a ocupar los huecos abandonados. Y mi piel, querida, Raquel, recuperó su esplendor manteniéndose tan tersa, pálida y suave como cuando tus uñas de gata la incendiaban. 




En fin, fuera añoranza o no podré contarte las aventuras que me han sucedido desde que, medio cubierta por la sangre negra de los demonios, abandone la rectoría. En mi anterior billete, que por cierto, escribí apoyada en la cureña de un cañón, no quise decirte nada porque el rumbo del barco y mi destino aún eran inciertos. ¿Pensaste cuando viste su procedencia que me habían atrapado, que la justicia de Su Majestad había decretado mi embarque en el Queen Charlotte y mi destierro a la colonia de penados de Nueva Gales del Sur?

 ¡Cuánto has debido sufrir creyéndome en desgracia! Pero no, no hay lugar a las lágrimas, querida, soy una mujer libre. Soy el ama.



Ama no como tú de una granja, media docena de vacas y un rebaño de ovejas. Me he convertido en sacerdotisa suprema del templo del amor en una feraz isla que se encuentra en medio del mar entre las Antillas holandesas y la colonia de Nueva Gales, y que por mor de la conveniencia de los hombres de la armada no figura en ninguna carta de navegación. Es mi reino. Su territorio antes habitado por sanguinarios caníbales ha sido declarado, por el gobernador de la colonia, el más ferviente admirador de mi dominio, territorio franco. Lo que significa que en nuestra bahía atracan los barcos de Su Majestad para descanso y solaz de los hombres de la flota. Y yo, querida, soy su anfitriona, su fuente de placeres.



Como bien sabes, los hombres de la armada son unos pervertidos. Después de pasar meses viéndoles satisfacer sus instintos te aseguro, Raquel, que no les hace honor la fama que se les atribuye. Son mucho peor que los demonios de las vicarías. Y un navío de la armada es mucho más sórdido que el más sórdido lupanar de la parroquia de Whitechapel; por las callejuelas del East End resuenan gritos menos desgarradores que los que desde la cámara de proa, donde los hombres de la tripulación tienden sus coys para dormir, se escapaban durante las primeras noches de la travesía. Y es que los hombres recién embarcados, campesinos, grumetes o pajes fueron una y otra vez violados por los veteranos de la tripulación sin que el capitán ni los oficiales, entretenidos dando por culo a los guardiamarinas lo impidiesen.



Y sin embargo te aseguro que ningún temor sentí. Y es que a veces, querida, todo depende de encuentros tan disparatados como el que ha unido mi suerte a la del teniente Wilson. El teniente, para que no te llames a engaño te lo digo ya, es tan viejo como el vizconde y su badajo, aunque imponente como las campanas de la Abadía de Westminster, no resuena con el furor y la alegría de la Pascua Florida, ni siquiera con la pompa y parsimonia del oficio de difuntos. Aún así resultan encantadores, tanto el teniente como su badajo, con decirte que ambos usamos unos anticuados guantes de piel de pollo para sonsacarle unos pequeños repiques.

Encontré al teniente cuando vestida con las ropas del asesino, tomé, en el portazgo de S., la primera diligencia que pasó. Estaba tan conmocionada por los terribles sucesos, tan pocas fuerzas me quedaba que en cuanto puse un pie en el estribo del carruaje resbalé y caí en el fango inconsciente. Él me recogió, me sentó a su lado y dándome a beber una ginebra de cebada tan pura como la jenever holandesa me revivió.



Si mientras permanecí desmayada indagó bajo mis ropas la consistencia de mis huesos no te lo puedo asegurar, lo cierto fue que desde el principio me tomó por chico y yo no lo desmentí, aún ahora prefiere verme desnuda la grupa que beber leche de coco de mi conejito y eso que para él es gratis. En fin, para abreviar, el teniente me advirtió que iba camino de Plymouth, a tomar posesión de su empleo como segundo oficial del Queen Charlotte, navío de Su Majestad dedicado al transporte de presos. Y añadió que aunque andaba corto de renta necesitaba de un criado que cuidase sus ropas y sus provisiones, y me ofreció el puesto.

Acepté sin dudarlo, todo lo que yo quería era poner tierra o agua por medio de la venganza de los demonios, porque a pesar de comerme los huevos y aún el hígado del viejo vicario (que, por cierto, resultó demasiado pastoso para mi gusto y con un fuerte sabor a alcohol) no estaba segura de que no vinieran a por mí. Así que con alivio vestí los pantalones blancos y la casaca azul que el buen teniente me regaló para el viaje. 



Fingiéndome paje me embarqué y a pesar de que con él compartí un oscuro y estrecho camarote, jamás abusó de mí ni consintió que nadie lo hiciera. ¿Extraño, verdad?, no sabes bien cuanto. Una mañana bochornosa en la que el barco atrapado por las calmas ecuatoriales no se movía, la campana de la guardia de la mañana me despertó, eso creí, lo cierto fue que a pesar de la barahúnda que formaban los hombres en la cubierta, percibí junto a mí una respiración agitada. Me giré, la camisa de dormir arremangada hasta el pecho, las nalgas al aire y lo encontré de pie junto a mi coy, las manos cubiertas por los guantes de piel de pollo acariciaban con ansiedad su mustio vergajo. Lo reconozco, sentí aprensión de que lograra despertarlo y que se viniera con todo su volumen a buscar cobijo en mi trasero.

Me equivoqué. El pobre insistía e insistía y aquello siguió impertérrito, echado a la siesta, como los vientos. Me apiadé, me levanté, me arrodillé ante él e intenté con unos cuantos lametones que levantara cabeza. El teniente me apartó y dándome la vuelta se restregó arriba y abajo entre mis nalgas, llamando a la puerta, sin pretender forzar la entrada. Y al cabo de un rato, con un grito de júbilo merecedor de más grande hazaña se vertió dejando sobre mi piel apenas unas gotas de su leche. 



No te miento Raquel. Durante toda la travesía no se adentró en mí más adminiculo que mi dedo y eso que cuando el bochorno arreciaba todos los hombres andaban por la cubierta medio desnudos, incluso los oficiales más jóvenes en pelota viva. Y algunos, ay, algunos exhibían unos tarugos más gruesos que el palo mayor y algunas cofas, oh, dios mío, algunas cofas darían cobijo a regimientos enteros.

En fin, que para cuando rendimos viaje en Botany Bay andaba bastante insatisfecha, con las entrañas a reventar de jugos. Y la suerte, Raquel, no me abandonó. No dudo que ahora mi virtud sí está siendo recompensada. El teniente Wilson resultó ser un antiguo camarada del gobernador, otro viejo al que el cayado se le había adormecido hacía ya demasiado tiempo. Cuando fue a cumplimentarle le acompañé ya vestida de mujer y pude comprobar cómo mi presencia removía sus fuentes de placer.

- No te asustes si te ofrece un látigo –me susurró el teniente al oído.



Y me lo ofreció. No bien acabada la cena, cuando sirvieron los licores y los cigarros, el teniente se retiró alegando motivos del servicio. Al parecer, el gobernador en sus tiempos de capitán de la armada, era muy dado a castigar a los hombres al enrejado para recibir cuando menos veinticinco azotes. Luego, en el secreto de su camarote el teniente Wilson se los endilgaba a él en las nalgas con látigo de seda. Pero yo aquella noche no lo sabía y creí que mi viejo amigo me había traicionado.

El gobernador se me acercó, me cogió la cara por la barbilla y mirándome a los ojos me preguntó

- ¿Eres virtuosa Samantha?

No supe como contestarle porque realmente yo de mutuo propio no he inculcado ningún precepto, pero tímida bajé los ojos y los fijé en su portañuela mientras me llevaba una mano al pecho y acariciaba con dos dedos uno de mis pezones, para cuando él jadeante me alzó de nuevo la cara mi lengua ansiosa se relamía los labios.




Ya te puedes imaginar lo que a continuación ocurrió, le abrí la portañuela, cogí entre mis manos su capidisminuido cetro y por más que lo acaricié no conseguí que levantase la cofa. Estaba a punto de llorar cuando enfadada le di un cachete, y ¡oh sorpresa!, al gobernador se le escapó un suspiro de placer. Así que rompiendo mis enaguas me hice una especie de sacudidor con el que batí duramente sus escuálidas nalgas. Y el milagro ocurrió. Porque fue un milagro verle agitarse, elevarse y erguir la cabeza y es que suele sucederle a todos estos hombres que de jóvenes han sido grandes folladores, luego, llegados a cierta edad la verga ya sólo les sirve para la micción. Que se corriera dentro de mí nunca fue una posibilidad, alguna que otra vez intenté empalarme pero fracasé, se le desarbolaba en los umbrales por mucho que silbara el látigo al cortar el aire.


En esos juegos anduvimos unas semanas, hasta que apareció la señora gobernadora. Venía asustada por el ataque que había sufrido a manos de unos nativos caníbales y el fracaso de su obra misionera precisamente entre las mujeres del que ahora es mi reino, pretendía con la biblia en la mano cubrir su desnudez y obligarles a vivir en monógamo matrimonio. Así que por un tiempo el gobernador sólo tuvo tiempo para rezar vísperas y cantar himnos de ciegos a los que el señor de los cielos devolvía la vista.

Mientras entonaba uno se le ocurrió la idea que daría consuelo a su bien amada esposa y gusto a su descarriado cuerpo. Oficialmente declararía la guerra a los caníbales y para impedir la llegada de misioneros que perecieran bajo la concupiscencia de las nativas se le ocurrió declarar la isla territorio franco sólo para los hombres de la armada, para cuando logrado la pacificación del lugar, los más viejos, dígase mi amigo el teniente Wilson, haciendo un supremo sacrificio se dedicaran a la educación de… los nativos.

Lo cierto es que la armada llevó un barco, pegó cuatro cañonazos, disparó tres mosquetones y acabó en secreto con todos los hombres de la isla. Y entonces el gobernador puso en marcha la segunda fase de su plan secreto. Convertir la isla en lugar de reposo y placer para los marineros, una manera como otra de evitarse problemas de lupanares en Botany Bay. 



Oficialmente la isla está bajo su mando, pero como él está bajo la férula de mi látigo no dudes, Raquelita, que toda la isla obedece mi mando. Y no sabes lo maravillosa que es. Aquí la lluvia dorada no es otra cosa que oro y no jugos de perversos diablos. Si lo oyeras tintinear en mi faltriquera estarías orgullosa de mí, de lo que tu pequeña Samantha ha conseguido sin necesidad de dar uso excesivo al conejito; si vieras que pacífico pace, cómo rumia el musgo tiernecito de mis corderas.




Y a ello me dedico, además de cumplimentar cuando procede al gobernador, a adiestrar a las nativas, porque a pesar de que son voluptuosas en exceso carecen de conocimientos en el arte de la seducción. Tendrías que verlas con que  denuedo y ardor se entregan al fornicio noche y día sin importarles ni los caretos ni las gomas sifilíticas de sus partenaires. Nunca se cansan de fornicar.

Sin virtud ni faltriquera viven, querida Raquel, confiadas como hasta hace unos meses lo hacía tu pequeña Samantha. Ahora exijo, y no precisamente con látigo de seda, lo que a ellas se les escapa. Sé, porque te conozco, que a pesar de tus ovejas, tu granja y el coñito tierno de tu hijastra me envidiarás si te cuento que con leche de coco se refresca mi conejito y que retozo por las noches con nereidas coronadas de coral. 





En verdad sólo me faltas tú para sentirme completa, porque a pesar de su belleza ninguna de estas suaves y desvergonzadas damas consigue libar mis jugos con la prodigalidad de tus labios. Me duele pensar, querida mía, que cuando podríamos ser las reinas de este fastuoso panal se interponen entre nuestras pieles millas y millas de agua.

Déjalo todo, Raquel mía, y vente conmigo. Juntas cabalgaríamos sobre el mundo y los demonios cubiertas de oro. Disfrutaríamos tanto que te prometo que no echarías de menos la vieja Inglaterra.

Querida, sería la mejor recompensa para tu acendrada virtud.




FIN