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lunes, 21 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES IX




Capítulo IX

Que trata de cuando conocí a una graja parlanchina Y MATÍAS SE ENFADÓ.

Volvimos al patio, Rosi nos seguía con un plato cargado de sobras,  Para Matías y los gatos, dijo. Bernardino descorrió el cerrojo de la puerta de los corrales. Y me quedé otra vez con la boca abierta. Como había dicho que daba al corral yo esperaba encontrarme con vacas y toros, como en las películas de vaqueros de la tele, pero aquello era otro patio, casi igual que el anterior, sólo que en lugar de baldosas rojas, el suelo estaba cubierto de cantos rodados. Empedrado. Y ahí os he pillado, je, je, ¿a que no sabéis lo que son los cantos rodados? Pues un canto rodado es ni más ni menos que una piedra redonda que cuando la pisas hace siuuuu, siuuu, siuu, siuuu, y si te caes encima no duele (aunque no os recomiendo que hagáis la prueba, a lo mejor sí... un poquito).

— Eso es un laurel —dijo Bernardino, señalando un arbol alto y fuerte que presidía el patio—, lo plantó tu abuelo el día que nació tu padre.

Yo sabía que al papá de papá se lo había llevado hacía muchos años Sunman, pero no me pareció muy conveniente decírselo, no quería que pensase que era un miedoso. Para disimular le pregunté: — ¿Y eso? —señalándole las plantas que rodeaban las paredes, repletas de hojas reverdes y sin ninguna flor.

— ¿Eso, lo de los arriates? —Se extrañó Bernardino— Eso sólo son hierbas —y como me viera una vez más con la boca abierta me explicó—. Hierbas que curan las enfermedades sin necesidad de acercarte a la farmacia. Mira, ven –dijo cogiéndome por un hombro y acercándome a uno de los arriates—, eso del rincón que parece un árbol enano es un saúco, y no verás muchos por esta zona, te cura los resfriados y la fiebre; esa  bajita con tantos capullos dorados es la manzanilla, dentro de dos semanas habrá florecido por completo, es una de las plantas que más cura,  el dolor de tripa, las llagas de la boca, las legañas; mira, esa otra con los tallos arqueados y con tantas espinas es la zarzamora, no florecerá hasta junio, te cura la diarrea.



— Y esa, esa que parecen ramas sueltas terminadas en espigas malvas es el espliego, huele, huélelo si te tomas una infusión desaparecen los nervios, y duermes a pierna suelta; y la que está al lado es la salvia, mira las hojas, por el revés parecen grises, tócala ¿a qué parece que tiene pelo?, ahora estruja las hojas entre las manos y huéletelas —lo hice y me pareció que notaba el peso de la cabeza—, a qué marea— me preguntó (a mí nunca me había dado un mareo, uno de la cabeza, a mí lo que me pasaba era que a veces se me dormía la tripa)— pues que sepas que aparte de dar buen sabor a la comida también cura los rasguños de las caídas en bicicleta porque tú sabes montar en bici ¿verdad?



Asentí, claro que sabía, bueno en bicicleta grande mamá nunca me había dejado montar, pero en mi triciclo vaya si corría, aunque tampoco me pareció oportuno contárselo, mejor dejar que hablase él, así podía aprender más cosas. Como lo de los arriates, ¿conocéis la palabra? Pues un arríate, aparte de un lugar con tierra rodeado de piedras es también un lugar dónde si te arrimas te pones perdidos de barro los pantalones y encima se ríen de ti. ARRIATE, eso, arrímate que te manche, je, je, je.

— Y ésa, es la hierbabuena —continuaba Bernardino y seguía señalándolas una a una— y ése tomillo, y ese romero, ya se le ha pasado su época, florece en enero y con una cucharadita  se te abre el apetito, a ti habrá que darte unas cuantas porque estás hecho un alfeñique.


Más que romero yo necesitaba cazos enteros del espliego ese que decía, tantas explicaciones me estaban poniendo de los nervios ¿y si papá había aprovechado mi ausencia y se había vuelto a casa? Estaba claro que no sabía qué hacer conmigo, tal vez…

Y sí aquella noche probé una infusión, la abuela tuvo que llevarme una taza a la cama  porque no podía dormir. ¿Podéis creer que exista una palabra así? INFUSIONES, en principio parece algo malo, como cuando vas al médico y te pinchan, ya, ya sé que eso son INYECCIONES, pero se le parece ¿no?, una INFUSIÓN podría ser una INYECCIÓN que se fuma ¿no?, pues no. Se bebe. ¿A que parece de broma?, pues es de verdad y las de espliego calman los nervios. 

Bernardino estaba resultando eso que mamá decía que debía ser yo de mayor: Un pozo de ciencia, sino hubiera sido porque por allí rondaban muchas mocas y se te metían por la boca la habría tenido siempre abierta.

— ¿Por lo que te he dicho? No, hombre, eso no es ciencia, eso se aprende solo, no hay más que observar  a las cabras o a las vacas cuando se ponen malas.

Por un instante la volví a abrir (la boca digo) así que las sabias eran las vacas y las cabras… eso, eso no me lo había explicado mi mamá.


Mientras tanto Rosi había abierto un portón y por él aparecieron, picoteando por entre los cantos (que protestaban diciendo cloc, cloc), un montón de gallinas. Me escondí detrás de Bernardino, por si acaso, yo nunca había visto ninguna tan de cerca. Luego, de repente apareció una más decidida que las demás mirándonos altanera y agitando con fuerza las alas, parecía un indio dispuesto a atacarnos. Bernardino me empujó hacia atrás y tuve que agarrarme como pude a su pantalón para no caerme.

— Quédate quieto, no te muevas, verás que susto se va a llevar ese presumido —y cuando el bicho estuvo a su altura le largó una patada que lo lanzó por la puerta abierta.— Ese gallo está pidiendo a gritos una buena olla y como se descuide la va a tener.

¿Eso… eso era un gallo? —Pregunté un poco asustado.
          
— Si, eso era un gallo y venía derecho a sacarte los ojos —contestó Rosi en medio de la puerta abierta—. El otro día se me tiró a la cara y me picó aquí, mira todavía tengo la señal. —Era cierto,  pegado a la nariz, cerca del ojo derecho, se le veía un rasguño—. Cuando paso al corral sola cojo el palo de la fregona, pero me despistó Lucrecia con sus tonterías y cuando quise darme cuenta lo tenía encima.

— Lo que yo digo —murmuró Bernardino—. Una buena olla y un buen arroz. Eso va a ser lo que va a conseguir.


De pronto un pájaro de plumas negras se posó en el hombro de Bernardino y repitió imitándole la voz: Una olla. Una olla.

— ¡Hola Lucrecia!, ¿qué te cuentas? —la saludó.

¿Kia entás, kia entás? —repitió el pájaro.

 Bernardino le ofreció un trozo de calabaza que sacó del bolsillo y el pájaro lo cogió de un picotazo. Yo estaba realmente impresionado, otra vez con la boca abierta. En mi vida había visto un pájaro que hablase.

— ¿Qué es? —pregunté.

Quique —dijo Bernardino muy serio—. Te presento a Lucrecia, una  graja muy mala y ladrona— y dirigiéndose al pájaro añadió muy formal—. Lucrecia, éste es Quique. Quique va a vivir un tiempo con nosotros, pórtate bien con él. Éste es Quique—repitió.

Kia-kie, kia-kie —dijo la graja.

— Ves que lista —señaló Rosi —ya se ha aprendido tu nombre. ¡Hola Lucre! —y acercándose al pájaro se puso a rascarle la cabeza.

Kia, Lucre, kiaa, Lucre —saludó el pájaro, imitándole la voz.

— No te he dicho que es muy lista, lo bien que arrienda a todo el mundo.

(¿La habéis leído? ARRIENDA, ¿a qué es bonita?, dentro de un rato os la explico, que si no me pierdo y quiero contar primero lo de Lucrecia)



— ¿Pica? —pregunté receloso.

— ¡Que va!, no te va hacer daño, sólo te dará un picotazo cariñoso para llamar tu atención o para quitarte algo que tengas en las manos y le guste; pero Lucre no quiere ir a la olla ¿A qué no?

A qué no, a qué no. —Y realmente era como si el propio Bernardino continuase haciendo la misma pregunta.

— ¿Le enseñaste tú a hablar? Y Bernardino me miró asombrado.

— ¿Enseñarle, a Lucre? ¡No! Aprendió sola. Un día me la encontré en el suelo medio muerta, se había caído del nido, me la traje y la cuidé. Es tan lista que no necesita más que oír una voz una sola vez para arrendarla.

Vale, ya habéis oído a Bernardino, a él esa palabra le encanta. ARRENDAR, no significaba como yo creía ALQUILAR, bueno, tal vez sí, porque que lo que la graja hacia era coger prestada la voz de las personas, me parece, aunque lo que Bernardino quería decir era que la imitaba. La abuela cuando me lo explicó me dijo otra tan rara o más, dijo REMEDAR, pero no me gustó, parece como que va a ponerse a remar. Yo también he aprendido a ARRENDAR, ahora ARRIENDO a Bernardino, pero sólo cuando estoy con papá para no ofenderlo, porque ARRENDAR a alguien no está bien. Pero, es muy, muy divertido.



Lo cierto es que la graja me miraba y yo la miraba a ella pero los dos manteníamos las distancias, tenía pico como el gallo. Bernardino me explicó que con la Lucre sólo había que tener cuidado de no dejar nada que brillase a su alcance, botones, monedas.

— ¿Se los come? —me parecía imposible.

— Qué va, se los lleva y los esconde en un lugar secreto.

— Yo sé donde lo tiene —dijo Rosi haciéndose la lista.

Lucre no es una ladrona corriente —siguió Bernardino—, digamos que se cree la dueña de toda cosa que brille; pero ladrona  no, qué va. ¿A qué vas a ser muy amiga de Quique? —le preguntó.

Kia-kie, kia-kie —repetía una y otra vez.

Matías llegó corriendo, ladrando y meneando el rabo, todo al mismo tiempo; se restregó contra mis piernas y puso el hocico en mis manos. Esta vez no me asusté, hasta me atreví a rascarle el cuello y pareció gustarle. La graja le arrendó y parecía que había otro perro más. Matías se quedó mirándola, no creo  que lo engañase, creo que pensaba en asustarla.



Luego la graja voló hasta posarse casi junto sus narices, Matías se limitó a levantar una mano para golpearla, y la graja, con un saltito, esquivó la zarpa sin asustarse y siguió ladrando a su alrededor.

Y claro está, Matías se enfadó y empezó a girar sobre sí mismo buscando a la pájara, que ni por un instante se quedó quieta; unas veces a saltos y otras volando lo esquivaba. Y entonces sí que se armó el jaleo, Matías, cabreado, comenzó a ladrar; la graja, pareció entonces asustada o lo fingió, el caso es que  huyó lanzándose como un rayo a las ramas más altas de un árbol del corral y una vez a salvo comenzó muy ufana de nuevo a ladrar.

¡Callaos ya! —Gritó Bernardino-. Vaya barahúnda que habéis montado. Lucre deja de ladrar y tú, Matías, que pareces tonto, con lo viejo que eres y que siempre te saque de quicio. Es que no te das cuenta de que nunca la vas a alcanzar—. Y como ninguno de los bichos le hacía el menor caso, cogió un palo. En cuanto lo vieron con él en la mano, sin que siquiera lo levantar, se callaron.—  Así me gusta, que me hagáis caso —dijo—. Y escucha, Matías, como vuelvas a montar otro jaleo porque la pájara te arriende te dejo sin comida, ¿a la vejez vas a volverte un perro tonto?

Perro tonto, perro tonto —repetía el eco desde el enramado.

—Y tú también —añadió dirigiéndose a Lucre que muy ufana seguía y seguía arrendándolo—,  ¿te has creído, que vas a salirte siempre con la tuya pájaro, loco?



Pájaro loco, pájaro loco... —y, como Rosi le tirará una tapa de cerveza voló a atraparla en el aire; al menos se calló.

— Están siempre así, estos dos —me dijo mientras echaba la comida del perro en un cuenco—. Si Matías tiene algún hueso, la Lucre se lanza a quitárselo y se lo lleva volando. Matías es un buenazo, seguro que le deja quitárselo para perseguirla un rato. La primera vez que le arrendó, el pobre se volvió loco intentando averiguar donde se escondía el otro perro, ahora ya sabe que es la Lucre, por eso le ladra con más ganas.




El corral era distinto a los patios, más grande, y con muchas puertas a los lados. Cerca de la entrada se encontraba el gallinero, rodeado de una tela metálica, con una puerta de hierro; pegados a la pared unos cuantos palos donde dormían las gallinas y en el suelo de tierra, como el de todo el corral, unos cajones de madera, nidales, NIDALES, ENE-I-DE-A-ELE-E-ESE- los llamó Bernardino, donde las gallinas ponen los huevos. También había unos cuencos, barreños se llaman y no sé porqué porque ni barren ni tienen leña sino agua, je, je, je.

 La verdad es que estaba admirado de todo lo que sabían aquellos dos, hasta entonces había pensado que mamá era quien la persona más sabia del mundo, mucho más que Sunman, por supuesto, pero empezaba a dudarlo. Claro que yo seguía haciendo lo que ella me decía, oídos limpios, ojos atentos y mente abierta, así que cada vez que escuchaba una palabra nueva procuraba repetírmela en voz baja para que no se me olvidase, cuando volviera a casa la buscaría en el diccionario, aunque nidales estuvo a punto de escapárseme porque andaba repitiéndome BARAHUNDA, esa sí que era rotunda cómo no, una vara que te hunde las costillas si no te callas cuando Bernardino te lo manda, je, je,je.

Esta puerta debe estar siempre cerrada —le decía Bernardino a Rosi un poco amoscado porque las gallinas andaban picoteándolo todo—, Enciérralas de una vez y que no se vuelvan a escapar.

Rosi se hizo la longui, (esta es buena, esta es buena LONGUI, que quiere decir distraído, y esta, que conste, que ya la sabía, que mamá me la enseñó), por lo que Bernardino insistió, y Rosi siguió modorrando (esta es de ellos y la verdad que no sé sí la digo bien, porque Rosi lo que hacía era dar vueltas con el perro, no dormir la siesta). Hasta que confesó que le daba miedo acercarse al gallo, así que Bernardino se fue hacia él y lo cogió por las alas.

—Tienes un buen arroz amigo, y a no tardando el mochuelillo y yo te vamos a zampar. ¿Te gusta el gallo? —me preguntó.

De ese nunca he comido —contesté.

— Claro que no. Cómo vas haber comido si está vivo —se burló.







— No,  yo he comido un pescado que se llama igual.

— ¡Ah! —se asombró Bernardino, y me alegré, al menos una vez había sido yo quien le había dejado con la boca abierta—, eso sí que no lo sabía. Tú sabes el refrán ese de nunca te acostarás sin saber una cosa más. ¡Un pescado qué se llama gallo!, ¿quién se lo va a creer!, pero bueno, ¿tú has comido pollo sí o no? —Asentí firmemente—, ¿te gusta? —volví a asentir—. Pues el gallo es todavía mucho más rico. Y si te lo guiso yo, te chuparás los dedos.

Soltó el gallo en el gallinero en cuanto Rosi metió dentro a las gallinas y cerró enseguida la puerta con el cerrojo.

— ¿Las vacas y las cabras dónde están?  —Pregunté, siguiéndole hasta una puerta muy rara, bueno no es no que fuese una puerta, es que estaba partida por la mitad, la parte de abajo cerrada, la de arriba abierta y por ella se asomaba...

— Ven que te voy a presentar a fray Junípero -me dijo. 










jueves, 17 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES VIII



Capítulo VIII
Que trata de las diferentes maneras
 de hacer las cosas en el pueblo.

Rosi, como la llamó la abuela, me cogió de la mano y me llevó al patio. Imaginaros mi sorpresa cuando abrió la puerta. Yo esperaba encontrarme con un cuarto de baño, por lo de lavarnos las manos, pero me equivoqué. Nunca había visto nada igual. No era un cuarto de baño lo que había tras la puerta, desde luego, pero tampoco un patio de luces (la verdad, nunca entendí porqué  doña Petra llamaba patio de luces al que separaba su piso del nuestro sí estaba tan oscuro que parecía que siempre era de noche), sino uno bien grande y chorreante de luz. Me quedé con la boca abierta y menos mal que la niña feucha caminaba delante y no me vio. Cuando se volvió a mirar si le seguía me acordé de cerrar la boca, pero es que yo nunca había visto las paredes de una casa cubiertas de flores y hojas verdes, sólo faltaban los columpios para parecer un parque. 

De repente me volví, tuve la sensación que mamá estaba detrás de mí, podía olerla.

— ¿Qué haces? Pareces un pasmarote ahí quieto y con cara de alelado —dijo Rosi enfurruñada—. Date prisa, que tengo hambre.


Mamá no estaba detrás, lo sabía, pero fue tal el golpe que me dio el corazón que me volví otra vez antes de seguirla. Luego me di cuenta, olía a mamá, sí, pero porque mamá utilizaba colonia que olía a lilas y allí en una esquina, plagado de racimos recién abiertos estaba el lilo más grande que había visto en toda mi vida. Casi se me saltaron las lágrimas, y eso que a mí no me gustaban las lilas, bueno, al principio un poco, pero luego son muy cansadas, empalagosas como los caramelos demasiado chupados.

 Según la abuela no es un árbol sino un arbusto como el brezo y la jara. Y yo digo que lo mismo da ¿no tiene ramas y hojas? Pero los de Cantalojas parecen griegos y a todas las cosas le ponen nombre. En fin, os cuento. 


En un rincón y casi tan grande como el lilo pero más reponponudo y con unas flores blancas y amarillas había otro arbusto, ahora sé que es un celindo CE-E-ELE-I-ENE-DE-O y que si lo hueles de cerca se te pone la punta de la nariz como si te hubieran pegado un huevo frito, que fue lo que hizo conmigo  la niña fea (se lo llamo porque sé, que la he descubierto, que lee lo que escribo a hurtadillas, para que se chinche). Me dijo que oliera la flor del celindo, y lo hice, olía muy bien, mejor que las lilas, pero antes de que levantara la cabeza me la estampó  en la nariz. Y no supe lo del huevo hasta que comenzó a burlarse de mí diciendo “Topa borrego una sopa de huevo en la punta la nariz”.

No sabía porqué lo decía, casi ni la la entendía, para mí como si hablase en mandarín (lo que hablan los chinitos de la China y los de la tienda de la esquina), pero luego, cuando oyó que alguien venía se calló y me ofreció la muñeca para que me limpiase la nariz con su vestido.  Y es verdad lo del huevo porque una tarde en que se estaba comiendo a escondidas un trozo de tarta de la abuela se lo hice a ella y no sólo se le puso la nariz amarilla sino que fue aún más divertido porque empezó a estornudar y se le salían las migas de pastel por la nariz. La verdad, a Rosi no le hizo mucha gracia. Pero yo sí que me reí. Y es que ya no soy tan lila como era aquel primer día.  

El patio era grande, muy grande, con un pozo y una pila en el centro, aunque sin peces. En frente una puerta enorme de madera con un gran cerrojo y un llamador, una mano de hierro empuñando una bola. Hacía un ruido de los demonios, Rosi se entretuvo en dar llamotazos.

— Esta es la puerta de los corrales, si llamas muy fuerte todos los bichos se ponen a hacer ruido a la vez, las gallinas a cacarear, los gatos a maullar, los cerdos a gruñir y eso es porque se creen que les llevas la comida y todos dicen "primero a mí, primero a mí", en su idioma, claro —me explicó—. Después de comer te los enseño —añadió, luego me preguntó—. ¿De verdad eres de Madrid? 


No esperó que le respondiera, eso le pasa siempre, Rober dice que Rosi va a su bola, y yo sé, ahora que es cierto, aquella mediodía me contó de corrido—. Yo iré a Sigüenza este verano, ¿es Madrid tan grande como Sigüenza? Mi hermano Diego estuvo el año pasado, cuando le operaron de las anginas y volvió presumiendo que aquella era la ciudad más grande del mundo. Yo le dije que no podía ser, que en todo caso Madrid, pero me contestó que Madrid no existía, que sólo aparecía en los libros de la escuela para fastidiarnos, pero ahora que tú estás aquí le voy a llamar mentiroso, no sabes la rabia que le va a dar —Y sin venir a cuento me preguntó — ¿Pero qué haces, porque no te lavas las manos?

Estuve a punto de volver a quedarme con la boca abierta, pero me lo pensé, aquella niña era muy rara, aún así me giré a ver si encontraba la puerta del cuarto de baño, pero allí no había más puertas que la de los corrales, la del llamador en forma de mano.

— Ahí, en el grifo —dijo señalando un pez dorado que había sobre la pila.

— ¿Y dónde me seco? —Le pregunté después de mojarme las manos bajo el chorro que salía por la boca del pez, porque, cosa normal, por allí no se veía ninguna toalla.


 Aunque antes de que me pudiera contestar me volví a quedar con la boca abierta (Rober me lo ha contado y dice que no debo enfadarme, pero aquella tarde les fue diciendo a todos que tenía la boca tan grande que debía tenerla siempre abierta o me moría). Porque se metió entre las ramas del celindo, se bajo las bragas, se acuclilló y orinó. Eso hizo. 

Al verla a mí también me entraron ganas, la verdad, había estado más de dos horas en el coche y no había dicho nada, por si acaso papá se arrepentía y luego, con el recibimiento y todo eso, se me había olvidado, pero entre el chorro del grifo y el ruído que hacía Rosi, me entraron algunas apreturas (A-PE-TE-ERRE-U-ERE-A-ESE, osease unas grandísimas prisas); pero claro, aquello eran cosas mayores, no como mojarse las manos. No iba a hacer pis delante de ella, eso sólo se hace en el cuarto de baño y por lo privado (que diría Rober), cuando no hay nadie.

Qué os voy a contar, pues eso que con el ruido del pis de Rosi, el mio se volvió impaciente y tuve que apretar las piernas, y claro se dio cuenta.

— ¿Te meas? —La verdad, es un poco ordinaria, pero yo la quiero mucho, que conste, aunque enseguida dijese—. Pues hazlo, ¿o te da vergüenza que te vea el pito?

Me quedé mudo nunca oí a nadie decir esas palabrotas, y la cara empezó a arderme como  después del primer día de playa.

—¿O es qué no sabes desabrocharte los pantalones? —añadió burlándose. Y no era verdad, sí que sabía hacerlo, había aprendido enseguida, pero no podía, no allí con ella delante.

Se había levantado y andaba subiéndose las bragas.

— Bueno, no te preocupes, a lo mejor es que los de Madrid os gusta hacéroslo en los pantalones.

Luego debió verme la cara apretada y se dio la vuelta.

— Venga, sácate el pito de una vez, te vas a mear encima. Mira que eres lila-, eso dijo, lila, y yo pensé que quería decir que era como un capullo del lilo, pequeño y empalagoso y me salieron los colores. Entre una cosa y otra ya casi se me salía, aunque me lo quise sujetar con las manos, yo necesitaba un cuarto de baño.

   ¿No hay un baño?

— Claro que sí, ¿tú eres tonto o qué?, ¿cómo no va a haber un baño? Para que te enteres hay tres, dos arriba y otro abajo, pero mi madre, que es quien los limpia, me tiene dicho que yo allí no pase, habiendo como hay tantos corrales. El cuarto de baño es para cuando uno está malo. No para cuando uno se mea.


Me pareció que decía cosas muy raras, pero ya no podía aguantarme. Así que le di la espalda e hice pis sobre el mismo celindo. Cuando terminé y me abroché bien los pantalones me volví, se estaba riendo.

— Mi hermano Diego —dijo— echa el chorro más largo que nadie de este pueblo, desde donde tú estás puede mojar la puerta de la casa.

Aquello no tenía respuesta, me pareció de niños sucios manchar de pis la puerta de la casa, debió pensar que no la creía porque insistió.

— Si no te lo crees te vienes conmigo después de comer y te lo demuestro.

Y luego añadió, para que no me quedase duda de lo mala que era:

— Y ni se te ocurra contarle a nadie lo que acabas de hacer, ¿es que no me has oído?, se mea en el corral, en el basurero, no en el patio de las flores y entonces fue cuando me dio con la flor del celindo en la nariz y empezó a decirme eso de “Topa borrego, una sopa de huevo en la punta en la nariz”.

Me estaba lavando otra vez las manos cuando Bernardino, que acababa de llegar, también se las mojaba, y le pregunté, que dónde podía secármelas.

   Sacúdelas —dijo, y como las moví muy despacio insistió.


— No hombre, con más fuerza, como si estuvieses bailando fandangos, ¿no sabes? No importa yo te enseño, ya verás cómo se secan solas —y mientras hablaba levantó los brazos por encima de la cabeza y empezó a sacudir fuertemente las manos y a levantar las piernas—, pues yo creí que los de Madrid bailabais todos fandangos.

No lo podía creer, yo habría jurado que Bernardino era un señor muy  serio, sí tenía cara de pocos amigos. Y sin embargo, allí estaba haciendo payasadas, porque yo no sabía bailar, pero él tampoco. Así que, le imité y nos entró a los dos la risa. Cuando papá apareció en el patio estábamos los tres bailando y brincando.

— ¿Qué hacéis? —Preguntó.

— Pues nada Luisito, ¿qué vamos a hacer? Le estaba enseñando a tu chico como se seca uno las manos por aquí.

— Ya ves, Quique, Bernardino tiene un montón de cosas que enseñarte —dijo papá y me pareció que él también se burlaba de mí y no me gustó, así no era como uno se secaba las manos, mi mamá me había ensañado muy bien a hacerlo, sin embargo cuando las miré me volví a quedar con la boca abierta. Estaban secas.

— Papá ¿tú lo sabías?



— Pues claro —se le anticipó Bernardino—. Todo, bueno casi todo lo que tu padre sabe se lo enseñado yo.


Papá me miró, creo que no sabía que responder, que necesitaba una escusa porque antes de contestarme miró alrededor del patio como buscándola. Bernardino se le adelantó otra vez.

— ¿Por qué va a ser? Porque en la capital no tenéis más que una sola manera de secároslas: con toallas y en el baño. Pero en los pueblos, en los pueblos, amigo, hay cientos y cientos de maneras distintas de hacer cualquier cosa. Menos una, que sólo tiene una manera, ¿a qué no sabes cuál es?

   No —contesté despacio, porque había acercado su cara a la mía.

— Pues comer, córcholis!, ¿qué va a ser? En Madrid y en Cantalojas si quieres comer tienes que abrir la boca —y soltó una gran risotada. 



El cocido de la abuela estaba riquísimo, sabía casi mejor que él de mamá, pero no se lo dije. La abuela, no sé como lo supo, me puso en la sopa dos garbanzos, que nadaban y escapaban, hasta que los atrapé y me los tragué, me encantaba hacerlo.. Y luego de postre dos cosas: un trozo de bizcocho borracho con piña, que era mi favorito, y una rodaja de calabaza asada, una cosa que nunca había comido. Papá me miró, creo que me estaba leyendo el pensamiento, no iba a comer de aquello, cogió una con las manos, le tiró un gran bocado y se relamió los labios.

— Ya ni me acordaba, de lo buena que está la calabazas asada —dijo mirándome.

Cogí una y con cuidado le mordisqueé despacito la punta. Era realmente lo que parecía, calabaza, más dulce que ninguna otra que hubiese comido, además se deshacía en la boca. La abuela no me quitaba ojo, tampoco Bernardino, tan sólo Rosi seguía a lo suyo, tragar uno tras otro y muy deprisa pedazos de bizcocho.

    ¿Puedo coger otra? —Pregunté.

— Pues claro, coge las que quieras, so lila, será por calabaza...

Y me puse las botas comiendo calabaza. Rosi intentaba ganarme, cogía los trozos y se los metía en la boca uno tras otro, sin tiempo de saborearlos. Estaba a punto de acabarse la bandeja. Cuando fui a coger el último se me adelantó y de un bocado se lo tragó. Me dio una rabia. Pero no me queje. Papá y la abuela hablaban entre ellos y a Bernardino se le cerraban los ojos, echaba una cabezada, que dice él. Para despejar la mente, dice.

¿Has ido alguna vez al circo? —me preguntó Rosi subida en la silla, y bajando la voz para que los demás no la oyesen.

   Sí... las Navidades pasadas.

Me había llevado mamá. Papá no vino con nosotros, tenía que trabajar.





   ¿Y había cabras?

   ¿En el circo? No.

Si ya me había extrañado la pregunta más rara fue su contestación.

— Pues entonces no has estado en un verdadero circo. Mi hermano Diego fue al de Sigüenza y dice que había cabras que bailaban. Pues va a resultar que tenía razón y Madrid no es tan importante como pensaba yo. No, no lo pueden ser si no tienen un circo con cabras.

Una cosa antes de continuar, Rosi es mi amiga, ya lo he dicho, pero a veces a uno le gustaría poder ser sordo cuando está con ella. Hay que ver como casca.

— Diego tiene una, ¿sabes? —me decía—,  se la regaló mi madre por su cumpleaños. La está enseñando a bailar mientras él toca la trompeta. Cuando lo haga bien nos iremos por los pueblos de la Sierra, seguro que nos contratan en Atienza, para la Caballada. Ya verás, nos vamos a hacer ricos en un pispás.




No me interesaban los planes de Rosi, quería que se callara de una vez porque los mayores hablaban de mamá y no me dejaba oírlos. Papá dijo algo así como que tenía un virus, y los médicos no habían sido capaces aún de identificarlo.

Cuando terminaron la abuela se levantó renqueando, que quiere decir cojeando a medias, pero que conste que esta palabra la he aprendido hoy  y la voy a utilizar un montón de veces para que no se me olvide. Bueno, que la abuela renqueaba (je, je) porque se había resbalado el invierno en la nieve y la rodilla no se le había curado todavía. Así que renqueante (je, je, je) se levantó y no pude oír lo que le contestaba a papa cuando le preguntó que porqué no le había avisado de la caída, porque Bernardino se me acercó, sin renquear (je, je, je, je) y me preguntó.

— Qué, mochuelillo, ¿te vienes a dar una vuelta por el corral? Verás lo nunca visto.
          Miré a papá, no sabía si podía ir o no, a lo mejor ya quería volverse a Madrid y, bueno..., yo aún no me había decidido.

— Anda ve con él —dijo, empujándome hacia el pastor—. Mientras voy sacando las cosas del coche.

Quise decirle que no, que se esperase, pero ya salía al zaguán y Bernardino me retuvo por el brazo.

— Déjale, te voy a presentar a Fray Junípero; si le gustas a lo mejor te deja que lo montes.