jueves, 17 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES VIII



Capítulo VIII
Que trata de las diferentes maneras
 de hacer las cosas en el pueblo.

Rosi, como la llamó la abuela, me cogió de la mano y me llevó al patio. Imaginaros mi sorpresa cuando abrió la puerta. Yo esperaba encontrarme con un cuarto de baño, por lo de lavarnos las manos, pero me equivoqué. Nunca había visto nada igual. No era un cuarto de baño lo que había tras la puerta, desde luego, pero tampoco un patio de luces (la verdad, nunca entendí porqué  doña Petra llamaba patio de luces al que separaba su piso del nuestro sí estaba tan oscuro que parecía que siempre era de noche), sino uno bien grande y chorreante de luz. Me quedé con la boca abierta y menos mal que la niña feucha caminaba delante y no me vio. Cuando se volvió a mirar si le seguía me acordé de cerrar la boca, pero es que yo nunca había visto las paredes de una casa cubiertas de flores y hojas verdes, sólo faltaban los columpios para parecer un parque. 

De repente me volví, tuve la sensación que mamá estaba detrás de mí, podía olerla.

— ¿Qué haces? Pareces un pasmarote ahí quieto y con cara de alelado —dijo Rosi enfurruñada—. Date prisa, que tengo hambre.


Mamá no estaba detrás, lo sabía, pero fue tal el golpe que me dio el corazón que me volví otra vez antes de seguirla. Luego me di cuenta, olía a mamá, sí, pero porque mamá utilizaba colonia que olía a lilas y allí en una esquina, plagado de racimos recién abiertos estaba el lilo más grande que había visto en toda mi vida. Casi se me saltaron las lágrimas, y eso que a mí no me gustaban las lilas, bueno, al principio un poco, pero luego son muy cansadas, empalagosas como los caramelos demasiado chupados.

 Según la abuela no es un árbol sino un arbusto como el brezo y la jara. Y yo digo que lo mismo da ¿no tiene ramas y hojas? Pero los de Cantalojas parecen griegos y a todas las cosas le ponen nombre. En fin, os cuento. 


En un rincón y casi tan grande como el lilo pero más reponponudo y con unas flores blancas y amarillas había otro arbusto, ahora sé que es un celindo CE-E-ELE-I-ENE-DE-O y que si lo hueles de cerca se te pone la punta de la nariz como si te hubieran pegado un huevo frito, que fue lo que hizo conmigo  la niña fea (se lo llamo porque sé, que la he descubierto, que lee lo que escribo a hurtadillas, para que se chinche). Me dijo que oliera la flor del celindo, y lo hice, olía muy bien, mejor que las lilas, pero antes de que levantara la cabeza me la estampó  en la nariz. Y no supe lo del huevo hasta que comenzó a burlarse de mí diciendo “Topa borrego una sopa de huevo en la punta la nariz”.

No sabía porqué lo decía, casi ni la la entendía, para mí como si hablase en mandarín (lo que hablan los chinitos de la China y los de la tienda de la esquina), pero luego, cuando oyó que alguien venía se calló y me ofreció la muñeca para que me limpiase la nariz con su vestido.  Y es verdad lo del huevo porque una tarde en que se estaba comiendo a escondidas un trozo de tarta de la abuela se lo hice a ella y no sólo se le puso la nariz amarilla sino que fue aún más divertido porque empezó a estornudar y se le salían las migas de pastel por la nariz. La verdad, a Rosi no le hizo mucha gracia. Pero yo sí que me reí. Y es que ya no soy tan lila como era aquel primer día.  

El patio era grande, muy grande, con un pozo y una pila en el centro, aunque sin peces. En frente una puerta enorme de madera con un gran cerrojo y un llamador, una mano de hierro empuñando una bola. Hacía un ruido de los demonios, Rosi se entretuvo en dar llamotazos.

— Esta es la puerta de los corrales, si llamas muy fuerte todos los bichos se ponen a hacer ruido a la vez, las gallinas a cacarear, los gatos a maullar, los cerdos a gruñir y eso es porque se creen que les llevas la comida y todos dicen "primero a mí, primero a mí", en su idioma, claro —me explicó—. Después de comer te los enseño —añadió, luego me preguntó—. ¿De verdad eres de Madrid? 


No esperó que le respondiera, eso le pasa siempre, Rober dice que Rosi va a su bola, y yo sé, ahora que es cierto, aquella mediodía me contó de corrido—. Yo iré a Sigüenza este verano, ¿es Madrid tan grande como Sigüenza? Mi hermano Diego estuvo el año pasado, cuando le operaron de las anginas y volvió presumiendo que aquella era la ciudad más grande del mundo. Yo le dije que no podía ser, que en todo caso Madrid, pero me contestó que Madrid no existía, que sólo aparecía en los libros de la escuela para fastidiarnos, pero ahora que tú estás aquí le voy a llamar mentiroso, no sabes la rabia que le va a dar —Y sin venir a cuento me preguntó — ¿Pero qué haces, porque no te lavas las manos?

Estuve a punto de volver a quedarme con la boca abierta, pero me lo pensé, aquella niña era muy rara, aún así me giré a ver si encontraba la puerta del cuarto de baño, pero allí no había más puertas que la de los corrales, la del llamador en forma de mano.

— Ahí, en el grifo —dijo señalando un pez dorado que había sobre la pila.

— ¿Y dónde me seco? —Le pregunté después de mojarme las manos bajo el chorro que salía por la boca del pez, porque, cosa normal, por allí no se veía ninguna toalla.


 Aunque antes de que me pudiera contestar me volví a quedar con la boca abierta (Rober me lo ha contado y dice que no debo enfadarme, pero aquella tarde les fue diciendo a todos que tenía la boca tan grande que debía tenerla siempre abierta o me moría). Porque se metió entre las ramas del celindo, se bajo las bragas, se acuclilló y orinó. Eso hizo. 

Al verla a mí también me entraron ganas, la verdad, había estado más de dos horas en el coche y no había dicho nada, por si acaso papá se arrepentía y luego, con el recibimiento y todo eso, se me había olvidado, pero entre el chorro del grifo y el ruído que hacía Rosi, me entraron algunas apreturas (A-PE-TE-ERRE-U-ERE-A-ESE, osease unas grandísimas prisas); pero claro, aquello eran cosas mayores, no como mojarse las manos. No iba a hacer pis delante de ella, eso sólo se hace en el cuarto de baño y por lo privado (que diría Rober), cuando no hay nadie.

Qué os voy a contar, pues eso que con el ruido del pis de Rosi, el mio se volvió impaciente y tuve que apretar las piernas, y claro se dio cuenta.

— ¿Te meas? —La verdad, es un poco ordinaria, pero yo la quiero mucho, que conste, aunque enseguida dijese—. Pues hazlo, ¿o te da vergüenza que te vea el pito?

Me quedé mudo nunca oí a nadie decir esas palabrotas, y la cara empezó a arderme como  después del primer día de playa.

—¿O es qué no sabes desabrocharte los pantalones? —añadió burlándose. Y no era verdad, sí que sabía hacerlo, había aprendido enseguida, pero no podía, no allí con ella delante.

Se había levantado y andaba subiéndose las bragas.

— Bueno, no te preocupes, a lo mejor es que los de Madrid os gusta hacéroslo en los pantalones.

Luego debió verme la cara apretada y se dio la vuelta.

— Venga, sácate el pito de una vez, te vas a mear encima. Mira que eres lila-, eso dijo, lila, y yo pensé que quería decir que era como un capullo del lilo, pequeño y empalagoso y me salieron los colores. Entre una cosa y otra ya casi se me salía, aunque me lo quise sujetar con las manos, yo necesitaba un cuarto de baño.

   ¿No hay un baño?

— Claro que sí, ¿tú eres tonto o qué?, ¿cómo no va a haber un baño? Para que te enteres hay tres, dos arriba y otro abajo, pero mi madre, que es quien los limpia, me tiene dicho que yo allí no pase, habiendo como hay tantos corrales. El cuarto de baño es para cuando uno está malo. No para cuando uno se mea.


Me pareció que decía cosas muy raras, pero ya no podía aguantarme. Así que le di la espalda e hice pis sobre el mismo celindo. Cuando terminé y me abroché bien los pantalones me volví, se estaba riendo.

— Mi hermano Diego —dijo— echa el chorro más largo que nadie de este pueblo, desde donde tú estás puede mojar la puerta de la casa.

Aquello no tenía respuesta, me pareció de niños sucios manchar de pis la puerta de la casa, debió pensar que no la creía porque insistió.

— Si no te lo crees te vienes conmigo después de comer y te lo demuestro.

Y luego añadió, para que no me quedase duda de lo mala que era:

— Y ni se te ocurra contarle a nadie lo que acabas de hacer, ¿es que no me has oído?, se mea en el corral, en el basurero, no en el patio de las flores y entonces fue cuando me dio con la flor del celindo en la nariz y empezó a decirme eso de “Topa borrego, una sopa de huevo en la punta en la nariz”.

Me estaba lavando otra vez las manos cuando Bernardino, que acababa de llegar, también se las mojaba, y le pregunté, que dónde podía secármelas.

   Sacúdelas —dijo, y como las moví muy despacio insistió.


— No hombre, con más fuerza, como si estuvieses bailando fandangos, ¿no sabes? No importa yo te enseño, ya verás cómo se secan solas —y mientras hablaba levantó los brazos por encima de la cabeza y empezó a sacudir fuertemente las manos y a levantar las piernas—, pues yo creí que los de Madrid bailabais todos fandangos.

No lo podía creer, yo habría jurado que Bernardino era un señor muy  serio, sí tenía cara de pocos amigos. Y sin embargo, allí estaba haciendo payasadas, porque yo no sabía bailar, pero él tampoco. Así que, le imité y nos entró a los dos la risa. Cuando papá apareció en el patio estábamos los tres bailando y brincando.

— ¿Qué hacéis? —Preguntó.

— Pues nada Luisito, ¿qué vamos a hacer? Le estaba enseñando a tu chico como se seca uno las manos por aquí.

— Ya ves, Quique, Bernardino tiene un montón de cosas que enseñarte —dijo papá y me pareció que él también se burlaba de mí y no me gustó, así no era como uno se secaba las manos, mi mamá me había ensañado muy bien a hacerlo, sin embargo cuando las miré me volví a quedar con la boca abierta. Estaban secas.

— Papá ¿tú lo sabías?



— Pues claro —se le anticipó Bernardino—. Todo, bueno casi todo lo que tu padre sabe se lo enseñado yo.


Papá me miró, creo que no sabía que responder, que necesitaba una escusa porque antes de contestarme miró alrededor del patio como buscándola. Bernardino se le adelantó otra vez.

— ¿Por qué va a ser? Porque en la capital no tenéis más que una sola manera de secároslas: con toallas y en el baño. Pero en los pueblos, en los pueblos, amigo, hay cientos y cientos de maneras distintas de hacer cualquier cosa. Menos una, que sólo tiene una manera, ¿a qué no sabes cuál es?

   No —contesté despacio, porque había acercado su cara a la mía.

— Pues comer, córcholis!, ¿qué va a ser? En Madrid y en Cantalojas si quieres comer tienes que abrir la boca —y soltó una gran risotada. 



El cocido de la abuela estaba riquísimo, sabía casi mejor que él de mamá, pero no se lo dije. La abuela, no sé como lo supo, me puso en la sopa dos garbanzos, que nadaban y escapaban, hasta que los atrapé y me los tragué, me encantaba hacerlo.. Y luego de postre dos cosas: un trozo de bizcocho borracho con piña, que era mi favorito, y una rodaja de calabaza asada, una cosa que nunca había comido. Papá me miró, creo que me estaba leyendo el pensamiento, no iba a comer de aquello, cogió una con las manos, le tiró un gran bocado y se relamió los labios.

— Ya ni me acordaba, de lo buena que está la calabazas asada —dijo mirándome.

Cogí una y con cuidado le mordisqueé despacito la punta. Era realmente lo que parecía, calabaza, más dulce que ninguna otra que hubiese comido, además se deshacía en la boca. La abuela no me quitaba ojo, tampoco Bernardino, tan sólo Rosi seguía a lo suyo, tragar uno tras otro y muy deprisa pedazos de bizcocho.

    ¿Puedo coger otra? —Pregunté.

— Pues claro, coge las que quieras, so lila, será por calabaza...

Y me puse las botas comiendo calabaza. Rosi intentaba ganarme, cogía los trozos y se los metía en la boca uno tras otro, sin tiempo de saborearlos. Estaba a punto de acabarse la bandeja. Cuando fui a coger el último se me adelantó y de un bocado se lo tragó. Me dio una rabia. Pero no me queje. Papá y la abuela hablaban entre ellos y a Bernardino se le cerraban los ojos, echaba una cabezada, que dice él. Para despejar la mente, dice.

¿Has ido alguna vez al circo? —me preguntó Rosi subida en la silla, y bajando la voz para que los demás no la oyesen.

   Sí... las Navidades pasadas.

Me había llevado mamá. Papá no vino con nosotros, tenía que trabajar.





   ¿Y había cabras?

   ¿En el circo? No.

Si ya me había extrañado la pregunta más rara fue su contestación.

— Pues entonces no has estado en un verdadero circo. Mi hermano Diego fue al de Sigüenza y dice que había cabras que bailaban. Pues va a resultar que tenía razón y Madrid no es tan importante como pensaba yo. No, no lo pueden ser si no tienen un circo con cabras.

Una cosa antes de continuar, Rosi es mi amiga, ya lo he dicho, pero a veces a uno le gustaría poder ser sordo cuando está con ella. Hay que ver como casca.

— Diego tiene una, ¿sabes? —me decía—,  se la regaló mi madre por su cumpleaños. La está enseñando a bailar mientras él toca la trompeta. Cuando lo haga bien nos iremos por los pueblos de la Sierra, seguro que nos contratan en Atienza, para la Caballada. Ya verás, nos vamos a hacer ricos en un pispás.




No me interesaban los planes de Rosi, quería que se callara de una vez porque los mayores hablaban de mamá y no me dejaba oírlos. Papá dijo algo así como que tenía un virus, y los médicos no habían sido capaces aún de identificarlo.

Cuando terminaron la abuela se levantó renqueando, que quiere decir cojeando a medias, pero que conste que esta palabra la he aprendido hoy  y la voy a utilizar un montón de veces para que no se me olvide. Bueno, que la abuela renqueaba (je, je) porque se había resbalado el invierno en la nieve y la rodilla no se le había curado todavía. Así que renqueante (je, je, je) se levantó y no pude oír lo que le contestaba a papa cuando le preguntó que porqué no le había avisado de la caída, porque Bernardino se me acercó, sin renquear (je, je, je, je) y me preguntó.

— Qué, mochuelillo, ¿te vienes a dar una vuelta por el corral? Verás lo nunca visto.
          Miré a papá, no sabía si podía ir o no, a lo mejor ya quería volverse a Madrid y, bueno..., yo aún no me había decidido.

— Anda ve con él —dijo, empujándome hacia el pastor—. Mientras voy sacando las cosas del coche.

Quise decirle que no, que se esperase, pero ya salía al zaguán y Bernardino me retuvo por el brazo.

— Déjale, te voy a presentar a Fray Junípero; si le gustas a lo mejor te deja que lo montes.