martes, 1 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES






Capítulo I

Que trata de cuando sólo éramos
 mamá, el mundo y yo

¡Hola!, me llamo Enrique, aunque todos se empeñan en llamarme Quique, últimamente para los del equipo soy Íker, y Lucre, la graja ladrona, cuando me ve repite KiaKie, Kiakie.

Esta historia no es un cuento, es verídica; aunque en ella aparezcan  Severiano, un ratón cuentacuentos; Matías, un perro viejo; Escaiman, el hombre del cielo o Bernardino, mi amigo el pastor; y como no, Sunman, el malo.

Voy a cumplir siete años, y ocho, y nueve..., si Dios quiere y el burro no se muere, como dice Bernardino, que nada más verme, cuando llegué al pueblo,  pensó que yo era un listillo parlanchín al que habían mimado demasiado y se propuso embastarme, sólo un poco, porque según se dijo, más valía que fuese un listillo preguntón que no un cazurro zamujo, que para pocas palabras ya tenía él a las vacas y las  cabras, y que las palabras finolis se podían cambiar por otras igual de buenas, pero más recias.

Y es que  desde que nací, mi mamá me habló con las palabras del diccionario, no como las mamás de otros, que yo las oía en el parque decirles monín, chiqui, chiqui y ellos bobalicones sonreían y hacían pedorretas, como si de verdad entendieran algo. Mi mamá no, ella hablaba conmigo como lo hacía con papá o con el médico, o con la de la tienda de revistas. Cuando yo no entendía  o cuando aparecía una palabra nueva se sonreía, me miraba fijamente y me preguntaba ¿Pero, cómo puedes no saber lo qué es un ornitorrinco? 


Lo sabía desde chiquitín, ornitorrinco era nuestra palabra secreta y también un animal un poco más grande que mi Severiano,  con pico de pato en lugar de hocico y palmas en la patas en lugar de dedos. Mamá quería decir que cuando nací ya sabía casi todo, porque desde que se dio cuenta de que estaba dentro de ella se pasaba el día contándome todo lo que había aprendido y, claro, si ella sabía lo que significaba una palabra yo también debía de saberlo, salvo que —me explicaba bajito— seas un niño olvidadizo y entonces debas refrescarte la memoria con el diccionario.

Al principio sólo estábamos mamá y yo. También papá, pero sólo por las noches y, claro, yo no siempre lo veía porque trabajaba muchas horas. Mi mamá, al contrario que otras, sólo me cuidaba a mí. Y como ella me cuidaba yo no he ido nunca a la guardería. Mamá las llamaba talleres mecánicos, porque, como si fueran coches, se dejaba a los críos por la mañana para que los limpiasen, desengrasasen, les cambiasen de aceite y después, en un rincón, cogiesen tranquilamente un poco de polvo; por la noche los padres, muy cansados, tanto que no reparaban en el polvo, los recogían, les daban otro poco de aceite (bueno papilla) y los volvían a aparcar  en la cuna, hasta la mañana siguiente en que todo volvía a empezar.

Yo estaba seguro de que esos niños eran los que luego se  dedicaban a tirar a los demás de los columpios, te robaban la merienda y en cuanto se hacían grandes se convertían en ayudantes de Sunman y  secuestraban a la gente para mantener en funcionamiento los hornos del sol. Como mamá me cuidó nunca fui un niño aparcado, así que nunca trabajaré para Sunman, pero eso me daba más miedo porque significaba que los malos me secuestrarían para convertirme en leña. Bueno, eso era lo que creía cuando vivía en Madrid y era más chico.


Madrid es la ciudad en que vivo, en que vivía antes, y lo que en ella abunda son las casas muy pegaditas, como las ovejas en el rebaño, casi todas igual de grandes e igual de altas. A veces, como en el bosque los arboles más viejos, se asomaba algún rascacielos —una casa tan alta, tan alta que le rasca la tripa al cielo—  otras, las casas se separan y dejan sitio a una calle ancha y larga por donde pasa la gente y  coches y más coches, y camiones. ¡Ah! y un día vi desfilar ovejas, ¡ya ni me acordaba!

Cómo pasábamos mucho tiempo solos, mamá se dedicaba a recordarme lo que ya me enseñó cuando estaba en su tripa, que vivimos en el planeta Tierra, que forma parte del Sistema Solar que a su vez forma parte del Universo.

LA TIERRA es redonda, como una pelota de tenis, aunque un poquito más grande para que quepan tanta gente y tantas cosas. Y gira alrededor de sí misma, por eso hay noche y día, y luego gira también alrededor del sol y por eso unas veces hace frío y otras, calor.


 EL SOL, según mamá, es un astro muy poderoso y bueno, que hace que en la tierra crezcan las plantas y haya luz y podamos vivir los seres humanos y no helarnos de frío. Pero yo no estaba de acuerdo con esa teoría. Si el sol es un astro  poderoso, y da calor y tiene tanta luz es porque en su centro arden unos grandes hornos, y cómo en él hace tanta calor y los hornos son tan grandes pues no puede crecer nada, ni arboles ni casas, nada. En él sólo hay unas pistas de aterrizaje, esas manchas que a veces se le notan, donde Sunman y sus ayudantes aterrizan con sus naves y descargan el suministro de carburante para mantenerle encendido. Me lo explicó una tarde doña Petra, nuestra vecina.

Mamá había tenido que ir al médico y me llevó a su casa. Yo quería haber ido con mamá y no hacía más que abrir la ventana y salir al balcón a ver si volvía. Un poco enfadada porque no me estaba quieto, doña Petra me cogió por el brazo, me sentó en un taburete frente a su mecedora y mientras acariciaba a su gata Riska me lo contó. La verdad, a mí al principio no me convenció, pero luego cuando se puso el sol y mamá no regresaba me empezó a parecer que tenía razón, porque vamos a ver, ¿dónde si no van las personas que nunca más volvemos a ver o las que viven al otro lado de la tierra o los que están debajo de nosotros? Si la tierra es redonda deberían estar sujetos con cuerdas, si no se caerían o se marearían de estar cabeza abajo, y sin embargo no dicen en el telediario que se haya caído nadie de la tierra al espacio, o que nos amenace una nube de espaguetis vomitados. 


Así que pensé que tenía razón, que en cuanto se hacía de noche, si la gente no tenía cuidado y se dormía a pierna suelta,  Sunman los recogía a todos y se los llevaba en su platillo volante hasta el sol, para allí tirarlos a los hornos. Aquella noche tuve mi primera pesadilla y aunque me asusté al principio, luego me pareció fenomenal, así Sunman no sabría nunca cuándo estaba dormido y cuándo despierto, y no me secuestraría. No se lo conté a mamá porque como se despertaba siempre a cuidarme no le pasaría nada, de papá no me preocupé, la verdad es que por entonces no me importaba lo que fuese de él.





Capítulo II
Que trata de la naturaleza, 
los animales…  y los seres humanos







Mamá lo sabía todo, todo. Decía que las cosas creadas del mundo son muchas y muy diferentes: la Naturaleza, es decir las montañas, los ríos, los lagos, el viento y las piedras. Naturaleza, lo que se dice Naturaleza,  yo no conocía mucha, la montaña rusa del parque de atracciones (es broma), el Manzanares, que es el río de Madrid y no está mal, el lago de El Retiro, donde en primavera dábamos una vuelta en barca, muy poca cosa, ya lo sé. Ahora  es distinto, a veces desde mi ventana de la buhardilla puedo ver el  Ocejón  una  montaña muy alta, mucho más que las torres Kio, tiene según Bernardino miles y miles de metros, según el atlas viejo de papá son 2.063, pero Bernardino a veces es un exagerado.

Para ríos tengo dos, eso sí, como es aquí cerca donde nacen,  son muy estrechos y pequeños, Bernardino dicen que apenas aprendices de río, pero eso también lo decía mamá del Manzanares y en comparación con el Sorbe, es un pantano. A mí me gusta más el Lillas, porque tiene truchas con las que juego a hacer como que las pesco y se enfadan y se escapan río abajo. 


El sábado pasado salimos papá y yo a dar un paseo río arriba y él construyó para mí un molino de agua con carrizos (ahora, aquí, papá ya no es el mismo, ahora sí es papá). Se necesita una técnica muy especial para construirlos, los molinos, digo, no hay que ser ingeniero claro, pero debes medir no sólo las cañas que vas a utilizar sino tener en cuenta la fuerza de la corriente de agua, la profundidad del río y si arrastra piedras o ramas que pueden impedir que gire. Es muy hermoso, y de verdad que gira. Papá me dijo que hasta que no lloviese y el río arrastrase más agua seguirá girando, ahora ya debe de habérselo llevado la corriente pero estuvo en pie más de tres semanas, que fui a verlo todas las tardes, pero no le hice una foto.

En cuanto a lagos no he conocido ninguno, pero sí que hemos ido de excursión con el padre de mi amigo Rober a la Laguna de Somolinos, que es mucho más hermosa que el lago de El Retiro, y también tiene barcas, aunque como éramos muchos no nos dimos un paseo, pero jugamos al escondite entre los juncos y las piedras y a hacer ruido en la orilla para asustar a los peces y evitar que, tontos ellos que creían ver moscas donde sólo había hilos, picaran en los anzuelos y se fueran a la cesta.

Luego está el mundo Vegetal, bueno de los vegetales. Aparte de las verduras que mamá me obligaba a comer todos los días y los tres árboles del parque de al lado de casa que decía que eran plátanos (creo que se equivocaba, como era de Madrid, no sabía distinguir un árbol de una fruta), lo desconocía todo, nada que ver con lo que ahora sé. 


Aquí hay de todo, pinos, la abuela tiene muchos (todo un monte es suyo), tejos que son tan venenosos que ni las cabras los ramonean (¿a qué no sabíais que esa palabra existía?), y por eso duran tanto. Bernardino dice que él conoce uno de más de seiscientos años, bueno ya digo que exagera un poco. Aunque me enseñó uno que parece extraterrestre.




Chopos, alisos, encinas, robles, muchos robles y sobre todo hayas, que también es un árbol muy viejo y en otoño le entra tanto bochorno que se pone todo rojo. Eso sólo en cuanto a los árboles grandes, luego están los arboles chicos que se llaman arbustos y aquí pues ni te cuento lo que hay, madroños que según Rober están muy buenos maduros y te pueden achispar, igual que las moras, que son el fruto de la zarzamora, o la jara pringosa, que sólo sirve para que las abejas fabriquen miel, o el brezo que huele a iglesia...

Sólo de pensar todas las plantas me mareo, y si vamos a decir nombres de hierbas pues ya no acabamos nunca, Bernardino conoce muchísimas, algunas tienen nombre rarísimos, como Pelo de vieja, de la que con un manojo hace una escoba, o Milenrama, que te cura la tos. Porque las hierbas curan, algunas, claro, incluso las que te encuentras a la vera del camino, ¿a que es bonito lo de la vera del camino? Pues quiere decir ni más ni menos que al lado del camino, pero dicho así suena muy soso.



Y el mundo Animal, que como su propio nombre indica esta llenito, pero que llenito de animales. Aunque yo en Madrid sólo veía perros, gatos, pájaros callejeros, los jilgueros de la vecina del segundo, y algunas arañas pequeñas, hormigas y moscas en verano.

Los odiaba: las palomas de las calles porque si te descuidabas te picaban las piernas o se comían los gusanitos casi antes de que los sacases de la bolsa; los jilgueros de mi vecina Mercedes porque en verano, cuando las ventanas estaban abiertas, me despertaban con sus trinos; las hormigas, porque si te dejabas en un banco un trocito de chocolate, llegaban ellas, siempre ladronas y te lo robaban; los gatos, como Riska, la de doña Petra, mirándote siempre por encima de los bigotes, como si le importases un pimiento y encima te ponía perdido de pelos; los perros, lo de los perros de Madrid es de guarros, dejan su caca y su pis por cualquier sitio, y zas cuando menos te lo esperas, a lo mejor al bajar del tobogán, pues te estampas contra una plasta.


 Yo no digo que los perros del pueblo sean más limpios, porque hacer caca hacen, pero en todos los meses que llevo aquí aún no he visto ninguna de Matías. Aquí, las cochinas son las vacas que dejan donde les da la gana las bostas o las boñigas, que de las dos maneras se llaman sus cacas, y encima ni te hacen caso, y se van donde les da la real gana y por más voces que les pegues pues nada.

Y el más importante de todos los animales es el hombre. Según mamá, el animal más perfecto de la creación. Las mujeres y los niños, también, claro. Aunque para Bernardino, excepto mi abuela que tiene la cabeza muy bien amueblada, todas las mujeres están como chotas. Los  hombres, las mujeres, los niños y también las abuelas (que son mujeres, pero más viejas) son lo que llamamos seres humanos.