domingo, 13 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES VII


Capítulo VII

Que trata de MI LLEGADA A CANTALOJAS 
Y DE MATÍAS, BERNARDINO, LA ABUELA, ROSI....

Hasta el viaje se me hizo corto, y ni siquiera con los nervios se me durmió la tripa. De un tirón hasta una ciudad llamada Sigüenza, papá dijo que tendríamos que parar para comprarle a la abuela  unos bollos de allí que eran su dulce preferido. Aparcamos en una plaza muy rara, las casas estaban hechas de piedra, todas del color de la tierra, Papá dijo que eran palacios, pero a mí me parecieron muy tristes, y los palacios deben ser alegres, como el del príncipe de Cenicienta, con muchas luces y cristales por donde se escapase la música a la calle; con tanta piedra seguro que lo único que dejaban salir serían fantasmas.    


 Luego seguimos por Atienza, que tenía un castillo pero papá no quiso que parásemos... yo ya me imaginaba una batalla a caballo, con guerreros y lanzas; así que me contenté con verlo desde la carretera, luego siguieron  otros pueblos mucho más pequeños y ninguno era Cantalojas. En Villacadima, que parecía abandonada, torcimos a la derecha para coger una carretera muy estrecha, de ésas de un solo carril con curvas muy cerradas y barrancos  profundos, papá me decía que no mirase a los lados, que mirase al frente, pero me daba un poco de miedo porque las nubes parecían envolvernos, y como el coche no corría mucho, casi nos engullían.  Pero no tenía tiempo para marearme, necesitaba saber muchas cosas, que papá me explicase cómo era el pueblo, cómo era la abuela.

—Te pareces mucho a ella. —Dijo—, es rubia y con los ojos grises, como tú. Hasta cuando sonríes se te frunce la nariz como a ella.

—Y el pueblo, ¿cómo es el pueblo?, ¿se parece a Madrid?, ¿hay tantos coches? Y casas, ¿cómo son las casas?, ¿altas o bajas?, ¿con jardín? —eran tantas las cosas a las que seguirles la pista que no paraba de preguntar—. ¿Y tienen un parque con columpios?, ¿me dejará la abuela subir?, ¿tú crees que me dará impulso para llegar hasta el cielo o lo dejará antes, como mamá?

Un sin fin de cosas las que se me venían a la cabeza. Papá no sabía a cuál responder, así que me dijo que esperara un rato y que ya en el pueblo averiguaría las respuestas por mí mismo. Luego dijo.

—Te advierto que los niños del pueblo son más malos que los que  te encontrabas en el parque.

— ¿Tenías muchos amigos... Papá?, ¿cómo se hacen amigos? Yo es que no sé. 

— Ya aprenderás—. Eso me contestó, y era él quién no sabía, en fin debió pensárselo mejor y comenzó a contarme que su mejor amigo era un muchacho que se llamaba Venancio, muy bizco, tanto que nunca podía estar seguro de a qué sitio estaba mirando.— Era muy fuerte —añadió—, y algunos se burlaban de él y lo llamaban bizcocho, por lo de los ojos, pero tumbaba a todos. Su abuelo, que había sido carabinero, le enseñaba trucos para las peleas, como amagar con la izquierda y pegar con la derecha, o estarse quieto esperando que el otro atacase, porque como nunca se sabía muy bien para donde miraba, parecía que estaba despistado, pero él entonces se apartaba, eso sí poniéndoles una buena zancadilla que los hacía besar la tierra. Era muy bueno peleando, sacaba muy buen provecho de las enseñanzas de su abuelo —se había embalado, y yo que creía que a papá no le gustaba hablar conmigo, pero seguía sin responderme, insistí: 

— ¿Cómo, como os hicisteis amigos?— No lo recuerdo bien, no creo que nos lo propusiésemos nunca, pero cuando recuerdo el pueblo, me recuerdo con Venancio, acanteando perros, librando batallas de zuros, o peleando espalda contra espalda cuando nos abordaban los de Galve. Éramos invencibles los dos juntos. Ya sabes lo que hacíamos, esas cosas tontas que sólo se  pueden hacer en un pueblo.

No, yo no sabía nada y él no parecía darse cuenta. No tenía ni idea de lo que era un pueblo y ni de lo que podía ser un amigo, tampoco había acanteado perros, a mí no me parece nada bien eso de tirar piedras a un animal que no ha hecho daño a nadie, bueno como alguien le tire ahora alguna a Matías se van a enterar bien de quién soy yo. Papá debió ser tan malo como ahora es Diego. Y lo de los zuros, aunque parezca mentira, aún lo siguen haciendo, salvo que ahora los enemigos, los que pierden la batalla son los niños del camping, porque los de Galve son tan burros como los de Cantalojas y siempre terminaban  empatados.




Por fin el coche se detuvo frente una casa grande y solitaria de tejado rojo. No pude observarla bien porque la cabeza de un perrazo enorme se metió por la ventanilla de mi lado, con una gran lengua fuera y un montón de babas colgando. Me asusté bastante, nunca tuve a un perro tan cerca. Papá, inclinándose sobre mí, le acarició el hocico, saludándolo con un ¡hola viejo, ¿cómo te va la vida? Realmente parecía irle bien, porque estaba gordo. Con las patas delanteras apoyadas en la ventanilla era muy alto, casi tanto como yo. Papá salió del coche y rodeándolo se acerco a mí puerta.



El perro, que no paraba de mirarme me estaba poniendo nervioso; papá lo llamó: ven Matías, aquí, rápido —y mientras lo llamaba se golpeaba los muslos con las manos—. El perro lo entendió, y, ante mi asombro, alzándose sobre las patas traseras casi lo abrazó. Papá me llamó mientras se dejaba lamer y le rascaba el cuello.

Quique, baja, tengas miedo que no muerde.

Abrí la puerta con precaución no fuera a saltar sobre mí; pero papá, le tenía sujeto por el cogote, me acerqué despacio y escondiéndome tras las piernas de papá me asomé. Él también me miraba torciendo un poco la cara, como si jugásemos al escondite.

Papá le ordenó: ¡Matías, la mano! —Y él levantó su mano—. Anda, Quique salúdalo.

Con miedo le cogí la mano y se la sacudí. Empezó a lamerme la cara. Retrocedí, la verdad me dio un poco de asco, la lengua era muy áspera, y el aliento le olía  raro.

—Vamos, hijo, que no te va a hacer daño —dijo Papá.


—Vaya un mochuelillo tímido que nos has traído Luisito. No se parece en nada a ti, que eras de la piel del diablo —dijo una voz tras de mí.

Me volví para ver quién era, y ya estaba mi padre abrazado a un hombre viejo, muy viejo me pareció a mí, tan alto y fuerte como un gigante, tanto que a papá entre sus brazos se le veía tan chiquito como a mí cuando quien me abrazaba era él.

Llevaba en la cabeza una gorra negra (se llama boina) y en Cantalojas sólo la llevan los hombres muy viejos. Los ojos eran tan chicos que apenas se le veían escondidos en una carota bien gorda, presidida por una nariz torcida. No, yo no vi tantas cosas en aquel momento, porque aquel hombretón y su voz volvieron a asustarme. ¡Quién lo iba a decir! con lo mal que lo pasé cuando los conocí y los buenos amigos que ahora son los dos.

—¡Que alegría verte por aquí viejo bribón! —Le dijo mi padre, mientras le palmeaba la espalda—, a quien menos esperaba ver hoy era a ti. ¿No te has jubilado ya?

— Sí…, pero…

Nunca había visto a nadie igual, se levantó la boina y comenzó a rascarse la calva, como si tuviera que andar aligerando la cabeza para que le saliesen las palabras.

— Bueno, sí… pero cuando me llegó la hora me atizó un infarto.

A papá le cambió la cara, parecía de repente tan asustado como cuando pasó lo de mamá, pero como el viejo continuaba hablando en un tono que parecía festejar cada palabra el yuyu se le pasó y a mí también.


— Tu madre iba a vender el ganado y yo a dedicarme a hacer pleita en la puerta de mi casa, así que cuando fue a verme al hospital, le dije: Patrona, si usted quiere que no me muera, no lo venda. Deje que siga subiendo como siempre al monte. Y ya ves, aquí estamos, como nuevos. Así que éste es tu hijo —dijo volviéndose hacia mí—. Mira que has tardado en traerlo, se lo decía el otro día a tu madre: como se descuide Luisito, me voy a morir sin conocer a su chico. Pero ya estás aquí. Venga chico acércate y dame un beso.

¡Santo cielo, si hasta quería que le diese un beso! Me acerqué sin darme cuenta a Matías, que  comenzó a lamerme la mano, y como son las cosas, ni pensar pude qué me daba más miedo, si los lametones del perro o un beso del pastor; porque por la puerta de la casa apareció una señora. Tenía razón papá, su pelo era rubio y con rizos sueltos como el mío y su piel muy blanca. Era bajita y un poco rellena. Me gustó, caminaba muy despacio,  apoyándose en un bastón. Papá se acercó a ella, y la llamó madre antes de estrecharla entre sus brazos, era tan pequeñita que cabía, como yo, dentro de ellos. Ella deshizo un poco el abrazó y asomando la cabeza me sonrió.

—Tú debes de ser Quique.

— No —contesté.

—¿No? —Repitió ella, y dirigiéndose a papá le preguntó— ¿Pero qué has hecho Luis, hijo mío, tanta guerra te ha dado mi nieto por el camino que lo has cambiado por este renacuajo?

—¡No...! —grité—. Si tú eres la mamá de mi papá, yo soy tu nieto.

— Menos mal —respondió—, porque pensé qué si no eras mi nieto...

No la dejé terminar,  me estaba poniendo nervioso, y eso que no hacía más que sonreírme, porque tras ella apareció una niña muy alta y flaca, con  una falda muy corta que le hacía enseñar unas rodillas grandes y gordas. No pude dejar de mirárselas, aunque fuera de mala educación, pero es que no le pegaban para nada en sus piernas de palillo, llevaba en brazos una muñeca. Aparté la mirada de la niña y contesté a la abuela.

— Yo no soy Quique, ni soy ningún mochuelillo como me ha llamado ese señor —dije señalando al pastor—. Mi nombre es Enrique, Enrique y Enrique. Para que os enteréis, cuando nací mi papá me inscribió en una lista en la que se inscriben todos los niños y que se llama Registro Civil, como ENRIQUE, y eso quiere decir que mi nombre es ENRIQUE. 


—Menudos humos te gastas, no eres más grande que un arrendajo y ya estás exigiendo nombre —dijo el hombretón.

— Déjalo Bernardino, está bien —le cortó la abuela—. Entiendo que no quieras que te llamen por otro nombre que el tuyo y por mí no te preocupes, desde ahora te llamaré Enrique, es un bonito nombre.  
         
Creo que me llamó Enrique dos días, luego volví a ser Quique. Echó a andar cojeando y papá la siguió, yo me había quedado quieto, mirando a aquella  niña tan fea que sin decirme nada entró tras ellos. En el prado quedábamos Bernardino, el perro y yo, muy quietos mirándonos, como si nos retasemos; la abuela, ya a punto de entrar en la casa, se volvió y dijo:

—Vamos, Enrique, que la comida se enfría. Rosi, deja de una vez esa muñeca y  lavaos las manos.



La casa de la abuela olía casi tan bien como la nuestra cuando mamá cocinaba. Cuando entramos de la calle no se veía apenas nada porque el zaguán (ahora ya sé lo que es, y por eso lo escribo, y si alguien no lo sabe que lo busque en el diccionario, que viene. Os la deletreo ZETA-A-GE-U-A-ENE), no tenía más luz que la que entraba por la puerta; a la izquierda de la entrada se vislumbraba una escalera de baldosas rojas; a la derecha, una puerta entreabierta dejaba escapar los olores que tanto me recordaban a mamá; al fondo, debajo de la escalera, una puerta cerrada —el patio—, dijo la niña poniéndose a mi lado. Yo no conocía muchas casas, bueno nuestro piso, el de doña Petra y los hoteles donde íbamos de vacaciones, pero ninguna se parecía a ésta.


— Os he preparado un cocido que Enrique va a chuparse los dedos. —Te gusta el cocido? —Preguntó la abuela—. Me encogí de hombros,  realmente no sabía si su cocido me gustaría o no, él de mamá sí que estaba bueno, sabía a chorizo y calabaza; sin embargo, el de doña Petra no me gustaba, sólo sabía a repollo y agua. Luego, dirigiéndose a la niña le ordenó.— Rosi, date prisa, te he dicho que lleves a Enrique a lavarse las manos, venga, venga que en un minuto se cuecen los fideos.