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domingo, 26 de marzo de 2017

Bones. Entrevista Emily Deschanel y David Boreanaz: "Nunca tuvimos el crédito que merecimos"


Han pasado  ya más de tres meses desde que la producción de Bones terminó, el Jeffersonian ha sido desmantelado, algunos trastos enviados a su clon en la realidad la Smithsonian Institution, para que algún día los antropólogos culturales estudien lo que ha sido Bones durante estos 12 últimos años, lo que ha representado en el mundo de la televisión, y a David Boreanaz lo han echado del FBI (es broma, del viejo set del FBI), el martes 28 veremos el episodio final y les diremos adiós. Será difícil, pero será. En fin que Marisa Roffman de TVInsider  (ver aquí el original) ha publicado esta entrevista de Emily Deschanel y David Boreanaz en la que hablan de lo que ha supuesto para ellos Bones, su relación y el final. Por cierto, que la ha traducido Clara Pérez, muchas gracias, Clara.



MR.- ¿Cuáles eran las emociones que teníais durante esta última temporada, sabiendo que era el final, especialmente mientras os acercabais al final definitivo?

David: Siempre ha sido sobre una comprensión consistente sé dónde vienen los personajes, cómo empezó la serie. Usar las emociones para mejorar la escena siguiente y la siguiente en la que estemos trabajando. Operar desde un entendimiento para apreciar el momento y entender lo que hay, usarlo y seguir adelante. Para mí, es una gran bendición y soy muy afortunado de haber podido hacer lo que hemos hecho y mostrarlo, y dárselo a los fans para que lo disfruten. Darles estos últimos capítulos que hemos hecho, y todo el trabajo duro que hicieron cada uno de los miembros del elenco… y el equipo. Estar junto a mi compañera, quién siempre estuvo ahí para mí, me ha dado fuerza para continuar y esforzarme. Eso es básicamente lo que siento.



 Emily: Ha sido una realización lenta del final. Obviamente sabíamos cuando empezamos esta última temporada que eran nuestros últimos doce capítulos, nuestra última temporada. En cada paso había “últimos”: este fue nuestro último “Upfront”, esta fue nuestra última “season premiere”. A medida que se acababa, esta fue nuestra última escena con estos actores que no estarán en otros capítulos. Esta es nuestra última escena en el FBI o en esta habitación en el laboratorio o la casa. Fue un proceso muy lento. Pero eso no te prepara para el último momento, que fue muy emocionante para mí. Podías seguir el camino de lágrimas hasta encontrarme.

MR.- ¿Cómo fue vuestro último día de rodaje?


David: Muy rápido. Trabajamos de noche las últimas tres noches. La última noche, ya habíamos hecho dos noches más. Hacía frío, viento y un montón de cosas que grabar.

Emily: Y David dirigía.

David: Y era muy cansado. Al final de la noche, me quería ir a casa. Recuerdo que cuando acabé, me fui a mi tráiler, abrí una cerveza fría, y vi los mejores momentos de los Flyers. Y fue la mejor cerveza fría que he bebido. En el top cinco. Eran como las 3:30 de la madrugada y había terminado, y estaba lleno de sangre y suciedad de todo el trabajo, y simplemente tuve un momento para mí.

Emily: No tendrías que haberte tomado ese tiempo, porque el tráfico se vuelve muy malo. Cuando terminé a las cinco de la madrugada la noche anterior, me costó dos horas llegar a casa. Fue mucho tiempo.

David: Fue una locura. No creo que Emily se diera cuenta…


Emily: Yo terminé antes. Creía que trabajaría la siguiente noche.

David: Pero me di cuenta de que había acabado (con ella). Lo tenía todo.

Emily: Por la madrugada, ya estaba fuera (de grabar). Pensé que volvería a la noche siguiente. Y 20 minutos antes de que acabara, me dijo “Creo que podría terminar contigo”. Y así lo hizo.



David: Pasó muy rápido. No creo que Emily se diera cuenta. Y luego ahí estabas, y dijimos adiós y tuvimos que ir al siguiente escenario.

Emily: Estaba muy cansada.

David: Fue raro. ¡Fue un final raro! ¿Qué significó para vosotros abrir y cerrar la temporada final con cada uno de vosotros dirigiendo?


David: Lo mejor. Tener a Emily, - le he estado diciendo durante toda la serie de meterse y dirigir un capítulo; la animé a hacerlo-. El hecho de que fuera ella la que empezó fue una cosa maravillosa. Estoy tan orgulloso de ella. De haber sido capaz de conseguirlo. Fue genial estar al otro lado recibiendo sus órdenes.

Emily: Siempre estoy intentando darle órdenes, pero tuve el OK oficial para hacerlo esta vez.

MR.- ¿David, pusiste algún toque particular en el final al dirigirlo?



David: Quería sacar mis emocionales personales de ahí y hacer que el grupo lo disfrutase. Hay ciertas cosas que me gustan hacer cuando grabo y maneras de hacer las cosas de manera eficiente. Pero conseguí los momentos que quería, que era lo más importante.

Emily: Tuviste a Mike Grasso.

David: Tuve a Grasso.

Emily: Es un consultor policial

David: Era físicamente exigente porque el laboratorio estaba destruido. No era un área muy saludable en la que trabajar.

Emily: Todos estuvimos tosiendo cosas negras durante días. Tuve a mis hijos en el set y era como “Uuuuh, deberíais iros”.



David: Pasaron muchas cosas. Casi me rompí la pierna; me caí sobre una barra de hierro y seguí cayendo. Me hice un corte enorme en la pierna. Fue muy duro, físicamente; sobre todo por el caos de la semana en el laboratorio. Era oscuro y triste, y con humo.

Emily: No era atractivo.

David: No.

Emily: No era el laboratorio que conocíamos.

David: Era deprimente.




Emily: Fue más fácil decir adiós. Esa es otra cosa que fue bien en ese sentido: esta es la última escena en el laboratorio antes de que sea destruido. Y vale, es triste, pero aún estaremos en el laboratorio la semana que viene. Y luego no podías sentarte y estar cómodo. Nada era cómodo; no se parecía al laboratorio que conocíamos. Estábamos tan acostumbrados a grabar en él y durante las pausas ibas y te sentabas en tu silla. Pero ahora no podías hacer nada, era un desastre. Fue más fácil decir adiós por eso. David fue allí el otro día y me envió una foto.



David: Hay aún una pared. Una pared pequeña. Y la mitad de las ruinas. Intenté entrar en el set del FBI y las puestas estaban cerradas.

Emily: ¡Le han echado del FBI!

David: Empecé a pegar patadas.

Emily: ¿Fuiste por el otro lado?

David: No, la gente me miraba como “¿Qué problema tiene?”. Pero volveré, tengo cosas que hacer.

MR.- ¿Tienes el “Bobblehead” de Booth?


David: Nunca te diré que pasó con él. Está vivo. No sé dónde está. No lo puedo decir. Pero diré que está en buenas manos.

MR.- ¿Qué os llevasteis del set?

David: Solo cogí un par de cosas. No mucho.

Emily: Cogí algo y se lo di a David de broma. Se lo envolví muy bonito. 
David: La máscara de papel maché de Laurel & Hardy. 
Emily: Siempre le dio miedo esas cosas de las máscaras. 
David: Me reí mucho cuando lo abrí.
Emily: Se lo envolví como si fuera un regalo bonito.
David: Me vengaré.

MR.-  A nivel personal ¿qué vais a usar de esta relación en un futuro?



David: Es un dar y recibir entre los dos. Hay una cadencia y un ritmo que siempre mantuvimos ambos, encontrar esa relación en cualquier momento en el que trabajábamos. Realmente, es el trabajo duro que hicimos los fines de semana lejos de nuestras familias para poder darle nuestras notas a los escritores o a Hart. Eso es lo que cojo, el trabajo duro compartido. Y continuar haciéndolo. Tienes que hacerlo.



Emily: Es raro como actor trabajar en algo durante tanto tiempo y tener un personaje que se desarrolla tanto. Y ser capaz de hacer de ese personaje durante todos esos cambios… incluso haciendo una serie, que obviamente es más largo que hacer una película donde solo tienes una hora y media o dos para explorar al personaje. Nosotros tenemos 246 horas; eso fue muy especial.

MR.- ¿Qué significa para vosotros que Bones sea la serie de acción en directo más larga de Fox?

Emily: Nunca tuvimos el crédito que merecíamos.
David: Lo sé ¿verdad?

Emily: Éramos la pequeña máquina que pudo. Me siento orgullosa de que hiciéramos tantos capítulos, que durásemos tanto; es todo un logro. Siento que nuestros fans fueron siempre tan leales y siempre nos encontraban allá dónde fuésemos, sin importar cuantas veces nos movieran. A veces era muy frustrante porque la cadena no nos apreciaba. Pero ahora también me doy cuenta de que probablemente sabían lo fuerte que éramos y sabían que nos podían mover a diferentes horas y que sobreviviríamos. Y lo hicimos. Así que ahí tienes. Pero nunca esperamos que fuera tanto tiempo, pero así pasó. A veces, dura tanto tiempo que piensas que nunca acabará y luego si acaba en algún momento.


David: Estoy orgulloso. El otro día, vi los dos sets dónde trabajábamos y estaban las placas. Hay series como M*A*S*H…

Emily: ¡Y estamos en esas placas!


David: Ahora estamos en esas placas. Ser inmortalizado en una placa fuera de un estudio es algo importante. Es un testimonio para todas las personas que estuvieron en la serie – artistas invitados, gente que estuvo en el equipo por una semana o lo que sea –todos ellos pusieron de su parte en la serie e hicieron que siguiera. Del capítulo 1 al 6, del 2 al 27, lo que sea, todos han puesto de su parte. Eso es lo que hizo que ese nombre esté en la placa. Cuando vuelvas, siempre estará ahí. Eso es un gran, enorme logro para nosotros.



lunes, 12 de mayo de 2014

BONES. Fan-Ficción, La Antropóloga, el Agente y la Presidenta VII



CAPITULO 7
LA ANTROPÓLOGA Y EL BASTARDO
Por un instante mientras tiraba del asa del compartimento frigorífico en el que figuraba el nombre de Seeley Booth, Brennan rogó despertarse; que todo lo sucedido desde que ahíta de sexo le dijera Ser multiorgásmica es muy cansado” fuera una pesadilla y cuando lo abriera, el compartimento estuviese vacío. Pero no lo estaba, el cuerpo yacía cubierto con una sábana y a pesar del dolor, pidió, suplicó que todo fuera una broma, que alzase la cabeza, le guiñase un ojo, sus labios se entreabrieran y dijesen ¡Eh, Bones! Cualquier cosa que le demostrase a su extraviado cerebro que en verdad aún seguía allí con ella, en carne mortal.

Y sin embargo, cuando levantó la tela que cubría el rostro si no hubiera sentido su mano sobre los hombros, su pecho duro sosteniendo su espalda, se habría  derrumbado.

— Sólo es un cadáver, Bones —le susurró al oído—, un cadáver como cualquiera de los miles que han pasado por tus manos.

Lo oyó, lo oyó y no necesito darse la vuelta para comprender que a pesar de la sinrazón era él quién la sostenía. Y aunque era racionalmente imposible, lo creyó, como había creído todo lo que le había dicho desde que inesperadamente se lo encontró en el medio del salón  gritando Gol frente a la televisión. 


Y aunque al principio no dio crédito a tamaña desfachatez, desde el momento en que el palo de hockey, con el que intentó descargar sobre su cabeza la ira que la ahogaba, se desvaneció al atravesar su cuerpo, aceptó como verosímil todo lo que desde entonces sucedió. Era como si su raciocinio se hubiera largado de vacaciones llevándose a la antigua Brennan en la maleta, como si la amígdala cavernícola, hubiera secuestrado su cerebro.

— ¡Eh, Bones! ¿Me esperabas?  —la había saludado inocente. Y en aquel primer instante, rabiosa y ofendida por su sonrisa se había lanzado contra él.

¡¡Bastardo, hijo de puta!! ¿Cómo, cómo has podido hacerle esto a tu hija? ¿Cómo, cómo has podido hacerme esto a mí?— Le había gritado una y otra vez mientras descargaba en el vacío el stick; ella golpeaba, él desaparecía y aún así, furiosa, fuera de sí, insistía e insistía.

— No lo pienses más, Bones —le decía ahora al oído— échale un bote de escarabajos.

— No… tardarían horas, será mejor hervirlo—contestó con el piloto automático puesto y dejándose gobernar por la rutina acercó una camilla al compartimento— No te necesito, Booth, puedo hacerlo sola, ¿por qué no estás con Christine?


— Te olvidaste el petate para transportarlos—, respondió guiñándole un ojo. Y no te preocupes, puedo cuidar a Christine desde aquí. Ahora duerme tranquila, papá le ha dado en sueños su beso de buenas noches. Eres tú quien me necesita… Venga, Bones, prepara la olla. No me dolerá.

Le obedecía, le obedecía como una autómata aunque lo que realmente deseaba era dejarse caer sobre aquel cuerpo roto, abrazarle, zarandearle, volverle a la vida. Quería a su marido.

— Soy yo, Bones, tu marido— le susurró al oído como si leyese sus pensamientos—. Ese de ahí no soy yo, no tiene mi alma, ni mi corazón.
— El alma no existe, el corazón no siente, Booth— y luego más para sí que para él preguntó—. ¿Me estoy volviendo loca?

— No. No pienses más, hazlo rápido antes de que adviertan tu presencia—la apremió.



Y sin embargo Brennan no sentía la urgencia. Miró una vez más ansiosamente el rostro del muerto, alguien caritativamente, tal vez Hodgins, le había limpiado la sangre del rostro; a pesar de las horas transcurridas aún presentaba la disposición de ánimo que había tenido en vida. Quería aprenderse los contornos de aquella carne rota para no volver a extraviarse, para no sentirlo a su lado, sus brazos sobre los hombros, para no reposar en su pecho la dolorida cabeza. El que yacía en el cajón, frío, inerte,  era su marido, su amante, su amigo, su hogar, el que la abrazaba no existía.

— No puedo hacerlo, Booth —dijo, sin embargo al fantasma que la seguía.

— Claro que puedes. Te conozco, eres la doctora Temperance Brennan, una eminencia mundial en antropología forense y esos de ahí son los restos de un hombre, averiguar lo que le ha pasado es tu trabajo.

— No puedo, no puedo compartimentarme. No puedo, ya no soy sólo la doctora Temperance Brennan, Booth, tú me cambiaste. Esta mujer de ahora la inventaste tú. Me has robado mi vida, mi idioma, mi razón, me has dejado a la intemperie, sin protección… 



— Schss, tranquila, tranquila, ven aquí— y le abrió una vez más el refugio de sus brazos—Lo ves, son mis brazos los que te cobijan, es mi pecho en el que te apoyas…, estoy contigo…

No, maldita sea…, estás muerto. Me has abandonado —dijo rechazándolo, golpeando con los puños la dura tabla de su pecho. E incomprensiblemente sus puños no desaparecían, los brazos la arropaban.

— No, no… mientras me necesites estaré a tu lado, contigo, en ti —le decía y en su voz no había mentira—. Soy el de siempre, ¿no me crees? —Y sus labios se desplegaron en su sonrisa de niño— Ya sé, ya sé cómo te convenceré —decía contento—. Cuando creas que no estoy contigo me tiraré un pedo, ¡me olerás! ¿Me has oído abuelo?, diles que obren el milagro, que me ayuden, no pueden concederme la gracia y no darme los medios para hacerla posible, díselo, abuelo— rogó Booth al pálido cielo raso.


— No puedo hacerlo, Booth —contestó mirando el rostro inerte del hombre muerto—, tengo roto el corazón.

— No, no, el corazón es un musculo que no puede romperse, ¿cuántas veces me lo has repetido?  Está bien —rectificó—vámonos, no necesitamos pruebas, lo que digan los informes oficiales poco importa. A Christine cuando llegue el momento se lo explicarás. Vamos a casa, tenéis que marcharos enseguida, Broadsky irá por ti en cuanto los periodistas levanten el cerco.

— No, Booth, tengo que hacerlo, encontraré las pruebas que demuestren que Broadsky te asesinó.

— Por Christine, Bones, por Christine para que no pueda hacerle daño, para que cumpla su espléndido destino. Déjale, no le mires más, es sólo otro muerto. Refúgiate en mí yo te daré la fuerza que necesitas. ¿Vale?


Booth, no… —y por primera vez desde que recibió la llamada que le anunciaba su muerte Temperance Brennan, la mujer de hielo, el volcán islandés rompió a llorar desconsolada entre los brazos de un muerto.

No se lo había permitido hasta entonces, no lloró cuando recibió la llamada, la supo falsa y se indignó por la desconfianza, por el abuso. A lo largo del día la ira le consumió cualquier rastro de amor y furiosa sólo deseó haber sido ella, con sus propias manos, la que le hubiera matado. Así que cuando agotada de dar golpes al aire se derrumbó en el suelo del salón, vencida, continuó insultándolo.


¡Bastardo, hijo de puta! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡¡Soy tu mujer!! ¡Tú compañera!! —y una carcajada que pretendía irónica y sonó histérica se le escapó— Yo era la estrella del espectáculo, ¿verdad? ¡Pretendíais que Broadsky me viese destrozada por el dolor, que te creyese muerto? ¿Es que no te importaba el daño que me harías? ¿Era necesario destrozarte  la cabeza?

Porque así había sido como lo había encontrado, solo, derrumbado en el suelo junto a la puerta de una habitación, como si fuera a largarse y  hubiera desistido, la mano derecha en el suelo, al lado del cuerpo, la pistola, la PPK que le regalara la inspectora Prichart de Sconland Yard al lado.  Tentada estuvo de recogerla  y vaciarle el cargador sobre su rostro intacto, tan perfecta era la representación. Aunque a ella no la engañaron ni por un momento, Booth no estaba muerto. Era una cruel trampa para atrapar a Broadsky. Repetían el juego, una vez más fingían su muerte para atrapar al huido. 


Y como no habían contado con ella, se negó a interpretar a la doliente esposa delante de los gerifaltes del FBI que comenzaban a llenar la habitación. Aunque ellos fueran quienes lo habían ideado, el culpable era Booth. Debía haber confiado en ella, era su esposa, lo habría sabido hacer, se habría fingido transida de dolor, podía hacerlo, era buena actriz.

Peor fue lo de Cam, pobre, Cam, casi se desmayó cuando llegó a la “escena del crimen”. Se agarró, se agarró a su brazo para no caerse, llamándolo, Seeley, Seeley, con la dulzura de una amante y el vértigo de una esposa huérfana, ahogándose por las lágrimas. Y no había soportado el espectáculo, que se lo quedase si tanto le amaba y eso, eso fue lo que le dijo cuándo con determinación le apartó la mano de su brazo.


Todo tuyo, doctora Saroyan, diviértete con la autopsia — Y con el rostro encendido de indignación había dado media vuelta y se había marchado a recoger a su hija. Ni ella ni Christine se convertirían en carnaza para la prensa.

— Lo siento, Bones, mi hermosa y racional mujer, lo siento tanto—le había dicho e intentó abrazarla, pero Brennan evitó el contacto.

— ¿Por qué no has confiado en mí? Puedo entenderlo, racionalmente hablando atrapar a Broadsky es una imperiosa necesidad ¿pero tenía que ser a costa de tu hija? —le había dicho más sosegada, mirándolo frente a frente.  El rostro limpio, ni un rasguño, ni una mancha de maquillaje ni un resto de lo sucedido. Y de repente se calló, la congoja que la ira había mantenido controlada amenazaba con cerrarle la garganta y no, no estaba dispuesta a darle esa satisfacción. No se merecía sus lágrimas. Y estalló una vez más.


—¡¡ Maldito bastardo¡! ¿No hay otros agentes en el FBI que pudieran hacerlo?  ¿Cómo, cómo pensabas explicárselo a Christine? Ella tenía su racionalidad, era fuerte, aguantaba la presión, pero la niña estaba indefensa. Por primera vez  no había sabido cómo hablarle, qué decirle más allá de que papa había tenido que salir de viaje a atrapar a un hombre malo. Pero la niña, maldita sea, se parecía más a él que a ella. Nada se le escapaba y ante su aparición intempestiva en la guardería y los periodistas asaltándolas cuando llegaron a la casa no hubo manera de convencerla de que todo estaba bien, de que papá volvería cuando acabase el trabajo.



¡Quiero que venga papá! —había gritado pataleando, en una interminable barraquera. Dos veces tuvieron que escuchar la absurda historia de amor de un fagot y una trompeta tan linda y con peineta, el cuento musical con el que Booth solía dormirla, para que tranquilizada rezase las oraciones que Booth le había enseñado y abrazada a su conejito rosa cerrase los ojos.  Y eso, eso jamás se lo iba a perdonar, jamás, jamás.

—¡Hijo de puta!, no me vengas con excusas, no te ampares en el doctor Sweets y sus listas. Te lo avisé cuando fingiste tu muerte la primera vez. Te lo dije “No iré a tu próximo entierro”. Y conforme la descargaba su ira se retroalimentaba, acaso no había tenido que soportar a los de la televisión intentando asaltar su casa “¿Qué tiene que decir, doctora Brennan del suicidio de su marido, era Hannah Burley su amante? No lo era. Estúpidos. No se ha suicidado, jamás, jamás Booth se suicidaría. Quería ir al cielo.

— No esperarás que todo siga igual entre nosotros, me has traicionado —le dijo—. Coge tu petate y vete. Sal de nuestras vidas.
Y entonces el sorprendido fue él.


Bones, no, escucha, no ha sido culpa mía haber tardado tanto, hubiera venido de inmediato pero no tienes ni idea como son los de arriba, me han interrogado durante horas —dijo señalando con el dedo al cielo raso.

— ¿Quién el piloto del helicóptero?

— Bendita seas, Bones, bendita seas —se rió y acercó la mano en busca de una tímida caricia, pero Brennan de un manotazo la rechazó; sin embargo cuando las pieles se tocaron sintió desvanecerse su ira—. Créeme, por favor, nunca, nunca te hubiera hecho algo tan cruel. Te quiero demasiado. Aunque tienes razón es culpa mí, lo sé, no debí acudir sólo a la cita. ¿Sabes? por unos momentos creí que lo había conseguido, cuando estaba allí arriba…

— ¿Arriba, donde, en el helicóptero, en tu cielo? —el sarcasmo la salvaba del dolor, oía sus palabras, bebía cada una de ellas y de repente sólo quería perdonarle. Había intuido lo que le esperaba si cogía el petate y se largaba. Y antes de él no le hubiera importado que llegase de nuevo el tiempo de estar sola, pero ahora no lo soportaría.


— Escúchame, Bones. Se presentaron todos, a los buenos y a los malos y creí que eran alucinaciones, mi padre, Cullen, el cabo Parker, hasta que el abuelo no me lo explicó no lo entendí. Dijo que la muerte es un principio. Para ti también.
— ¿Te estás quedando conmigo? —Se burló —¿Dices que estás muerto, que te suicidaste, qué eres un zombi como Jesús? —dijo, y una incrédula carcajada se le escapó.
— Lo ves, te ríes, pero no blasfemes. Cree en la gracia de Dios. No me suicidé, Bones, Broadsky me asesinó.

— Basta, basta, es suficiente —gritó de nuevo furiosa—, ¿por qué me torturas así?—y de pronto recordó el palo desapareciendo, el calor de su mano. La alargó, necesitaba tocarlo y  la mano desapareció dentro de su pecho —No es verdad, estoy alucinando.


— Lo siento tanto. Te quiero, moriría por ti, por Christine, pero Broadsky me ha derrotado… Y sin embargo estoy aquí, me estás viendo y es real, Bones, es real. No estás loca ni alucinando. Es la gracia de Dios, y da igual que no creas en él porque no es por ti, ni por mí. Es por Christine, para protegerla y cuidarla. Para que las alas de la muerte no la rocen.

— No creo en los ángeles, Booth.

Pero crees en mí ¿no? Sólo te pido que tengas fe en mí —Y entonces cogió su mano y la llevó hasta su pecho, Brennan esperó escuchar el latir del corazón pero sólo percibió silencio— Me ha matado, Bones. Y me duele, no por mí, créeme, sino por ti, por Christine, por todo lo que estás sufriendo— Y una temblorosa lágrima asomó en sus ojos y Bones como siempre le había sucedido quiso consolarle.
— Es verdad ¿no?
— Sí.

Debí haberte pedido que lo matases aquella noche —se descubrió de repente diciendo en calma —Es por mi culpa todo lo sucedido. Te importó más que yo no te viese como un asesino que hacer las cosas como tú sabías que debían hacerse. Siempre he pensado que eras tú quien cambiaste mi mundo, pero yo a ti también te cambie —y entonces añadió—Quiero atrapar a Broadsky, que pague por lo que nos ha  hecho



— No, no,  esa es mi misión. Olvídalo. Desaparece, coge a la niña y lárgate, vete donde no te encuentre la muerte, aléjate de este mundo, dedícate a la investigación, a la poesía, pero deja en paz a la muerte.

— Y ya está, si te hago caso te desvanecerás… y me quedaré…

— No me iré. Bones, no mientras tú quieras tenerme a tu lado.

Ayúdame a atraparle y nunca querré que te vayas, pero no consentiré que te crean un asesino. Eres el hombre más bueno del mundo.

— No. Ve al laboratorio, investiga lo sucedido. Tú encontrarás las pruebas. Eres el ser más inteligente del mundo, Bones. Hazlo por Christine, olvida a Broadsky, no lo conviertas en tu amo.

— ¿Mi amo? Yo no tengo amo. Soy  tuya libremente, Booth, ya seas fantasma o yo esté loca. Tú me alimentas, eres mi marido, mi hogar. A él lo atraparé.

Eso había dicho en su casa, con el calor de su pecho en la mano, pero ahora frente a su rostro sereno y callado toda su resolución se venía abajo.

No puedo…, no puedo.

¡Eh, doctora B! Sabía que estarías aquí, ¿te echo una mano? —dijo una voz a sus espaldas.


(Continuará...)

lunes, 28 de abril de 2014

BONES (FAN-FICCIÓN) La Antropóloga, el Agente y la Presidenta VI

CAPÍTULO VI
EL CIELO NO PUEDE ESPERAR

(En recuerdo de Vanesa, la primera y más fiel seguidora del blog, por quien el cielo no pudo esperar).

Aunque siempre había sido fan de Led Zeppelin y le gustaban las canciones tristes, el Begin the Beguine de Frank Sinatra que repetía una y otra vez el hilo musical de la sala de interrogatorios había acabado agarrándole el corazón, tal vez por aquello de “cuando me susurras una vez más “Cariño, te quiero” sé cómo es el cielo en el que estamos”. ¡La echaba tanto de menos!

No se encontraba en el cielo, seguro. No lo estaría hasta que le permitieran salir de allí y volver con ellas. No pretendía ofender a Dios, pero no tenía ninguna prisa por alcanzar la gloria. Era feliz. Y se extrañó, no debería de serlo. Si Bones apareciera por allí le diría que estaba siendo víctima de una sobredosis de oxitocina, la hormona del amor y sólo con pensar en ella repitiéndoselo se le escapó una lágrima de felicidad. 

Y no debería sentirse feliz, después de todo había perdido la batalla. No había salvado a Hannah, le habían disparado y Broadsky había escapado. Una derrota sin paliativos. Debería estar hirviendo de ira, bufando contra los cabezas cuadradas que le mantenían allí y le obligaban a contestar una y otra vez las mismas preguntas. Deberían andar buscándole en lugar de interrogarle a él. Si hasta había empezado a sacarles parecidos, él último que había pasado por la sala era clavadito a Sully, el ex novio de Bones perdido con su barco en el mar.


Si hasta le había dicho con su voz pausada—. No deberías quejarte por que insistamos tanto, dos manos más nunca vienen mal.— Y era como estar oyendo al viejo Sully. Aunque luego, tal vez celoso, había añadido sarcástico
— Eres un gran observador, Booth, posees un gran instinto ¿cómo, consentiste que la situación se te escapara de las manos? ¿Por qué acudiste a la cita? ¿Temperance ya no te es suficiente?
— ¿Qué?, ¿Qué?
Broadsky  nunca estuvo allí, Seeley. En la casa no hay ninguna evidencia de su presencia.
— Él la mató, intenté impedírselo, lo juro por Dios que lo intenté —se defendió. 


— No le creo, agente Booth, es usted demasiado arrogante para consentir que nadie le arrebate el arma. Le conozco, sé todo lo que el doctor Sweets ha escrito sobre usted, su única intención al acudir a la cita era que Temperance no averiguase su aventura con Hannah.
¿Pelant? —Santa Madre de Dios, debía estar volviéndose loco. Pelant ardía en el infierno, que pintaba en aquella sala de interrogatorios.
¿Agente Booth? Conteste a mi pregunta —insistió el cabeza cuadrada. Le habían drogado, tal vez cuando le curaron la herida del pecho le habían dado algún sedante que le hacía alucinar, porque estaba alucinando, tenía a Pelant frente a él con su sonrisa inocente, con su mirada diabólica.
—La mataste a ella como me mataste a mí, obstáculos entre tú y Temperance.


Tal vez en otras circunstancias le habría saltado al cuello, le había mordido la yugular se habría bebido su sangre, pero extrañamente ni siquiera se sentía ofendido, un poco confuso tal vez. Nada de lo que decían los cabezas cuadradas o las alucinaciones resistiría una investigación seria. Pelant no era real. Él lo había matado. Había visto su cuerpo envuelto en el sudario ardiendo entre las llamas.
— Es usted uno de los nuestros, agente Booth, ¿por qué se extraña ante el comité de bienvenida? 


¿Epps?
—  No hay que hacer ninguna búsqueda booleana para descubrir sus intenciones. Su ex amante le amenazó con contar la relación adúltera que mantenían desde hacía meses, el aborto al que le había obligado a someterse para librarse del fruto de esa pecaminosa relación. ¡Un aborto, agente! ¿No es usted creyente?
— No es cierto, no es cierto—protestó a media voz, sin fuerza, no entendían nada—. Fui porque me dijo que iba a suicidarse. No mantenía ninguna relación con Hannah, mi esposa lo sabía. Se lo juro, Hannah jamás abortó ningún hijo mío. Nadie ha abortado ningún hijo mío. Ustedes mejor que nadie deberían saberlo. ¿Cómo es posible que no lo sepan? —Gritó dirigiéndose al cielo raso.
No estamos aquí para discutir nuestra base de datos, sargento —y ya no era Epps, ni Sully, ni Pelant quien estaba frente a él, sino el cabo Parker — Es la mejor, se lo aseguro. Tenía que ver el interface que se gastan. ¿Por qué acudió a la cita? ¿No era feliz con su mujer y su hijita?


Se lo debía. No me acordaba de ella, Teddy, cómo podía hacerlo. Era feliz, soy feliz, Temperance es la mejor mujer del mundo. La amo. Moriría por ella y por Christine. Nunca, nunca le haría daño. Hace unos meses me encontré con Hannah al salir de la oficina, me esperaba. Y te confieso que me alegré de verla, me pareció tan hermosa como siempre aunque un poco desgastada, el tiempo no había sido misericordioso con ella.
— No debería mirar el pasado, sargento. Estoy aquí para ayudarle, el pasado es pasado.
—Tú no puedes saberlo, llevas muerto veinte años. Pero esa mujer me devolvió la esperanza cuando Bones me rechazó.
— Jo, sargento, ¿llama a su mujer, Bones? Eso es peor que llamar a un niño Sebastian.
— Me propuso tomar un café juntos y acepté. Era como reencontrarme con una vieja amiga. 


— Pero ella  no quería ser su amiga. ¿Verdad, sargento?
— No. Me echó a los brazos al cuello y me  besó, me besó como una hambrienta. Pero te juro que la alejé de mí. La aparté y se rio. Se rio y a mí me entraron escalofríos al oír su risa rota. Iba ciega, cabo. La mujer a la que amé bajo las balas y la fragancia de una higuera había desaparecido. Un alien gastado la ocupaba. “No puedes rechazarme, Seeley“, me dijo, y en su voz sonaba la amenaza.
— La mujer murió de un disparo en el cuello, agente. Según balística la bala salió de su pistola. ¿Por qué no cuenta la verdad y así acabamos de una vez?


El subdirector Cullen había sido un gran jefe, era un buen investigador al que la muerte de su hija apartó de la cumbre del FBI, al que un piadoso cáncer acabó arrancándolo de una vida mísera de dolor y perdida. Era la última trampa. Sabían que no les mentía, aunque las pruebas materiales les ayudaran a encubrir su mierda. La habían cagado. Broadsky se les había escapado y había matado a Hannah, mejor echar la culpa de la muerte a una pelea de amantes que descubrir al país entero la corrupción del sistema federal de prisiones que le permitió urdir su venganza…
Broadsky me arrebató la pistola y le disparó. No pude impedirlo. Me golpeó en la sien, perdí el sentido —le explicó.
A usted, un héroe, sargento mayor de los Rangers, condecorado, agente del FBI con un noventa y siete por ciento de puntuación en las pruebas de aptitud, ¿un prisionero recién escapado le arrebata la pistola? ¿De verdad piensa que íbamos a tragarnos el cuento, después de lo que han encontrado en el teléfono de la mujer y en su ordenador? ¿Por qué un hombre que va a ser ejecutado al cabo de tres meses se escapa y en vez de poner tierra por medio decide vengarse del agente que lo encerró?


— Odio y venganza, señor. Él la reclutó.
— “Ya no soy la inocente muchachita prendada del héroe que la salvó en medio de las balas. Ahora te conozco. Sé quién eres” —le había dicho Hannah mirándole con las pupilas dilatadas—. Me mentiste, soldado. Dijiste que no disparabas a matar y tienes más de cincuenta muescas en la culata de tu rifle. Nadie mata a cincuenta persona y sigue siendo bueno, Seeley. Nadie. Eres un asesino, pero tan sexy, estás bueno, aún tienes ese pecho, esos brazos —insistió toqueteándole— él retrocedió, pero Hannah le persiguió acorralándole contra la pared del diner.— Te necesito, soldado y tú me vas a satisfacer. Porque te tengo pillado, Seeley —y volvió a soltar la carcajada—. Tuya es la decisión. O vuelves conmigo o contaré tu historia. La del francotirador que disfrutaba matando. Tu hijo la encontrará instructiva.
— No lo harás. No te atreverás —le había contestado más sorprendido que enfadado.
— ¿Me amenazas?
Y entonces lo dijo: “Olvídate de mis hijos, me oyes, si les haces o dices algo te mataré. Me oyes, Hannah, te mataré.


— Déjalo ya, hijo. Las bases están llenas. Game is over.
— ¿Papá?
— Nadie te cree, Seeley.
— No la volví a ver hasta esta mañana, papá. Bones lo sabía, no le conté lo de las amenazas por que Hannah no hablaba por su boca sino por la de la reina blanca. Me llamaba, al principio cada dos o tres días, últimamente a diario. Te aseguro que sólo una vez intenté verla. Fui a su hotel, quería que entrase en un centro de desintoxicación, le había conseguido plaza. Pero no la encontré.
¿Cómo escapaste de Broadsky, Seeley? ¿No lo sabes, verdad? Acéptalo, el juego ha concluido.
— Sorprendiéndole, cómo si no. Cuando le dije que jamás me arrebataría el arma, levanté el puño y se lo planté en la cara. Se tambaleó, pero no conseguí derribarlo. Me golpeó en la cabeza y entonces…
— Y te quitó la pistola, disparó a la mujer y…
Y por un instante la vieja cicatriz supuró la pus de la vergüenza. Si el juego había concluido, él era el perdedor.


— Recuerda, Seeley, la ira engendra ira, la ira, venganza, la venganza, odio y el odio, dolor. Yo no te crié para que fueras un perdedor, ni un mal hombre. Yo te crié para ser un héroe, un hombre bondadoso que no mira por sí mismo sino por lo demás. No lo olvides ahora, renacuajo. “¡Señor, conviérteme en instrumento de tu paz! Allí dónde haya odio permíteme sembrar amor, dónde haya daño, perdón; dónde haya desesperación, esperanza;  dónde haya oscuridad, luz;  dónde haya guerra, paz, allí dónde hay tristeza, alegría. ¡Oh, Señor! Concédeme no tanto buscar el consuelo como consolar, ser comprendido como comprender, ser amado como amar, porque cuando damos recibimos; cuando perdonamos somos perdonados; y cuando morimos nacemos a la luz eterna…”
— ¿Entonces, él me disparó?
— Hijo mío, toda muerte al final ha de ser conforme a nuestra vida. Nadie se transforma para morir. Recuerdas “Quien a hierro mata a hierro muere”. Tú has sido un buen hombre, un buen hombre equivocado en casi todas tus decisiones. Tú culpa es mi culpa. Por eso estoy aquí. Hijo, para ayudarte aceptar que toda muerte es un principio… 


— Te equivocas, abuelo, te equivocas. No puedo morir, no debo morir sin dignidad. No estoy muerto. Esto es una alucinación, me drogaron como cuando la enterradora me encerró en el barco y el fantasma del cabo Parker me ayudó a escapar de la trampa. Lo he visto ¿sabes? Y  a ti, y a papá y a Pelant. Estáis muertos. No hay ninguna luz. Tú no estás aquí.
— ¿Quién sabe si vivir es lo que llamamos morir y si morir no es vivir?
— Déjate de filosofías, abuelo. Morir, no es vivir. No es vivir con Bones, ni con Christine. Morir es dejarlas solas. Rotas, sin campeón que las defienda. Morir es desaparecer en el viento. Volver a ser polvo. Perderlas. ¿Sabes lo que en este momento está sufriendo? La habrán informado del tiroteo, de la muerte de Hannah, andará buscándome desesperada… Tú la conoces, abuelo, sin mí Bones morirá de soledad. Tienes que dejarme volver, pídeselo a quien sea, abuelo… me lo deben.


— ¿No creerá, agente Booth, que existe una especie de balance existencial? La muerte nos libera de todas nuestras obligaciones.
—No con ella, no con Bones, subdirector. Me necesita. Dios la necesita. No pueden dejarla morir.
— ¡De qué te ensoberbeces, hombre equivocado! Polvo y cenizas somos todos cuando perdemos la luz divina. La vida y la muerte se confunden. Su esposa por su profesión lo sabe bien. Lo aceptará.
— Se equivoca. Ella me ama, no ha amado a nadie más que a mí y ahora a nuestra hija. Yo la alimento, la protejo, soy su hogar. Si ahora la abandono se le romperá el corazón, se encerrará en su mundo de racionalidad y una de las criaturas más puras y hermosas de Dios se convertirá en sombra.
— Hombre enamorado. Lo que en realidad ocurrirá y Temperance, lo sabe, renacuajo, será que sus receptores de oxitocina dejarán de percibir su dosis. Vivirá, el amor no es imprescindible para la vida.



— Es usted un hombre violento, agente Booth, lleva la violencia en el alma. No es su culpa, usted es también víctima. ¿Es consciente de que nos está pidiendo un milagro? ¿Por qué tendríamos que dejarle volver con su familia, para repetir otra vez la misma historia?
— No… no. No es por mí, es por ellas.
— Su esposa, agente, guarda en su alma un rescoldo de violencia, en realidad es muy parecida a usted, pero al contrario que usted desconoce la obra de Dios.  ¿Por qué habría de obrar Dios una gracia por alguien que no cree en él?
Christine.
— Sí, eso es, abuelo, mi hija. Ella fue un milagro de Dios. ¿Verdad? El me la dio para que la cuidase y la amase, es la prueba de mi redención.
— Subdirector, está escrito que Christine Angela Booth Brennan salvará de la muerte a millones de personas. La doctora Brennan es una mujer frágil, tal vez el horror del crimen la lleve a la venganza. ¿No cree que deberíamos impedirlo? ¿Qué el cielo puede esperar por Seeley?


— ¿Venganza? No, no…, abuelo, Bones no puede echar a perder su vida buscando a Broadsky, la convertiría en una perdedora. Christine sería una perdedora.
— Sí se le concediese la gracia de volver, agente ¿sería capaz de hacerle comprender todo el horror que sobre ella desencadenaría? La ayudaría a odiar tanto su muerte que  terminase odiando toda réplica de la misma
Sí regresase no cabría la venganza ¿no cree, usted?
— No, agente Booth. Debe aceptar lo que ha sucedido. Usted no escapó, esto no es una sala de interrogatorios del FBI.
— Entonces, ¿qué seré? ¿Un fantasma, un ángel? ¿Volvería para ganarme las alas?
Agente Booth, esto tampoco es una maldita película de Frank Capra. Los ángeles no tienen alas.
— Y ya que lo dice, tampoco sexo—y de repente Booth comprendió lo que le experaba—. ¿Ni sexo?
— Ni sexo, agente.
— ¡Santa Madre de Dios! Bones  no lo soportará


— Lo soportará, Seeley, te ama. No rechaces la gracia de Dios, renacuajo. Corre y vuelve con ellas. Ahí llega el ascensor.

— Hey, Booth, ¿eres tú, verdad? El de Bones. Soy Vanesa.
— Encantado, Vanesa… ¿tú…?
— Sí, el sábado de madrugada. Me dormí  y no desperté.
— ¿También regresas?
— No, yo me quedo aquí, demasiado dolor, sabes. No parece que vaya a ser tan malo, ¡te he conocido! era una de mis ilusiones ¿puedo darte un abrazo?
— Te lo daré yo.
—Se feliz, Booth
— Lo intentaré, Vanesa, aunque sin sexo…, no sé… Descansa tú.
— Lo haré, estoy en la Gloria.