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sábado, 27 de julio de 2013

ENCUENTRO EN EL PUENTE




— Aunque ahora le parezca que lo que digo sólo son verdades de borracho, piénselo detenidamente. Piense en la primera vez que su sable atravesó el cuerpo de un enemigo, en el sobreesfuerzo que tuvo que hacer para que rompiera la carne, cómo parecía que fuera protegido por una cota, cuanto tardó la sangre en brotar. No es lo mismo una clase de esgrima que un abordaje, ¿verdad, teniente? Un florete que un sable. No voy a preguntarle cuantos hombres lleva en su cuenta, la mía es tan larga que ya no recuerdo la mitad de los sumandos.




— Milord...
— Vamos, teniente, estamos solos, nadie nos escucha y en verdad creo que haber amado a la misma mujer nos da un grado de... parentesco..., una cierta intimidad compartida. Mire, teniente, usted es un hombre de honor como todos los oficiales de la Armada Española, pero convendrá conmigo que el honor lo único que ha hecho por ustedes ha sido llevarles de derrota en derrota. Sí, sí…, no se preocupe, reconozco a todos sus héroes, les rindo homenaje; pero aquí y ahora sólo estamos usted y yo y no hablamos de guerras ni de patrias, hablamos de hombres a los que ya no les queda nada que perder, teniente, ni siquiera el honor. ¿O usted no lo ha perdido aún?



— No creo que eso le importe.
— No me importa, teniente, tiene razón, sólo estoy intentando hacerle pasar la velada de la forma más amena posible, con la nevisca que está cayendo no podrá abandonar Dungar House, está usted confinado conmigo entre estas ruinas, así que acomódese, olvídese de quién es y qué vino a buscar y charlemos como amigos.

— No soy su amigo, milord.
— Pero lo será, lo será antes de que amanezca… no lo dude.
— No pasaré aquí la noche, puedo ir caminando hasta la posada.
— ¿Caminando? Bien se nota que nunca ha visto nevar en las Tierras Altas. Suerte tendrá si puede marcharse mañana antes de que vuelva mi mayordomo. Estamos solos, teniente, como usted pretendía.
— Yo no…


— No mienta, teniente. Sé porqué está aquí, a qué ha venido, pero permítame que esta noche, si va a ser mi última noche me comporte como un perfecto anfitrión, permítame que le cuente una historia. Aún quedan muchas horas hasta el amanecer, quién sabe si para entonces ha cambiado de opinión. Como le decía, matar a un hombre, aún en batalla, es un problema. No se mata tan fácilmente en la guerra como la gente piensa, digo de frente, otra cosa son los cañones, esos matan indiscriminadamente, son eficaces y eficientes; en cambio los hombres, los hombres no lo son, unos tienen escrúpulos, otros conciencia, otros honor, y con tanto pensar lo que más les acomoda terminan muertos. Le aseguro que sólo un soldado al que se le haya extirpado la capacidad de pensar es un buen soldado, los marineros no lo son, ninguno, por eso yo siempre procuré que mis tripulaciones gobernaran los cañones con los ojos cerrados y la verdad es que lo conseguí, mis libras me costó, no sabe la de pólvora que disparamos.

— En los barcos de la Armada no había pólvora suficiente para hacer prácticas, la mayoría de las veces los cañones sólo se disparaban en batalla…
— Que ustedes perdían indubitablemente.
— España está en la banca rota, milord…
— Bah, olvídese de los países, lo que quiero decirle, porque de eso va  nuestra grata amistad, es que matar es difícil, muy difícil a no ser en defensa propia y de los que amas, y en cambio asesinar, matar a traición es lo más sencillo, y a pesar de que no me lo vaya a creer no se necesita de mucha preparación, decisión y algo de suerte.
— Para no terminar en la horca.


— Le aseguro, teniente, que por asesinar a un hombre ni usted ni yo seríamos nunca condenados. Somos caballeros, nosotros matamos, no asesinamos. Y ahí, ahí es dónde surge nuestra oportunidad. Permítame, permítame que le cuente. Una noche de las muchas que vagaba por Londres a la espera de conocer mi sentencia por “la apropiación indebida” del Galeón de Manila, como ni en los más abyectos salones se me tenía por bienvenido, me encaminé hacia el puente de Westminster, era una hermosa noche de comienzos de otoño y las llamas de los pebeteros que lo iluminaban de trecho en trecho bailaban empujadas por una ligera brisa. El río en penumbra parecía pequeño, encajonado en la oscuridad absoluta de sus dos orillas, debía ser tarde, porque apenas había gente por la calle, de los Comunes ya hacía tiempo que habían salido los diputados más  trabajadores y de la vieja Abadía se habían oscurecido sus vidrieras, señal de que los últimos oficios habían concluido. No recuerdo qué pensaba, me imagino que sólo era capaz de admirar el rutilar de las aguas pacíficas rumiando mi desgracia.



Los escasos viandantes que se encaminaban al puente lo hacían con la cabeza hundida en el cuello de la capa, medio embozados los ojos por los sombreros, como si temiesen que la bruma que comenzaba a elevarse del agua les atacara con sus miasmas. No sé cómo, en un momento dado, me dio por pensar que tal vez alguna de aquellas personas fuese un bandido que viniese hacia mí dispuesto a arrebatarme mi escuálida bolsa; menuda sorpresa se hubiera llevado, en aquellos momentos no portaba ni un penique. Sin embargo, nadie prestaba atención a nadie, las almas con las que me cruzaba caminaban a mi alrededor presurosas, casi corriendo hacia los refugios seguros. Tal vez me temían a mí, después de todo era un hombre solo, embozado como los demás, que portaba una espada en el costado derecho, sí, estoy seguro que más de uno creyó que yo podía ser su ángel de la muerte. Y pensé, lo hice, se lo aseguro, pensé que si perdía el botín del San Fernando, me dedicaría a saltar a los altos personajes de la corte. Con lo que obtuviera de sus bolsas botaría un barco para regresar a isla Navidad en busca de Eugenia.


Hice cábalas de cuál sería el lugar más idóneo para apostarme a esperarles y lo tuve claro, el parque de Saint James, que sólo algunos arribistas de la corte se atrevían a atravesar las noches en que borrachos abandonaban las fiestas del príncipe regente y mi "muy querida esposa". Eché cuentas, en una sola noche podría "expropiarles" unas mil o dos mil libras, sólo tenía que apostarme cerca de la salida del palacio y escuchar las discusiones de los criados, averiguar quién ganaba y quien perdía a las cartas.

En esas andaba, previendo ya mi futuro como saltador de carruajes y viandantes cuando vi que desde Whitehall se acercaba un hombre, un hombre bajo, delgado, un pequeño comerciante que había osado acercarse a las puertas del poder para conseguir alguna prebenda, tal vez, o un honrado menestral que acababa de limpiar la sala de vestir del presidente de los Comunes, me daba igual, llevaba un largo abrigo que se agitaba a su alrededor al caminar y sombrero de copa alta, demasiado a la moda para ser un honrado trabajador. Decidí que era mi ocasión, que nunca se me presentaría otra oportunidad de probarme a mí mismo si tenían  razón mis detractores cuando vociferaban a mi paso que no tenía honor ni dignidad.


Me alejé del pretil y me acerque despacio hacia el centro del puente donde en unos escasos segundos tendría que pasar mi víctima. Los pebeteros me iluminarían desde atrás por lo que a sus ojos yo tendría la apariencia de un gigante ante la cual sin duda alguna su arrojo, si es que lo tenía, se amilanaría. Me detuve en el centro justo dejando que el hombre se me acercase, continuaba caminando tranquilamente balanceando su bastón delante, atrás, delante atrás al impulso de sus amplias zancadas. Estaba ya sobre mí, no le quedaba más remedio que alzar la cabeza y esquivarme o golpearme.

Cuando le vi la cara sorprendida hice ademán de llevarme la mano al pecho, no sé qué pensó que iba a sacar pero su rostro se contrajo por un espasmo de miedo y dio un paso atrás aunque sin perderme la cara; luego debió pensar que necesitaba ayuda porque giró la cabeza a derecha e izquierda buscando gente, pero no había nadie a nuestro alrededor. El hombre, un lechuguino de los de leontina y pantalones negros, me miró con ojos extraviados y dio dos pasos atrás. Me avine al juego y me moví hacia él, nunca creí que mi rostro o mi apariencia fuesen capaces por si solos de infundir miedo. A los hombres de una tripulación se les gobierna por el temor al látigo, y aquel hombre desconocido para mí me rehuía simplemente porque era de noche, nos rodeaba la bruma y estábamos solos.


¿Comprende, teniente, de qué pocas circunstancias depende una vida? Aún no le había dicho ni una palabra, ni le había hecho gesto alguno amenazante y ya temblaba. Giró dos o tres veces la cabeza hacia atrás, ahora sí buscaba ayuda desesperadamente, no se atrevía a darme la espalda y echar a correr en dirección a la calle y las luces. Compulsivamente miraba hacia mí y luego a la oscuridad. Entramos en una bolsa de luz y la bruma, por momentos más densa nos encerró en su capullo; podía verle perfectamente los ojos desencajados, la boca abierta y balbuciente, agitando los brazos como alas de polluelo inexperto, no, no echaría a volar y él lo sabía; estaba, al menos eso creía él, totalmente a mi merced.

Le seguí, si él daba dos pasos hacia atrás  yo los daba hacia delante, si se detenía me detenía siempre con la mano en el pecho por debajo de la capa. De pronto el hombre tropezó y cayó de espaldas al suelo, empezó a gemir… “No, no…, no llevo dinero…, no llevo nada… No me haga daño, por favor…” Me asqueé de su miseria, en lugar de defenderse, de luchar por su vida que sólo él creía en riesgo se rendía y suplicaba. Saqué la mano del pecho y me llevé un puro a la boca. No debió percatarse porque continuó con sus suplicas; me incliné hacia él con el brazo extendido ofreciéndole  mi mano para ayudarle a levantarse, y sin embargo siguió arrastrándose de espaldas, huyendo de mí.

¿Me da fuego, por favor? —le pedí sonriéndole.
         
Aquellas escuetas palabras que en otras circunstancias no hubieran supuesto nada más que un "Sí" o un “No, buenas noches” debieron resonar en los oídos del lechuguino como una sentencia de muerte; de pronto encontró las fuerzas que momentos antes le faltaron, se levantó del suelo con agilidad y echó a correr sin mirar hacia atrás. Estaba a punto de abandonar el circulo de vacilante luz cuando los pies se le enredaron en el abrigo y cayó de bruces sobre el adoquinado.



— Y usted como buen samaritano se acercó a socorrerle.
— Así es, teniente, me acerqué con paso rápido, el golpe había resonado en el silencioso puente y temí que se hubiera abierto la crisma. Por un momento hasta temí haber llevado demasiado lejos mi pantomima, yo no le deseaba ningún mal a aquel pobre hombre.
— No pretendo ofenderle, milord, pero no creo que deba sentirse muy orgulloso de sí mismo y no entiendo la moraleja de la historia.
— Aún no ha terminado, teniente, pero no le sigo, ¿qué había hecho hasta entonces indigno de un caballero? Nada… en ningún momento blandí el sable…
- Señor, usted mide más de seis pies, y en la noche, envuelto en la bruma, como usted mismo reconoce, no necesitaba de armas para resultar amenazador, su sola presencia era suficiente para aterrorizar a quien confiadamente creía caminar solo.

—Muy bondadoso resulta usted, teniente, un hombre como debe ser no se hubiera dejado amilanar en ningún momento, midiese yo cinco o siete pies, un hombre debe encontrar en sí mismo la fuerza suficiente para defender su vida. Pero no he concluido, teniente, aún no he acabado mi historia, que cambió ya para siempre mi destino. El hombrecillo debió encontrar dentro de sí alguna llamita de esa fuerza que se nos infunde al nacer, la que unos momentos antes no había conseguido encontrar, lo cierto es que cuando me acerqué de nuevo a él y me incliné con las manos extendidas para ayudarle, esta vez no reculó, al contrario me lanzó un puñetazo con su puño derecho, como comprenderá me fue sencillo eludirlo, le sonreí, sí recuerdo que le sonreí, era mi reconocimiento a su orgullo y coraje.


—Tranquilo, amigo –le dije- sólo pretendo ayudarle, no tema. Pero él no debió entender nada, perdido el empuje que le llevó a atacarme, le inundó el terror del que se sabe muerto, gateó alejándose; le confieso que me cansé, me dio lastima y al mismo tiempo que me retiraba dije:

—Está bien, amigo…, como usted quiera, y me alejé de el riéndome a carcajadas.
Es usted un canalla, capitán Bradley.
— Sí, sí…, claro que sí teniente…, se lo admito y hasta le reconozco que me enorgullezco de mi ruindad.
— Abuso de su posición ante un inferior, aterrorizó a un pobre hombre que no le había hecho nada.
¿Cómo lo sabe usted?
— ¿Cómo sé qué?

— Sí, dígame cómo sabe usted que no me había hecho nada. Usted piensa que se asustó por mi sola presencia y mi actitud amenazante, yo mismo le he hecho creerlo, pero ¿y si no era cierto?, ¿y si me había reconocido? Mi caricatura estaba todos los días en la prensa, The Morning había hecho suya la causa de hundirme… tal vez él era el gacetillero que redactaba las soflamas que pedían mi cabeza y pensaba que buscaba venganza. Lo hubiera podido matar con total impunidad; durante el enfrentamiento nadie se nos acercó, ningún ruido me alertó de posibles testigos. Miré el reloj, pasaban las nueve de la noche, a esas horas, en Londres aunque no sea invierno ya no hay nadie en las calles del centro, tal vez en las del East End deambularan algunos tarambanas y ciertas busconas de poco fuste, pero nadie transitaba las calles del centro, y menos a pie, aún a esas horas los clubes estarían rebosantes de gentes y en los cafés se jugaría al billar y a las cartas. Y aprecié en sus justos términos la oportunidad que aquella soledad me propiciaba. Me había divertido, pero el juego había terminado.


¿Lo mató?

— ¿Lo maté? No, por supuesto que no. Lo asesiné. 

lunes, 8 de julio de 2013

TORMENTA EN EL PACÍFICO.

   


 La tormenta los atrapó a las tres semanas de abandonar la Isla Navidad. Fue repentino, el amanecer resultó lánguido, tardío, como si el sol perezoso hubiese decidido darse otra vuelta en su cama de nubes. Luego, la atmósfera durante toda la mañana estuvo densa, pesada... el calor sofocante, era lo normal, navegaban a 180º de longitud este y a 4º de latitud norte, en la zona de las calmas ecuatoriales. Los hombres caminaban por la cubierta medio desnudos, con sólo los pantalones desgastados por indumentaria, a pesar de que navegaban con las bodegas llenas, a pesar de que tenían balas y balas de algodón no disponían ni de una vara de dril para confeccionarse ropa de repuesto.  



             
Aquel mediodía no pudieron medir la latitud, el sol no apareció por el horizonte, y ni siquiera mediante la estima pudo calcular su posición. En el laberinto de islas que poblaban el Pacífico central la falta de precisión podía ser causa de un naufragio, un error de unos pocas millas podía llevarlos a sotavento de alguna isla, de algún atolón impidiéndoles escapar de la atracción de la corriente. Su única esperanza que con las estrellas tuviesen más suerte y al anochecer brillasen en el firmamento justamente en la posición correcta. Por lo demás hacía muchísimo calor, un bochorno infernal que obligaba a los hombres de la guardia a acercarse a menudo al barril del agua para refrescarse.




Pero el tiempo no mejoró, cuando la oscuridad creció por el este, las nubes plomizas cubrieron el cielo tragándose los rayos del sol. Y lo hicieron rápido, de un momento para otro, lo que antes era blanco brillante se convirtió en una compacta masa gris y negra, imposible distinguir la línea de separación entre cielo y mar. Fue tan rápida su aparición y tan pacífica que no resultó amenazadora, los vientos se mantenían con una fuerza que empujaba a La Victoriosa a unos escasos cuatro nudos. Aparentemente no había ningún peligro en ciernes y sin embargo, los hombres desocupados deambulaban por la cubierta superior escudriñando el horizonte, ningún petrel, ningún albatros distraía su espera, ni siquiera la estela acuchillada de los atunes se apreciaba desde la borda, y hacía más de dos días que los tiburones habían desistido de su persecución. Estaban solos en el mar, alrededor de la nave no podía calibrarse ningún obstáculo, sólo  oscuridad.

Y entonces, las olas que un segundo antes se adormecían mansamente contra sus costados devinieron en impetuosos caballos encabritados que cocearon a la fragata con furia y rabia. El balanceo de la nave se tornó errático e impredecible y en los cabeceos se abrían ante la proa mandíbulas feroces que engullían al bauprés como sí frente a ellos bostezasen una manada de cachalotes hambrientos. El cielo se oscureció aún más y la noche tempranera cayó sobre la arboladura convirtiendo la cubierta en un túnel oscuro del que daba la dimensión el brillante fanal de popa que el previsor segundo oficial había ordenado encender a pesar de ser media mañana.


— Se pone feo —comentó lacónico Valera cuando Juan le relevó.

Se avecina una buena tormenta —respondió fingiendo una tranquilidad que estaba lejos de sentir. Nunca en sus pocos años en la Armada se había enfrentado a un cambio tan repentino de la atmósfera, a una oscuridad tan amenazante como la que se cernía sobre La Victoriosa.

Porque no otra cosa parecía avizorarlos, una más de la docena de tormentas tropicales que habían superado en su mes y medio de navegación. Ni por toda la seda del mundo ni las perlas del rey de Siam dejaría Juan de mostrar ecuanimidad ante su superior, aunque por dentro el miedo lo corroía, pero antes se dejaría matar a dejar que nadie de la tripulación adivinase sus pensamientos.



Por ello tomó las medidas que racionalmente su ciencia y su experiencia le obligaban a adoptar, llamó al criado del capitán para que le informase de la caída en picado de la presión atmosférica, dio orden de amarrar firmemente con cabos todo aquello que pudiera caer sobre los hombres y ordenó que se colocaran andariveles en los costados. Hubiera preferido soplar sobre las nubes y espantarlas, caldear entre sus manos el pequeño depósito del artilugio que medía la presión y hacerle subir hasta cotas de templanza y bienestar, pero no era Dios, ni siquiera Javier Caballero del Manzanar, su representante en la fragata, y ese era su mayor desasosiego... no estar a la altura de la confianza de su capitán, aunque fuera un borracho. Por las voces con las que despidió a su criado, no parecía encontrarse en disposición de asumir el mando, así que Juan, como oficial encargado de la guardia, ordenó reducir el trapo. Si lo que les amenazaba era una tormenta más, era la orden adecuada, y así en un primer momento la Victoriosa se sosegó y los cabeceos desaparecieron; impulsada solamente por las velas mayores se deslizó por el mar encabritado con sobriedad y elegancia. Pero si se trataba de algo diferente, algo desconocido por él posiblemente fuese una decisión desacertada y lo oportuno habría sido echar mano de todo el aparejo disponible y aprovechar la fuerza del viento para huir del vórtice de la batalla.



 “A lo hecho pecho”, se dijo, en el alcázar sólo había un oficial. Se apoyó en el pasamanos y escudriño la claridad que de la boca de la escotilla se desprendía, sólo se trataba del fanal del bao del que partía la escalerilla, nada hacía presagiar que el capitán fuera aparecer de un momento a otro. De la verga del velacho llegaron unos gritos, “El Rafi”, el mejor gaviero de la fragata lanzaba denuestos en un idioma desconocido a uno de los ayudantes del contramaestre. Estaba tomando un rizo, atando la empuñidura a los tojinos, con el cuerpo sólo sujeto a la verga por los sobacos, apenas rozando con la punta de los dedos de los pies los marchapiés, cuando el ayudante tiró de la driza haciendo girar la verga  hacia el bordo contrario, el de La Caleta aún sujetaba la empuñidura pero sus pies se agitaban en el aire, si caía lo haría en el mar, tal vez salvara el cuello, pero le obligaría a detener la embarcación para recogerlo y Juan no estaba muy seguro de que tuvieran la oportunidad de hacerlo con el mar tan encrespado. Por un momento el tiempo ya de por sí ausente en aquella oscuridad se detuvo y sólo la agitación de las piernas del hombre colgado a más de veinticinco pies de la cubierta anunciaba que aquello no era una pintura, que la arena del reloj continuaba cayendo.

—Sánchez —gritó haciendo bocina con las manos—, ¿qué se propone? maldita sea, ayuden a ese hombre.

El ayudante que hasta oír la orden parecía paralizado por el error  reaccionó, cogió la driza y con ayuda de otros dos marineros la sujetó firmemente. El viento tiraba de ellos, la oportunidad del gaditano estaba en que pudiera agarrarse a ella y deslizarse hasta la cubierta. Pero para llegar a la driza tenía que soltar el velacho y, sujetándose solamente con los brazos, desplazarse unos dos pies a los largo de la verga hasta el  penol.


— Suéltelo —ordenó. No quería pensar en lo que sería de la nave con un velacho dando bandazos de un lado a otro. Sólo veía a un hombre luchando por su vida, buscando con los pies un asidero, mientras aferraba firmemente entre las manos la empuñidura de la vela. Los de cubierta mantenían la driza firme a la espera, lo conseguiría, no era una acción tan difícil, aquel tipo de accidente solía ocurrir al principio de cada travesía cuando aún los hombres no habían ajustado sus movimientos, entre marineros veteranos como “el Rafi” todo quedaba en un simple susto y en una bronca en el rancho para el culpable, pero la tensa atmósfera le había sorbido las ideas, y parecía que no lo conseguiría, sobre cuando el viento se amainó  y el velacho se desinfló destensando la driza.

Juan lo vio mirar hacia el mar embravecido y luego alzar la cabeza al cielo, podía haber implorado ayuda o lanzado una silenciosa imprecación, pero no obtuvo ayuda, al contrario, el viento giró de nuevo empujando la verga suelta. Los codos del marinero se movieron unas pulgadas muy despacio en dirección al penol, luego otro poco, balanceó las piernas en busca de la driza, aún le quedaban más tres pies para alcanzarla, de pronto como si el cielo hubiera decidido que aquello no era suficiente, que necesitaba más tensión para divertirse, la nave, empujada por una ola de través, se escoró por estribor; la sacudida debió repercutirle en sus escasas fuerzas y se soltó un brazo; desde la cubierta lo vieron agitarse al aire como  un gallardete. Juan pensó que no lo conseguiría, que en unos segundos planearía sobre las gruesas olas hasta atravesarlas no como un albatros o un petrel y no reaparecería. Se equivocó, o la Virgen del Carmen le echó un escapulario, el caso fue que impulsándose con fuerza volvió a aferrarse al palo y caminó apoyado en los codos hasta que sus piernas asieron por fin tensa driza, cruzó las piernas entorno a ella y soltando los brazos de la verga, consiguió asirla con las manos. Juan suspiró aliviado.


Sin embargo poco le duró la tranquilidad, el viento de nuevo roló soplando del nordeste y empujó a la fragata por la popa con la fuerza de una legión de demonios aulladores dispuesta al asalto a la gloria. Desde el alcázar ya el mar casi no se divisaba, sólo a través de las rasgaduras que el, cada vez más furioso, viento abría entre las nubes se entreveía lo que ocurría en la cubierta.

— ¡Por todo los demonios! ¿Se va a caer el cielo sobre nuestras cabezas? —gritó el timonel a su oído. El ulular de las ráfagas, el diapasón de las bolinas y los tomadores cada vez más intenso, el crujir de los juanetes, ocultos en la oscuridad y aún las propias cofas, convertían en una quimera cualquier conversación—. Nunca había visto un tiempo como éste, señor, no deben ser más de las dos y parece noche cerrada.

— Señor, ¿avisará al capitán? —Esa era la pregunta que no dejaba de hacerse, ¿cuándo debía avisar al capitán, cuándo? Sus ronquidos se oían en la cubierta acompañando al coro de la jarcia. Juan sabía que era su responsabilidad, aquellos sucesos tan extraños ocurrían en su guardia y debía controlarlos, no podía molestar al capitán por una simple tormenta. Si le avisaba de la situación y no acudía al puente estaría cometiendo una grave falta. Si no le avisaba y ocurría algo grave la culpa sería suya, bien lo sabía, eso era lo que el capitán esperaba de él. Asumiría la responsabilidad de lo que ocurriese aquella jornada, en el diario de navegación él, precisamente él, había escrito al día siguiente de la partida de la Isla Navidad que el capitán y el primer oficial se encontraban enfermos y no añadiría ninguna referencia más. Aunque los hombres murmuraran la borrachera no trascendería, al menos... al menos que el cielo cayese de verdad sobre sus cabezas y quedasen sepultados en el fondo del mar y entonces ya no importaría.


—  El capitán se encuentra enfermo —dijo con voz firme—, el doctor ha dicho que no se le moleste y no se le molestará ¿entendido? Esto no será nada, una tormenta tropical un poco más fuerte que las otras. La fragata resistirá y los hombres también. La Victoriosa era un buen barco, pese a lo rápida que navegaba cuando el mar se encabritaba sepultándola en abismos líquidos no oponía resistencia, se dejaba ir para luego una vez que la masa de agua pasaba alzarse de los abismos.

En ello pensaba cuando la gran ola entró por el través de estribor y  hundió la fragata empujándola con tanta fuerza hacia babor que por unos momentos pareció quedar suspendida en el aire. Creyó que era su última ola ni tiempo tuvo de agarrarse al pasamanos, no la vio venir, calculaba mentalmente cuanta resistencia le ofrecían las mayores al vendaval cuando la masa de agua lo cubrió.


Había olvidado ordenar a los hombres que se ataran al aparejo, sólo el timonel lo había hecho nada más asumir su turno. Pero no tuvo tiempo de sentir remordimientos, mientras se ahogaba  con los pulmones a punto de reventar sólo pudo pensar por un segundo en su madre vestida de negro, luego agito los brazos por encima de su cabeza intentando encontrar la cresta de aquella maldita ola que no terminaba nunca de pasar. La fragata no se había hundido, de eso estaba seguro, su intuición le decía que seguía en equilibrio, aunque no era capaz de saber ni el ángulo ni el bordo que primero se libraría del agua. Se dijo que si aquel era su fin más valía permanecer sereno y aceptar que revelarse y sufrir. En el costado le golpeó un objeto pesado, se agarró con todas sus fuerzas a lo que creyó un tonel, y nada más tocarlo comprendió que se trataba de un hombre. Percibió un crujido seco con sordina y pensó que la fragata se partía en dos, abrió la boca para apresurar el fin. Su vida, pensó, había sido una buena vida y moría donde siempre creyó que lo haría, en el alcázar de un barco… bajo su mando.  Sintió cierta emoción, su cuerpo sería mar, carroña del mar… pero mar al fin y al cabo… viviría en las fauces de los tiburones, en las aletas de las ballenas… en las alas de los petreles. Esperó el ahogo, el terrible dolor en el pecho que, según se rumoreaba en los ranchos, anunciaba la muerte por ahogamiento…  y no llegó.


Seguía vivo y lo sintió primero en la frialdad de la piel de su rostro, respiraba. Abrió los ojos, si la muerte se acercaba y aquello se trataba de una alucinación de los sentidos, quería contemplarla de cerca, después de todo era un hombre, no sólo un enteco guardiamarina que lloriqueaba por la noche acordándose de su madre. Sus ojos erraron por entre jirones de niebla gris, haciendo un esfuerzo logró concentrarlos en un objeto alargado, alto y casi negro que se alzaba justo ante él. Tanto podía ser un pecio en los abismos del océano, como un recuerdo de un tiempo pretérito cuando los únicos navegantes que osaban cruzar aquel mal llamado eran los malditos caníbales de las Marquesas. Soñaba con la muerte cuando estaba vivo, cuando llevaba respirando aire fresco casi una eternidad, lo que tenía delante de sus ojos era el mayor de la Victoriosa, totalmente reconocible, que poco a poco como impulsado por su propia inercia se adrizaba volviendo a su posición perpendicular. El objeto que aferraba con sus manos se estremeció, intentaba escapársele… una voz ronca murmuraba junto a su oído.

— Señor, puede ya soltarme, gracias a Dios que me agarró —oyó decir al Rafi con la voz estrangulada.



La voz le llegaba como si procediera del reino de Poseidón, Juan sacudió la cabeza… estaba sonada…, no sólo no oía sino que lo que veía aparecía bañado en un blanco resplandor, como si de pronto toda la fragata fuera de acero y  plata… cerró los ojos compulsivamente y se los frotó con ambas manos, era como si acabara de despertar y aún la mañana no estuviera dispuesta para la revista… intentó concentrarse en la voz del gaviero… le extrañó encontrárselo casi rozando sus hombros… el sonido le venía desde tan lejos y sin embargo al girarse se topó con la jeta coloradota del marinero a un palmo de su rostro.

Señor, ¿podría soltarme? Aprieta tan fuerte que no siento la pierna.

Y entonces, mientras miraba su mano aferrada al muslo del gaviero, las lágrimas le saltaron de los ojos y la risa, una risa loca que le agitaba las entrañas, le estalló en los oídos. Y ni siquiera entonces pensó en Eugenia.             

miércoles, 26 de junio de 2013

EL PRISIONERO QUE ESCRIBÍA CARTAS DE AMOR



Aunque no quieras reconocérselo, porque ante el perro inglés no se retrocede ni para tomar impulso, sabes que tiene razón el conde, aquella vieja carta no era pertinente para nadie, ni siquiera para tus propios deseos, ni tú eras ya el mismo hombre que la escribió ni la chiquilla a quién se la remitiste en su día existía. Un trozo de papel quebradizo y amarillento con la tinta desteñida, nada más. Tan inane como tu alma. La miras buscando la letra antes tan amada, pero sólo reconoces la que fue tuya a los veinte años. Sabes lo que dice, no te es necesario leerla para reencontrarte con un hombre mucho más joven y tan equivocado, seguramente, como el que, ahora, frente a la chimenea, intenta descifrar los sentimientos que una Eugenia enamorada experimentaría leyéndola. Fue la única carta que en tu otra vida, en aquella en la que Eugenia te amaba todavía, le escribiste.


Se te escapa una sonrisa, mientras la escribiste recuerdas haberte sentido por primera vez desde que comenzó la batalla un héroe; sin embargo, a Eugenia que sólo sabía de muertes y pérdidas debió parecerle un sinsentido, una burla a su amor. Y aún así no dejó de quererte, a pesar de los años y la vicisitudes la conservó como un tesoro, y sí, sonríes porque ese pensamiento abonará tu melancolía para unas cuantas fechas. Se la mandaste en el año seis desde tu prisión en Gibraltar después de la derrota de Trafalgar.


Pasas los ojos por las letras borrosas, en algunos sitios la tinta se ha corrido en gruesos goterones, tal vez lágrimas, quieres creer que son lágrimas de Eugenia, una Eugenia avergonzada y arrepentida de haber huido de tu lado. O tal vez no, tal vez sólo se trata de agua del mar. En una esquina una mancha pardusca ensombrece el remite, sangre...


Comienzas a leer y te arrepientes una vez más de tan duras palabras. La querías y ni una vez lo mencionabas. Ahora recuerdas el vacío de su ausencia durante los lúgubres días que pasaste prisionero en el pantalán inglés, rodeado de moribundos que entregaban su alma a la escasa luz de unas bujías y con el ruido de sus estertores repiqueteado por el del agua cayendo por los imbornales; el corazón a punto de reventar de odio y miedo. Miedo a dejarte vencer por el miedo, a parecer lo que en realidad te sabías, un cobarde. 


Ahora lo sabes, nunca debiste enviarla. No era una carta de un enamorado nostálgico sino de un hombre amargado que se castiga así mismo. Salvo que te equivocas, lo sabes. Sabes que la castigada fue la angustiada muchacha que en Algeciras rogaba por ti. Debió hacerle mucho daño, la abriría emocionada, esperando palabras de amor y sólo encontró vanas heroicidades: pero claro, necesitabas justificarte por la derrota. Entonces aún no te habías dado cuenta de lo que ella significaba para tu vida, tuvieron que llegar los años del terror, el hambre, la traición para apreciar el vacío que su ausencia dejó en tu alma.

Maldice, si, maldice a aquel hombre de apenas veinte años que escribiera aquellas palabras, un ser cruel, odioso... en cuya mente no había lugar más que para la irreductible gloria:


“Los ingleses no deberían ser nuestros enemigos —comenzaba diciendo, sin un querida, sin una palabra amable ni de consuelo, sin informarla de que te encontrabas bien, sin ninguna fórmula de cortesía—. No nos han derrotado, han sido los franceses y su cobarde e inepto almirante Villeneuve. Nita, no sabes cómo huele un barco durante la batalla, cubierto por sangre y humo, no sabes cómo huele el miedo de los hombres heridos ni como resuenan los gritos de los que se hunden en los barcos que los capitanes han echado a pique, y no sabes y lo siento por ti, compañera, no sabes lo que es sentir la boca seca, sin una gota de saliva mientras esperas con el sable en la mano a que el enemigo aborde tu nave, y la alegría inmensa que da el ser capaz de rechazarlos, no, Nita, nada tiene que ver una batalla con nuestros juegos de niños.

Dirás que nada de hermoso hay en la muerte ni en los cuerpos mutilados; he visto vientres abiertos, hombres caminando con sus intestinos en las manos, brazos pendientes de un girón de piel; pero lo que importa no es el resultado, se puede vencer o morir, lo que en verdad importa, es lo vivo que uno se siente mientras el resultado es incierto...como golpea la sangre en tus venas, con que fuerza el corazón pugna por salirse del cuerpo, como de invulnerable a la muerte te sientes...


Enojosas palabras, cuando debiste decirle, “Te hecho tanto de menos, mi amor, te veo a todas horas con tu vestido de encaje colgada de mi brazo paseando por capitanía, y siento el calor de tu piel rozándome, y luego el dulzor de tus labios; mi amor, cuánto ansío beber de nuevo en ellos. Mi paloma, mi amiga, cuento las horas y los segundos que aún me faltan por tenerte entre mis brazos.” Eso debiste escribirle. Eso sí le habría hecho sentir el vacío de tus manos sobre su talle, la hubiera unido para siempre a ti; pero no, tuviste que hacerte el héroe. Con los ojos rasados de lágrimas vuelves a leer.




Mi barco el San Agustín fue el primero en disparar y el último en rendirse. Pero lo hizo porque ya estábamos solos en medio del mar rodeados de ingleses. El mayor y el de mesana sobre la cubierta, la bodega inundada de agua y las portas de los cañones evacuando sangre en lugar de lanzar balas. Todos andábamos medio heridos, a quien no le alcanzó una bala inglesa le atacó un cañón español, la mitad de ellos reventados y corriendo libremente por la cubierta.


El capitán dispuso que a defender la bandera y allí nos fuimos los pocos que aún quedábamos en pie y la defendimos, menuda escabechina. Finalmente tras tres intentos de abordaje cesó el fuego, los cinco navíos ingleses que nos rodeaban dejaron de dispararnos. No nos rendimos es que ya no podíamos más, arriamos la bandera del barco pero no la del rey, que vete tú a saber por dónde anda y a quien nos vende; a mi tanto me da Fernando que Carlos, ninguno le hará un bien a España, aunque un oficial de la Armada no puede ofender al rey sin ofender a su patria, al menos eso es lo que nos enseñan y por lo que al final se muere.

Mentira, bien lo sabes ahora y lo sabías entonces. Mentira. Fuiste a la bandera temblándote las piernas, con los brazos hormigueando y con la cabeza entre los hombros, temeroso, hundido. ¡Pero cómo ibas a decir la verdad si luchabas por encerrarla en lo más hondo de ti. Te habías tenido por valiente y resultaste tan cobarde como cualquiera. Pero no, eso no lo podía saber la mujer de la que esperabas veneración.


Te enorgullecerá saber que entre tanta muerte y destrucción mantuvimos el honor. Los ingleses no se apoderaron del barco; intentamos, cuando por fin nos quedamos solos, bombear el agua, pero fuimos incapaces de impedir que el mar se cobrase un nuevo pecio. Al final nos socorrieron unos cuantos navíos ingleses a los que trasladamos los heridos, yo fui de los últimos en abandonarlo porque cumpliendo órdenes del capitán D. Felipe Cajigal con su ayudante Joaquín Bocalán y otros dos me quedé a prenderle fuego. Cuando nos alejábamos en las barcazas se podía oír los gritos de los heridos abandonados, aquellos a los que ni tu padre ni tu tío hubieran librado de la muerte.

Aún los oyes ¿verdad?, los desahuciados. La derrota siempre es amarga pero si además se abandona a los hombres en medio del mar y se les pega fuego…, qué infierno podías esperar sino aquel en el que te hallas inmerso. Claro que eso no se lo ibas a decir a Nita. Nita tenía que admirarte, su héroe, como cuando de niños jugabais en la playa de Noya y  eras su capitán pirata.

Créeme si te digo, que cuanto más me alejaba, cuando ya no podían oírse los gritos, recordé nuestros funerales vikingos, como aquel con el que enterramos a Luna, la perra vieja de tu madre. Amanecía y el cielo medio en penumbra se quemaba en el horizonte y el espejo del mar reproducía las llamas. Fue un espectáculo digno de contemplar a lo lejos.


Me llevaron a un buque inglés, y me metieron en la enfermería con decenas de hombres, españoles, franceses e ingleses... tenía un golpe en la cabeza y una herida en el hombro que se me infestó, según me ha contado el cirujano inglés nada más tenderme en el coy perdí el conocimiento y he estado más de dos semanas vagando por el otro mundo, pero es muy aburrido, créeme.

Recordé, como si fuera un milagro, que aún conservaba el sable, que no me había rendido y me desperté porque no quería que me lo robasen, que algún marino borracho lo considerase un trofeo de guerra. Te diré que no tuve suerte, me lo habían quitado junto con la vizcaína, la vieja daga de mi padre que llevo siempre escondida. El sable lo recuperaré cuando me den la libertad, me ha prometido el oficial que nos hace de carcelero. La daga algún maldito ladrón inglés la disfrutará”.

Nada de amoroso tenía aquel correo como no fuese el final “Te quiere, Juan”, y aunque era cierto, sonaba falso. Cómo no iba a sonar, si después de Trafalgar los días gloriosos del verano del año cinco en los que se concretó tú amor por ella parecían un sueño. Nada quedaba ni en España  ni en ti de aquellos fastos del baile del General Castaños donde te prendiste como hombre de la mujer, que como niña habías hasta entonces amado.


Tú única excusa que fue duro sobrevivir a aquel siniestro veintiuno de octubre para ver la patria vendida, la Armada hundida, la historia y el honor corrompidos. Si en lugar de haber estado prisionero en Gibraltar hubieras llegado vivo a Cádiz hoy serías un asesino confeso. Si te hubieras arrastrado como un naufrago más hasta las costas gaditanas habrías ido a la busca de Grabina, el responsable de aquel desastre, el marino político que no se atrevió a plantar cara al maldito francés ni al ni al rufián de la reina, y hubieras acabado con tus remordimientos.

Pero no, no tienes perdón, no puedes perdonarte, te olvidaste de ella. Tú tenías veinte años y ya eras un hombre acabado; en cambio Eugenia, en cambio Eugenia era una chiquilla, una chiquilla de dieciocho años enamorada. ¿Comprendes? ¿Comprendes por fin lo que la obligó a huir de ti hasta el fin del mundo? 

lunes, 17 de junio de 2013

LA VENGANZA DEL DESTINO



Regresaste cuando harto de rumiar la afrenta se te encabritó la venganza. En la gruta el eco de la guerra no resonaba, de hecho la guerra, la partida y los  hombres que una vez lucharon a tu lado se esfumaron entre la humareda de la hojarasca y lo mismo se te daba que anduvieran muertos entre las cárcavas o vendidos al Pepino, sí, esos mismo de los que tantas veces sentiste correr por tu cuerpo su sangre servil y la consideraste tuya. Comprendiste la impostura. Ninguna ocasión de hermanaros hubierais tenido de no ser por la guerra, nada podía unir a un oficial de la Armada con un cabrero, un zapatero remendón, nada, salvo la idea de morir y matar por la patria.

Si hubieras continuado un minuto, un segundo más en el lecho de la cabrera, meciéndote de ensueño en ensueño hubieras terminado olvidando hasta tu nombre, pero un rescoldo permanecía encendido en tu pecho a pesar del jugo de la adormidera. Muerte, muerte. Nunca, nunca te consentiste la rendición, ni aún en el delirio de la agonía. ¿Cómo olvidar el filo del cuchillo abriéndose paso en tu vientre? ¿Cómo el sabor acre de la sangre en tu boca? Lo añorabas, sólo sentiste la paz cuando lo reconociste, cuando reconociste y ansiaste en tu boca la del traidor. Eras, por fin un hombre libre, sin familia, sin amor, sin Dios y sin Patria.


¿La patria? ¿Quién era esa ingrata madrasta que sólo se alimentaba de la sangre de sus hijos y nunca se hartaba? ¿Liberarla? ¿De quién del pueblo ladrón, de los afrancesados felones o de los fernandinos traidores. Mientras luchaste con el ejército tu aportación a su liberación consistió en una larga espera y concluyó,en un amanecer de niebla,en una cabalgada de pesadilla. Como pesadilla la reviviste noche tras noche mientras tiritabas a la orilla de la hoguera, envuelto en las frazadas de la anciana que desprendían un tufo tan rancio como su cuerpo. Te veías empuñando el sable, mientras el sol pugnaba por abrirse paso entre los nubarrones negros, y apretando fuertemente los muslos en los ijares del caballo lanzándote a la carga; tu grito, un sólo grito resonando en todas las gargantas, y luego volvías la cabeza y nadie, nadie te acompañaba, a tu espalda humo y escarcha.


Luego, consciente, intentaste cien, mil veces mientras perdías la mirada en el ramonear de las cabras, recordar tus acciones en aquella carga, remover el recuerdo del honor y la gloria, la vergüenza de la derrota, y sólo aparecían nítidos tres momentos, cuando gritaste “Adelante” y te lanzaste lleno de orgullo y soberbia a recorrer la media legua que te separaba del enemigo,sin mirar quien te seguía; cuando a medio camino te agachaste hasta el suelo para recoger la bandera que el subteniente Meléndez, herido de muerte, dejaba caer y cuando medio ciego por el humo y las lágrimas volviste grupas al grito de retirada. “Una gloriosa retirada” dijeron los gacetilleros bien pagados. Pero no hubo gloria, fue una auténtica pesadilla que te quemó la garganta sin necesidad de fiebre.

Te la quemó en realidad el aire que más rápido que las balas atravesabas huyendo de los polacos, algunas silbaban cerca de tu cabeza, otras se divertían atravesando las carnes de los hombres que te seguían y  viste y sentiste a los viejos conmilitones de tu compañía caer envueltos en sus animales y no levantarse de nuevo. Y recuerdas, vaya si recuerdas, el sable chorreante golpeándote las pantorrillas, el cuerpo en esconce intentando ofrecer el menor blanco posible a aquellas asesinas silenciosas y rogando para que tras el siguiente otero los polacos cejasen en la persecución o que en el pueblo se encontrasen con la retaguardia y poder una vez más volver grupas y lanzar una nueva carga esta vez victoriosa. Lo que nunca ocurrió.


¿Y la partida?, el otro hito de tu ilusorio patriotismo. Para recordarla no necesitabas de pesadillas ni fiebres, la sangre de aquellos días siempre presente. De tu primera misión ya se te habían disipado las pesadillas, ningún dolor sentías por aquel campesino pequeño y arrugado que colgaste por el enojoso crimen de vender trigo y cebada a los franceses. Sin juicio ni defensa, una denuncia y en menos de un cuarto de hora el hombre colgaba agitando las piernas del balcón del Ayuntamiento, con la lengua fuera y los ojos desorbitados, tus manos las que le ciñeron el lazo. Demasiados frutos colgaban ya de los olivos y las encinas para sentir remordimientos por uno sólo.

Algeciras siempre presente, en cambio, Algeciras y Eugenia, y su inútil abandono porque en Algeciras, al decir de la anciana, aún vivían inmunes a la matanza, aún podían discutir, fantasear, vituperar a unos y a otros, podían incluso pronunciar el nombre de Mazarredo o de Cabarrús como hombres a recuperar de cara a una posible paz, ¿pero qué sabían ellos de lo que de verdad ocurría por los campos y los caminos? Pronto caerían. Soult y “El botella” avanzaban, derrotado una vez más el maldito general Areizaga. Ningún ejército se interponía entre los franceses y Cádiz, Sevilla cayó y no te importó. Entonces lo comprendiste, tú ya no tenías patria. Para cuando iniciaste el camino a Cádiz en tu mente sólo había sitio para la venganza.



Y no sentiste ningún remordimiento.  En los rescoldos de la hoguera se te aparecía escrita y hasta en el humo olías la sangre que te cobrarías, como habías olido al traidor en la herrumbre de su faca y lo olías cada noche en el humo de la paja. No tenías miedo. Ya estabas muerto y nadie te bendeciría, ni incienso ni viatico esperarían a los pies de tu cama, sin oleos y sin confesión ¿qué confesión? Morir por la patria te abría las puertas del cielo, y aunque no lo hubiese, en la Iglesia del Carmen los frailes ya habían decretado el perdón de los pecados de todos los defendiendo a España muriesen con la faca en la mano. Benditos padres que tan poderosas llaves tintineaban. ¿Y por matar a un traidor? Matando al traidor al menos conseguirías desterrar las pesadillas, aunque sólo fuera una noche.


No temías por tu vida, aunque, por si acaso la invasión de Andalucía te entorpecía el regreso, la anciana te fabricó un salvoconducto expedido por el propio mariscal Soult; salvoconducto  que sólo engañaría al inicuo alcalde puesto por los gabachos en algún pueblo que aún no hubieran considerado oportuno arrasar; pero si con algún francés te topabas unas letras mal escritas no engañarían a ningún oficial y si topabas con soldados no se pararían a mirar, primero dispararían y luego preguntarían o tal vez estaba escrito que como el fantasma que realmente eras, pasases por entre sus líneas invisible a los ojos de sus guardias.Porque el caso fue que lo conseguiste, que muerto o resucitado ni un francés te tuvo en su retina ni detuvo tus pasos. Y entraste en Cádiz y a pesar de todo el olor del mar te devolvió la vida.


Nada más poner un pie en La Caleta, en viendo los nuevos mostradores que se asomaban a la playa te sentiste forano como si vieras por primera vez la ciudad blanca, como si no hubieras correteado años antes por aquella arena finísima ni perseguido a los zangones que pululaban alrededor de las puertas de las tabernas y colmados a la espera de que algún tronera o militronche cargado de vino les requiriese para cumplir sus recados, malos mandaderos que sin embargo mientras permanecían a la vista de los bolsillos de los mandatarios corrían que se las pelaban para dar prestancia al encargo, en cuanto torcían la esquina y desaparecían de la vista se tumbaban en el suelo a continuar descabezando la siesta.

Había una gran rivalidad entre los alevines de la gente del bronce y los muchachos de la Academia, nada os unía pero como si un imán os atrajera, tarde tras tarde cuando se suponía que gastabais vuestras horas de asueto en la Alameda o en la Muralla os citabais con reloj secreto en La Caleta, nadie citaba, nadie convenía pero en cruzando la plaza de San Juan de Dios se recogían las levitas del uniforme, se descocaban los falsos tricornios y se arremangaban las camisas, los pasos se apresuraban, la sangre hervía y los puños se encabritaban. Nadie recordaba la ofensa, ni el motivo sólo que era necesario tarde tras tarde romperle la crisma a alguno de aquellos zangalotines que mentían a Dios y a su madre si es que alguno la conoció.


No podías permitirte ser huésped de los mílites, ni dejarte ver con la tropa, por eso te dejaste caer al agua desde la popa de la barcaza, si entrabas en Cádiz con el regimiento se acababa tu misión, las vistas siempre largas que en tiempos de guerra rodeaban los cuarteles zascandilearían por sus entradas y salidas harían correr la noticia de tu regreso y todo se iría al traste, o acabarían contigo o huirían. No podías permitirte comodidades ni apegos alguno, no verías ni te dejarías ver por ninguno de tus antiguos camaradas ni de escuela ni tripulación, tampoco podías darte a conocer a Juan José Soto aunque estuvieras ansioso por tener noticias de Eugenia, aquella angustia debía seguir siendo secreta, más secreta que nunca. Encontrar en esas circunstancias un alojamiento se te antojó harto difícil una vez que de los dos o tres hoteles que te eran conocidos en la ciudad te encontraste con una sarcástica carcajada de sus dueños ante la pretensión de obtener cama y cobijo aunque fuese por una sola noche.


La primera dormiste sentado con la cabeza apoyada en la pared en una de las tabernas del barrio de la Viña donde a pesar de las órdenes del gobernador militar no cesó su fructífera actividad en toda la noche, pues aunque cerró sus portadas, siempre que se tocaba convenientemente la aldaba el portillo se abría  en atención del solicitante y en el mostrador y la cocina seguían con los mismos trajines. Cuando al amanecer se abrieron de par en par de nuevo las puertas saliste a la luz de la amanecida que como siempre en Cádiz te hirió por su alegría, tan ajena a la negrura de tu alma.

Pasaste el día una vez más recorriendo chiscones de lo más bajo, donde el vino ya no era vino, ni siquiera vinagre y los vasos sólo se enjuagaban en un lebrillo en un agua aceitada con restos de las sobras de los platos. Pero no lo encontraste, y aunque no te atreviste a preguntar directamente a nadie tampoco te desanimaste, había demasiados refugiados, demasiadas fondas y tabernas que recorrer. Y aunque dedicaste aquel día más de doce horas no visitaste ni una cuarta parte, en un momento dado al pasar frente a la Calle Ancha tuviste la intención de pasear sus aceras, ahora tan concurridas, con tantas mujeres como lograste atisbar desde la esquina, pero creíste que aquel no era un sitio adecuado, el traidor no pisaría sus cafés y a ti lo más probable era que alguien te reconociese. 


La segunda noche molido, con el cuerpo dolorido por la impostura del acomodo y la caminata del día, cansado del inútil acecho, tomaste la decisión que nunca debiste demorar ni por La Caleta ni por el mar. Conocías su lugar de parada que también fue tuyo en otro tiempo y por fin olvidándote del medro dirigiste tus pasos a casa de la Gijonesa. Ya en tus tiempos de guardiamarina era una de las mancebías más famosas de la ciudad. Si entonces encontraste siempre, en honor a la pasada actividad de tu padre en aquel lupanar, un colchón de foñico en una de las buhederas que bajo el tejado servían de trastero, nadie te la negaría ahora que volvías como héroe resucitado. Sólo tendrías que esperarlo.



La mujer que te recibió no tenía ningún parecido de la que conociste el día que tu padre decidió que era el tiempo de hacerte un hombre. Aunque ya entonces, hacía más de diez años, la mujer había perdido sus hechuras de mocita y había entrado en la sapiencia de la edad madura, mantenía prietas las carnes; sin embargo la que te recibiera aquella tarde de septiembre te costó reconocerla. No era aquella mujer de amplia frente, mofletes altos, nariz respingona, boca grande y con un magnifico mostrador como intencionadamente te mostrase tu padre apretándolo y sobándolo como si fuera de su posesión y que te hiciera sonrojar. La mujer que te recibió con una amplia sonrisa mostraba abiertamente una boca sin dientes, y su cuerpo rebolondo había perdido definitivamente la original forma y los donosos movimientos, ahora manqueaba temblorosa la cafetera y las tazas que otrora manejase con gracia.

No te reconoció de primeras y te negó el alojo, según confesión todas las habitaciones de la casa las tenía ocupadas por las pupilas. Su negocio había prosperado de tal manera que ni aún por cuaresma se atrevían los canónigos a predicar contra él, pues si bien la gente que acudía era de menor calidad podía interpretarse que prestaba un servicio a la ciudad al dar cobijo en sus cuchitriles a la mayoría de la soldadesca que pululaba por las calles sin más oficio que apostarse en las murallas a esperar la imposible llegada del gabacho y, que de alguna manera pacífica debía vaciar sus humores y bajas pasiones, eso si todo de lo más discreto, por el portillo del huerto y con las ventanas y balcones velados por pesados cortinones.


 Luego, recobrados los viejos conocimientos supiste que el capital de la Gijonesa se había consolidado remejiendo los aloques que le llegaban de los pueblos de los alrededores con el agua del pozo del huerto y un poco de caña de azúcar en proporción suficiente para obtener un beneficio del mil por uno a lo que añadía las tres cuartas parte de las ganancias de las pindongas que el rufián de su marido conseguía engañar y recogía en su casa y en cuanto lo mencionó sentiste hervirte la sangre.  En vano  lo buscaste con la mirada, era un granadino cetrino y paticorto cuyo mayor encanto recordabas, al menos a la vista, era una dentadura de oro. En otro tiempo te asustó, estuviste a punto de mearte encima cuando nada más salir de la habitación donde te habías comportado como un hombre, con las piernas aún temblonas y el espíritu extraviado, te diste frente con frente con sus dientes de oro. Te miró de arriba a bajo, y sacudiendo la cabeza hacia tu padre dijo algo que tu no recordabas pero que a tus oídos y a tu memoria sonaba como una amenaza. Y bien que la cumplió en el Puerto de Ojén. El porqué de la inquina lo ignorabas a no ser que fuese heredada.   En los ojos tiernos de la Gijonesa podías encontrar respuesta, pero no estabas para indagatorias del pasado. Te limitaste a preguntarle por el compadre como quien recuerda de pronto a un apreciado conocido. Y ella mirándote tranquila a los ojos te  contestó con ese acento que de tantos años de convivencia había conseguido pegarle.

— Ese lenón hace un meses que come alpañata —dijo, y para tu vergüenza respiraste tranquilo.

Otro se había encargado de cumplir tu venganza.



Pero no se lo vas a contar al inglés, ¿verdad?, te tendrá por lo que realmente fuiste, por lo que eres, porque ni aún sabiendo que Eugenia le debe la muerte te atreverás a matarle y te contentarás con beber su vino en esta noche sin fin, como te contentaste aquella otra en fornicar con la que sabías era la hija del lenón ahogando el ansia por su sangre con el aloque que su madre te sirvió.