lunes, 17 de junio de 2013

LA VENGANZA DEL DESTINO



Regresaste cuando harto de rumiar la afrenta se te encabritó la venganza. En la gruta el eco de la guerra no resonaba, de hecho la guerra, la partida y los  hombres que una vez lucharon a tu lado se esfumaron entre la humareda de la hojarasca y lo mismo se te daba que anduvieran muertos entre las cárcavas o vendidos al Pepino, sí, esos mismo de los que tantas veces sentiste correr por tu cuerpo su sangre servil y la consideraste tuya. Comprendiste la impostura. Ninguna ocasión de hermanaros hubierais tenido de no ser por la guerra, nada podía unir a un oficial de la Armada con un cabrero, un zapatero remendón, nada, salvo la idea de morir y matar por la patria.

Si hubieras continuado un minuto, un segundo más en el lecho de la cabrera, meciéndote de ensueño en ensueño hubieras terminado olvidando hasta tu nombre, pero un rescoldo permanecía encendido en tu pecho a pesar del jugo de la adormidera. Muerte, muerte. Nunca, nunca te consentiste la rendición, ni aún en el delirio de la agonía. ¿Cómo olvidar el filo del cuchillo abriéndose paso en tu vientre? ¿Cómo el sabor acre de la sangre en tu boca? Lo añorabas, sólo sentiste la paz cuando lo reconociste, cuando reconociste y ansiaste en tu boca la del traidor. Eras, por fin un hombre libre, sin familia, sin amor, sin Dios y sin Patria.


¿La patria? ¿Quién era esa ingrata madrasta que sólo se alimentaba de la sangre de sus hijos y nunca se hartaba? ¿Liberarla? ¿De quién del pueblo ladrón, de los afrancesados felones o de los fernandinos traidores. Mientras luchaste con el ejército tu aportación a su liberación consistió en una larga espera y concluyó,en un amanecer de niebla,en una cabalgada de pesadilla. Como pesadilla la reviviste noche tras noche mientras tiritabas a la orilla de la hoguera, envuelto en las frazadas de la anciana que desprendían un tufo tan rancio como su cuerpo. Te veías empuñando el sable, mientras el sol pugnaba por abrirse paso entre los nubarrones negros, y apretando fuertemente los muslos en los ijares del caballo lanzándote a la carga; tu grito, un sólo grito resonando en todas las gargantas, y luego volvías la cabeza y nadie, nadie te acompañaba, a tu espalda humo y escarcha.


Luego, consciente, intentaste cien, mil veces mientras perdías la mirada en el ramonear de las cabras, recordar tus acciones en aquella carga, remover el recuerdo del honor y la gloria, la vergüenza de la derrota, y sólo aparecían nítidos tres momentos, cuando gritaste “Adelante” y te lanzaste lleno de orgullo y soberbia a recorrer la media legua que te separaba del enemigo,sin mirar quien te seguía; cuando a medio camino te agachaste hasta el suelo para recoger la bandera que el subteniente Meléndez, herido de muerte, dejaba caer y cuando medio ciego por el humo y las lágrimas volviste grupas al grito de retirada. “Una gloriosa retirada” dijeron los gacetilleros bien pagados. Pero no hubo gloria, fue una auténtica pesadilla que te quemó la garganta sin necesidad de fiebre.

Te la quemó en realidad el aire que más rápido que las balas atravesabas huyendo de los polacos, algunas silbaban cerca de tu cabeza, otras se divertían atravesando las carnes de los hombres que te seguían y  viste y sentiste a los viejos conmilitones de tu compañía caer envueltos en sus animales y no levantarse de nuevo. Y recuerdas, vaya si recuerdas, el sable chorreante golpeándote las pantorrillas, el cuerpo en esconce intentando ofrecer el menor blanco posible a aquellas asesinas silenciosas y rogando para que tras el siguiente otero los polacos cejasen en la persecución o que en el pueblo se encontrasen con la retaguardia y poder una vez más volver grupas y lanzar una nueva carga esta vez victoriosa. Lo que nunca ocurrió.


¿Y la partida?, el otro hito de tu ilusorio patriotismo. Para recordarla no necesitabas de pesadillas ni fiebres, la sangre de aquellos días siempre presente. De tu primera misión ya se te habían disipado las pesadillas, ningún dolor sentías por aquel campesino pequeño y arrugado que colgaste por el enojoso crimen de vender trigo y cebada a los franceses. Sin juicio ni defensa, una denuncia y en menos de un cuarto de hora el hombre colgaba agitando las piernas del balcón del Ayuntamiento, con la lengua fuera y los ojos desorbitados, tus manos las que le ciñeron el lazo. Demasiados frutos colgaban ya de los olivos y las encinas para sentir remordimientos por uno sólo.

Algeciras siempre presente, en cambio, Algeciras y Eugenia, y su inútil abandono porque en Algeciras, al decir de la anciana, aún vivían inmunes a la matanza, aún podían discutir, fantasear, vituperar a unos y a otros, podían incluso pronunciar el nombre de Mazarredo o de Cabarrús como hombres a recuperar de cara a una posible paz, ¿pero qué sabían ellos de lo que de verdad ocurría por los campos y los caminos? Pronto caerían. Soult y “El botella” avanzaban, derrotado una vez más el maldito general Areizaga. Ningún ejército se interponía entre los franceses y Cádiz, Sevilla cayó y no te importó. Entonces lo comprendiste, tú ya no tenías patria. Para cuando iniciaste el camino a Cádiz en tu mente sólo había sitio para la venganza.



Y no sentiste ningún remordimiento.  En los rescoldos de la hoguera se te aparecía escrita y hasta en el humo olías la sangre que te cobrarías, como habías olido al traidor en la herrumbre de su faca y lo olías cada noche en el humo de la paja. No tenías miedo. Ya estabas muerto y nadie te bendeciría, ni incienso ni viatico esperarían a los pies de tu cama, sin oleos y sin confesión ¿qué confesión? Morir por la patria te abría las puertas del cielo, y aunque no lo hubiese, en la Iglesia del Carmen los frailes ya habían decretado el perdón de los pecados de todos los defendiendo a España muriesen con la faca en la mano. Benditos padres que tan poderosas llaves tintineaban. ¿Y por matar a un traidor? Matando al traidor al menos conseguirías desterrar las pesadillas, aunque sólo fuera una noche.


No temías por tu vida, aunque, por si acaso la invasión de Andalucía te entorpecía el regreso, la anciana te fabricó un salvoconducto expedido por el propio mariscal Soult; salvoconducto  que sólo engañaría al inicuo alcalde puesto por los gabachos en algún pueblo que aún no hubieran considerado oportuno arrasar; pero si con algún francés te topabas unas letras mal escritas no engañarían a ningún oficial y si topabas con soldados no se pararían a mirar, primero dispararían y luego preguntarían o tal vez estaba escrito que como el fantasma que realmente eras, pasases por entre sus líneas invisible a los ojos de sus guardias.Porque el caso fue que lo conseguiste, que muerto o resucitado ni un francés te tuvo en su retina ni detuvo tus pasos. Y entraste en Cádiz y a pesar de todo el olor del mar te devolvió la vida.


Nada más poner un pie en La Caleta, en viendo los nuevos mostradores que se asomaban a la playa te sentiste forano como si vieras por primera vez la ciudad blanca, como si no hubieras correteado años antes por aquella arena finísima ni perseguido a los zangones que pululaban alrededor de las puertas de las tabernas y colmados a la espera de que algún tronera o militronche cargado de vino les requiriese para cumplir sus recados, malos mandaderos que sin embargo mientras permanecían a la vista de los bolsillos de los mandatarios corrían que se las pelaban para dar prestancia al encargo, en cuanto torcían la esquina y desaparecían de la vista se tumbaban en el suelo a continuar descabezando la siesta.

Había una gran rivalidad entre los alevines de la gente del bronce y los muchachos de la Academia, nada os unía pero como si un imán os atrajera, tarde tras tarde cuando se suponía que gastabais vuestras horas de asueto en la Alameda o en la Muralla os citabais con reloj secreto en La Caleta, nadie citaba, nadie convenía pero en cruzando la plaza de San Juan de Dios se recogían las levitas del uniforme, se descocaban los falsos tricornios y se arremangaban las camisas, los pasos se apresuraban, la sangre hervía y los puños se encabritaban. Nadie recordaba la ofensa, ni el motivo sólo que era necesario tarde tras tarde romperle la crisma a alguno de aquellos zangalotines que mentían a Dios y a su madre si es que alguno la conoció.


No podías permitirte ser huésped de los mílites, ni dejarte ver con la tropa, por eso te dejaste caer al agua desde la popa de la barcaza, si entrabas en Cádiz con el regimiento se acababa tu misión, las vistas siempre largas que en tiempos de guerra rodeaban los cuarteles zascandilearían por sus entradas y salidas harían correr la noticia de tu regreso y todo se iría al traste, o acabarían contigo o huirían. No podías permitirte comodidades ni apegos alguno, no verías ni te dejarías ver por ninguno de tus antiguos camaradas ni de escuela ni tripulación, tampoco podías darte a conocer a Juan José Soto aunque estuvieras ansioso por tener noticias de Eugenia, aquella angustia debía seguir siendo secreta, más secreta que nunca. Encontrar en esas circunstancias un alojamiento se te antojó harto difícil una vez que de los dos o tres hoteles que te eran conocidos en la ciudad te encontraste con una sarcástica carcajada de sus dueños ante la pretensión de obtener cama y cobijo aunque fuese por una sola noche.


La primera dormiste sentado con la cabeza apoyada en la pared en una de las tabernas del barrio de la Viña donde a pesar de las órdenes del gobernador militar no cesó su fructífera actividad en toda la noche, pues aunque cerró sus portadas, siempre que se tocaba convenientemente la aldaba el portillo se abría  en atención del solicitante y en el mostrador y la cocina seguían con los mismos trajines. Cuando al amanecer se abrieron de par en par de nuevo las puertas saliste a la luz de la amanecida que como siempre en Cádiz te hirió por su alegría, tan ajena a la negrura de tu alma.

Pasaste el día una vez más recorriendo chiscones de lo más bajo, donde el vino ya no era vino, ni siquiera vinagre y los vasos sólo se enjuagaban en un lebrillo en un agua aceitada con restos de las sobras de los platos. Pero no lo encontraste, y aunque no te atreviste a preguntar directamente a nadie tampoco te desanimaste, había demasiados refugiados, demasiadas fondas y tabernas que recorrer. Y aunque dedicaste aquel día más de doce horas no visitaste ni una cuarta parte, en un momento dado al pasar frente a la Calle Ancha tuviste la intención de pasear sus aceras, ahora tan concurridas, con tantas mujeres como lograste atisbar desde la esquina, pero creíste que aquel no era un sitio adecuado, el traidor no pisaría sus cafés y a ti lo más probable era que alguien te reconociese. 


La segunda noche molido, con el cuerpo dolorido por la impostura del acomodo y la caminata del día, cansado del inútil acecho, tomaste la decisión que nunca debiste demorar ni por La Caleta ni por el mar. Conocías su lugar de parada que también fue tuyo en otro tiempo y por fin olvidándote del medro dirigiste tus pasos a casa de la Gijonesa. Ya en tus tiempos de guardiamarina era una de las mancebías más famosas de la ciudad. Si entonces encontraste siempre, en honor a la pasada actividad de tu padre en aquel lupanar, un colchón de foñico en una de las buhederas que bajo el tejado servían de trastero, nadie te la negaría ahora que volvías como héroe resucitado. Sólo tendrías que esperarlo.



La mujer que te recibió no tenía ningún parecido de la que conociste el día que tu padre decidió que era el tiempo de hacerte un hombre. Aunque ya entonces, hacía más de diez años, la mujer había perdido sus hechuras de mocita y había entrado en la sapiencia de la edad madura, mantenía prietas las carnes; sin embargo la que te recibiera aquella tarde de septiembre te costó reconocerla. No era aquella mujer de amplia frente, mofletes altos, nariz respingona, boca grande y con un magnifico mostrador como intencionadamente te mostrase tu padre apretándolo y sobándolo como si fuera de su posesión y que te hiciera sonrojar. La mujer que te recibió con una amplia sonrisa mostraba abiertamente una boca sin dientes, y su cuerpo rebolondo había perdido definitivamente la original forma y los donosos movimientos, ahora manqueaba temblorosa la cafetera y las tazas que otrora manejase con gracia.

No te reconoció de primeras y te negó el alojo, según confesión todas las habitaciones de la casa las tenía ocupadas por las pupilas. Su negocio había prosperado de tal manera que ni aún por cuaresma se atrevían los canónigos a predicar contra él, pues si bien la gente que acudía era de menor calidad podía interpretarse que prestaba un servicio a la ciudad al dar cobijo en sus cuchitriles a la mayoría de la soldadesca que pululaba por las calles sin más oficio que apostarse en las murallas a esperar la imposible llegada del gabacho y, que de alguna manera pacífica debía vaciar sus humores y bajas pasiones, eso si todo de lo más discreto, por el portillo del huerto y con las ventanas y balcones velados por pesados cortinones.


 Luego, recobrados los viejos conocimientos supiste que el capital de la Gijonesa se había consolidado remejiendo los aloques que le llegaban de los pueblos de los alrededores con el agua del pozo del huerto y un poco de caña de azúcar en proporción suficiente para obtener un beneficio del mil por uno a lo que añadía las tres cuartas parte de las ganancias de las pindongas que el rufián de su marido conseguía engañar y recogía en su casa y en cuanto lo mencionó sentiste hervirte la sangre.  En vano  lo buscaste con la mirada, era un granadino cetrino y paticorto cuyo mayor encanto recordabas, al menos a la vista, era una dentadura de oro. En otro tiempo te asustó, estuviste a punto de mearte encima cuando nada más salir de la habitación donde te habías comportado como un hombre, con las piernas aún temblonas y el espíritu extraviado, te diste frente con frente con sus dientes de oro. Te miró de arriba a bajo, y sacudiendo la cabeza hacia tu padre dijo algo que tu no recordabas pero que a tus oídos y a tu memoria sonaba como una amenaza. Y bien que la cumplió en el Puerto de Ojén. El porqué de la inquina lo ignorabas a no ser que fuese heredada.   En los ojos tiernos de la Gijonesa podías encontrar respuesta, pero no estabas para indagatorias del pasado. Te limitaste a preguntarle por el compadre como quien recuerda de pronto a un apreciado conocido. Y ella mirándote tranquila a los ojos te  contestó con ese acento que de tantos años de convivencia había conseguido pegarle.

— Ese lenón hace un meses que come alpañata —dijo, y para tu vergüenza respiraste tranquilo.

Otro se había encargado de cumplir tu venganza.



Pero no se lo vas a contar al inglés, ¿verdad?, te tendrá por lo que realmente fuiste, por lo que eres, porque ni aún sabiendo que Eugenia le debe la muerte te atreverás a matarle y te contentarás con beber su vino en esta noche sin fin, como te contentaste aquella otra en fornicar con la que sabías era la hija del lenón ahogando el ansia por su sangre con el aloque que su madre te sirvió.