domingo, 2 de junio de 2013

LA MUERTE ESPERABA EN EL PUERTO DE OJÉN I



—No morí en el puerto de Ojén, en contra toda lógica. Me creyeron muerto y huyeron con mis pertenencias; como si en lugar de una avanzadilla del ejército de Victor, fuesen desertores en busca de oro. Magro fue su botín: dos mantas, las alforjas, la yegua. Y lo que más me dolió el reloj y el sable... el sable que nunca rendí, usted me entiende.

—Si era teniente de navío, ¿Cómo andaba tan lejos del mar?



El inglés sabía hacer preguntas, iba al meollo de la cuestión. Como toda su raza, directos, expeditivos, de pocas palabras. Pensamiento, acción y hecho. Los dilemas y las consecuencias para la posterioridad. Por eso eran los dueños del mundo, por eso habían derrotado al corso. ¿Qué hacía él, que amaba el mar, por los caminos de sierpes de la sierra, qué hacía él con un deshilachado uniforme de teniente del segundo regimiento de húsares? Demasiadas respuestas posibles, tantas como noches había dedicado a desentrañar el porqué de sus decisiones. No las entendería, no era posible que aquel hombre acostumbrado al mando, a la guerra en el mar, a los abordajes, aquel hombre que había atrapado al San Fernando, el último Galeón de Manila, que había dado la vuelta a la tierra en una travesía plena de victorias, entendiese lo que era ser un teniente sin barco, un hombre sin brújula ni derrota, mientras los eternos enemigos de la patria, asolaban el país.



Milord, no había barcos —contestó bajando la voz, como si aquella afirmación fuese una traición, en lugar de una verdad incontrovertible—. Después de Trafalgar, los pocos navíos que lograron refugiarse en Cádiz fueron abandonados a la intemperie en los pantalanes del puerto. Refugio de putas y maleantes, para cuando la invasión fue un hecho, ya eran pasto de las termitas y la podredumbre. En la guerra de liberación la Armada, la gloriosa Armada española, la que venció en Lepanto y no se rindió en La Habana, no tenía nada que hacer, salvo servir de carcelera a los pocos barcos del Almirante Rosilly y de refugio a todos los pisaverdes y barbilindos cuyo máximo honor consistía en presumir de charreteras en los bailes de la comandancia.  ¿Qué podía hacer un hombre con sangre en las venas?

—Capitán Bradley. Olvídese del tratamiento.

—Capitán... mi país había sido vendido por quien debería haber muerto antes que entregar un solo grano de su tierra. Sí, el Borbón cometió la felonía, y los hombres de España estábamos obligados a lavarla, la traición sólo se limpia con sangre, capitán, y aunque mucha ha corrido por las tierras de España, mucha más correrá hasta que nos libremos de tanto miserable.

—No estoy al corriente de los usos de su país, pero creo recordar que en Trafalgar sólo perdieron diez navíos, teniente... ¿por qué los dejaron pudrirse? Tienen un imperio que defender al otro lado del océano...


—Yo sólo era un alférez, la política y las grandes decisiones me quedaban muy lejanas.

Le había buscado, dejándose en ello sus últimos doblones porque necesitaba respuesta. Porque quería oír de su boca lo que los documentos le habían descubierto en la húmeda y fría sala de del Almirantazgo. Los papeles estaban muertos, necesitaba oír las palabras. Y sin embargo permanecían uno frente al otro en silencio, arropados por el calor que las llamas de la chimenea esparcían, si echaba la espalda hacia atrás el frío del respaldo le corría la espalda... y traía recuerdos... siempre recuerdos.

—Era mi sable, una hoja de acero de Vizcaya.  Ni en Trafalgar ni en Ocaña, las dos derrotas en las que participé lo rendí. Era hermoso, afilado como un cuchillo, dúctil y suave en la mano, duro y frío cuando cortaba la carne. Lo cuidé con esmero, en Trafalgar no tuvo oportunidad de hacer sangre, aunque en mi mano estuvo las diez horas de combate, esperando que alguno de ustedes se viniera hacia mí. Pero nadie abordó al San Agustín y cuando encontré a un inglés estábamos hombro con hombro achicando agua. Otra cosa fue en Ocaña, pero esa es otra historia capitán, de difícil explicación.



—Perdone, teniente... ¿en qué barco sirvió en Trafalgar?

—Segundo teniente del San Agustín. ¿Y usted?

—Primer teniente del Orión.

—Entonces no tenemos nada que perder, capitán, ya hemos intentado matarnos.

—Mi sable era mi amigo, mi confidente, mi consejero. Con mi incorporación a las partidas, se convirtió además en mi único aliado, el único que me obligaba a recordar que, todavía, no era uno de ellos, de aquellos seres más bestias que algunas de las que desalojábamos de sus cuevas. Por la noche, mientras con el esmeril afilaba su filo, las llamas de las hogueras le iluminaban y en aquel espejo dorado, aun podía reconocer mi rostro, aún se asemejaba al que yo conocía, misterios de la luz y de las sombras, porque el que veía reflejado en el agua clara me asustaba. En fin capitán, ya sabe usted lo que significa tener un talismán, mi sable lo era. 



No deja de ser irónico. Me dieron por muerto y me abandonaron desnudo en aquellas cárcavas heladas y sin embargo yo estoy aquí y ellos ahora se pudren. No sé aún como logré sobrevivir, capitán, por aquella senda desde que los franceses habían llegado a Sevilla no se aventuraba nadie.

Debí morir y sobreviví, la única explicación que puedo darme es que  no había llegado mi hora. De nada me sirve decir que el cuello duro del dormán me protegió de la daga que pretendía cortarme la garganta porque de hecho me rajó el cuello, ni que la leontina desvió la hoja de la faca que intentaba arrancarme las tripas. No, esa no es explicación posible, recibí dos puñaladas en el vientre y una en el cuello, sangré como un cerdo al que le había llegado su San Martín y sin embargo volví abrir los ojos a la noche.



—¿Usted no cree en milagros, verdad, capitán Bradley? Yo tampoco... dejémoslo en impericia, incompetencia, en prisas, en ganas de disfrutar el magro botín o de apoderarse de la Venta del Puerto o tal vez alguna alimaña los asustó, o los mismos ruidos del día despertando les hizo creer que se acercaba alguien y no se entretuvieron en averiguar si estaba realmente vivo o muerto. Milagro o suerte ¿qué más da? No morí cuando debí hacerlo y ojalá lo hubiera hecho me habría ahorrado todos estos años de tortura y desaliento..

—¿Lo recuperó, tiene de nuevo el talismán en su poder?


—Sí y no. Lo recuperé capitán, claro que lo recuperé, los que me atacaron se pudren bien muertos. Pero el sable lo quebré. Ya no podía ser mío, había bebido mi sangre, no podía fiarme de él.