sábado, 8 de junio de 2013

LA MUERTE ESPERABA EN EL PUERTO DE OJÉN II



Habías abandonado el mesón de la calle Alta con las primeras luces del alba... No se lo expliques, Juan, no lo entenderá... el inglés nada sabe de Algeciras, la ciudad nueva sede de villanos, asaltantes de caminos, randas, manilargos, pasadores, piratas y negreros. La ciudad nueva, refundada con los restos de la huida de Gibraltar y que para aquellas fechas tan tardías de febrero del ochocientos diez ya era una urbe próspera de más de cinco  mil almas.



Recuerda ..., la ciudad comenzaba a respirar, aún recogida sobre sí misma, envuelta en los olores prohibidos de la madrugada, cuando las obras más inciertas de los hombres adquieren su ser, cuando los deseos inconfesables parecen realidades y los desmanes obras de caridad. En la calle se oía el rodar de un carro, el mugir de unos bueyes, hasta tu nariz llegó el jugoso olor de pan recién nacido, al cruzar frente a la puerta de la tahona ese olor se mezcló con el más dulce de las pastas y los roscos; una ironía que la vida continuase como si tal cosa, cuando había tanto en juego, y tu estómago protestó porque ansiaba saborear el pan caliente sentirle mullido deshacerse en tu boca con destellos de nubes de sal y gloria, pero no cediste a los deseos... Hacía mucho tiempo que habías acostumbrado a tu cuerpo a las penurias, como todos los juramentados de aquellas sierras.



Los hechos corrientes de un amanecer en la industriosa ciudad, te eran tan lejanos y extraños como si sucedieran en la China. Por donde pasaba el francés todo rastro de cordura desaparecía y del pueblo, del campo, se apoderaba la muerte. Al coro de gritos de las mujeres violadas se unían los llantos de los niños huérfanos, los hipidos vacilantes de las viejas desgarradas, y luego llegábamos nosotros a vengar las afrentas e incendiar los restos ya carbonizados, las vigas quebradas nos alumbraban en nuestras pesquisas, y si encontrábamos un niño con padre se lo arrebatábamos y si en algún pajar, aún crujiente y seco con olor a mies y verano, aparecía escondida una moza entera, la gozábamos, porque no íbamos a dejar que el francés se llevará lo que era de la patria. Y no había mendrugo de pan seco, renegrido o roñoso que no cayese en nuestras alforjas, por mucho que una mujer enteca rodeada de críos escuchimizados, con los ojos comidos por el tracoma, y la tripa hinchada por los parásitos nos suplicase. Nosotros éramos los salvadores de la patria, los valientes guerreros y ellos, por quien luchábamos, nos debían hasta el aire que respiraban, sin nosotros estarían muertos.



Sí, mientras Algeciras se despertaba a la vida, a escasas cincuenta leguas, algunos hombres y mujeres sólo despertaban al dolor y a la muerte. Porque sólo matar y morir importaba, ya ni siquiera la victoria, e incluso el conseguir arrojar del país a los gabachos era algo secundario; lo importante, lo importante era la muerte... El olor de los cuerpos hinchándose al sol del mediodía o el reventar de los intestinos repartiendo sus dulzones gases por todo el entorno en los atardeceres, el apartar de una patada al chucho que mordisquea un cadáver medio descompuesto, no porque te importe que respete los restos, sino porque a lo mejor aquella noche tienes que dormir abrazado a él para entrar en calor y no es agradable tener en tu rostro el hocico de un animal que se ha alimentado de carroña. Porque eso éramos todos los hombres que vagábamos en las partidas de la Sierra de Ronda, Carroña.



No..., el inglés nada sabe ¿qué va a saber? Si en su país desde los normandos, hace ya más de diez siglos no ha habido un invasor. Y tampoco los confiados habitantes de la ciudad nueva..., Algeciras aún tenía suerte y vivía y respiraba ajena a la muerte que por todas partes la rodeaba, libre de tropas ni ocupantes, viviendo en su modorra invernal. Aquella mañana te cruzaste con carboneros cargados con picos, palas y hachas, camino de los bosques por encima del río Miel, tan de temer o más que a los gabachos, tanto les daba a ellos obtener sus magras rentas del carbón o del bolsillo del caminante; pero no se fijaron en ti, te dieron los buenos días embozados en sus costales y se alejaron con su andar rápido. Era una lástima que la sangre no les hirviese aún, que se dedicaran a sus tareas en lugar de estar en la partida abrasando la tierra. Aún quedaba mucha gente en España, a la que no le dolía la infamia. Muchos que ovillados en la rutina de su paz no veían necesario echarse al monte, olvidar familia y honor y luchar por el común de la patria, pero no podía reprochárselo. Cada uno ponía su afán y su honor en un pedestal distinto. 



En la esquina con la calle de la Reina tuviste que arrodillarte, un cura llevaba el viático a algún alma en tránsito, el doctor Antúnez te había dicho la tarde anterior que el pueblo se había levantado contra los franceses porque lo hicieron los curas, sus amos... y tú intentaste, encontrar una respuesta contundente contra aquella falacia. Tú habías ido a la guerra por tu honor, porque eso era lo que se esperaba de un oficial de la Armada, del ejercito, después de todo la guerra era tu profesión. La gente de los pueblos, el pueblo llano ¿luchaba de veras porque quería que los Borbones los siguieran gobernando? Por seguir siendo señores de la miseria, lores de los piojos, condes de la incuria. Si te enfadaste con el doctor fue porque expresó con palabras lo que tú veías cada día. La envida, los celos, la venganza, la avaricia, la lujuria, los deseos... eso era lo que llevaba a los hombres analfabetos, muertos de hambre, plagados de mataduras como sus monturas, a matar y a dejarse morir. Al menos la guerra les daba la posibilidad de hacer realidad algunos de sus anhelos de madrugada. Pero en Algeciras estaban lejos del frente, y la gente con la que te cruzabas si te miraban mal era porque tenían miedo de ti, no porque buscasen tu muerte. Todos tenían haciendas y trabajos, sitios en los que prosperar y crecer, y no albergaban ninguna duda sobre su futuro, aún no se les había exigido el examen de pensamientos ni haciendas, aún podían tener esperanza mientras que a ti nada te esperaba, salvo el frío monte y el filo de un sable y tal vez la muerte en algún recodo.


Desde la última alameda te volviste para decir adiós a tanta vida, a la vida. Aquel ya no era tu mundo, nada te unía a los cubiertos de plata y los platos de porcelana, al chocolate espeso y las soletillas, era tan extraño... ver que la vida para algunos seguía siendo un valle de rosas cuando para ti y los tuyos era un desolado desierto donde sólo lágrimas amargas recreaban la lluvia. No, en la casa de la calle Alta no se tenía conciencia de lo que realmente estaba pasando en el país. Llegaste a convencerte de que Eugenia no estaba segura. Una vez conquistada la serranía de Ronda y Málaga nada le quedaba a Algeciras y a Cádiz para caer en manos del francés. Para ti sería fácil sobrevivir, en la sierra entre los cerros recortados de riscos grises y parduscos uno se confundía con la tierra y era posible pasar desapercibido, en eso se basaba la guerra de las partidas. Ser risco, matojo o corcho... ser el águila que otea los caminos, el lagarto que se arrastra entre las piedras... ver y no ser visto, matar y huir. 


Cabalgabas con la cabeza entre los hombros, arropada la boca por las solapas de la pelliza, único resto de aquel uniforme de husar que tan inopinadamente te habían otorgado. El camino real de la Trocha, en otros días temible por ser el sitio preferido por carboneros, contrabandistas y malhechores para asaltar a los viajeros ilusos que les completarían la faltriquera, era en cambio aquella mañana un lugar solitario y tranquilo. Cabalgabas ensimismado, reconcentrado en tus recuerdos porque en cuanto te adentrases en la sierra deberías despedirte de ellos y poner alerta todos tus sentidos con una sola misión preservar la vida, en aquellas alturas aún te encontrabas demasiado cerca del pueblo para temer la presencia de patrullas francesas. 


El camino subía al principio muy suavemente, con escasas revueltas justo hasta llegar al puente de la Negra, luego comenzaría el ascenso del puerto del Ojén y el paisaje cambiaría, también el camino que ya no merecería ni siquiera su nombre, convertido, eso sí, en una verdadera trocha en la que la malas hierbas habían sido sustituidas por selvas infranqueables de retamas y carrascas. Si tenías suerte tardarías al menos dos días en llegar a la cima y a la tercera noche dormirías en la venta, si aguantaba en manos amigas. Pero te quedaban aún tres días en los que ni por un momento podrías sentirte seguro, luego una vez atravesado el puerto ya sería otro día y con poco que tuvieses suerte te darías de bruces con los de tu partida. Ni siquiera necesitabas ir con cuidado por ellos, te verían mucho antes de que tu pudieses siquiera olerlos. 


No eras mal jinete, aunque nunca hubieses luchado con lanza y adarga; las cargas al galope ya se habían acabado para ti, ahora el caballo sólo te servía como medio de transporte, no de lucha... y ya nunca tendrías que volver grupas y huir como alma que llevaba el diablo, ahora tus tácticas eran la sorpresa y el sigilo. No necesitabais muchos generales para ello, y desde luego ataque que lanzabais, ataque en que vencíais. Conscientes de vuestra fuerza e inferioridad, habíais convertido la vigilancia continua y el espionaje en vuestras principales armas. Nadie derrota a los fantasmas, nadie les preparara emboscadas; los caminos, las veredas y las carreteras prohibidas como no fuesen como punto de mira. Era, más fácil para unos pocos hombres con armas ligeras moverse por las trochas, por los pasos de cabras, entre las cárcavas que a un cuerpo de ejército. Nadie podía derrotarles porque se pegaban al terreno como las hormigas, y las piedras. 


Sin embargo el camino de la Trocha no se asemejaba al camino real de Andalucía, ni siquiera a las veredas de Villarta ni de Puerto Lapice por donde habíais pasado a galope tendido con su compañía camino de Aranjuez eufóricos, emocionados por lo próximo de la victoria que les abriría de nuevo las puertas de Madrid. Salvo que en Ocaña los frenaron. Era más bien una senda por donde los ciervos y los jabalíes de la sierra bajaban al río a beber. Andrés Soto le había proporcionado una yegua vieja, pacífica, no se atrevió a discrepar ante el canto de las virtudes que por el anciano se hacían de la que había sido durante demasiados años una fiel compañera en sus correrías de contrabandista, la educación y su buen talante no le habían permitido decirle a aquel viejo barrigón que ni él ni el caballo estaban ya para luchar contra nadie. Caminaban pues, despacio y aún así al animal le iba faltando el resuello conforme el camino se empinaba. 



Durante dos días habías recorrido la sierra y dormido al raso sin que nadie, a no ser algunos conejos o culebras hubiera detectado tu presencia, debiste persistir en aquel anonimato. Tal vez la noche pasada en la venta del Puerto del Ojén mermó tu resistencia, y el fuego de aquella inmensa chimenea se te hizo demasiado deseable. La seguridad fue tu perdición, que hasta la venta no hubieran llegado noticias del avance del enemigo no debía de haberte permitido presuponer que no se hubiera producido y que te encontrabas próximo a las patrullas de su vanguardia. Los hombres de la partida no te habían encontrado, ni pudiste olerlos por la simple razón de que ya no estaban allí, habían evacuado las posiciones... Eso debió ponerte sobre aviso, pero yaciste con la tabernera y eras un hombre cansado y satisfecho, con el olor de la piel limpia de la mujer en tu cabeza, no fuiste capaz de percibir su olor acre, de hombre sin agua que acompañaba al traidor, pero él si te olió. Olió a la hembra que acababas de poseer, olió tu tranquilidad y tu sosiego y fue a por ti. 

Reptaron por entre las sombras que una luna traicionera procuraba, ocultándose tras las nubes. Eran tres, dos franceses y el traidor. Un paso en falso, un guijarro que rula, unas piedras que se desprenden podían servirles de portavoces. Sin embargo nada ni nadie te avisó de que venían a por ti, que querían tu sangre. Él, el traidor, y los entorchados ellos, los gabachos, venían prestos con la faca en la boca para no hacer ruido él, el traidor, él de Cádiz, y con las pistolas montadas los gabachos. No llevaban morriones, ni sombreros de tres picos, ni gorras con visera ni sables ni espadas. Pertrechados del ansia de la muerte creyeron que acabarían contigo fácilmente, en silencio; antes incluso de que te dieras cuenta de que te abrían el gaznate ya estarías en el otro mundo. 


Algún sexto sentido, del que sólo un soldado temeroso por su vida puede estar dotado, te hizo removerte en la yacija, tal vez fue que sentiste aquietarse el fuego por sus sombras o que su presencia estrechó tu espacio, lo cierto es que abriste los ojos, escuchaste y comprendiste... ya no era tiempo de sorpresas y aunque te incorporaste con la pistola en la mano no pudiste evitar que aquellos hombres a los que nunca habías visto, con los que ninguna afrenta te unía se te lanzasen sobre el cuello buscando desangrarlo. Te levantaste a pesar de tener ya a un gigantón de poblada barba blanca sobre los hombros, llevabas una pistola en la mano y tal vez hubieras conseguido vencer pero mientras la cara barbilampiña de un muchacho que aún debía estar entre las sayas de su madre reventó con el golpe seco del percutor en la bala, él, el traidor te abría el vientre con la faca. Y la negra noche, con la luna traicionera escondida, cayó sobre tus ojos mientras el fuego te atravesaba el alma.

Ellos te creyeron muerto y moriste... allí, en el puerto de Ojén.