jueves, 20 de junio de 2013

THE VILLAGE. EL SECRETO DEL CORAZÓN INGLÉS




Al contrario que las series americanas, las británicas que nos llegan últimamente suelen ser cortas, casi siempre buenas, cuando no excelentes. Mientras que las americanas exigen una fidelidad próxima a la adicción, que casi siempre defraudan, las británicas nunca te parten el corazón. Pocos capítulos, seis, ocho a lo sumo, tres. ¡Tres!, sí, tres como Black Mirror o In the Flesh o Sherlook que se disfrutan, saborean o se abandonan como lo que son, puro entretenimiento. Nada que ver con los apabullantes veintidós o veinticuatro episodios de las grandes cadenas americanas de los que al final se disfrutan como mucho seis o siete.

Diferentes visiones y perspectivas del negocio. Cambiarán, unos y otros; las grandes cadenas americanas, tras los éxitos de The Hatfield&Mackoys y La Biblia, han ordenado miniseries y las cadenas británicas comienzan a conceder segundas temporadas a sus, hasta ahora, miniseries.




The Village es una serie de la BBC de seis episodios (renovada para una segunda temporada). Su creador, Peter Moffat, recibió de la cadena el encargo de escribir  una serie que reflejara  las vicisitudes y transformaciones experimentadas en el país a lo largo del siglo XX (una especie de “Cuéntame”). La intención de Moffat es hacerlo en 42 episodios (si la audiencia lo consiente). Se estrenó el 31 de marzo  y lo que ha contado en esta primera temporada centrada en los sucesos ocurridos durante la Primera Guerra Mundial en un pueblo innominado del distrito de los Peak, olvidando las glorias imperiales y el Rule Britannia, ha sido duro y poco complaciente.

A los británicos les ha noqueado hasta tal punto de protestar airadamente. “Festival de miseria”, la llaman algunos. El crítico de The Independent llega a decir que se puede “comparar con la visita al dentista o una colonoscopia, una cita para la que te será fácil encontrar excusas y posponerla. A los cinco millones que vieron su capítulo final The Guardian los llama “masoquistas”.



Lo que ocurre es que Peter Moffat, en la más pura tradición de Thomas Hardy,  no ahorra a sus protagonistas ni a los espectadores miserias y desgracias. Miserias reales que todo el mundo ahora (a pesar de la crisis) parece haber olvidado. A lo que sin duda ha contribuido la propia televisión que "ha convencido a todos" de que en la campiña las relaciones de clase estuvieron regidas por la bonhomía del terrateniente-aristócrata que cuidaba de sus criados y aparceros como un buen padre de familia.

Y claro, resulta duro aceptar para los ingleses, cuando ya daban por hecho que el ideal de vida inglés era ser la condesa viuda de Graham o su cocinera, que The Village les diga, nos diga, que detrás de las grandes mansiones, estilo Downton Abbey, lejos de las escaleras, Arriba y Abajo, detrás de Kipling, La Carga de la Brigada Ligera, Las Joyas de la Corona había algo diferente, había miseria y pobreza como en todos lados.




Porque los Middelton, la familia protagonista, parecen más propios de un país subdesarrollado como España que del Reino Unido de la Gran Bretaña. Si miramos con detenimiento la foto de la cabecera se podría pensar, salvo por la arrogancia en primer plano del padre de familia, que está tomada en las Hurdes de principios del siglo XX.




O si no fuera por la informalidad de la pose de los Middelton que contrasta con el hieratismo de la familia de “Paco el Bajo”a la que Mario Camús retratara en Los Santos Inocentes, hasta podríamos considerar que la relación que les une es  familiar, que el secretario de caza del señor marqués, al que tan genialmente interpretara Alfredo Landa, es primo hermano del John Middelton que interpreta Johm Simm. Sus miserias aparentemente les igualan. Aunque no son lo mismo. Mientras que John Middelton resulta un hombre orgulloso, autoritario y bebedor, de los que aúllan si les pica un mosquito y empuñan la jarra cuando les vienen mal dadas,  Paco el Bajo sólo tiene por orgullo hacer bien su humillante trabajo.


Pero no son sólo los Middelton los protagonistas, sino el pueblo entero, incluida la Casa Grande; porque en The Village no falta la familia aristócrata, sólo que su presencia no es como en Downton Abbey pacífica. Tiene tantos o más problemas que los Middelton y están tan inermes como ellos a las amenazas del mundo que, incomprensible para ellos, va surgiendo con el siglo. Una casa que mira de sosquín al resto del pueblo. Impagables las escenas de sirvientes y vecinos volviéndose de espaldas para no contemplar el rostro del medio loco lord Allingham. Impagable igualmente esa niña mimada, Carol, que sufre de furor uterino como una dama victoriana o lady Clem tan fría e hierática como un tempano de hielo, para quien los sirvientes son como niños.



Comienza la serie como un falso documental entrevistando al segundo hombre más anciano del país, Bert Middelton, quien de una caja de recuerdos va extrayendo poco a poco unas fotos, unas imágenes que nos retrotraerán a su infancia. La primera es una imagen de fiesta. Una vieja fotografía en la que se recoge la llegada por primera vez al pueblo de un autobús interurbano. Casi, casi idénticas a las que García Berlanga nos mostró en Bienvenido Mister Marshall (sólo faltan Pepe Isbert, Manolo Morán y Lolita Sevilla y la música). Es un día del verano de 1914, la gente se arremolina en las aceras de la calle principal esperando, el autobús llega, se detiene, aquí sí, y cuando el humo del tubo de escape se esfuma aparece una mujer, Martha. El primer amor de un Bert de doce años. Y será a través de los ojos de ambos, de Martha y Bert, como conoceremos al resto del pueblo. 


A través de los de Martha, interpretada por Charlie Murphy, una mujer moderna, veremos al resto de las mujeres, sus amores, sus desilusiones, sus problemas y cómo se enfrentan a ellos; pero Martha, además, es profundamente creyente y luchará la batalla de Dios para salvar a John Middelton y en la pelea se granjeará la enemistad de Grace (Maxine Peake), mujer fuerte y decidida, cansada de Dios y miserias, que sólo quiere tener a su hombre y a sus hijos libres y felices. Y Martha, la sufragista, luchadora por los derechos de la mujer, se enamorará y al final le llegará también el fracaso y el dolor.




Dice Bert Middelton al comienzo de la serie que parecía que todo el dolor del mundo se hubiera condensado en cada uno de los miembros de su familia. Las ansias de libertad de Joe, su hermano, el fracaso del padre, la necesidad de proteger a la familia de la madre. ¿Y en él? Bert es un niño y por tanto culpable e inocente al mismo tiempo. Son sus ojos curiosos e impertinentes los que nos descubren los secretos ocultos por los adultos: los del profesor sádico y el porqué de su vara de medir y pegar; y ese otro amable, que ni corrige ni castiga, que le acepta con sus diferencias porque él es diferente. Los que descubren brillantes el sexo y la desnudez de la mujer y ocultan velados los deseos insatisfechos. Los que admiran a Joe como fuente de todo saber, protector y explicador del mundo. 



Y a mí Bert (esplendido el novato Bill Jones)  me recuerda a otro niño de ojos grandes y asombrados, a Javi, el protagonista de “Secretos del Corazón de Montxo Armendariz. Porque Moffat, como hiciera Arméndariz muestra el dolor que la incomprensión de la inocencia, la necesidad de ser parte del mundo de los adultos acarrean. Y así el Bert anciano llora por la suerte final de su hermano de la que se siente tan responsable como el último disparo. 




Porque el idilio y la armonía de las primeras escenas, se rompen cuando al final del primer episodio llega el telegrama que anuncia el comienzo de la guerra. Y es entonces cuando las tensiones individuales, los problemas de cada uno se convierten en colectivos. Cuando se acallan las fanfarrias, terminan los desfiles y llega el frío, la dulce campiña inglesa, ese campo dorado y ondulante de hierba y trigo del primer episodio, se va quedando poco a poco desnudo, convirtiéndose en un barrizal tan atorado como el campo de batalla que nunca vemos (las cámaras no salen nunca del pueblo y al parecer nunca saldrán). Y con el barro, las ratas y las pesadillas llegan los objetores, los desertores, la necesidad de controlar la fuerza del trabajo, la gripe,  las sombras  y los muertos que terminan atenazando el corazón y amenazando con romper al pueblo.

 














Y aunque The Village no es una serie consentidora en el final de la temporada Moffat se permite un paseo, pari passu, de dos mujeres, dos madres bien diferentes, la madre coraje que es Grace Middelton y la gélida e intransigente lady Clem Allingham, un paseo, al final del cual, unirán los muertos y devolverán la paz al pueblo.