lunes, 6 de agosto de 2012

Diabluras de verano



La historia que voy a contaros es una historia triste como lo son todas las que terminan en derrota. Todos los perdedores, todos, se han pretendido, a despecho del resultado, ciñendo, en algún momento de la lucha, la corona de laurel. Por eso, en honor a la batalla, la razón del fracaso merece, por sí mismas, considerarse uno más de los factores del Arte de la Guerra de Sun Tzu y no es una incongruencia.

Es la historia de una amiga mía A.M.E, profesora de literatura, desaparecida hace más de cuatro años en Nueva York. Amada, porque ese es su  nombre, del que por cierto siempre renegó, nunca leyó, estoy segura, a Sun Tzu. De los siete factores que le habrían conseguido el desfile y la corona no tuvo en cuenta ninguno; era una jodida perdedora desde el instante mismo de nacer. Y sí, os sonará a Dickens, pero Amada fue abandonada recién nacida, envuelta en un saco de arpillera, en la puerta de un orfanato. 



Así que desde el primer día careció de las ventajas del clima y del terreno, y aunque por un tiempo, según contaba, se manejó como un gran comandante, hubo un momento en que renunció a sus ventajas. Pero eso entra dentro de la esfera de su privacidad y no, no soy yo quién va a contar su historia, se merece a alguien mejor, alguien, por ejemplo, como Alan Ball, el autor de la serie "A dos metros bajo tierra". Da para más de dos temporadas; tiene sexo, arte, odio, muertes horrendas, insania y olvido.

Lo que pretendo hacer este mes de agosto de calor, moscas y, gracias a Dios, Moët Chandon, es rendirle un pequeño homenaje. Fue mi amiga durante más de veinte años y si bien es cierto que durante muchos de ellos nuestra amistad consistió en llamadas a deshora, fue la primera amiga que tuve cuando llegué a Madrid.

Amada, cuando empezó la batalla, es decir, cuando con dieciocho años, una maleta de cartón, una muda, un traje de cheviot, un abrigo de mezclilla, una beca para estudiar Filosofía y Letras en la Complutense y un sobre con mil pesetas, se encontró de nuevo en la puerta del orfanato de la calle O´Donnell (esta vez sin derecho a volver atrás), cuando tras una evaluación de sus posesiones y aptitudes (nadie en quien apoyarse y mucha imaginación) echó a andar, estaba en la senda de la victoria.



A saber, como único gobernante y súbdito no estaba constreñida ni mediatizada por las posibles deserciones de su pueblo. El clima y el terreno, aunque casi desconocido no presentaban grandes dificultades, sin cordilleras ni desfiladeros. Madrid, a mediados de los ochenta era una ciudad abierta, con la beautiful people preparándose para darle el trinque a los fondos europeos que empezaban a llegar a mansalva y ya no en maletines pequeños. Su supervivencia estaba pues asegurada, aunque al principio, según me contó, se ganó la vida cuidando niños.

Pero como era inteligente, tenía coraje, determinación y disciplina, cualidades de un buen comandante, pronto consiguió alzarse sobre sus hándicaps y se encontró ganando más de cuarenta mil pesetas al mes, un capital para una rata de biblioteca de veintipocos años, virgen y poco atractiva. ¿Cómo? Escribiendo novelas eróticas. Ciento veinte páginas, veinte mil pesetas, dos novelas al mes.

El arte de la guerra se basa en el engaño, dice Sun Tzu, y Amada escribía sus novelas bajo seudónimo, si buscáis  en las pocas librerías de viejo que aún quedan, mirad por autores como Colette Porter, Aimée Rock, Amanda Coock. Tal vez encontrais su versión de Pepita Jiménez, de Valera. Perdida en tus brazos la tituló, la firmó como Jane Saint Michael y fue la primera que publicó en la editorial ya desaparecida  “Colombina”. Fue un éxito, su target, mujeres de entre treinta a sesenta años sin educación y dedicadas a sus labores, andaba necesitado de experiencias nuevas; hartas de los consejos moralistas de Doña Elena Francis, la compraron como rosquillas.

¿Lo más gracioso? Que no fue suya la idea sino de su profesor de Crítica literaria.

En fin, os dejo con un fragmento del único libro del que fue oficialmente autora.

En recuerdo de Amada M.E., la mujer que sólo existió entre sombras.


 SAMANTHA 
O LA RECOMPENSA DE LA VIRTUD




“Sabes bien, mi querida Raquel, que el amo desde que regresó a la mansión de T. cuando la condesa, su pobre madre, expiraba, puso sus ojos de halcón en esta pobre paloma, con mayor insistencia, si cabe, que lo había hecho unos meses antes cuando vino al campo a cazar. Lo cierto fue que entonces no me vio demasiado porque la condesa, tal vez temiendo que quisiera apoderarse de mi virtud tan recién descubierta por entonces, no me dejaba salir de sus habitaciones.


¿Recuerdas lo felices que fuimos aquellas noches calurosas tú y yo soplándonos la una a la otra para refrescarnos la piel?¿Recuerdas la alegría que le daba a la señora vernos retozar, con que deleite nos lamía el sudor mientras Tommy, el pajecillo, le aireaba los bajos con su plumilla?

Ninguna fuimos conscientes de la tormenta que se avecinaba. Tú estabas demasiado ocupada cuidando de nuestra amada condesa, que sólo de tus pechos aceptaba recibir el alimento que la sustentaba, y no te enteraste de los intentos del amo por meterse en mi cama. La señora J., andaba vigilante y aquella semana en cuanto la condesa descansaba me llevaba con ella a su cama. En mi ingenuidad me enfadaba porque si bien el musgo de la condesa sabía a miel, el de la señora J. lo hacía a pescado y, Raquelita, me daba ración doble, antes de dormir y otra vez  por la mañana, para homenajear al sol, decía. 

Sin embargo, para mi desgracia y ventura la noche en que la condesa agonizaba, la señora J. y tú no abandonasteis su habitación y, el halcón avizor, olvidándose de la dama de negro que visitaba a su madre, subió a la buhardilla y por fin tuvo éxito. Nunca pude contártelo, porque bien se encargó de sacarme a la mañana siguiente de la mansión de T. Robarme, podía decir. Que ni despedirme pude de la bendita condesa.




El muy malvado se escondió en el armario de nuestro dormitorio y cuando Tommy, después de darme gusto un ratito con sus juegos de infante, no tan inocente como se fingía, porque si bien su cayado era aún pequeñito bien que levantaba cabeza mientras metía su lengua  en mi oído y me pellizcaba el trasero. Como te decía, cuando me dejó sola llevándose la vela, el chirrido de una puerta al entreabrirse me puso los pelos de punta.

Pensé que se trataba de la visita de uno de los fantasmas de los que siempre nos hablaba la señora J. ya sabes, los que te ofrecen bananas en las noches de verano. Me quedé muy quieta, con los ojos fuertemente apretados, sin respirar siquiera, intentando hacerme invisible a su presencia. No había olvidado la primera vez que vi uno granado. Fue mientras nuestra noble ama se encontraba en casa de su íntima amiga la baronesa de Y. cuando compartí por primera vez la cama con la señora J. y dos de esos fantasmas se nos aparecieron. Uno se dirigió a mí blandiéndolo tieso frente a mi boca, pidiéndome que se lo lamiese con voz cavernosa.



Me asusté. Yo nunca había visto una cosa tan grande y dura. Grité tanto cuando me abrió los labios que la pobre señora J., que lamía satisfecha uno bien prieto, se asustó y le clavó los dientes. Cuando el fantasma gritó de dolor por un momento creí reconocer en él la voz del señor C. nuestro siempre admirado coadjutor, y así se lo dije a la señora J. en cuanto se desvanecieron entre el lió de sábanas que se formó. 

Luego, cuando todo se calmó, muy enfadada me explicó que a veces los fantasmas cuando se manifiestan no se parecen a los antiguos cuerpos que ocuparon, sino que adoptan la apariencia de algún ser vivo conocido para no infundir tanto pavor a los pobres mortales, y añadió, que éramos muy afortunadas de que vinieran a hacernos presentes; porque un presente era, y me lo recalcó cada vez más irritada, que un ser del otro mundo te pidiera que le alegrases la noche; al parecer, me dijo, significa que se está más cerca del cielo, donde viven como ángeles. Por eso nunca, nunca debía volver a gritar en su presencia. Podían enojarse y entonces me pasaría lo que le había ocurrido al abad del condado de F. cuando una noche se le apareció uno con la apariencia del rey Jacobo. El abad quiso interrogarle sobre algunos pasajes de la Biblia que le suscitaban dudas mientras su majestad le presentaba impaciente su cetro inhiesto y tanto se enfadó por las preguntas y la tardanza en rendirle pleitesía que lo arrastró con él hasta el infierno.



Ahí me entraron las dudas, si eran ángeles del cielo cómo podían arrastrarte al infierno, pero por si acaso me callé, porque la señora J. molesta por no haber terminado su ración, me había cogido la cabeza y me empujaba a lamerle los bajos.

Volviendo a la terrible prueba…, no sabes el miedo que sentí cuando oí los chirridos de la puerta, tardé unos segundos en reconocerlos. Provenían del armario dónde guardábamos los ropones del invierno, así que pensé que de allí sólo podía salir un fantasma. No sabes cómo temblaba mi corazón. Aún hoy, me parece mentira, Raquel, que resistiese aquellos inciertos instantes sin que me diera ningún sincope... (continuará…)