jueves, 9 de agosto de 2012

Diabluras de verano II


Antes de seguir con la historia de Amada M.E., quiero aclarar que mi amistad  con ella nunca fue, ¿cómo lo diría…?, de las de mi muy mejor amiga, sino distante y un tanto fría. Distancia y frialdad que no procedía de mi carácter sino del iglú dónde escondía su corazón. Aunque cómo siempre me eché la culpa (reminiscencias de la educación de las monjas). Llegué a pensar que mi alejamiento de Madrid había supuesto el fin de la trabazón ideólogamusicaliteraria (Led Zeppelin y Alejandra Kollontai, principalmente), que por un tiempo forjamos entre las dos y que yo creí sinónimo de amistad. Falso.




Amada sólo respiraba por Margot S. R., una pintora con la que llevaba años de intermitente relación; intermitente porque la artista entraba y salía de los psiquiátricos con la misma cotidianidad que el poeta L.M.Panero.

Sin embargo y para mi sorpresa en el verano de 2007 me llamó. Fue directa, dijo que la iban a operar de un tumor cerebral y que agradecería que ese día acompañara a su amiga Margot “por si no salía viva del quirófano”. Eso dijo con su voz de espina de hielo. Me quede muda por la sorpresa. Amada no dejó correr el tiempo, como si mi silencio la ofendiera, añadió de inmediato “Si no puedes no he dicho nada, adiós”. Así era ella. Reaccioné, le pregunté que si estaba de broma, que no se podía llamar a alguien después de más de un año de silencio y pedir, casi exigir, sin explicación alguna, que estuviese tal día a tal hora a la puerta de un quirófano por si tenía que asistir a un velatorio. 



Soltó una carcajada que aventó el humo. No le di la oportunidad de colgarme, le dije que allí estaría. Sin más reproches ni explicaciones. Y acudí el día y a la hora prevista. Llegué cuando la sacaban de la habitación y para mi estupefacción Margot ni siquiera estaba presente. Fue mi mano la que aferró antes de cruzar la puerta que la llevaría al quirófano. Me obligó a agacharme y al oído me susurró: “En la habitación, en el cajón de la mesita hay un sobre a tu nombre, ábrelo si me muero”. Eso fue todo.

Y allí, sentada en el suelo, con la espalda recostada en la pared esperé las cuatro horas y media que duró la intervención. Margot se presentó casi al final de la espera. Nunca he sentido la soledad como en aquel pasillo por el que no cesaba de pasar gente. Me sentí privilegiada, yo no estaba sola, era un ser enraizado en la tierra, en la carne y en la sangre, por el contrario, Margot y Amada eran dos mujeres solas que aún se daban la mano por debajo de la mesa.

Cuando el cirujano salió a dar el parte fui la primera que se levantó a recibir las noticias y la última en abandonar el pasillo. Margot, en cambio, se marchó en cuanto el doctor dijo que esperaba haber extirpado totalmente el tumor y sin decir adiós.

En fin,  que la operación salió bien y Amada en cuanto volvió a la habitación me pidió el sobre, me agradeció la compañía y me dijo adiós. Tal como os lo cuento. Acepté el despido con una sonrisa y me retiré a mi hogar.

No volví a verla hasta que a finales de enero de 2008, Amada me llamó por teléfono dándome, perentoria como siempre, una cita. Al día siguiente a las doce frente al estanque del Retiro.

En fin, os seguiré contando, ahora os dejo con el final del fragmento de la primera entrada.


Samantha 
o la recompensa de la virtud

Previesly en DIABLURAS DE VERANO I
(Samantha una doncella jovencita le escribe a su amiga Raquel cómo en la noche en que su ama la condesa de C. agonizaba vio salir del armario de su habitación a un fantasma).



(...) Por una rendija de las cortinas entraba en la habitación un rayo de luna que plateaba los pies de la cama, te juro, dulce plumón, que fueron los momentos más angustiosos que había vivido hasta entonces. Aunque..., lo cierto es que asustadísima y todo, sentía una gran curiosidad por averiguar cuál sería el rostro conocido que adoptaría para presentarse ante mí aquel ser del inframundo. Si hubiera sido otra me habría levantado y gritado, ¿quién anda ahí? ¡Manifiéstate!

Pero no pude, lo único que deseaba era quedarme quietecita, no hacer ningún ruido que pudiera atraer su atención (aún esperaba que se hubiera equivocado de habitación, que viniera en busca de la señora J.), y sin embargo, la curiosidad me impulsó a alzar una pizca el párpado izquierdo justo cuando su sombra cubría la mitad de la cama.

Al contrario de los fantasmas de la señora J. no llevaba sábana. Era tan hermoso que sin pretenderlo mis ojos se abrieron como platos. Raquel, era tan hermoso como un ángel, sobre todo cuando un rayo de luna traspasó el manto de oro que lo cubría. No sé lo que pensé en aquellos instantes, pero con el corazón encabritado le miré al rostro y ¿sabes? el susto se me desvaneció como por ensalmo, cuando lo contemplé y reconocí en él a nuestro buen amo.



Entonces un vahído me vino de nuevo al corazón, si un fantasma asumía el rostro del hijo del ama podría hacer conmigo lo que quisiera porque le debía obediencia como su humilde servidora. No pude evitar lanzar un gemido cuando se subió a la cama. Y sin embargo, cuando acercó su rostro al mío irradiaba tanta fuerza y majestad que esta pobre boca mía se negó a pronunciar palabras de socorro.
                      
Lo cierto es que por unos instantes mi corazón se detuvo, lo sé porque cuando volví a ser consciente ya me había arrebatado la colcha y mi cuerpecito, apenas cubierto por el pequeño camisón que el ama, mirando siempre por nuestra higiene y salud, nos entregaba para dormir,  iba a ser presa de sus zarpas.



 Inmediatamente arranqué, con pesar, bien lo sabes, mi mano del dulce lugar que tanto disfrutaba cuando era la tuya la que lo acariciaba, e intenté cubrirme el pecho. Apenas si noté el vacío porque aquel ángel lo cubrió enseguida con la suya poderosa. Mi conejito se estremeció al percibir la fuerza de los barrotes que lo enjaulaban y el pobrecito se inflamó intentando huir de la prisión. No podía hablar, no podía gritar, la voz había abandonado mi cuerpo sobre todo cuando sus labios se posaron sobre el lóbulo de mi oreja.

El colchón subía y subía tan frenético como mi corazón, pero ¿sabes Raquel?, no sólo era yo la que temblaba, también el ángel se estremecía. Luego de unos instantes de gozo, la mano se tornó inquisidora y abrió y buscó entre mis pliegues. Creerás que aún seguía muda, pero no, de repente me pareció oír, entrelazado con su ronco gemir, los estertores de mi alma y créeme si te digo que pensé llegada mi última hora cuando uno de sus fuertes y poderosos dedos se abrió paso dentro de mí. El hechizo se rompió y grité, grité y mordí la mano que intentaba cubrirme la boca para ahogar mi voz.  
    
¡Oh Raquel! Han sido tantas y tan bienaventuradas las circunstancias que me han acontecido desde que nos despedimos, tantas, que hasta siento remordimientos por tener que decirte que, a pesar de tu ausencia, no he sido desgraciada desde que me arrebataron de tus acogedores brazos, como sin duda tú esperabas de una amistad tan tierna como la nuestra.



Debes saber, mi pequeña, que he sufrido en mis carnes los tormentos del infierno, las llamas del fuego eterno abrasan mi piel, garfios de hierros incandescentes la desgarran como tus dientecitos rompen la dorada costra de un pastelito de miel, las aguas sulfurosas escaldan mis carnes saturándolas de jugosos zumos pero… el volcán del amo me cubre con su ardiente lava al menos cinco veces al día. Estoy destrozada, dolorida, pero… soy…, ¿me atreveré a decirlo…?, si, corazón mío, soy feliz.

Por primera vez en mi vida puedo gritarlo ¡¡¡ SOY FELIZ!!! Oh querida, tengo que dejar de escribir este billete, le oigo acercarse por el pasillo, mis manos tiemblan, mi entrepierna se humedece…

Tuya afectísima.
Samantha.