miércoles, 29 de agosto de 2012

Diabluras de Verano VIII


En nuestro fin de semana margotnitiense, por tierras de barbecho en flor, llegó el momento temido, la visita a doña Juana Contreras, tía de Margot, o de Ana Margarita Serrano Requena, como la había llamado el paisano.

Desde que enfilamos la autovía presentí que aquel encuentro sería decisivo, que me daría la clave, el porqué del cruel final de mi amiga; pero luego, una vez en el pueblo, vistos los chismes que los amables vecinos nos refirieron parecía innecesario. Ni que decir tiene que estaba, perdóneseme la expresión, acojonada; Me pareció más caritativo olvidar la cita que intentar sonsacar de la mente desvariada de una anciana sus secretos. Es decir, asustada, asustada. Tal vez ya no hubiera más secretos escondidos, por lo que ya no tenía sentido entrometerme en su vida como la maldita periodista que fui. Sonsacarle lo que seguramente no quería recordar y luego para hacer mayor la afrenta, publicarlo. Como era de recibo las risas y los higos míos, el dolor y los remordimientos suyos.

Me costó, vaya si me costó traspasar el umbral del asilo, que no residencia. Claro que llegados a ese punto, estaba por demás volver atrás, Vanessa jamás lo consentiría, se burlaría. Y no era verdad que no quedasen secretos, había demasiadas cosas por confirmar, demasiadas dudas… ¿Había prendido fuego Margarita Requena a la habitación del hotel de Alicante donde se alojaban? ¿Era responsable de su muerte, la de su marido y siete clientes más como dejaban entrever las palabras de los corifeos? ¿Por qué se había cambiado el nombre Margot? ¿Por qué se la llevó Amada del pueblo, por qué se encargó ella de internarla, por qué aceptó voluntariamente Margot el encierro? ¿Qué pasó después del entierro de los padres? Demasiados porqués, demasiados secretos.


La mujer que me recibió en la desolada habitación que olía a lejía barata ni siquiera era un remedo de la que seguramente un día fue. Toda huesos y pellejos, costaba entrever su poderoso trasero, al que según el paisano le debía el apodo. Cuando después de interesarme educadamente por su salud le anuncié que Margot había muerto en Nueva York, no se inmutó, siguió mirándome fijamente, esperando en silencio. No lo resistí y para romperlo le conté lo que hasta entonces habíamos averiguado. Cuando terminé siguió callada, con los ojos cerrados, por un momento creí que se había dormido. Decidí marcharme, estaba claro que no le iba a sonsacar nada. Luego, justo cuando ya recogía el bolso comenzó a hablar.

- Nunca debería haber nacido –dijo con una frialdad de madrugada de enero-. Mi cuñado, que en paz descanse, nunca debió casarse. Era un viejo, un viejo tonto y lo que es imperdonable para alguien de su calidad, enamorado.

- Su cuñado se llamaba Manuel –quería que comprendiera que estaba al tanto de algunas cosas, para que fuéramos directas a lo que realmente me importaba.


- Siempre estuvo loca, desde el día en que nació. Pero qué de extraño tiene que una loca pariese un monstruo.

- ¿Monstruo? Aquello concordaba con lo que nos había dicho el paisano. La madre de Margot (no me acostumbraba a llamarla Ana) “Estaba como una chota”, fueron sus palabras.

- Y él se lo consentía todo, a las dos –decía-, chocheaba, a Margarita debió encerrarla en el convento del que la exclaustró y con ella al monstruo que parió, al menos Eduvigis y ese policía del que ha hablado seguirían vivos.

- ¿Quién era Eduvigis? De aquella mujer nadie nos había hablado. ¿Eduvigis qué más? –pregunté, tal vez con el apellido Vanessa lograse averiguar algo.

- Tenía casi dieciocho años y aún le pedía a Manuel, echándole los brazos al cuello, camelándole, eso de “Cuéntame papá, cuéntame cómo nací…” una y otra vez, una y otra vez. Se pasaban a veces todo el día así, ella pintando o matando hormigas y él a su lado contando…

- Cuéntame papá, cuéntame cómo nací, anda… cuéntamelo otra vez… -repitió con un falsete que me puso los pelos de punta, parecía mismamente que la propia Margot estuviera allí.

- Criatura…, pero si te lo sabes de memoria, si te lo he contado millones de veces –se respondió a sí misma agravando el tono de voz. Manuel. Me dio repelús.

- Pero me gusta. Anda, papá cuéntamelo otra vez…

- Pues como ya sabes, tanto a ti como a mí nos trajo una cigüeña.

- En su pico de oro.

- Exacto. En su pico de oro…

- Y venía de París…

- Venía de Paris, por supuesto.

- Y París está muy lejos…

- Muy lejos, lejísimos…

- ¿Cuánto? ¿Cómo de aquí al mar…?

- Más, más lejos, mucho más…

- Y venía muy cansada…

- Muy cansada, tanto que no se sentía capaz de llegar.

- Porque tuvo que escapar de un águila malvada cuando cruzaba los Pirineos por Roncesvalles ¿no?

Dios santo, quise que parara, lo intente, le dije, “señora Contreras, le importa…, por favor, escuche…” Pero la señora Contreras más conocida por “la Paparrastra” porque era chiquita y culona, continuó con su representación, sin hacer caso del respetable, es decir de mí.

- Sí, exacto, tú lo has dicho. En Roncesvalles que es un castillo muy grande y tiene una torre altísima tenía previsto hacer una parada para repostar.

- Y lo que pasó fue que un águila le había robado su cama en la fonda –decía Ana.


- Exacto, había hecho las reservas con mucha antelación, pero lo que son las cosas para cuando llegó a Roncesvalles había una gran convención de pastores que iban discutir los derechos de los montes comunales…

- Y habían acudido con todos sus rebaños.

- Con todos, lo recuerdas bien… -Manuel.

- Señora Contreras…, ¿puede parar?, me estaba poniendo nerviosa con el jueguecito…

- Si, papá, lo recuerdo, recuerdo a los corderos balando en la madrugada, llamando a su mama cuando el águila malvada los arrebataba.

Entonces me di cuenta. Si, aquella vieja, aquella maldita vieja se estaba riendo de mí.

- Ya se ha divertido bastante a mi costa, señora Contreras, esa película está muy vista–dije levantándome dispuesta a marcharme -.Si no quería hablar conmigo con no recibirme…

- ¿No recibirla? ¿y entonces cómo, coño, consigo que pasen las horas sin morirme de asco? –me contestó mirándome de hito en hito. Aquella mujer podía tener más de ochenta años pero sus ojos brillaban con la maldad de una jovencita Jezabel.

- ¿Quién fue Eduvigis, señora Contreras?

- Y quién maldita es usted que tanto quiere saber, ¿otra cómplice como la tortillera? Ale, ale…, zuzuzuzuzu…, a la calle .

Y me echó. ¡Me echó! Pero Vanessa no desistió. Y sí, también sé ahora quien fue Eduvigis, la mujer, la niñera que cuido de Margot desde que nació, cuando su madre aquejada de depresión postparto la rechazó. Y aunque no puedo asegurar, al contrario que la “Paparrastra”, que Margot tuviera algo que ver con su muerte, lo que es cierto es su fecha de defunción, exactamente siete días después del entierro de sus padres, en plenas Gregorianas por los difuntos.

Según el informe del forense el cadáver de la mujer presentaba un fuerte golpe en la sien derecha, que le había hundido el cráneo, al parecer se lo dio al caerse desde lo alto de una escalera. Testigos presenciales de la caída: Ana Margarita Serrano Requena y Amada Muñoz Expósito. La licencia de enterramiento firmada por el juez de paz Don Antonio Serrano Serna, hermano de Manuel, marido de la “Paparrastra”. ¿Accidente u homicidio?

No hubo autopsia, los papeles amarillos archivado y una advertencia. Los oficiales de los juzgados no son venales, sólo que no ganan demasiado.

Samantha

O la recompensa de la virtud


Dulcísima Raquel, hay que ver que pronto te has olvidado de tu Samantha, con cuánto orgullo y placer hablas de tu querida hijastra en tu último billete, y aunque no lo dices sé bien que ya no te acuerdas de mí. Cuando hace unos días te hablé de mi felicidad no te oculté cuánto te echaba de menos. ¿Quién podría olvidar la suavidad de tus labios saboreando mis pechos, ni tu lengua golosa lamiendo mi espalda? En cambio, tú, nada me dices, parece que pronto me has echado al olvido. Claro que como tu hijita tiene aún la barrera intacta y sólo consiente que sea tu dedo el que la acaricie y yo un portazgo franco ya no tengo derecho a tus caricias.

Ay, Raquelita, aunque me hayas traicionado por musgo nuevo yo sigo siendo tu fiel amiga. ¿Recuerdas que te prometí darte un remedio para que te mantuvieses fresca y lozana, pues lo haré, no quiero, a pesar de tu olvido, que cuando algún día nos volvamos a ver tu piel parezca un sendero transitado por caballerías? Y eso sucederá no lo dudo, si sigues sorbiendo los zumitos de tu nueva amiga. 






Era muy sencillo, hasta ahora el amo se despertaba juguetón, pero últimamente, desde que el vizconde y su administrador nos visitan, ya no tiene tiempo para casi nada, una cabalgada rápida y se marcha a la caza, luego ya no lo veo hasta que vuelve a meterse en la cama. Y no, no y no. No se ha cansado de mí, en todo caso  está más cariñoso, sí, cariñoso, no apasionado, que también, conmigo. Pero es que la situación ha cambiado desde la última vez que te escribí.

Ya no estoy encerrada en la alcoba, al contrario, ahora desayuno, como y paso el día con el vizconde, y seguimos jugando con los baúles franceses, le encanta jugar y no sabes la de cosas nuevas que estoy aprendiendo a su lado, incluso latín. Ahora soy… ¿a qué no lo adivinas? Sí querida, he dejado de ser la doncella de cama y he pasado a ser “la pequeña pupila”. Pupila del amo, por supuesto. Te lo cuento, ahora te lo cuento. 


Porque de lo que quería hablarte esta mañana era de los remedios para mantener la piel blanca y fresca, sonrosadita. Del único remedio que conocía, sí porque hasta esta mañana no sabía cuales eran los que utilizaban las grandes damas como la condesa. Jamás nos lo explicó y cuando el amo me lo refirió yo le creí, de qué si no iba a tener nuestra querida señora J. su piel tan pálida sino hubiera sido por los plátanos de los fantasmas. Pero como te decía eso fue antes del desayuno, y sí, yo  también pensaba que si las cosas continuaban igual de tristes, si no se resolvían pronto los problemas de la herencia, me encontraría de aquí a unos días tan mustia y arrugada como el estafermo de la señora K. El remedio del que pensaba hablarte. Un buen desayuno tempranero. 

Ya te he contado lo que ocurrió mi primera mañana en la mansión, lo que no te he contado ha sido como fue el despertar de la segunda. Es cierto que la señora K. apareció con la taza de té, una sola taza, para el amo. Yo me quedé quieta esperando, cuando él se dio cuenta de que estaba despierta me cogió las manitas y llevándoselas a su cadera comenzó lo que llamó mi educación.

- Mi querida Samanta –dijo con esa media sonrisa que deslumbra-, qué inocente eres y cuan dichoso me hace ser tu profesor. Querida…,


- Sí, mi amo –le contesté sumisa.

- Querida no habrá para mí mejor despertar que el que tus labios llamen –y cogiéndome la cabeza con su mano la dirigió hacia su cetro que yacía exhausto entre sus piernas-. Ya sabes, como me gusta, entero y suave –dijo indicándome con la cabeza su deseo-. La  leche de la mañana es la más sabrosa, querida, hará que tu piel florezca.

Eso hice, con tanta parsimonia como sus bruscos arrebatos me permitieron y a pesar de que la noche había sido de mucho ordeño, aún obtuve unos buenos tragos. Y durante estas semanas he comenzado así el día y no sabes lo hermosa y lustrosa que se me ve. 

Pero ahora, querida que desayuno con el vizconde té y tostadas, me preocupaba perder la frescura y no sé muy bien como me encontré avergonzada refiriéndole al bueno del vizconde cual había sido hasta entonces mi desayuno preferido y el porqué de la lozanía que tanto alababa. El vizconde me explicó que no era ese el único método posible, que las grandes señoras siguen otro un poco más aburrido pero menos cansado y que su sobrino era un hombre muy, pero que muy depravado. Sé que debí defender al amo, pero no hallé las palabras que contradijesen al viejo. Eran idénticas a las que yo pensaba.


Conseguí sonsacarle los ingredientes del ungüento que utilizaba Madame Montespan, a base de zumo de limón mezclado con bórax y azufre, al parecer se llama fuego de San Telmo, pero ¿sabes?, creo que el viejo, aunque muy amable, chochea, no puede ser sano algo que te quema la piel. Creo que no lo utilizaré, que no es para mí, que a pesar del tamaño es preferible ordeñar al amo, pero a lo mejor tú, que te niegas a probar rabo, puedas comprobar su idoneidad. Claro que no se lo confesé al vizconde, preferí alejarle de esos pensamientos no fuera a ponerse a fabricar el mejunje y quisiera probarlo en mi rostro.

- ¿Una amiga suya, la tal madame, vizconde? –le pregunté.

-Noooo…, no soy tan viejo, aunque te parezca que tenga los años de Matusalen –protestó con un mohín encantador-. No, querida, Madame fue una gran amiga de mi bisabuelo al que tuvo en alta estima –me explicó-. Madame, querida, fue una gran mujer que impuso su personalidad en la corte, el buen gusto francés, ese que dicen que es consustancial al aire de París proviene de ella, fue quién educó a las damas francesas. Nada que ver con las que luego ocuparon su puesto en la cama de los reyes de Francia, incluidas las reinas. Te pareces a ella…


-¿Me parezco? –le pregunté halagada.

-Si querida, tus ojos tan grandes y risueños, la boquita infantil, los labios gordezuelos que en ti son naturales mientras los de Madame tal vez fueran fruto del maquillaje, el mentón redondeado que denota vuestra disposición a la bondad y ese delicioso hoyuelo que tantas ganas dan de hundir la lengua en él.

-¡Qué cosas me dice, señor! –protesté ruborizándome, temerosa no obstante de que el señor se encelase de sus atenciones.

-Nada, querida, no te digo nada. Ojalá que ”lucemdun cum aetas florida ver ageret” –y ante mi cara de asombro sonrió y añadió-. Que significa: ojalá que cuando la flor de mi juventud vivía una feliz primavera te hubiera tenido tan a mano, entonces te aseguro pequeña Samantha que no me hubiera conformado con jugar a las muñecas.

Y dicho lo cual dejó escapar un gran suspiro y con delicadeza me fue apartando la deshabillé con la cual me presento ante él todas las mañanas. Y empezamos nuestra sesión con los baúles franceses. Hasta que estalló la tormenta y aparecieron los demonios.