miércoles, 15 de agosto de 2012

Diabluras de Verano IV


¡Santo cielo, en qué berenjenales me he metido! Tenía razón la madre Calimero cuando me llamaba “polvorilla”; ¿a cuenta de qué tenía que hacer el maldito comentario en El País? El peor fin de semana de mi vida. Qué nervios, el número de visitas al blog creciendo y yo sin saber por donde continuar.

Fue un pronto, claro; abrí twitter el sábado, vi el tweet del artículo de Leila y allá que fui de cabeza y ahora qué Marien, ¿cómo vas a responder a la expectación creada? ¿Cuál es tu plan

No tienes ninguno, ¿verdad? El blog fue fruto de un berrinche y ahora resulta que desde Canadá recibes visitas. Y no eres Dickens, ni siquiera Elizabeth Gaskell.

¡Maldita sea, estás bloqueada!

Lo estoy. Quisiera seducirlos, atraparlos y no sé cómo. Temo que se den cuenta de mis limitaciones, que no he asistido a cursos de escritura creativa, ni hecho másteres de técnica narrativa, ni asistido a talleres de guión, ni de cuento, ni de poesía, que no he ganado ningún premio literario (ni siquiera los de la feria de mi pueblo), que ni siquiera he leído la Poética de Aristóteles, que soy una ignara. Pero es que hasta ahora, todo eso eran para mí zarandajas, como diría Rhett Butler,  Frankly darling I don´t give a damm”.  Yo sólo escribía.


Por instinto (y así te ha ido ¿no?), hasta el domingo. Sí, llevo todo lo que va de semana leyendo artículos de la Wikipedia sobre técnica narrativa, por si algo aprendo. Y, ahora, ahora… estoy hecha un lío.

Al parecer el protagonismo del autor es una técnica desfasada, propia de adolescentes, de escritores primerizos, aunque a mi, en la cuarentena, no debería tenérseme en cuenta la edad (soy la mujer que ha llegado tarde a todo, a internet también). Y aunque la razón (o el miedo) me dicten que debería contar sin más, por educación, las circunstancias de la muerte de Amada y olvidarme del blog, mi instinto me dice que no, que ya que se me calentó la lengua al contestar un comentario en DIABLURAS DE VERANO III, y dije que las últimas noticias sobre Amada nos habían llegado de Santa Fe, Nuevo Méjico, es necesario que cuente el cómo y el porqué habíamos llegado hasta allí. Y eso implica convertirme en protagonista del relato. Y eso, al parecer es un rasgo de psicopatía propio de los futbolistas


Mala técnica, que diría la sargento Margaret, miembro de la Patrulla de Salvación, blog que sigo religiosamente, precisamente para no olvidar lo lejos que estoy de llegar a ser uno de los escritores a los que ella alaba; pero me dio tanta alegría encontrar a un seguidor interesado por el desarrollo de la historia, que no pensé en las consecuencias. 



Un ejemplo de mi ignorancia, sólo esta mañana después del café, los churros y una profunda reflexión he comprendido lo que realmente significa literariamente Mímesis, palabra atribuida a Aristóteles, y que al parecer viene a decir que el fin esencial del arte es la imitación de la naturaleza. Confieso que cuando la leí por primera vez pensé que se derivaba de Mesmer, creí que iba sobre espiritismo; en mi defensa, que Vanessa me apremiaba para que cerrase el ordenador, decidida a invocar al espíritu de Amada y averiguar si estaba conforme con que se hiciesen públicas su vida y sus miserias.


Y lo malo es que cierta parte de mí, la más cercana a la amígdala, sabe que su respuesta fue no. Porque cuando esperábamos con los ojos cerrados y las manos cogidas su aparición se desató una tormenta de polvo y aire que, además de llevarse volando la caseta del perro (cómo si la meseta manchega fueran las Malas Tierras de Oklahoma), arrancó de cuajo los tilos recién plantados del jardín y las pérgolas que rodeaban la piscina, amén de derribar la chimenea de la cocina campera (¡Dios, cocina campera! así de choni soy ahora).



Pero éste no es el colapso del que hablé en DIABLURAS DE VERANO III, cuando dije que por un tiempo me olvidé de Amada porque literalmente mi casa se derrumbó; esa fue otra casa, otra vida, otra Marien de la que no hablaré, no quiero que nadie me acuse de solipsismo (palabra aprendida este domingo) y sólo mencionaré de pasada a quien me ha ayudado a descubrir lo que en el fondo ya sabía, que Amada había muerto en Nueva York.

Porque lo que decía el correo de Santa Fe no era diferente a lo que me había anunciado Vanessa hace unos cuantos meses. Amada había muerto en un tiroteo en Nueva York. Y si bien era lógico sospechar su muerte (ni siquiera ella, tan fría y despegada habría mantenido un silencio de cuatro años), aceptar que Vanessa, una simple pasante de abogado matrimonialista, era capaz de hakear los archivos del Departamento de Policía de Nueva York, suponía cambiarme de arriba abajo, no en vano toda mi vida he sido devota seguidora de las teorías de Santo Tomás, apóstol.

En fin, que ya no hay duda, Amada murió el 3 de febrero de 2008, es decir, setenta y dos horas después de nuestra despedida en el Retiro madrileño. Y es un desiderátum, lo sé, que siga pensando que algo que hubiera dicho hubiera podido salvarla. Imposible, la muerte la hubiera atrapado donde quiera que la hubiese escondido. Lo dejó escrito en Samantha, sólo que hasta ahora no lo he comprendido.

Así que aquí estoy, luchando entre mi instinto y mi razón. Contar las miserias de Amada, traicionando mi intención de rendirle homenaje, o callar para siempre y borrar el blog. Y después de todo ¿qué más da lo que cuente?, está muerta y sólo son palabras, no balas. ¿Que matan reputaciones? Es tan trasnochado el concepto, tan del Siglo de Oro, tan propio de mis ancestros campesinos que suena hasta ridículo; y además puedo mentir, aunque cuando se juntan demasiadas es más fácil que se escape alguna verdad, que entre líneas se lea lo que se pretende ocultar.

Por cierto, Amada era Amada Muñoz Expósito (de nada sirve ya mantener el incognito). Y sí, sé quién le puso el nombre y el porqué. Me lo contó un día  entre chupito y chupito de güisqui Dick, su primera y creo que única borrachera, pero claro, la noche anterior había descubierto que Margot Serna, la artista, después de casi cinco años de angustiosa relación, había compartido cuerpo y cama con Luis Alfredo, su antiguo novio.

Dios, qué testamento, prometo ser más breve la próxima entrada. Os dejo con otro fragmento de 

Samantha 
o la Recompensa de la virtud


¡Querida Raquel! Que feliz me ha hecho esta mañana recibir tu billete, si hubieras visto con que reverencias me lo entregó la señora K. te habrías caído de bruces en la cama. Si, querida, recuerdo muy bien cómo te reías cuando contemplabas la desmaña con la que yo hacía la genuflexión. Y sin embargo la hacía con más gracia que esta barragana (cómo no va a leerlo puedo decir lo que pienso de ella, o mejor dicho, lo que piensa el señor, que así la ha llamado en mi presencia), y estoy por decirte que me envidia, que lo que desea es estar en mi lugar, ¡qué ocurrencia!, cómo iba el amo tan encantador, elegante y hermoso a fijarse en un estafermo como ella.

Raquelita, no tienes que agradecerme las gestiones para buscarte acomodo. Lo hago encantada, sólo lamento que el amo no vaya a quedarse con la mansión de la que tantos buenos recuerdos guardo, que no puedas mantenerte al lado de la querida señora J.

 Le expliqué al amo, cuando me preguntó quién era la amiga por la que suspiraba, quien eras. Pero soy tan lerda, tan escaso es mi lenguaje, que no conseguí que te reconociera, lo cierto es que para él todas las doncellas parecen la misma, excepto yo (me lo ha repetido cientos de veces, desde que me vio la primera vez en el cuarto de su madre, supo que tenía que ser suya y sólo suya), ya ves. Y yo temiéndole. Claro que cuando le describí bien, quien eras, lo que amaba su madre saciarse de tus pechos y la flojedad de tus piernas, ni siquiera lo pensó, y de inmediato dijo, “ya está, tú amiga Raquel será granjera. La casaremos con el inquilino de Farmer Creek”.


Y yo que recordaba perfectamente al inquilino de F.C. (cuando mi padre me acompañó a la mansión de la condesa, para cobrar las monedas de mi venta, nos detuvimos a descansar en su granja), por poco me desmayé con su anuncio. Tú, tan dulce y flaquita, no podías convertirte la esposa de un energúmeno y además que el amo añadió, entre risas, que ya era hora de que dejara en paz a las cerdas de la granja, que saldría ganando si las cambiaba por una ternera. No sabes el sofoco que me dio oírle esas palabras, y no, nada tiene que ver que en esos instantes entrara la señora K, en el cuarto y me viese con el culito en pompa dispuesta a recibir un nuevo embate.

La odio. La odio, a veces cuando la siento cerca desearía que mis ojos poseyeran la maldad del rayo para fulminarla, freírla, reducirla a ceniza…, es toda fingimiento y disimulo, y sin embargo, su mirada tiene cuchillos de doble filo. Anda deseosa por apartarme del amo, lo percibo a pesar de las lisonjas y arrumacos con los que delante de él me trata. Y te juro que no lo conseguirá. Jamás, antes la rajo.


Cariño mío, disculpa que te hable de la señora K. desde luego en nada se parece a nuestra señora J. cierto que su musgo tenía un olor peculiar, pero seguro que el de esta rata huele a ajo.

Como te decía, en cuanto le oí al señor que tu futuro marido se beneficiaba a las cerdas de la granja me puse de rodillas, le miré con ojitos tiernos, y suavemente, como a él le gusta, acogí entre mis pechos su hermoso cayado, que plácidamente y sin nervio descansaba en su peluda guarida. Disfruta tanto cuando juego con él, que en esos instantes dice que no puede negarme nada y es que poquito a poquito lo voy despertando, encelándolo; le doy toquecitos, suaves, como al desgaire, al principio parece remiso, adormilado, incapaz de levantar su linda cabecita; pero en cuanto con la punta de la lengua toco su agujerito pega el primer respingón. Y entonces si lo intento atrapar, si lo aprieto un poquito, si juego a que se me resbala y se escapa se va enfureciendo, una delicia, Raquel.

 Espero que adoptes estas aptitudes para con tu futuro marido, si le tratas como tu amo y señor no dudo que te entregará en un santiamén las llaves de la despensa y no te hará dormir en el establo. Porque, querida, mientras estrujaba entre mis pechos la suave seda de su piel y conseguía devolverle el poderío a su cetro, rogué y rogué al señor por ti.

En primer lugar le pedí que no te entregase al granjero, que deberías venir a vivir aquí, que las dos juntitas nos encargaríamos de su cuidado, que le haríamos feliz. Se me río en la cara, Raquelita, se rió tanto que el cayado se me escapó y no pude atraparlo en toda la tarde, porque de inmediato el amo se levantó y tocando la campanilla hizo venir a su ayuda de cámara.






Nunca te he hablado del señor R. ¿verdad? No es tan feo como el granjero, pero es que es tan grande e inmenso como el armario ropero de la lavandería de la mansión de C. ¿recuerdas que Tommy se quedó dormido dentro y a pesar de que era época de limpieza de primavera nadie reparó que estaba dentro y por poco muere asfixiado cuando le cubrimos con las frazadas que retiramos de las camas del servicio? Temí en verdad por ti, que te entregase al señor R. sería inevitablemente tu muerte.

Pero lo que el amo le pidió al señor R. fue el listado de los inquilinos de las granjas. Y, querida, creo que lo he conseguido, te he librado del criador de cerdos, te casarás con el señor Martin de Farmer Five Mills, recientemente viudo y al que el único vicio que se le conoce que pueda ofender a una buena esposa (al decir del señor R.), es su pasión desmedida de echar humo por la boca. (Continuará…)