domingo, 26 de agosto de 2012

Diabluras de Verano VII



¿Quién dijo que se necesita una Ley de Transparencia? Siente un haker a su mesa y pida asilo en la embajada de Kurkukitan. No hay tratado de extradición.

El comentario no está por demás. Doy cobijo a una y no sé como librarme de ella. Aunque tengo que reconocer que jamás hubiera conocido el final de  Amada si no hubiera sido por el ingenio de Vanessa, sola no lo hubiera conseguido. Con la excusa de respetar su privacidad hubiera dejado que siguiera pudriéndose en una tumba sin nombre.

Según Vanessa en el mundo enredado en el que nos movemos, el derecho a la intimidad es una antigualla que coarta el progreso como en su día lo fue el derecho al honor. La solución a la crisis y a los problemas está en compartir el conocimiento, se acabaron los secretos.

En fin dejemos lo ficticio y vayamos a lo real, que Vanessa con su portátil y su olfato de sabueso no sólo encontró, en el caso de mi divorcio los millones de mi ex marido; y en el de Amada que eran las dos desconocidas que, según la noticia aparecida en el New York Post del 3 de febrero de 2008, habían resultado muertas en un tiroteo con la policía neoyorquina en la esquina de Lexington con la Sesenta y seis. Y por añadidura, pirateando los archivos de la Dirección General de Registros y del Notariado y la Oficina de últimas voluntades, ha incrementado mi patrimonio con una hermosa casa de fachada Villanueva y amplias escalinatas en San Lorenzo del Escorial.


Casa que Amada, con dinero de Margot, compró para darle un hogar cuando salió por primera vez del manicomio donde la habían internado tras la muerte de sus padres. O al menos, eso se deduce de la confrontación de fechas entre el Registro Civil, el psiquiátrico, el Registro de la Propiedad y lo sonsacado a los paisanos de Margot.

Y lo que son las cosas, ahora a pesar de Vanessa y sus transparencias, soy consciente de que he obrado mal, muy mal chismorreando los secretos de mi amiga, pero cómo iba a saber que me había declarado única heredera. Y la casa me gusta. ¡No quiero que la vieja Paparrastra me la quite alegando indignidad!, ¡desde la terraza se ve la silla de Felipe II! 

¡Quietos, no os vayáis! no voy hablar de mí, ya quedamos que es una mala técnica. Hablemos de Margot.

Viajamos al pueblo en el que según los registros había nacido. Un pueblo blanco, vasto, esparcido en medio de la llanura manchega. Un oasis hacendoso en medio del desierto de los hombres resecos. Al principio nadie nos supo dar razón. Margot Serna, el nombre que utilizó legalmente durante más de veinte años, resultó no ser el mismo con el que nació. Ahí hasta Vanessa se sorprendió.

Huy… ¿quién es esa, Margot? ¿Margot Serna, dices? No, no la conozco…” Contestó la chica que atendía la barra del café dónde, moneando con una tostada, intentaba hacerme a la idea de que sí, de que ya no había vuelta atrás e iba a involucrarme malamente en una historia que después de todo ni me iba ni me venía. Vanessa pretendía que fuéramos directamente a ver a doña Juana Contreras la única testigo, al parecer una tía, que figuraba en la orden del juez de ingreso en el manicomio, a la que había localizado en una residencia de ancianos del pueblo.  “Cómo no sea un familiar lejano de los dueños de “Muebles Serna”, aventuró otra chiquilla con el rostro tachonado de clavos uniéndose a la conversación. 


Nadie la conocía. Hasta que apareció por el local un viejo sacado de los chistes de paletos de los años cincuenta, uno que muy bien hubiera podido actuar de extra con frase en la serie Plinio. Vestía un amplio blusón negro y calzaba su cabeza una boina tan amplia como el ruedo de la plaza de Las Ventas. “¿Cómo dicen ustedes que se llama la señora que buscan?” preguntó educadamente. Cuando se lo repetimos lo pensó un momento, giró la cabeza de un lado a otro negando la mayor. “Con ese nombre no hay nadie en el pueblo”.

Le expliqué que había vivido fuera unos veinticinco o treinta años, que había sido dueña de una casa en la calle Don Víctor que vendió al Ayuntamiento a principios de los noventa. Y entonces sí, entonces tras rascarse la boina y chasquear la lengua aventuró, “Cómo no fuera la hija de “el Bracete”. Vanessa iba a soltar un exabrupto y recibió un codazo, no conocía a la gente de pueblo, yo sí, yo era una de ellos. ¿Quién era “el Bracete”, señor? Le pregunté no sin antes invitarle a un café que rechazó por un carajillo. Y después de darle un buen trago debió sentirse a sus anchas porque nos habló de Manuel Serrano Serna, su madre doña Ana, su hermano y su cuñada, la Paparrastra, la hija del viejo notario que había sido tan mala tan mala que ni el infierno quería saber nada de ella y seguía pudriéndose en la asilo de las monjas, olvidada de Dios y de los hombres. La mujer que esperaba mi visita.

Porque según nuestro corresponsal estábamos equivocadas, Margot Serna no existía ni existió jamás en aquel pueblo. Que en todo caso “la señora”, es decir yo, “se debía referir a Ana Serrano Requena, que fue la última dueña de la casa de la que hablaba. Vanessa insistió. “No, no… Margot”. Le di un codazo ahora en el estómago para que se callara, harta de que creyera saberlo todo. “Una lástima de gente, una desgracia y es que a ciertas edades uno no debía hacer según que cosas”, decía el abuelo.

“La hija se llamaba Ana Margarita”, puntualizó una señora entrada en carnes que en la otra punta de la barra se zampaba un bocadillo, por el intenso aroma, de chorizo, “tal vez de ahí venga lo de Margot” y acercándose a nuestro grupo añadió “La mujer de “el Bracete” estaba como una chota ¿no se acuerda usted?, le preguntó al viejo “era muy hermosa. Yo la recuerdo en misa”. “Si, sí…”, a nuestro amigo se le habían abierto las meninges. “Decían que D. Tomás, el cura, la saco de un convento para casarla con Manuel que se estaba arruinando en Madrid con las cupletistas”. Recordó nostálgico. “Y así les fue. Los dos ardieron en el infierno. “Mujer, no digas eso”. “Pero si es verdad. Si le prendió fuego…”.

¡Qué!, ¡qué, qué…!

Y allí nos lo contaron todo, todo, todo lo que nunca podría ser hakeado.

Samantha

 o la recompensa de la virtud


¡Oh Raquel, que feliz soy! Te preguntarás qué ha pasado con la zozobra que abrumaba ayer mi corazón. No, no ha sido el vendaval de anoche el que ha arrastrado mis miedos, aunque te parezca imposible, ha sido la misma persona cuya visita los convocó; un viejito los ha espantado. El vizconde de D.

¿Recuerdas como me encizañó la señora K. diciendo que el amo se había cansado de mí, que había ordenado bajar de las buhardillas los baúles franceses? No te puedes hacer idea de lo que he penado preguntándome qué había hecho mal para aburrir tan pronto al señor, si en todo le obedecí. Al parecer ya  ha ocurrido antes, cuando el amo se cansa de una doncella de cama, eso soy ahora, la comparte con sus amigos. Y temí que ese fuera a ser mi destino. Encamarme con el vizconde y olvidarme.

Y casi lo consigue el estafermo. Tan compungida me encontraba por sus vaticinios que apenas si respondía a las demandas de amor del amo. Cuando él galopaba yo iba al paso y si me azuzaba, “arre, arre”, iniciaba un ligero trotecillo para perder enseguida el ritmo. Y aunque no me fustigó como otras veces, ni me echó fuera de la cama como me temí, abandonó, molesto por mi falta de interés, la carrera. Creí que aquello era el fin, que aquella noche dormiría al raso bajo las estrellas, y sin embargo me equivoqué. El amo me abrazó bien prietita y besándome suavecito en la nuca y en la orejita me preguntó

- ¿Estás cansada, pequeña? –y aunque su mano acariciaba mi piel no había exigencia en ella- Está bien, lo dejaremos por esta noche. Han sido unas semanas de mucha batahola para ti, te falta costumbre. Mañana conocerás al vizconde de D. y no debes decepcionarle. 


¿Decepcionarle? No sabes cuánto me asustaron esas palabras. ¿Acaso iba a entregarme al vizconde después de sólo unas semanas? ¿Unas semanas nada más lejos de tus dulces y mullidos pechos? Para mí había transcurrido la eternidad entera. No sabes lo vieja que me sentí. Lo mucho que odié los fantasmas que toda la madrugada anduvieron bregando, pellizcándome, mordiéndome, corriéndome por encima.

Pero querida, se calmó el viento, amaneció, llegó la señora K. con la taza del té para el amo, yo me tomé mi primer desayuno con delectación (ya te contaré en qué consiste, a lo mejor te conviene tomarlo también), y cuando me estaba volviendo a quedar azorradita se abrió la puerta del dormitorio con mucho estruendo y apareció el señor Y. cargado con un baúl, un solo baúl.

El amo lo recibió con la alegría de un niño y echándole rápido del dormitorio se levantó y con mucho juego de manos, alharacas y pantomimas abrió el baúl y esparció por el suelo las sedas, encajes, tafetanes, sayas, faldas, camisas y armiños que contenía y volviéndose hacia mí dijo:

-Pimpollito, elige lo que quieras, hoy vas a hacer tu presentación ante la corte.

Eso dijo, la corte. Pero no, no fue al rey a quién me presentó sino a un hombrecillo viejo y feo. Cuando me incliné para hacerle la reverencia toda azorada, porque el vestido que había elegido el amo para mí tenía tal escote que los pezones asomaban por encima del entredós, se me acercó, y cogiéndome por la barbilla para levantarme dijo:






- Querida, eres el más delicioso capullo que mi lascivo sobrino ha podido heredar –y luego en voz baja, junto a mi orejita y acariciándome el seno y el canalillo con los ojos, añadió-. Cuando esas tetitas tuyas dejen de mostrarse tan altivas no te conviertas en una mujer sardónica, querida, no las soporto.

 Eso dijo, el viejo… Y por poco me desmayo, pensé que la señora K. iba a tener razón, que el amo me iba a entregar a aquel viejo y se me saltaron las lágrimas. No pude evitarlo. Y entonces, ¿sabes lo que ocurrió entonces…? ¿cómo ibas a saberlo si no te lo cuento?, oh querida, fue tan loco, loco, tan diferente a lo esperado, tan divertido, que aún me ruborizo sólo de pensarlo...

Te cuento, te cuento… El amo, jugando, me había prendido sobre el seno un camafeo que representaba a la desgraciada reina María Antonieta y el viejo con reverencia lo cogió entre los dedos, pensé que pretendía sobarme un poquito, porque su mano no sólo acogía la joya sino mi seno.


- Conocí a la dueña –dijo volviéndose hacia el amo-, lo que no recuerdo es cuando te enseñé a ser avaricioso, querido sobrino.

El amo se rió sin ofenderse, nunca te lo he dicho pero tiene una sonrisa muy bonita, le pone carita de niño y da mucho menos miedo que cuando tiene la impronta del caballero-. ¿Avaricioso? ¿Eso crees, tío? –le preguntó- No es eso lo que dice mi administrador.

- ¿De dónde sacaste esto? Y en vez de la joya apretaba mi seno.

- Querido vizconde… ¿qué he hecho para que pienses tan mal de mí?

Y el viejo, fíjate, Raquel el viejo me miró con dulzura y luego, empuñando el acero en la mirada, al amo. No le dio tiempo a lanzar la estocada, el amo soltando una carcajada lo desarmó.

- Está mejor conmigo que con un granjero –dijo-. Y en cuanto al camafeo y las joyas, las rescaté de las garras de los sansculotte, las guardo en depósito.

- ¿Depósito?

- Depósito –repitió el amo-. Puede que un día alguna cabeza rodante aparezca por la puerta y las busque.


- Quieres decir que no las venderás, que a pesar de tu ruina las retendrás para devolvérselas a sus antiguos dueños.

- Tío, tío, míralas bien –lo azuzó, y el viejo obedecía, mi pezón ya rozaba sus labios y mi pecho azogado se alzaba y alzaba-, míralas…, son simples cristales de colores. Los aristócratas franceses, querido tío, tus amigos, se alhajaban con cuentas de cristal, no tenían más que vidrios y orgullo para decapitar, ¿por qué crees que se quedaron sin cabeza? Los conservo en honor a su memoria y no me digas que a mi doncellita no le sientan de maravilla.

 Y entonces el vizconde se decidió, no, no me mordió, no. Con mucho cuidadito de no pincharme lo desenganchó del corpiño y cogiendo una peluca del baúl lo clavó en ella; luego me pidió que me pusiera de rodillas delante de él. Y cuando ya temía que se fuera abrir la portañuela y sacar su triste instrumento, con las dos manos, como si fuera un obispo en una coronación me la encasquetó. Se alejó unos pasos, comprobó el efecto y como no debió de gustarle, me pidió que me levantara, le obedecí; el amo a todas estas mirándonos. El vizconde comenzó a desatarme la falda con dedos diestros, yo temblaba, no podía dejar de pensar que ya estaba todo perdido, que allí delante del amo me iba a montar, que a la noche me mandarían a un burdel de esos que la condesa decía que abundan al lado de los portazgos. Temblaba cuando me quedé con la camisa interior, tan fina, tan transparente. El amo mirando con su sonrisa cínica en la boca…

Entonces, entonces…, oh, sé que estoy haciéndote sufrir, lo sé, pero es que fue tan inesperado, había sufrido tanto toda la noche pensando en cuál sería mi fin que aún tiemblo recordándolo, de risa. Entonces querida Raquel, el vizconde de D. padrino y tío del amo, cogiendo de uno de los baúles las tres faldas que se usaban en la corte, secrete, modesta y una fripone con lazos y cola, me vistió con la apariencia de la reina María Antonieta en sus días de gloria, eso hizo. Y en ello anduvimos toda la mañana, él vistiéndome, desnudándome y contemplándome, buscando como decía el sublime efecto.




Y el amo te preguntarás, el amo se encerró por horas con su administrador y el del vizconde en el despacho. Al parecer, es posible que sea más pobre que las ratas. Al parecer, y esto no lo sabe aún nadie más que el vizconde y yo, la condesa no le ha dejado nada en herencia, al parecer, todo se lo ha dejado a  un señor llamado Hipotecas. Cuando le pregunté al vizconde como era eso posible, contesto:

- Querida, ”Qui capite ipse suo instituit vestigia retro”; y como vio que no había entendido nada añadió, tapándose la boca con el pañuelo, él también un poco azorado por la confidencia y no porque en esos precisos instantes me estuviera ajustando unas medias de seda que en las nalgas presentaban dos aberturas bordadas con hilos de oro.

-Lo que significa, pequeña, que  mi cuñada utilizaba la cabeza para andar y pensaba con las zapatillas de seda.


Me  despido, Raquel, mi implacable amo acaba de entrar por la puerta y por lo rápido que se está desvistiendo y el frunce de su ceño no parece muy feliz. Tengo que compensarle por lo de anoche y por el día tan feliz, descansado y placentero que he pasado con el vizconde. Trae el cetro muy mustio y voy a aplicarme en resucitarlo. Me temo que si lo consigo, mañana los agujeritos de las medias habrán perdido sus hilos de oro y andarán un poquito deslucidos.