sábado, 11 de agosto de 2012

Diabluras de Verano III



Jamás pude imaginar que el blog se diese a conocer en el Cultural de El País tan rápidamente, agradecida quedo por la oportunidad. Lo malo es que os marcháis sin decir adiós.

Y me figuro lo que pensáis. Sólo una cosa, Diabluras de Verano no es una novela, en la primera entrada se explica su porqué.

Y sí, lo reconozco, tenéis razón, Samantha o La Recompensa de la Virtud no es muy original, al menos en sus primeros capítulos; pero es que ninguna de las novelas que escribía Amada M.E., ñoñas para lo que se estila por ahora que “está llegando el invierno”, lo eran. Lo avisé, lo que ella hacía era una recreación de obras ya existentes, llamadlo homenaje, metaliteratura o simple plagio y Samantha no es diferente. 

Samantha es “un homenaje” a Pamela o La Virtud Recompensada del inglés Samuel Richardson, un bestseller en su día, allá por 1740 cuando se publicó por primera vez. En España lo hizo tan tempranamente como el año 1799. Cátedra en su colección Letras Universales tiene una hermosa y cuidada edición por si queréis echarle un vistazo.

Pero eso recrear, homenajear o plagiar era lo que Amada había hecho toda su vida y no pudo sustraerse de hacerlo una vez más y, me temo que última, con su nombre, y así, al igual que Pamela, Samantha está escrita en estilo epistolar y trata de las aventuras de “una dulce doncella”, cómo diría ella, salvo que en Samantha, Amada ironiza sobre “el triunfo de la virtud” y así en el prólogo del editor hace una loa a la obscenidad y a la mala conducta, al contrario que Richardson


Así que no matéis al pianista… Esto es lo que hay, yo no puedo cambiar nada.
Amada tampoco.

Cómo os contaba en la entrada anterior, después de la operación la relación entre nosotras volvió a ser tan gélida como siempre. Normalmente era yo la que llamaba para interesarme por su salud, al principio todas las semanas, luego harta de monosílabos, una vez al mes. “Bien”, me decía, siempre “Bien”. Aún así, a las doce en punto del día 29 de enero de 2008, la esperé apoyada en la barandilla del estanque del Retiro.




Cuando vi ante mí a una mujer con el pelo entreverado de canas, las cuerdas del cuello desnudas, a pesar del frío, tensas como si fueran las sogas de las que pendía un cuerpo desgalichado, os juro que me costó reconocerla. Si aquella era la mejoría que había experimentado, no me imagino cual hubiera sido su aspecto si hubiera tenido una recaída. Muy pálida, delgadísima, simas más profundas que las de las Marianas rodeando sus ojos, los pómulos embarrancados, la piel gris, sudorosa, mustio el pelo, apelmazado, oliendo  a enfermedad, a vejez, y no, no era vieja, apenas cincuenta años. Cuando le pregunté si se encontraba bien me miró esquinada y dijo con una sonrisa en el filo de los labios.

- Mejor que nunca, Marien.

Hablamos educadamente del tiempo y de mi viaje hasta que nos sentamos en un velador del quiosco vacío. Me arrebujé en mi abrigo, demasiado elegante para el día. A Amada no parecía importarle. Pedí un café y ella un té verde, por supuesto que no tenían y enfadada, o al menos aparentándolo, le pidió al camarero un vaso de agua “del tiempo” recalcó. Cuando el hombre se marchó, Amada, llevándose la mano al bolsillo, sacó un librito de tapa dura que teatreramente puso delante de mí. Se titulaba “SAMANTHA O LA RECOMPENSA DE LA VIRTUD”. En la portada junto a una ilustración a carboncillo de una jovencita desnuda, en letras capitulares, figuraba su nombre.

La felicité, al fin, después de casi treinta años de publicar bajo seudónimo lo hacia con su nombre. Aunque mi entusiasmo disminuyó cuando me di cuenta de que se trataba de una edición personal. Amada se anticipó a mi desencanto.

- Es el primero que me ha enviado la imprenta –dijo arrancándomelo de las manos y contemplándolo con un inesperado arrobo, luego con una sonrisa resignada me lo devolvió-. Es para ti…

- Me marcho a Nueva York por un tiempo… -añadió acercándoseme, su aliento corrupto me golpeó la cara, tuve que clavarme las uñas en la palma de la mano bajo la mesa para no echarme hacia atrás. Se inclinó un poco más, tal vez porque mi instinto venció sobre las uñas y giré ligeramente la cara; bajó la voz y dijo –las dos, nos vamos las dos.

Las dos significaba Margot, la artista.

Se me escapó un ¡Ah!, por lo inesperado de la confianza y apoyando mi sorpresa en el respaldo de la butaca, rehuyéndola una vez más, respiré profundamente; el aire cargado de invierno me supo a gloria.

- Si es el primero… -rezongué disimulando– llévatelo, ya me darás otro cuando vuelvas –dije devolviéndoselo.

Por un instante parecimos dos palomas jugando sobre la mesa, porque lo rechazó, y puso de nuevo el libro en mis manos mientras, con tono de aquí se acaba la discusión, dijo:

 No. Éste es para ti, te lo he firmado.

Era cierto. Una dedicatoria bien insulsa por cierto. “Para Marien por tantos años de afición compartida”, decía.

- El resto se encargará la imprenta de distribuirlos, no sé cuando regresaremos. Margot ha decidido lanzar su carrera –me explicó. Últimamente a la artista le había dado por la fotografía, y comenzaba a ser conocida en determinados círculos del barrio de Chueca -.Quiere pasar el invierno allí. Tiene en mente un proyecto sobre las ventanas de Nueva York –añadió, dejándome una vez más con la boca abierta, increíble en ella tantas explicaciones.


- ¿Las ventanas de Nueva York, en invierno? –Me burlé- ¿Y no le habría dado lo mismo fotografiar las de la Gran Vía?

Lo sé, lo sé. No estuve muy afortunada en el comentario, la verdad. El hielo veló sus ojos y casi frió a una paloma que peligrosamente zureaba entre sus pies. No le hizo gracia mi proposición, aunque también pudiera ser que lo que no se la hiciera era pasar el invierno encerrada en un agobiante apartamento neoyorkino. No sé.

Cumplido su objetivo le entró la urgencia de las maletas y se marchó dejándome con la palabra en la boca y al camarero con el vaso de agua, del tiempo, en las manos. No me enfadé, ella había sido siempre así, brusca y desatenta. Y me olvidé. Sí. Me olvidé de Amada y Margot, me olvidé de Samantha, que ni siquiera leí, entre otras cosas porque mi casa se derrumbó literalmente.

Así fue como llegó a mis manos. Esta es la pura realidad. Pero si no os gusta volved otro día, habrá otras historias.

Ahora os dejo con el prólogo del editor y un fragmento de la carta en que Samantha se queja a su amiga de la educación recibida. 

Samantha
 o la Recompensa de la Virtud


Prólogo del editor 

Si divertir, entretener e instruir las mentes de las jóvenes doncellas.
Si inculcarles las virtudes de la pasión de manera sencilla y agradable.
Si pintar el vicio con sus oropeles de oro para hacerlo merecidamente agradable y fijar la virtud en toda su iniquidad para hacerla parecer castradora.
Si mostrar la religión y su viciosidad de manera clara y prístina
Si crear personajes deshonestos y egoístas y apoyarlos completa y decididamente.
Si dar ejemplo práctico digno de ser seguido en los casos más críticos por las vírgenes, las torpes, las novias y las esposas
Si llevar a cabo todos estos dignos propósitos atraen la atención de lectores insensatos y obsesos haciéndoles tener la historia en gran estima
Y todo ello sin dar en todo el texto una sola idea que no ofenda la más pura inocencia (si es que aún existe)
Esta editora se da por satisfecha y no cree oportuno pedir ninguna disculpa por ello.
Tú sabrás lo que te conviene lector anónimo.



(Fragmento del capítulo 2)

Querida Raquel, que terribles te parecerían mis noticias del billete anterior, lo sé, visto con tus virginales ojitos debe ser un sin vivir sentirte presa de las garras del demonio, pero Raquelita, no te equivoques, el rabo del demonio es placentero una vez que se le conoce bien y te mueves a su ritmo.

¡Cuánto tiempo desperdiciado, pequeña mía, mientras jugábamos a ser virtuosas! Y no, no me condenes, tú no lo sabes, pero ni la lujuria ni el pecado llevan al infierno, al contrario, Raquelita, desde que conozco al demonio vivo en el cielo.

!Oh Raquel, cómo hacerte llegar a tu dulce corazoncito la cualidad esencial de la pasión. No es que nuestra queridísima ama quisiera nuestro mal, no digo eso; pero sí que era egoísta al no permitirnos disfrutar de lo que en verdad es el amor... temía que la abandonáramos en cuanto nos reconociésemos la primera vez en la verdadera pasión que, no es otra que, satisfacer el apetito vehemente del ser amado,  ser el cordero en su mesa.

No te enfades conmigo porque te escriba éstas que tu creerás duras palabras contra la condesa. Ella prefirió rendirnos con melodías de un sólo instrumento y mimosas entregas para librarnos de las malignas perturbaciones de la verdadera pasión. No lo son..., porque ahora que  a todas horas se abaten sobre mi cuerpo esas dulcísimas torturas contra las que tantas veces nos previno, convengo con ella que si se llegan a satisfacer en edades tempranas la sociedad entera, tal y cual está establecida se desmoronaría.


 Imagínate que mundo sería aquel en el que todas las personas se dedicasen a satisfacer los apetitos del cuerpo. Nadie trabajaría, y quién haría las camas, quién prepararía la comida, araría los campos, pescaría los peces. ¿Lo entiendes, ahora? Por eso sólo ellos, los poderosos, conocen la pasión, se refocilan en ella; por eso apoyados por los hombres de iglesia estipulan los tormentos del infierno para quien pecare contra la carne y nos ensalzan como meta la gloria incorpórea del cielo.

El amo dice que no hay mayor gloria ni en el mundo ni en la eternidad que la del cuerpo. Y me ha asegurado que las doncellas pobres, como tú y como yo, a las que nuestra cuna e ignorancia nos aleja de ese goce, no necesitamos morir para vislumbrar el cielo, que es su rabo el que tiene las llave de acceso. Y es verdad.

Oh, Raquel, siento haber escrito palabras tan sucias, que sin duda te escandalizarán; no han salido de mi corazón, ha sido el amo quien mientras embardunaba de jabón mi chochito para dejarlo tan límpido como cuando tú me lo comiste la primera vez, entre risas, me lo ha dictado.

Mañana, si puedo, te mandaré otro billete explicándote lo que se ha acordado que sea de ti. No te preocupes, querida, que yo velo…

Tuya afectísima,
Samantha.