domingo, 2 de septiembre de 2012

Diabluras de Verano IX


No ha sido fácil para mí tomar posesión de la casa de San Lorenzo de El Escorial, y no me contradigo, no quisiera perderla, pero tampoco vivir de continuo entre sus humedades.

Ya la primera vez que entré allí, en vida de Amada y Margot, me impresionó por su apariencia de presidio de frontera, de refugio contra los barbaros. Después de visitar la luminosa casa en que se crió Margot, los patios y los corrales empedrados de cantos redondos con las paredes encaladas y los rodapiés de azul añil, (que el ayuntamiento, por cierto, mantiene impolutos, repletos de aperos de labranza, museo etnológico lo titulan, una de esas chuminadas por donde se nos ha escapado el futuro), no me cabe duda de que cuando “la artista” traspasó sus umbrales, se sintió en libertad vigilada

No, no fue muy generosa Amada encerrándola allí recién salida del psiquiátrico, pero tal vez no fuese ella la culpable, tal vez cumplía órdenes. Lo que me lleva a pensar que la muerte de Eduvigis no fue tan accidental como decía el atestado judicial. Y que el psiquiátrico y la fortaleza fueron la sentencia impuesta por el juez, su implacable tío Don Antonio Serrano Serna, el marido de la bruja de la Paparrastra; eso sí, sin juicio ni tribunal, en silencio y por lo privado. De ahí el cambio de nombre, de ahí el olvido. De ahí la fingida locura de la anciana.


Una familia tan principal como clamaba la casa-museo y controlando, en aquel tiempo, los resortes del poder municipal no podía consentir otro escándalo. Primero la madre, loca, prende fuego a la habitación del hotel y mueren nueve personas, incluida ella y su marido; luego, la hija, justo durante las Gregorianas (lo sé, lo sé y sin mirar la Wikipedia, las nueve misas que se rezaban después del entierro, el precio del rescate del alma de los difuntos para librarles del purgatorio, cosa de curas y beatas), golpea, tal vez accidentalmente o adrede, a la mujer que la crió y la mata. Qué familia aguanta tanto desorden, ninguna, ni siquiera las de la realeza.

 Lo acallaron. Porque de la culpabilidad de Margarita Requena en el incendio del hotel no hay ninguna duda. En el expediente figuran los informes de los investigadores de la policía judicial, de los bomberos, los testimonios del dueño del local sobre el comportamiento errático de la señora Requena la noche anterior al incendio, del escándalo que montó en el comedor. “Una escandalera como no se había visto nunca en mi hotel”, confesaba el dueño. “Gritaba como una loca que la estábamos envenenando, que su marido la quería matar, que su plato estaba lleno de hormigas, y se lo lanzó al viejo”, declaró el maître. “Y no había hormigas. No había más que un riquísimo carpaccio de bacalao, señoría”, se defendió el cocinero. El incidente se saldó con Manuel pidiendo disculpas a todo el mundo y la cuenta en recepción, al día siguiente se marcharían.


Y allí se quedaron. Enlazados el uno en el otro, retorcidos sus huesos por el fuego, él abrazándola a ella contra su pecho, las bocas juntas en un último y eterno beso. Las fotos espeluznantes. Y lo que también consta en el expediente, el nombre del familiar que reconoció los cuerpos. Su hija, su hija Ana Margarita Serrano Requena. La última vez que aparece su nombre en un documento oficial.

Luego para siempre, el silencio. Hasta que apareció Vanessa. Pero ya nada pueden contra ella. El juez muerto, Margot muerta, el hijo del juez, el heredero, muerto (un accidente de coche) y la Paparrastra, sola, abandonada, purgando en vida por los pecados de todos.

Y con esos antecedentes de insania, con las imágenes de los cuerpos carbonizados de sus padres en la mente, qué de raro tiene que Margot sufriera un colapso. Hay que ser muy fría o estúpida para asumir una muerte tan cruel y no temer un destino semejante. No tuve la seguridad hasta que Vanessa, vestida como la zorra que es, sustrajo de los archivos del manicomio (mejor ocultar su nombre, por si acaso) su ficha completa, incluidas algunas cintas de la sesiones de Margot y su psiquiatra.


En ninguna acepta el crimen. Solo los demonios, los monstruos y las llamas y lo que son las cosas continuamente pregunta por Duvi, Eduvigis “¿Dónde está Duvi? Que venga Duvi, que barra debajo de la cama, que saque los monstruos, que se lleve las hormigas”. Hay una grabación en la que aparentemente se recoge una conversación entre madre e hija sobre… hormigas. Aunque sólo se oye la voz de Margot. La transcribo.

- ¿Qué hace la hormiga huyendo del sol, Anita? –dice Margot al psiquiatra fingiéndose su madre.

- Le hace daño –le había contestado escueta.

- La hormiga no sabe que el sol es el sol –respuesta al parecer de la madre.

- La está quemando.

- Ese resplandor dorado no es el sol, hija, es tu lupa.

Eso dijo, es tu lupa. 

- ¿Y era tu lupa? –le pregunta el psiquiatra. Y el silencio ominoso se escucha por momentos.- ¿Margot, era tu lupa la que quemaba a la hormiga?  -insiste el doctor.

- Era el sol –respuesta de Margot. Jamás aceptaría su crueldad. Jamás.

Conclusión, la madre y la hija como dos chotas. Amada, mi amiga Amada aprisionada en su mundo de locura y crueldad. Vigilante y a la vez prisionera. Y lo entiendo. Lo entiendo. Entiendo que consiguiera una pistola en las malas calles de Nueva York e intentara acabar con ella. Dos muertes en su haber tenía “la artista”, tal vez tres porque de Luis Alfredo su antiguo novio, aquel del que creía que estaba celosa mi amiga lleva casi quince años desaparecido. Los que han transcurrido desde la borrachera en la noche de la Fídula. Tal vez la bruja mala tuviera razón cuando me gritó aquello de “tan cómplice como la tortillera”. Por el como. Y sé que no hay que morir en pecado para ir de cabeza al infierno, que basta con amar a un demonio encarnado, que el mal no nos hace tan libres como se publicita.

En fin, dejemos la moralina y atengámonos a los hechos. El conocer el verdadero nombre de Margot ha facilitado las investigaciones de Vanessa, toda orgullosa por los dos nuevos personajes que han caído en su red, un político y un reputado intelectual orgánico. Y es que el desván de la casa de San Lorenzo de El Escorial escondía un tesoro. Una vieja colección de fotografías hoy en día impublicables. Qué Amada no las destruyese antes del viaje a Nueva York me lleva a pensar que la tormenta desatada el día que invocamos su espíritu no se debía a su enfado por mis indiscreciones, que era un fenómeno totalmente natural.

Ya os contaré… Os dejo con otro fragmento de Samantha, precisamente en el que conoce a los demonios…

Samantha

O la recompensa de la virtud






Querida Raquel, qué alegría recibir tu carta, tu preocupación por mi bienestar es tan reconfortante. Me preguntas insistentemente por los demonios, si son una especie de fantasmas como los de la señora J. que visitan las alcobas de las damas de madrugada. Oh, querida, me temo que no lo son, no lo son. Son peores, estos vienen de día y con la sobrepelliz puesta. Y no traen alas negras, aunque me temo que al igual que los de la señora J. si me faltara el cuidado del amo y el vizconde querrían que me comiera su plátano, al menos el más joven. Hay que ver con que ardor me consumían sus ojos.

Son dos. Uno contrahecho y averrugado, ojos hundidos, vueltos los párpados, las pestañas carcomidas, la peluca torcida, la calva apenada y la boca consumida. Con las piernas cubiertas por unas calzas manchadas de barro y la levita cubierta de grasa se presentaron. Y es que llegaron en la espuma de la tormenta. De repente, por esta bucólica campiña, ni tiempo he tenido de describirte la dulzura del paisaje que rodea la mansión, estalló una impetuosa galerna. El viento y el agua se aunaron para con estruendo dar por terminado un desayuno un poco desasosegante, tal vez porque con la encalmadura mi sangre barruntaba la tormenta, el caso es que me sentía intranquila, muy intranquila. 




¡Oh querida!, antes de seguir con los demonios tengo que contarte lo que me ha confesado el amo. El vizconde es un eunuco. Sí, sí…, bueno yo tampoco lo entendí al principio, debí poner cara de estúpida, porque el amo se rió a carcajadas y me contó, entre galope y galope, que eso significa que el pobrecito no puede ganar ninguna carrera, que le cortaron las gónadas cuando era chiquito.

 ¿Te lo puedes creer, las gónadas? No, yo tampoco sabía lo que eran, pero es que no sabes todo lo que hay que aprender para ser una buena doncella de cama. Son sus pelotitas, las que les cuelgan a los hombres a los dos lados del rabo (¿has disfrutado ya del de tu esposo?) Por si acaso no las has sopesado aún te advierto que las del amo pesan casi tanto como la cabeza del mazo del croquet, créeme. Pues resulta que al vizconde lo crió un maligno tío. Sí, un barón que decidió pasar la vida subido en los árboles que rodeaban su mansión, pero que con todo y con eso, no solo controlaba a sus pupilos sino el devenir de toda la región. Al parecer…, por favor, no se te ocurra contárselo a tu esposo ni a tu hijastra, si se llega a saber por mi culpa me moriría de vergüenza, el viejecito es tan cariñoso conmigo…

Te decía que cuando aún era un pequeño caballerito que aprendía a meterla en corrala ajena, su tío Cosimo de la Redondera ordenó al barbero de la casa que se las cortara a ras. Y sin gónadas no hay gozada, sabes, el rabo se queda sólo para el pis. Dirás que era un hombre cruel y así lo creo yo también. El amo dice que eran cosas de tiempos salvajes, pero que no debo llorar por el vizconde porque si antes era él quién disfrutaba metiéndosela a los pajes (con uno lo pillaron en las caballerizas) el resto de su vida la ha pasado recibiendo los homenajes de esos mismos paje y sobajeando a damitas jóvenes como yo.

Retomo lo que te contaba del día de la tormenta. El amo insiste en mi educación, no para de enseñarme como debo comportarme para darle placer y recibirlo. ¿Sabes? No sólo es cuestión de ritmo y de tragaderas, el amo dice que son imprescindibles las palabras incitantes y las miradas retadoras. Me explicó que si ansío una cabalgata no puedo limitarme a llamar al mozo de cuadra, decirle, “estoy húmeda” y esperar a que ensille el caballo. Así no se comportan las damas.

Una dama debe bajar los ojos, fijar una mirada ansiosa en la portañuela del caballero, dejar escapar un suspiro, sacar el pañuelo y suavemente pasárselo por el canalillo, de esa manera tan peculiar él caballero comprende que lo que de verdad le ocurre es que se muere porque le den un buen repaso. Cosas de la sociedad.


Viene esto a cuento porque en mi inocencia, el día de la tormenta se lo solté. No fue divertido, al menos para mí. Y todo por culpa de nuestra ama, que nunca quiso educarnos para verdaderas cortesanas. Te cuento, como el amo está tan ocupado últimamente por las mañanas temprano no practicamos la equitación, ni casi lo veo. 

Esa mañana estaba triste por tu falta de interés y la de él. Me sentía muy desgraciada, el vizconde, el pobre, hacía lo que podía para contentarme, me daba sorbitos de su taza de chocolate, un bocadito de bizcocho, me pellizcaba el pecho y sonreía fingiendo un interés que estaba lejos de sentir. Pero no conseguía distraerme, pensaba en lo que sería de mí si él y tú me olvidabais, de repente. hizo su aparición el amo y toda la casa y la habitación pareció despertarse como si un remolino hubiera abierto de golpe todas las ventanas. Me cogió en sus brazos, me alzó de la silla y girando conmigo, agarrándome prietamente las nalgas decía.



- Mi dulce Samantha, cuánto he añorado tu pequeño conejito, lo guardarás calentito para mí,  ¿verdad?

Y claro yo asentí sin más. Deseando que subiésemos a la alcoba, para qué esperar a la noche. Pero todo se alió contra mí querencia. El señor Y. se presentó de inmediato con su desayuno, un plato lleno de huevos y salchichas y él impaciente me soltó rápidamente encima de la mesa en frente suyo. Pensaba que me iba a acariciar o a tomarme allí mismo como otras veces hacía cuando estábamos solos, claro que la presencia del vizconde lo impedía y también la del señor Y., pero te aseguro que me derretía por dentro al pensar que cogía el jarro de la crema, me la vertía por el cuerpo y luego con delectación me lamía; pensaba, pensaba que eso iba a suceder y no dejaba de removerme, sentía un comezón en la entrepierna…


Él parecía no darse cuenta de mi incomodidad, y tragaba con delectación y hambre los trozos de salchicha y yo pensando que bien podía darle entre bocado y bocado una chupadita a los pezoncitos de su cordera, y me removía, y la deshabillé se descruzaba y mostraba una puntita... Y él, él soltó un eructo, un placentero eructo y encendió un puro. Cuando exhaló los primeros humos me rebullí impaciente y entonces si se dio cuenta de mi excitación y con voz calma pellizcándome ligeramente el muslo me preguntó

- ¿Cómo está mi palomita?

Y yo, inconsciente porque deseaba lo que deseaba, le contesté.- Húmeda mi señor, y entonces, entonces estalló la tormenta. Pero no la que yo esperaba, no me levantó la bata, ni me buscó la grupa ni me abrió las piernas, sino que el cielo se oscureció de repente, todos los tambores redoblaron en el cielo y el viento, el agua y el granizo comenzaron a anegar los campos, y entonces el vizconde, el vizconde me cogió de la mano y cuando más agua caía me sacó al jardín. Al parecer, según un sabio romano llamado Plinio el viejo, cuando hay tormenta las mujeres jóvenes deben bailar desnudas para ahuyentarlas.





Y en estas llegaron los demonios, que al parecer nada sabían de las enseñanzas del sabio romano y gritaron ¡Anatema, Jezabel, súcubo de los infiernos y el más viejo quería romperme el bastón sobre los hombros. Qué miedo pasé, qué miedo Raquelita, hasta que el amo salió y me rescató cubriendo mi desnudez con su casaca. Yo estaba temblando, dolorida por la granizada y asustada por los insultos del viejo, que resultó ser nada menos que el vicario del pueblo. Querida, en nada se parecía al vicario saltarín que visitaba a la condesa, ¿recuerdas como patinaba con nosotras en el lago?

Entonces el amo para arreglar las cosas les explicó que yo era una pupila suya, una pupila francesa, que en la Francia revolucionaria habían enseñado a las jóvenes a bailar desnudas al dios del trueno, que era cosa de los malditos jacobinos que habían matado al Dios de los cielos y encumbrado al de la razón, y que él y el vizconde me habían traído a la mansión para librarme del pecado y la perdición que, dada mi condición de huérfana, seguramente habría sido mi destino. Y sabes, sabes lo que es peor… que han acordado que a partir de mañana el vicario me visitará a la hora del té para impartirme el consuelo de la religión.