domingo, 9 de septiembre de 2012

Diabluras de Verano XI


Y resultó que el ex ministro y Vanessa se equivocaron. Resultó que  Luis Alfredo Ledesma Cuenca estaba al mismo tiempo muerto y desaparecido.

En hablando de políticos no es extraño, no hay más que ver dónde nos han llevado su falta de escrúpulos y su ineptitud, en cuanto a Vanessa estuvo bien que recibiera un correctivo, se creía mejor que la señorita Marple. Eso sí, el error no la amilanó. Lo asumió y encontró al muerto. Nunca hay que menospreciar el poder de convicción de unas poderosas domingas. Y las suyas lo son y mucho. Copa C talla 115.

A pesar de Twitter, Facebook, Twenty, a pesar de Google y de la desvergüenza de Telefónica, la gente corriente no es fácil de localizar. No si no quiere. Y el primo de Luis Alfredo, el compañero de viaje del ex ministro,  no deseaba ser encontrado. Al parecer, al poco de abandonar Anita el piso preñó a una novieta de diecisiete años y al suegro no le hizo falta sacar la carabina como a los de Siete novias para siete hermanos. Lo casaron, el partido le aprobó unas oposiciones de secretario de Ayuntamiento y a provincias lo desterraron.



En el escalafón aparecía en excedencia, pero Vanessa lo encontró de secretario en una mancomunidad de la serranía de Cuenca. Ojo, que se levanta sus buenos ochenta mil euros al año. Claro que en los que estuvo en excedencia, en los que trabajo de asesor de diferentes consejeros del partido en distintas comunidades autónomas, contrajo tal cantidad de deudas que ni siquiera la venta del piso de la calle Goya, consiguió saldarlas.

De ahí su desaparición nominal. Luego resultó que por una copa de bourbon de Kentucky, un cuenco de panchitos y una visión panorámica del Gran cañón del Colorado, a través del escote a pico de la camisa de Vanessa, largó cuanto sabía e incluso nos entregó la documentación que sobre la desaparición de su primo había reunido, basándose en ella, encontró Vanessa al muerto.



Para empezar nos aclaró que Luis Alfredo no debía su nombre a ningún protagonista de culebrón venezolano sino a sus abuelos, y no era ni pobre ni rico, aunque disponía de un buen pasar, al parecer la indemnización por la muerte de sus padres en accidente de coche ascendió a más de cien millones de pesetas. Es decir, que no necesitaba ni trabajar ni estudiar, aún así estudiaba medicina.

Y además estaba loco. Y no sólo por Anita-Margot, sino de suyo propio. “Era feo y sentimental,” se burló, “rostro caballuno, gafas gruesas, ojos espantados, entradas pronunciadas, alto y desgarbado, muy desgarbado como si le faltaran los tendones”. Y estaba loco”, insistió, aunque luego matizó que se trataba de un loco pacífico que vivía sólo en un piso de la calle Goya, esquina con Velázquez.

- Anita era una gran mentirosa –dijo antes siquiera de que le preguntáramos si la conocía-. Loca y mentirosa, mi primo estaba loco, sí, pero jamás mentía. ¿Sabe lo que le dijo cuando lo conoció? Que era huérfana, sí, huérfana. Luego, cuando aparecieron sus padres, Luis Alfredo se lo afeó y ella se rió, le contestó que había mentido por solidaridad, para que no se sintiera sólo en su orfandad-. De atar, ¿no creen?

No le contesté, la referencia a los padres de Anita me había dejado sin habla. Porque lo que acababa de decir era que sus padres llegaron a  Madrid por los días en  que Amada y Anita-Margot se conocieron, obligándola a reformarse. No me la imagino continuando con su vida disoluta y promiscua con Manuel y Margarita de testigos, ni acostándose con sus amantes en su cama ni siquiera faltando a la hora de la cena. Tal vez esa circunstancia influyó en su apego a Amada.


- Mi primo padecía insomnio –decía el funcionario-, en llegando la noche se dedicaba a recorrer las calles de Madrid, Anita le acompañaba cámara en mano; por entonces no la dejaba ni para ir al baño. ¿Conocen las fotografías del Mono bajando del árbol?

Las conocíamos, claro que las conocíamos. “Así que cuando se enfadaron con ella por las fotos y la echaron del piso se fue a vivir con su primo”, dije. “Para entonces Luís Alfredo ya no se quitaba su nombre de la boca. Estaba enamorado”, me contestó. “¿Se acostaban?” preguntó Vanessa.

- No lo sé, me imagino –contestó aburrido. Y me alegré, sí. La idea que me estaba haciendo de Luis Alfredo era la de un trasunto del Marqués de Bradomín en joven, feo católico y sentimental-. Luis era muy discreto, yo sólo puedo hablar de lo que vi, por ejemplo, estuve presente la primera vez que quiso fotografiarlo y él se negó, le dijo que traía mala suerte retratar a los muertos. “No hueles”, le contestó ella. Porque me embalsamaron”, replicó él. ¿Absurdo, no? Pues sus conversaciones eran de ese estilo, preguntas sin sentido y monosílabos. ¿Se acostaban? No sé. Inseparables eran hasta que apareció el padre, le dijo que habían comprado un piso en la calle Delicias y Anita se fue a vivir con ellos.

- Ana está muerta –le anuncié- Ella y su pareja Amada Muñoz murieron en Nueva York en el 2008.

- ¿En Nueva York, con la Porky, todavía andaban juntas? –No fue el insulto el que me dejó sin habla.



- La conocí. Miren, a mi primo esas dos le hicieron polvo. Se corrían en su  propia cama. Sí, no me miren así, sé lo que digo, su amiga Ana o Margot o como quiera que se llamara era un mal bicho, muy bonita, sí, muy poquita cosa pero a Luis Alfredo lo destrozó. Se presentó un día con esa  mujer, Amada, le echó de la habitación y se la folló en su cama y Luis escuchando, porque escandalosa era la niña cuando se corría. Y no me lo han contado, lo sé por experiencia. Aún no me explico cómo no se volvió loco del todo. Aunque al poco lo dejó todo y se fue con los de Médicos sin fronteras a África, a Zimbabue.

- ¿Desapareció allí?

- En España. Un día hace quince años se presentó en casa de mis padres, venía negro como el tizón, más delgado que un junco pero feliz. Le explicó a mi madre que venía a pagar una deuda y que luego se volvería a Zimbabue. En broma le pregunté cómo él que era tan metódico se había largado al África dejando algo que deber y me contestó que era una deuda de las que no se pagaban con dinero, que tenía que ver a una mujer, pedirle disculpas y agradecerle su sacrificio de tantos años.

- ¿A Anita? –se le escapó a Vanessa.

- Eso pensé.

No, no era Anita, se equivocaban.

- Y se olvidó de él –le dije resentida.

-  Si, que quiere que le diga, mi madre se murió al poco tiempo y mi padre padecía Alzheimer, lo olvidé, sí, no tenía porque dudar que no hubiera vuelto a África, si durante cinco años no habíamos tenido noticias suyas que tampoco las tuviera por cinco años más no me extrañó. Sólo me preocupé cuando me enteré que subastaban el piso. Entonces hice averiguaciones, en la organización nada sabían de su paradero desde que regresó a España, recordé lo de la deuda, busqué a Anita y no, no la encontré.

- Ya no se llamaba Ana, sino Margot, Margot Serna.

- Ya, pero entonces no lo sabía, así que me presenté en el juzgado y tramité la declaración de fallecimiento, era la única manera de salvar el piso. Y no se crean que me quede tranquilo, contraté a un detective que encontró a Amada y Anita en San Lorenzo del Escorial. ¿A qué eso no lo sabían? Lo hice, y fui a verlas y les pregunté por él y Anita me dijo que sí, que lo había visto la noche anterior, que había visto como se lo llevaba el río y lo recogía el mar. Y Amada me habló de su enfermedad, de que a Luis Alfredo no lo habían vuelto a ver desde hacía más de veinte años y la creí. Dos años después el juzgado cerró el expediente y Luis Alfredo oficialmente murió. Eso es todo lo que sé.


No era mucho pero sí suficiente para encontrar en los archivos del juzgado de San Lorenzo el expediente de un hombre desconocido, entre los treinta y los cuarenta, cuyo cadáver, irreconocible, apareció en el pantano de Valmayor en el 97. Suicidio dictaminó el juez. En sus bolsillos cargaba piedras suficientes para hundir el Titanic, que en la autopsia el forense no descartase el posible homicidio no se tuvo en cuenta, los golpes que presentaba en la cabeza podía habérselos dado al tirarse al río Aulencia, cuyas aguas embalsa el pantano.

Detuve la investigación cuando Vanessa me contó que el muerto era alto, muy alto y delgado. Si no recuerdo mal, unas semanas antes de que apareciera el cadáver, Amada se presentó en mi casa y algo inaudito en ella quiso ir a emborracharse, necesitaba olvidar, porque según confesó, sin preguntas ni presión, Margot, había compartido cuerpo y cama con su antiguo novio Luis Alfredo. ¿Se emborrachó o me largó una sarta de mentiras en previsión de una coartada? No lo sé ni me importa. Los protagonistas están todos muertos, la herencia repartida y los herederos avenidos. Sí no fuera por este maldito blog todo sería ya polvo de olvido.

Samantha
O la Recompensa de la virtud



Queridísima Raquel, que dulces se vuelven los recuerdos de tus besos en tiempos amargos. Nuestra buena condesa nos previno contra los lobos que nos acechaban ¿recuerdas? De lo que se le olvidó hablarnos fue de que van en manadas, que nunca actúan solos. Tampoco nos previno contra las ovejas traidoras que, confundidas por las plumas del disfraz, les abren la puerta del redil. Ni de que lanzan los ataques cuando, dormida en la complacencia, una se encuentra inerme. 

Me ha ocurrido, Raquel. Después de que el amo espantase al último diablo me sentí tan a salvo, tan segura de mi posición, que me olvidé de que el mal nunca duerme y sus acólitos tienen prohibido el descanso. Fue tan placentero verle huir con el rabo entre las piernas. Rabo que si no llega a ser por la inesperada llegada del amo termina entre mis labios, pues esa, que no la de sacarme los demonios del cuerpo era su maligna intención.


Si ya el día anterior la visita del vicario me asustó, el anuncio de que el coadjutor me esperaba en el saloncito de té para continuar con mi adoctrinamiento me turbó. Me afanaba en engullir por los bajos un plátano siamés; en cuanto lo pelé en el comedor me maravillé por su tamaño y prestancia y lo oculté en el corpiño sin que la señora K. se diera cuenta. Ya te hablé de las nuevas habilidades en las que me ejercito, pues en cuanto subí al dormitorio me apresté a probar la consistencia de mis recién descubiertos músculos. La tarde afanada en esos quehaceres estaba resultando muy placentera.

Disimulé como pude, ante la bruja, menos mal que me encontraba en enaguas, aunque con las sayas subidas y las tetitas aireándose, porque enseguida fingí que me acababa de despertar y el descoco y la excitación se derivaba del ajetreo del sueño. Ni que decirte que el plátano siguió dentro. 


Y la verdad, más de una vez temí, mientras bajaba la escalera delante de la señora K., que se me resbalara, pero lo logré, lo logré Raquelita, mis músculos lo retuvieron y no sabes que gustito. ¡Haz la prueba, es dulce y suave. Ya te puedes imaginar lo feliz y satisfecha que acudí al encuentro del clérigo, ningún temor me embargaba.

Se presentó muy educadamente y me entregó como regalo un librito con los sermones de Fordayce sobre el orgullo y la sobriedad en las damas jóvenes, añadiendo que  lamentaba no poder dedicar mucho tiempo a mi  educación, porque andaba sumamente atareado preparando un concurso de arado en el que el primer premio era nada más y nada menos que un cuarto de una ternera de dos años, y todos los campesinos de la aldea andaban un tanto revolucionados.


Luego me preguntó si había sido bautizada en la idolatría y la corrupción de la vieja religión o si profesaba las reglas de la Iglesia de Inglaterra y si conocía y leía el Libro de Oración Común. Comprenderás que no sabía de qué me hablaba, pero yo por si acaso hice lo que mi amo sabiamente me había advertido, bajar los ojos, asentir a todo y mantenerme alejada de sus manos. Parece ser que según las normas de sir Thomas Bertram la edad idónea para que un clérigo contraiga matrimonio son los veinticuatro años y el coadjutor andaba ya rozando los treinta y seguía soltero.



El amo mientras su cetro disfrutaba de las caricias de mi lengua, me había dicho que lo que el coadjutor pretendía con sus visitas era encontrar una esposa. Y no le hice caso, cómo iba a hacérselo precisamente en esos instantes, pero luego, cuando estuve en el saloncito sirviéndole el té pensé, sí, entonces pensé que tal vez sería cosa agradable, él y yo en nuestra rectoría, tomando el té. Fíjate hasta donde llegó mi ensoñación que llegué hasta hacerme el propósito de que sí me pedía en matrimonio aceptaría y  cumpliría las reglas que mi santo esposo tuviera a bien imponerme.

En esas andaba cuando recordé las palabras del Vizconde “Nunca, Samantha, nunca se termina de complacer a un hombre enamorado ni a un hombre de juicio”. Como no me complacía hablar de iglesias ni de oraciones me atreví, al mismo tiempo que le entregaba la taza del té, a rozarle los dedos y a preguntarle dulcemente si ya había aprendido a montar a caballo. Era una pregunta inocente, te lo aseguro, que en aquellos instantes se me rompiera la tira del corpiño y mi seno izquierdo se  asomara, ni fue mi culpa ni fue mi idea. 





Te lo juro, eran palabras del amo, que siguiendo con la burla dijo que el coadjutor rezaba en las completas, la prima y aún las vísperas para que la dama de negro visitase al vicario antes de que a él se le secase la simiente, porque apenas si tenía medios propios para mantenerse y mucho menos para mantener una esposa de más categoría que una campesina, que lo que debía hacer era aprender a montar a caballo y cazar, que así mantendría sobradamente a una familia.

Como en el momento del desaguisado me inclinaba ofreciéndole el té, mis pezones fueron lo que sus manos agarraron. No sabes cómo se enfadó, la taza, el plato cayeron sobre su portañuela, el té derramado. No es que sea muy alto, es grueso y de cuello corto, ni siquiera su rostro me parece agradable y aunque no lleva barba y oculta el desaseo de su persona vistiendo con atuendos negros, podría parecer agradable bajo ciertas luces, pero aquel atardecer, se alzó contra mí con tal fuerza y determinación que me pareció estar en presencia del mismo demonio.


- Jezabel, ramera, fornicadora, pécora –me gritó, eso si, sin soltar mi pezón-. Arrodíllate y pídeme perdón, súcubo de Belcebú, suplícame que no te envíe ahora mismo a arder en las calderas de tu padre…

Y me obligó a arrodillarme frente a él, a poner mi boca justo dónde su verga se soliviantaba. No sé cuantas maldades más me dijo, Raquel, en verdad que estaba muy asustada,  no sé que hubiera sido de mí si en esos instantes no llega a aparecer el amo quien comprendiendo la situación al punto lo apartó de mí a fuerza de bastonazos. Créeme si te digo que de  inmediato olvidé las tonterías de convertirme en una mujer juiciosa y honrada como tú. Pero…

Al día siguiente el señor Y. despertó al amo de madrugada con muy malas noticias. El barco de esclavos en el que había invertido los restos de su fortuna se había hundido.

- Ya ves, Samantha –me dijo con cara triste cuando abandonaba la cama-, soy más pobre que una rata, ni para pagarte ahora tus cinco chelines tendría si fueras pupila de un burdel.


Y se marchó. A intentar salvar lo que pudiera de su fortuna, pensé, pero cuando la señora K., esa maldita hija de Satanás, vino eufórica a traerme el desayuno me explicó que el amo había partido a la mansión de la marquesa de M. quien posee una fortuna de más de un millón de libras invertida en oro del Banco de Inglaterra, que a un interés del cinco por ciento anual suponía renta suficiente para ocultar los huecos de sus dientes. Y añadió que en nada debía preocuparme, que el señor me entregaría a algún arrendatario de la marquesa para que cuando fuese a cazar por las cercanías tener lecho y conejo siempre dispuestos.

- El señor no me hará jamás eso –dije segura de mis palabras.

- Pobre incauta, como si fueras la primera –me contestó.

Y Raquel, desde entonces vivo en un sinvivir.