lunes, 24 de septiembre de 2012

Diabluras de Verano XIV


Antes de empezar quiero pedir disculpas por la semana de retraso. Cuando  comencé con las Diabluras dije que terminarían cuando llegara el otoño, pues bien, oficialmente el sol entró el 22 de septiembre, a las 16 horas 49 minutos, horario peninsular, en el otoño y aún queda otra Diablura más para averiguar todo lo que ocurrió a Amada Muñoz Expósito en Nueva York, para averiguar qué hizo Samantha la protagonista de su novela con su libertad.

Aunque no he cumplido el calendario y en puridad ya no deberían llamarse Diabluras de Verano no les cambiaré el título, si no son de verano serán veranillo…, el de San Miguel que está cerca. Gracias por esperar. 

Os cuento.

Santa Fe, la capital de Nuevo México es el tercer mercado del arte de Estados Unidos. Ese es el dato.

Desde que recibí el correo de la inspectora Taylor no he dejado de preguntarme cómo la policía estatal de Nuevo México, sabía más de lo ocurrido a Amada que el Departamento de Policía de Nueva York.


Vanessa en la búsqueda de información preguntaba “¿Han visto a esta mujer?” Y acompañaba una foto de Amada, nunca, nunca preguntó por Margot. Y sin embargo fue su autorretrato la clave para encontrarla. Por cierto que de la exhumación de cadáveres, pruebas de ADN, y todo el papeleo se encargó, por propia iniciativa la inspectora santafesina. ¿Sus razones? Ella sabrá. Resulta que la inspectora Taylor dejó la policía después de acabar con un peligroso asesino en serie, pero esa es otra historia a la que Vanessa no ha tenido acceso, los archivos son secretos y los periódicos de Santa Fe muy discretos.




Seguiremos llamándola inspectora; bien, pues la inspectora Taylor nos ha contado que fue una tal Jennifer Addy, detenida en Santa Fe al intentar vender, a una galería de Canyon Road, una falsificación de Georgia  O´Keeffe, quien tenía las pruebas en su poder. En cualquier otro sitio hubiera tenido éxito, pero en Santa Fe hasta el último coyote recién llegado por la frontera reconoce un original de Georgia de una falsificación. La pillaron, claro. Y cuando registraron su casa encontraron más falsificaciones, y una gran colección de fotografías de Antonio de D`Agata, el fotógrafo de los excesos, principalmente.

En un principio contó que había trabajado en Pacewildenstein, la galería más importante del país, “un templo del arte”,  dijo, “que había cambiado la historia del arte del siglo XX al dar a conocer a los artistas de la Action Painting, Pollock, De Kooning y después a Warhol, Basquiat, Julian Schnabell, los de la Bad Painting”,  añadiendo que los cuadros y las fotografías las había recibido como indemnización por su despido hacía casi cinco años. Que por supuesto no tenía ni idea de que  los cuadros fueran falsos, ni robadas las fotografías.

A la policía le costó desmontar su historia, los intentos de hablar con los dueños de la galería resultaron vanos, había desaparecido. Pero al final localizaron a uno de los antiguos empleados quien aseguró que lo dicho por la señora Addy era falso, añadiendo que los propietarios la habían denunciado por el robo de las fotografías.



Cuando Jennifer Addy se vio ante la amenaza de pasarse los siguientes diez años de su vida en la cárcel pidió expresamente hablar con la inspectora Taylor, quería un trato. Y cuando la inspectora Taylor se presentó le mostró las fotos de una desconocida hechas en la puerta de “Saks Fifth Avenue” y le propuso que si retiraban los cargos le explicaría quienes eran las mujeres muertas en un tiroteo con la policía el 3 de febrero de 2008 en Nueva York.

El porqué la inspectora Taylor pudiera estar interesada en el tiroteo hasta el punto de conseguir librarla de los cargos de robo y estafa es algo que se me escapa, pero dado que consiguió esclarecer el destino de Amada, reconozco que me da igual.

El caso fue que hechas las oportunas averiguaciones con el DPNY la inspectora Taylor se encontró con que la mujer de la foto era precisamente una de las  muertas en el tiroteo. La señora Addy no consiguió que retiraran los cargos pero sí, por su colaboración, una sustanciosa reducción. Y entonces entregó otra fotografía, en ésta se veían dos mujeres. “Son las muertas con unos cuantos años menos”, dijo señalando las fotos de los cadáveres primero y luego las de las mujeres. “Se llamaba Margot Serna y era española”, y entregó el pasaporte de Margot. La otra, la que mató su amigo, era su amante, se llamaba Amada y era escritora.”

Esa última frase es la que ha dado alas a Vanessa para seguir con sus oscuros manejos informáticos, “La Taylor está liada con el detective Herman, fue él quien mató a Amada, hay que encontrarlo.” La dejo hacer, pero yo ya estoy fuera. Espero que se aburra pronto ante mi indiferencia y deje de hurgar en vidas ajenas. Es buena, muy buena, tanto que estoy empezando a temerla, no sé si no terminaré yo también desapareciendo, dicen que en Nueva Zelanda hace falta gente para cuidar ovejas…






“La vi mientras merodeaba por la consigna del Museo de Arte Contemporáneo; yo andaba sin un dólar, debía dinero y necesitaba desaparecer por un tiempo, así que me dije Jenny es hora de una visita al museo. Tengo un don para reconocerlos, ¿sabe? huelen a frustración. Miran las obras con odio. He visto a tantos morderse las uñas hasta sangrar, arrancarse el pelo que sé lo que piensan “por qué él y no yo”, “las mías son mejores”…  Reconozco a un artista frustrado, a un “genio por descubrir” en cuanto le echo la vista y con ésta, además, por la forma en la que entregó la cámara a la encargada de la consigna, por su titubeo, supe que me facilitaría la vida. 



La seguí la hora y pico que estuvo contemplando los rostros de mujer de Jim Nutt y el autorretrato de Gerhard Richter. Se cuestionaba, no ya como pintora o fotógrafa, por la ansiedad de su mirada, por el esfuerzo que hacía para alzar los hombros, pensé que se trataba de algo más profundo, que se preguntaba por sí misma. Y la elegí. No sabía si podía sacarle mucho o poco, en principio ese no es el reto. Puedo no conseguir dinero pero sí una buena falsificación. No sabe usted de lo que son capaces de hacer los artistas por alguien que les diga que son un genio…, incomprendido, claro. 


Pero resultó que ésta además tenía dinero. Desde el museo se fue a Saks. En la sección de peletería la abordé. Me lo puso fácil, Saks ya no es Saks, usted me entiende, todo ese dinero extranjero tiene que sacar sus beneficios ¿no?, pues en su probador alguien acababa de dejar una mancha y salió azorada, en un mal inglés intentó explicar que se había sentado sobre la sangre y ahora tenía los pantalones sucios. 

La encargada no la entendía, realmente parecía como si le hubiera bajado la regla. Aproveché la oportunidad y hablé con la encargada que enseguida nos llevó a la sección de moda para elegir pantalones, a cargo de Saks, le dije a la desconocida, aunque la encargada no había dicho nada. Agradecida, se desahogó, no soportaba sentirse sucia, necesitaba un baño y casi llorando añadió que aquella maldita sangre le había estropeado un maravilloso día, (y el día era horroroso, frío, agua nieve, barro, atascos). La abracé y no sólo se dejo hacer sino que me devolvió el abrazo, su cuerpo temblaba. Así supe una cosa más, pero me aparté, no era ni el lugar ni el momento. La dejé en el baño limpiándose y le llevé un bonito pantalón de Prada. ·Es tuyo… si lo quieres”, le dije. Y entonces ella me contestó que se llamaba Margot.

Cuando se cambió quería largarse y no se lo permití. No tenían derecho los de Saks a estropearle su día, así que volvimos a la sección de peletería y estuvo probándose abrigos de visón más de dos horas. Al final se compró uno de cinco mil dólares. Me quedé con la boca abierta cuando sacó un talonario de cheques de viaje. Ya nadie utiliza esas cosas y allí estaba ella con un talonario de más de cien de los grandes. No lo podía gritar más a las claras, “róbame” decía. No lo hice. 



Le propuse ir a tomar unas copas a  Pacewildenstein, fue un tiro al aire que dio en la diana, la conocía, sólo con verle la sonrisa que se dibujo en su cara supe que ya eran míos los cien mil dólares. Se sentó, dijo que le temblaban las piernas, que no podía creer su suerte. Resumiendo, le dije que era la encargada de la sección de fotografía, ella me dijo que era fotógrafa, yo me sorprendí, que alegría, mua, mua… le pedí que me enseñara su obra, que andaba siempre a la búsqueda de talentos… sacó la cámara, me mostró unas viejas fotos de ella y otra mujer, otras de gente corriente por la calle a las que les habían difuminado el rostro, sospeché que imitaba a Richter, le dije que me lo recordaba, se sintió alagada, le dije que me encantaba su obra…

 “Todo eso en el probador”, concretó la inspectora, “por supuesto en el probador, luego le dije “mejor que ir a la galería lo que debes hacer es comprarte un bonito vestido de Oscar de la Renta y venirte esta noche a la fiesta de despedida que doy en mi casa. Conocerás a Antonio D`Agata”. No tiene ni idea la conmoción que sufrió cuando se lo dije, fingí no darme cuenta y añadí que también estaría Chris Martin, el líder de Coldplay, un gran coleccionista, Julián Schanabell…, “su mujer es española, como yo”, me contestó; “aunque con Julián nunca se sabe, le expliqué, te dice que viene y luego no sale de la cama”. Añadí que me cambiaba de piso y tenía una cita con el administrador así que le di mi tarjeta y expliqué como tenía que llegar desde el hotel Chelsea donde me dijo que se alojaba. El Chelsea, ¿se da cuenta de que era una estúpida pretenciosa?, al Chelsea sólo van los turistas.



“¿No temió que se le escapara?” No. Por supuesto que no. Ese pez ya estaba en el anzuelo. A las ocho de la tarde en punto apareció. Venía orgullosa, se sabía atractiva, tendría casi cincuenta años pero con la luz adecuada representaba apenas treinta y cinco. Genética, sin duda, tenía una piel blanquísima, unos ojos grandes y tristes y una boca para sorbérsela a besos, estaba bien, inspectora. You´re Wonderfull” le dije besándola con la boca abierta.

“¿Y no dijo nada cuando vio que en la casa no había nadie más que usted, porque no había nadie, verdad?" Nadie y además hacía frío, me habían coartado la calefacción por falta de pago. Pero se lo expliqué, le dije que había habido un malentendido con el administrador y los de la mudanza, que había localizado a los demás y suspendido la fiesta. Había intentado advertírselo, la había llamado, pero en el hotel me dijeron que no respondía. “¿Y era mentira?” No…, llamé al hotel, pero sólo para comprobar que era cierto que estaba alojada en él.




Me contó que había tenido una tarde horrorosa, un vampiro que pretendía llevársela al infierno. “¿Un vampiro?” Un vampiro, alguien que se alimentaba de su alma y de su sangre. Pero lo has matado, ¿no? Le pregunte en broma. No, me contestó lacónica. Pues a los chupasangres se les clava una estaca en el corazón y adiós. “¿Le recomendó que lo matase?” Señora, yo no recomendé nada, yo sólo dije lo que dije.

“¿Cómo consiguió que se quedara?” Con una copa de champán, bueno de espumoso de los Catskill y un “celebremos nuestra propia fiesta”. Se le fue la desilusión al punto, anticipó lo que ocurriría en la cama y se ilusionó, así que bebió y bebió y para cuando la besé y la acaricié ya nada le resultó extraño, lo deseaba y se dejó amar. Luego, en la cama me hablo de su vampiro, se llamaba Amada, Amadina, Amadita, Amada, era escritora, se estaba muriendo y quería llevársela al infierno. Le dije que jamás lo consentiría, que lucharíamos contra ella y le aseguro, inspectora, que me gané los cien mil dólares, que por unas horas se olvidó del infierno.

“Y despertó en él ¿no?”

No lo sé, se despertó con resaca, no lo dude, con una gran resaca y sola, en una casa vacía; sin bolso, sin cheques, sin cámaras, sin pasaporte, sin el vestido de Oscar de la Renta. ¿El infierno? Nueva York desde luego lo es. Pero oiga que  le dejé unos pantalones viejos y un jersey, soy una ladrona, señora, pero no una asesina ¡ah! y le dejé el visón. Era falso.”

Samantha
O la Recompensa de la virtud


Querida Raquel, querida…, que hubiera sido de mí sin ti, cómo podré agradecértelo algún día ahora que me encuentro tan lejos. Te debo la vida, Raquel. Decía el más joven de los demonios que la Prudencia es una doncella rica, fea y vieja a la que corteja la ineptitud, qué equivocado. La prudencia es una doncella rica y hermosa como tú. ¡Cuánto te echaré de menos!

Desde ahora te digo que me has convencido, que de todos los dioses que me han ofrecido venerar sólo daré pábulo al que se alimente del sonido del oro cayendo en mi faltriquera. Gracias a él me has salvado, y te aseguro que no consentiré nunca más que ni demonios ni ángeles del cielo tengan poder sobre mí ni mi cuerpo, que nadie, ni ser humano ni celestial arrastrará jamás mi trasero de zoco en calondra cómo diría mi  padre. A él, al dios del oro que te ayudó a comprar la vaca con la que pagaste a mi salvador y sólo a él veneraré en mi nuevo destino.



¿Estás enfada conmigo, querida? No podía despedirme, no después de lo sucedido. ¿Preferirías que me hubiera quedado a tu lado? De ser así mi cuerpo colgaría ahora de algún portazgo como antes de embarcarme pude ver el cuerpecillo desmirriado del nuevo dueño de la vaca. Te juro, dorado plumón, que no fui responsable de las muertes del vicario y del coadjutor. Quién podía imaginar que el rencor no sólo anidaba en mi corazón sino que en el del mozalbete se criaba una Quimera. Que los abusos a los que me sometían diariamente eran menudencias comparados con los que le hacían sufrir a él.

En realidad cumplió las promesas que nos hizo a las dos y su odio limpió mis manos de sangre. Porque has de saber que aunque no fui yo quién les rajó los cuellos, sí que agonizantes en el suelo les clavé una horca con gran  saña en sus partes pudendas, esas que con tanto orgullo habían exhibido ante mí, las que se habían refocilado en mis carnes. Y no sabes cómo disfruté cortándoselas, lo mismo que cuando condimentadas con sal y pimienta me las comí churrascadas en la lumbre.



¿Me convierte eso en asesina? A los ojos de la Justicia de la Corona sin duda, espero que no a los tuyos, querida Raquel. Después de semanas prisionera tenía hambre. Y no, no lamento haberme entretenido al amor del fuego mientras se retostaban sus criadillas perdiendo así el tiempo preciso para acabar con la señora K. Grande había sido mi suerte hasta entonces y no quise arriesgarme a ser atrapada, por eso huí antes de que la luz del alba convirtiese mi venganza en una cochinada.

Cuando el chiquillo regresó para liberarme después de poner a salvo su vaca ya había caído la noche y la niebla andaba baja. Me entregó un mendrugo de pan y un trozo de lengua estofada por todo alimento, y no te lo reprochó, sé que no fue tu culpa, que él se comió los chorizos, el jamón y todo lo que para mí le diste. Al menos dejó junto a la cama las sayas y el refajo antes de largarse. Te aseguro que no dijo palabra, que en ningún momento me avisó de su asesina intención.


Cuando acabé con tan escasas viandas recobré un poco las fuerzas, y aunque me sentía afiebrada y muy débil me vestí, no quería permanecer ni un minuto más de lo preciso en aquel infecto lugar, no podía arriesgarme a que alguno de mis torturadores se presentara. Así que como pude, medio turulata, pero decidida en el corazón me levanté y caminé hacia mi libertad. No me preguntes, no me preguntes si tenía algún plan porque sólo pretendía escapar.

Sí, Raquel, me han tenido prisionera en la cripta de la vieja Abadía de G. Nada más subir los escalones del cuchitril dónde me escondían, el sudario de la niebla me envolvió. Ni techo, ni nervaduras, ni cielo quedaban en aquellas ruinas. No me amilané por los monstruos que tras las columnas medio derruidas se escondían ni por las manos engarfiadas de los caballeros normandos que las construyeron que me rozaban la piel a mi paso, corriendo a través de la lechosa bruma recorrí lo que debió ser la nave central.


Sin cielo ni estrellas para guiarme avancé hacia lo que creí campo abierto, con tan mala suerte que cuando me di cuenta me había estampado en la frente el cordero pascual que tenía esculpido sobre el arco de la puerta. Perdí el conocimiento, querida, no sé por cuanto tiempo, el caso es que cuando me desperté ya todo a mi alrededor era un manto blanco. A tientas, avanzando con los brazos extendidos por delante continué la huida, con los oídos abiertos, temblando de frío y miedo, temiendo no ya a los espectros que parecían acecharme desde todos lados sino a que los vivos reconocieran mi aliento.


De pronto a lo lejos me pareció oír el resonar de un cencerro, me dije que debía haber avanzado hasta una granja y entonces me percaté que los tiritones de mi cuerpo ya no eran sólo por la fiebre sino también por el frío que con la niebla se caldeaba en mis huesos. Mi aventura había comenzado en verano y me dio por pensar que finalizaría allí, aquella primera noche aciaga de otoño, porque de pronto el barro me atoró los pies derribándome.

Me incorporé como pude y apoyándome en los brazos avancé, avancé poco a poco hasta que el sordo repiquetear del cencerro, que nunca debió existir, sino ser el retumbar de mi sangre en el cerebro, se transformó en el alegre titilar de unas gotas de lluvia sobre el cristal. Llovía y la lluvia no era amarga como la bruma sino dulce como la libertad. Y me puse en pie. Si Raquel con todo mi cuerpo dolorido me levanté, la niebla me abrió paso y todo el mal que hasta entonces me había rodeado se esfumó. 


Ante mí se levantaba una casa de piedra y a través de las ventanas se esfumaban los calores y el cobijo de un buen fuego. A punto estuve de llamar, sólo una punzada en el corazón me hizo retroceder cuando ya mi puño rozaba el cristal. Pensé que no había caminado por toda la eternidad para ir a caer en manos de otros demonios, y entonces, precavida, me asomé y lo que vi ya no me dio miedo, al contrario, todos mis tendones, mis músculos y mis nervios entonaron el Gloria.

Allí frente a mí, cómodos y bien calientes los demonios se zampaban una suculenta cena. Me moví rápido, corrí hacia las caballerizas y me apropié de la horca, con ella en la mano, bien empuñada caminé hacia la puerta de servicio; no sabía si quería sorprenderles o no, sólo quería…, sólo quería probar la consistencia de sus carnes como ellos habían probado la mía.




Cuando ya estaba por llegar una mano surgiendo de la oscuridad me retuvo, era el chiquillo, en su mano empuñaba un cuchillo de carnicero. Se llevó los dedos a la boca imponiéndome silencio. No me preguntes Raquel porqué le seguí, sólo sé que lo hice, tampoco que fuerza sobre humana lo embargo para ser instrumento de mi venganza, no me importa. Sólo sé que  abrió con estrépito la puerta que los protegía a ellos, los monstruos, de nosotros, los seres humanos y que antes de que pudieran reaccionar ya le había rajado el cuello al coadjutor. Tinto de sangre se dirigió a un tembloroso vicario que con los ojos desorbitados, con los belfos temblorosos ni siquiera era capaz de invocar a su dios, sólo dijo no, cuando el chiquillo se le acercó.

Y cuando los vi a ellos a los torturadores nadando en su sangre, sin poder contener el caudal que de sus heridas se les escapaba me acerqué y primero a uno y después al otro y les hinque con las escasas fuerzas que me quedaban la horca. Luego, golpee al chiquillo con el atizador de la lumbre, le arrebaté el cuchillo, a los demonios les corté las gónadas y me alimente. No eran muy sabrosas y las del vicario resultaron demasiado correosas, pero al menos me dieron la fuerza suficiente para caminar hacia la costa. Para llegar al mar. A la salvación.