miércoles, 12 de septiembre de 2012

Diabluras de Verano XII


Hasta allí habíamos llegado o hasta aquí, según se mire. Después de tantos descubrimientos indeseados ¿qué nos quedaba? ¿Qué nos queda por averiguar sobre Amada y Margot?

- Lo principal, el porqué de lo ocurrido en Nueva York, por qué se largaron.

- Eso lo sabemos, Vanessa, me lo confesó Amada, ¿recuerdas? Se iban porque Margot tenía un nuevo proyecto, Las  ventanas de Nueva York

- Te mintió –contundente-. Se marchó porque no podía dejarla irse sola. ¿Recuerdas? Margot era una homicida.

Vanessa y su lógica. No podía aceptarla, suponía dar por válidas todas las sospechas, convertir a Amada en cómplice y carcelera.


- Lo era –apostilló mi Marlowe particular.- Si no lo has visto todos estos años es porque no te han importado lo suficiente. No eres demasiado confiable Marien, por muy buena persona que te tengas.

Me quedé atónita, cómo de analizar la relación de Amada y Margot había pasado a convertirme en gente poco recomendable.

-No sería tan mala amiga cuando me ha nombrado heredera –contraataqué por eso de la mejor defensa.

- Sabía que eras una cotilla –se burló- que no dejarías que el polvo cubriera su historia. Por eso quedó contigo en El Retiro, por eso te entregó “Samantha”. No te regalaba el libro, te daba un acicate para que escribieses ese maldito blog, para que la hicieras famosa. Ella te contó la historia.



Me reí, me reí a carcajadas, tanto, que tuvo que sujetarme, apunto estuve de desternillarme, de perder mis agarres y levitar, otro corpúsculo más navegando sin rumbo por éter. “¿Famosa, con mi blog?”, le pregunté cuando agarrada a sus manos conseguí hacer tierra.

-Tengo una teoría –dijo soltándome, limpiándose las manos en las perneras del pantalón como si mi tacto la hubiese manchado. Bien, ya sabía a qué atenerme. Sin embargo me tragué el orgullo y esperé, esperé respirando hondo, tan hondo que de que me di cuenta se había largado. No volvió por casa en dos días.

- No viajaron juntas –dijo nada más aparecer en la terraza-. Margot se largó tres días antes. Se le escapó a la carcelera –y orgullosa añadió- Eso confirma mi teoría.

- Te largaste sin explicármela –le recordé.

- Margot estaba curada, harta de manicomios, de pastillas y especialmente de tu amiga –y en la palabra “amiga” sonó el retintín-. Buscaba una oportunidad.

- Para… ¿de qué hablas? ¿Oportunidad?

- Sí, tal vez la última. ¿No te das cuenta? Se le había pasado la vida sin hacer nada de lo que soñó y cuando vio la muerte tan de cerca huyó despavorida. Tu “amiga” tenía cáncer –de nuevo sonaban las campanas con la palabra-, estaba a punto de morirse pero… no se moría de una puta vez y se largó.

- Vaya, muy alabable su comportamiento. Amada la cuida toda su vida y cuando más la necesita se larga. Una persona muy confiable, Margot.

- Se llevó sus cámaras y nada más, quería empezar de nuevo, ver hasta dónde sus alas la llevaban. Tu querida Amada no podía permitirlo, no podía reconocer que mientras ella se moría Margot se salvaba y no iba a consentirlo, no después de haberle dedicado toda su vida, por eso la siguió hasta Nueva York, por eso tampoco se llevó nada, sabía que no iba a volver. Desengáñate, Amada viajó a Nueva York para matarla.


Demoledora teoría. Me dejó helada a pesar del bochorno de la mañana. Lo único que fui capaz de contestarle dolorida fue un estúpido “Y tú que sabes”. Lo malo es que sabía. Me encontraba tumbada en el césped al borde de la piscina, la copa de tinto de verano cerca de la mano, hacía calor, demasiado calor… Encima de la tripa desnuda me cayó la copia de la reserva de los vuelos, el de Margot Serna y el de Amada Muñoz Expósito, el de la primera hecho justo unas horas antes de la salida del vuelo, el de Amada al día siguiente de que Margot se fuera. Pero Vanessa no había acabado su presentación de pruebas. Al lado del tinto dejó su Smartphone.

- Escucha –me ordenó.

-  Ya no tienes sueños –decía una voz de mujer, distorsionada por la acústica no la reconocí.  

- No, no te acerques –le contestaba otra, ésta sí, ésta la había escuchado docenas de veces el último año diciéndome lo mismo “No, no hace falta que te acerques, estoy bien, bien…”. Era Amada.

- Cómo, cómo has conseguido esto. Apágalo –le pedí mirándola atónita-. ¡Están muertas!

- No –contestó inmisericorde. Escúchalo y luego me pagas los seiscientos euros que me ha costado.

- ¿Quién…, quién…?

-  Quién va a ser, la mujer que les limpiaba la casa. Ya puedes ir dándole de alta en la seguridad social o te va a hacer famosa de verdad.

Mis sueños se han cumplido – decía Amada desde su tumba.

- ¿Cuál, cuál de ellos? –Preguntaba rápida Margot-. ¿Eres una gran escritora, has escrito la gran novela del siglo XX?

- Encontré a un ser humano maravilloso a quien amar y he sido amada.

Me estremecí a pesar del bochorno por la carcajada que sonó a mi lado.

-Muy Corín Tellado, Amada. Un poco pobre de expresión ¿no crees?

Había que odiar mucho para decirlo y guardar mucho amor para no escucharlo.


- Porque te burles no deja de ser cierto. Escucha, nos creímos genios porque teníamos veinte años. Con cincuenta no debemos engañarnos. Lo que no hemos hecho ya jamás lo haremos –decía Amada y en su tono vibraba la devoción-. Cariño, no quiero herirte pero por mucho que uno se sueñe genio no lo es. Margot, ni tú ni yo lo somos –se detuvo, se oyó el silencio-. ¿Por qué no puedes asumirlo? ¿Por qué crees que de tu fracaso tengo yo la culpa? No la tengo. Tú en una lata de coca cola vacía sólo ves basura, y como buena burguesa la tiras, no la pegas a un lienzo negro y lo titulas “La luz del hombre surcando el universo infinito”. No puedes acusarme porque tires la lata. No he sido yo quien te ha impedido experimentar “la sublime genialidad del artista”. Nunca ha estado ahí, Margot, lo sé y tú también.

Dios, me había equivocado, eso no era amor…

- Cállate –le pidió Margot con voz queda-. Cállate. Cállate, cállate... –gemía.

- ¿Duele? Pues acéptalo, acéptalo y madura. No eres un genio, ninguna de las dos lo somos pero juntas vivimos bien.

De nuevo el silencio y luego la voz chirriante como un cortacésped puliendo cemento de Margot se apoderó de la mañana, histérica.

- Aquí, en esta cárcel, sentadas frente a la chimenea, mirándonos la una a la otra... Estás muerta, Amada. Estas muerta y quieres enterrarme contigo –y al final abiertamente lloraba.

- Ser artista es un don que sólo unos pocos reciben. Y por los dones la vida siempre exige una tasa a cambio, nada es totalmente gratis ¿lo has olvidado, estás dispuesta a pagarla?

- Si, si..., si lo estoy –gritó de repente Margot-. Lo estoy, lo estoy..., quiero irme, quiero olvidarte...

- Vete –le ofreció Amada y el ruido del arrastre de unos pies se acercó, luego el de una puerta abriéndose-. Adelante, vamos…, vete… no te detendré, pero no me llames de madrugada para que te rescate de los monstruos.

- No te llamaré, no te necesito. Me instalaré en Nueva York, sola. –rotunda, con odio, sin lágrimas

- Nunca te irás –decía Amada conciliadora-, esto es una mala racha, querida, pasará, sólo necesitamos aumentar la dosis de Prozac... Beberemos y nos amaremos como siempre, juntas... 


- Eres cruel –en la voz de Margot ya no había ni histeria ni rabia, sólo razón- Tú me has querido así. Por tu miedo, porque si te hubiera visto como en realidad eres te habría abandonado hace mucho tiempo, tú eres la que no puede vivir sin mí...

- Demasiados mimos, amor, demasiados. Primero de tu padre, luego de mí. Él te abandonó para perecer en brazos de tu madre y ahora que me estoy muriendo, que te quedarás de una maldita vez sola te ha entrado pánico ¿verdad? No lo puedes soportar, por eso te has buscado un nuevo sueño, por eso quieres huir. Pero no es verdad, cariño, no voy a morir, me recuperaré, todo volverá a ser como antes.

- No, no, no, no –gimió Margot-. No me liarás con palabras. Eres tú la que tienes miedo. Tú la que te aferras a  mí. Tú la que durante veinte años lo has convertido en el señor de nuestras vidas, me has alimentado de miedo, Amada. Y eres tan inteligente, tan fuerte que he tardado en darme cuenta de tu juego. Mi madre estaba loca, Amada, si y prendió fuego a su habitación y mi padre ardió con ella. Pero yo no soy ella. Se acabóMe voy.

- ¿Recuerdas a Duvi?

Y la grabación se cortó. Vanessa recogió su teléfono, se bebió mi tinto y se largó. Ya nunca sabremos si Margot recordaba a Duvi. Lo cierto fue que no le importó, que se largó. ¿Tenía razón? ¿Era la loca Amada o lo era Margot? ¿Qué ocurrió entre ellas en Nueva York? ¿Era verdad lo que decían los archivos de la policía? ¿Mató Amada a Margot?


SAMANTHA
o la Recompensa de la virtud


¡Oh, queridísima, Raquel! El único consuelo que me queda es susurrar tu nombre, si pudieras oírme vendrías a mí, secarías mi piel, me darías un bebedizo de la señora J. y la fiebre y las pesadillas que me consumen desaparecerían. Apenas me quedan fuerzas para escribir estas líneas, espero que el mocito cumpla su promesa y te las entregue antes de que todo haya acabado. Si no llegas a tiempo, querida, quiero que sepas que si puedo algún día te visitaré en tu cama. Te prometo que no llevaré ningún plátano conmigo, los odio. Si voy a ti llevaré mi conejito, limpio y fresquito, pequeño como cuando me encontraba en la mansión de B. 


Debo contarte todo lo que me ha ocurrido desde que, en la que luego resultó mi última noche en la mansión de nuestro señor, vino a mi lecho. No tienes idea de lo dichosa que me sentí Raquel, Sus abrazos, el ansia de su cuerpo por el mío echaba a bajo las teorías de la señora K. de que me iba a abandonar para casarse con la marquesa.

La conocí, querida, al día siguiente de que el amo espantase al coadjutor, se presentó en la mansión acompañada de su hija. Es vieja y fea, Raquel, con el rostro picado de viruela y con tantos lunares (falsos) en el rostro que parece una constelación a la que su grandioso apaga velas le hubiera robado las luminarias. Y la hija, un ratoncito, Raquel, un ratoncito gris, sin más pecho que el entredós del corsé.


Cómo, cómo, pensé, podía abandonarme el amo por una cosa tan vieja o por otra tan diminuta. No lo creí posible y menos cuando la señora K. me confirmó que era con la niña con la que se casaba. Al parecer es una nueva costumbre entre nuestra aristocracia, desposar a las púberes recién salidas del colegio para asegurar la descendencia, así del linaje del primer vástago se asegura. Qué impudencia. Las conversaciones están muy adelantas, las de la boda del señor conde y las de la mía. Eso me dijo la maligna, que el señor conde la había dejado encargada de avisarme cuando su boda ya estuviera consumada. Temía que me escapase y el señor Y. no pudiera concluir con bien las conversaciones sobre mi acomodo.

Dime, Raquel ¿qué podía hacer, huir, dónde? Sólo poseo los aretes que nuestra ama me regaló por su último cumpleaños, y un collar de perlas y rubíes que el amo me dejó lucir algunas noches, aunque temo que sea falso? Espero que el zagal no sepa leer, se las he entregado en pago para que te lleve este billete, porque sólo de ti espero mi salvación, queridísima Raquel.


No me regañes por quedarme y ven, por favor, sólo te tengo a ti, mis padres me delatarían. Lo hice en la esperanza de que todo fuese una patraña de la maligna señora K. para buscar mi perdición, lo que sucedería sin duda si abandonaba la mansión. Dirás que por qué no fui valiente  y le pregunté al señor Y. Le tenía miedo. No le conoces..., nunca has visto su rostro, es..., es tan hermoso como el de un demonio; no con la hermosura del conde, que es la propia de un hombre de su tiempo y posición, sino la de las estatuas frías, la de los muertos. Y tan grande. No dudo que si se lo propusiera con una sola de sus manos podría partirme en dos. No sé lo que me digo, querida Raquel, la fiebre me lleva al desvarío.

Debí haber comprendido que el diablo se vale de muchos disfraces cuando quiere perder a un alma cándida. Debí darme cuenta en cuanto percibí el diferente sabor de su boca. Pero me sentí tan dichosa de que me prefiriera a mí antes que al caballo de la marquesa o la yegüita joven de la hija que le eché los brazos al cuello y me enlacé a sus caderas feliz, feliz. Segura de que al final todo se arreglaría. Lo cierto es que cuando su lengua se abrió paso en mi boca me sorprendió su sabor a coñac, sus besos siempre habían sabido a champán. Pero pensé que venía del palacio de la marquesa y posiblemente en sus enredos se sirviera de ese bebedizo para nublarle el entendimiento.


Su lengua seguía siendo tan astuta como siempre y ya mis carnes se humedecían de imaginar lo que las satisfaría. Tal vez, si no hubiera ansiado tanto su presencia en mi cama aquella noche me hubiera resultado extraño que mantuviese la habitación en penumbra, cuando siempre se hacía acompañar con un mozo portando un candelabro de siete brazos. Pero en el amor, me dije, todo debe ser nuevo y viejo a la vez.

Y en ello andábamos. Sorpresivamente, porque últimamente andaba impaciente y apenas se demoraba en los besos, se tumbó a mi lado y mordisqueó mi orejita mientras sus manos se adentraban por debajo de las sábanas buscando la fuente de los placeres. No sabes cuán dichosa me hacían aquellas nuevas disposiciones. Lo achaqué al cansancio por el largo viaje, así que pensando en su bienestar le respondí haciéndole gozar con las caricias que más encarecidamente me enseñara. Metí mi cabecita bajo la sábana y le recorrí el pecho con la lengua, su piel también sabía distinta, más a cobre, a polvo que otras veces. No era muy agradable, aún así contuve las nauseas y seguí besando y lamiendo. Tal vez por su deseo imperioso de disfrutar de mí se había saltado el baño.


Tú conoces la apariencia externa de nuestro amo, la prestancia de su apostura, la galanura de sus gestos,  lo que desconoces son las maravillas que  esconde bajo la ropa. Alto y fuerte, sus brazos son como las  nervaduras de las viejas catedrales, delgados pero firmes, y sus piernas como las columnas que sostienen esas cúpulas lustrosas que contienen el cielo. Sin embargo su cintura es suave y estrecha como la de la más tierna doncella y el cono de su volcán, el cono de su volcán es más grandioso que el mismísimo Etna y cuando entra en erupción toda entera me prende en su fuego.

Más de cien veces he ardido en las últimas semanas entre sus piernas, me he roto por dentro y sus jugos me han restañado las heridas. Aún así había algo en él aquella noche que le hacía distinto, tal vez eran mis ansias por agradarle para que no renegase de mí. Lo cierto es que me permitió llegar con mis caricias hasta el mismo cráter sin abrasarme....

Schsss, oigo ruidos…, se acercan…, ya vuelven otra vez…, querida, tengo que esconder el billete y la pluma, no puedo permitir que me los arrebaten, tienes que saber, Raquel, cuando terminen, cuando se vayan continuaré…