sábado, 27 de julio de 2013

ENCUENTRO EN EL PUENTE




— Aunque ahora le parezca que lo que digo sólo son verdades de borracho, piénselo detenidamente. Piense en la primera vez que su sable atravesó el cuerpo de un enemigo, en el sobreesfuerzo que tuvo que hacer para que rompiera la carne, cómo parecía que fuera protegido por una cota, cuanto tardó la sangre en brotar. No es lo mismo una clase de esgrima que un abordaje, ¿verdad, teniente? Un florete que un sable. No voy a preguntarle cuantos hombres lleva en su cuenta, la mía es tan larga que ya no recuerdo la mitad de los sumandos.




— Milord...
— Vamos, teniente, estamos solos, nadie nos escucha y en verdad creo que haber amado a la misma mujer nos da un grado de... parentesco..., una cierta intimidad compartida. Mire, teniente, usted es un hombre de honor como todos los oficiales de la Armada Española, pero convendrá conmigo que el honor lo único que ha hecho por ustedes ha sido llevarles de derrota en derrota. Sí, sí…, no se preocupe, reconozco a todos sus héroes, les rindo homenaje; pero aquí y ahora sólo estamos usted y yo y no hablamos de guerras ni de patrias, hablamos de hombres a los que ya no les queda nada que perder, teniente, ni siquiera el honor. ¿O usted no lo ha perdido aún?



— No creo que eso le importe.
— No me importa, teniente, tiene razón, sólo estoy intentando hacerle pasar la velada de la forma más amena posible, con la nevisca que está cayendo no podrá abandonar Dungar House, está usted confinado conmigo entre estas ruinas, así que acomódese, olvídese de quién es y qué vino a buscar y charlemos como amigos.

— No soy su amigo, milord.
— Pero lo será, lo será antes de que amanezca… no lo dude.
— No pasaré aquí la noche, puedo ir caminando hasta la posada.
— ¿Caminando? Bien se nota que nunca ha visto nevar en las Tierras Altas. Suerte tendrá si puede marcharse mañana antes de que vuelva mi mayordomo. Estamos solos, teniente, como usted pretendía.
— Yo no…


— No mienta, teniente. Sé porqué está aquí, a qué ha venido, pero permítame que esta noche, si va a ser mi última noche me comporte como un perfecto anfitrión, permítame que le cuente una historia. Aún quedan muchas horas hasta el amanecer, quién sabe si para entonces ha cambiado de opinión. Como le decía, matar a un hombre, aún en batalla, es un problema. No se mata tan fácilmente en la guerra como la gente piensa, digo de frente, otra cosa son los cañones, esos matan indiscriminadamente, son eficaces y eficientes; en cambio los hombres, los hombres no lo son, unos tienen escrúpulos, otros conciencia, otros honor, y con tanto pensar lo que más les acomoda terminan muertos. Le aseguro que sólo un soldado al que se le haya extirpado la capacidad de pensar es un buen soldado, los marineros no lo son, ninguno, por eso yo siempre procuré que mis tripulaciones gobernaran los cañones con los ojos cerrados y la verdad es que lo conseguí, mis libras me costó, no sabe la de pólvora que disparamos.

— En los barcos de la Armada no había pólvora suficiente para hacer prácticas, la mayoría de las veces los cañones sólo se disparaban en batalla…
— Que ustedes perdían indubitablemente.
— España está en la banca rota, milord…
— Bah, olvídese de los países, lo que quiero decirle, porque de eso va  nuestra grata amistad, es que matar es difícil, muy difícil a no ser en defensa propia y de los que amas, y en cambio asesinar, matar a traición es lo más sencillo, y a pesar de que no me lo vaya a creer no se necesita de mucha preparación, decisión y algo de suerte.
— Para no terminar en la horca.


— Le aseguro, teniente, que por asesinar a un hombre ni usted ni yo seríamos nunca condenados. Somos caballeros, nosotros matamos, no asesinamos. Y ahí, ahí es dónde surge nuestra oportunidad. Permítame, permítame que le cuente. Una noche de las muchas que vagaba por Londres a la espera de conocer mi sentencia por “la apropiación indebida” del Galeón de Manila, como ni en los más abyectos salones se me tenía por bienvenido, me encaminé hacia el puente de Westminster, era una hermosa noche de comienzos de otoño y las llamas de los pebeteros que lo iluminaban de trecho en trecho bailaban empujadas por una ligera brisa. El río en penumbra parecía pequeño, encajonado en la oscuridad absoluta de sus dos orillas, debía ser tarde, porque apenas había gente por la calle, de los Comunes ya hacía tiempo que habían salido los diputados más  trabajadores y de la vieja Abadía se habían oscurecido sus vidrieras, señal de que los últimos oficios habían concluido. No recuerdo qué pensaba, me imagino que sólo era capaz de admirar el rutilar de las aguas pacíficas rumiando mi desgracia.



Los escasos viandantes que se encaminaban al puente lo hacían con la cabeza hundida en el cuello de la capa, medio embozados los ojos por los sombreros, como si temiesen que la bruma que comenzaba a elevarse del agua les atacara con sus miasmas. No sé cómo, en un momento dado, me dio por pensar que tal vez alguna de aquellas personas fuese un bandido que viniese hacia mí dispuesto a arrebatarme mi escuálida bolsa; menuda sorpresa se hubiera llevado, en aquellos momentos no portaba ni un penique. Sin embargo, nadie prestaba atención a nadie, las almas con las que me cruzaba caminaban a mi alrededor presurosas, casi corriendo hacia los refugios seguros. Tal vez me temían a mí, después de todo era un hombre solo, embozado como los demás, que portaba una espada en el costado derecho, sí, estoy seguro que más de uno creyó que yo podía ser su ángel de la muerte. Y pensé, lo hice, se lo aseguro, pensé que si perdía el botín del San Fernando, me dedicaría a saltar a los altos personajes de la corte. Con lo que obtuviera de sus bolsas botaría un barco para regresar a isla Navidad en busca de Eugenia.


Hice cábalas de cuál sería el lugar más idóneo para apostarme a esperarles y lo tuve claro, el parque de Saint James, que sólo algunos arribistas de la corte se atrevían a atravesar las noches en que borrachos abandonaban las fiestas del príncipe regente y mi "muy querida esposa". Eché cuentas, en una sola noche podría "expropiarles" unas mil o dos mil libras, sólo tenía que apostarme cerca de la salida del palacio y escuchar las discusiones de los criados, averiguar quién ganaba y quien perdía a las cartas.

En esas andaba, previendo ya mi futuro como saltador de carruajes y viandantes cuando vi que desde Whitehall se acercaba un hombre, un hombre bajo, delgado, un pequeño comerciante que había osado acercarse a las puertas del poder para conseguir alguna prebenda, tal vez, o un honrado menestral que acababa de limpiar la sala de vestir del presidente de los Comunes, me daba igual, llevaba un largo abrigo que se agitaba a su alrededor al caminar y sombrero de copa alta, demasiado a la moda para ser un honrado trabajador. Decidí que era mi ocasión, que nunca se me presentaría otra oportunidad de probarme a mí mismo si tenían  razón mis detractores cuando vociferaban a mi paso que no tenía honor ni dignidad.


Me alejé del pretil y me acerque despacio hacia el centro del puente donde en unos escasos segundos tendría que pasar mi víctima. Los pebeteros me iluminarían desde atrás por lo que a sus ojos yo tendría la apariencia de un gigante ante la cual sin duda alguna su arrojo, si es que lo tenía, se amilanaría. Me detuve en el centro justo dejando que el hombre se me acercase, continuaba caminando tranquilamente balanceando su bastón delante, atrás, delante atrás al impulso de sus amplias zancadas. Estaba ya sobre mí, no le quedaba más remedio que alzar la cabeza y esquivarme o golpearme.

Cuando le vi la cara sorprendida hice ademán de llevarme la mano al pecho, no sé qué pensó que iba a sacar pero su rostro se contrajo por un espasmo de miedo y dio un paso atrás aunque sin perderme la cara; luego debió pensar que necesitaba ayuda porque giró la cabeza a derecha e izquierda buscando gente, pero no había nadie a nuestro alrededor. El hombre, un lechuguino de los de leontina y pantalones negros, me miró con ojos extraviados y dio dos pasos atrás. Me avine al juego y me moví hacia él, nunca creí que mi rostro o mi apariencia fuesen capaces por si solos de infundir miedo. A los hombres de una tripulación se les gobierna por el temor al látigo, y aquel hombre desconocido para mí me rehuía simplemente porque era de noche, nos rodeaba la bruma y estábamos solos.


¿Comprende, teniente, de qué pocas circunstancias depende una vida? Aún no le había dicho ni una palabra, ni le había hecho gesto alguno amenazante y ya temblaba. Giró dos o tres veces la cabeza hacia atrás, ahora sí buscaba ayuda desesperadamente, no se atrevía a darme la espalda y echar a correr en dirección a la calle y las luces. Compulsivamente miraba hacia mí y luego a la oscuridad. Entramos en una bolsa de luz y la bruma, por momentos más densa nos encerró en su capullo; podía verle perfectamente los ojos desencajados, la boca abierta y balbuciente, agitando los brazos como alas de polluelo inexperto, no, no echaría a volar y él lo sabía; estaba, al menos eso creía él, totalmente a mi merced.

Le seguí, si él daba dos pasos hacia atrás  yo los daba hacia delante, si se detenía me detenía siempre con la mano en el pecho por debajo de la capa. De pronto el hombre tropezó y cayó de espaldas al suelo, empezó a gemir… “No, no…, no llevo dinero…, no llevo nada… No me haga daño, por favor…” Me asqueé de su miseria, en lugar de defenderse, de luchar por su vida que sólo él creía en riesgo se rendía y suplicaba. Saqué la mano del pecho y me llevé un puro a la boca. No debió percatarse porque continuó con sus suplicas; me incliné hacia él con el brazo extendido ofreciéndole  mi mano para ayudarle a levantarse, y sin embargo siguió arrastrándose de espaldas, huyendo de mí.

¿Me da fuego, por favor? —le pedí sonriéndole.
         
Aquellas escuetas palabras que en otras circunstancias no hubieran supuesto nada más que un "Sí" o un “No, buenas noches” debieron resonar en los oídos del lechuguino como una sentencia de muerte; de pronto encontró las fuerzas que momentos antes le faltaron, se levantó del suelo con agilidad y echó a correr sin mirar hacia atrás. Estaba a punto de abandonar el circulo de vacilante luz cuando los pies se le enredaron en el abrigo y cayó de bruces sobre el adoquinado.



— Y usted como buen samaritano se acercó a socorrerle.
— Así es, teniente, me acerqué con paso rápido, el golpe había resonado en el silencioso puente y temí que se hubiera abierto la crisma. Por un momento hasta temí haber llevado demasiado lejos mi pantomima, yo no le deseaba ningún mal a aquel pobre hombre.
— No pretendo ofenderle, milord, pero no creo que deba sentirse muy orgulloso de sí mismo y no entiendo la moraleja de la historia.
— Aún no ha terminado, teniente, pero no le sigo, ¿qué había hecho hasta entonces indigno de un caballero? Nada… en ningún momento blandí el sable…
- Señor, usted mide más de seis pies, y en la noche, envuelto en la bruma, como usted mismo reconoce, no necesitaba de armas para resultar amenazador, su sola presencia era suficiente para aterrorizar a quien confiadamente creía caminar solo.

—Muy bondadoso resulta usted, teniente, un hombre como debe ser no se hubiera dejado amilanar en ningún momento, midiese yo cinco o siete pies, un hombre debe encontrar en sí mismo la fuerza suficiente para defender su vida. Pero no he concluido, teniente, aún no he acabado mi historia, que cambió ya para siempre mi destino. El hombrecillo debió encontrar dentro de sí alguna llamita de esa fuerza que se nos infunde al nacer, la que unos momentos antes no había conseguido encontrar, lo cierto es que cuando me acerqué de nuevo a él y me incliné con las manos extendidas para ayudarle, esta vez no reculó, al contrario me lanzó un puñetazo con su puño derecho, como comprenderá me fue sencillo eludirlo, le sonreí, sí recuerdo que le sonreí, era mi reconocimiento a su orgullo y coraje.


—Tranquilo, amigo –le dije- sólo pretendo ayudarle, no tema. Pero él no debió entender nada, perdido el empuje que le llevó a atacarme, le inundó el terror del que se sabe muerto, gateó alejándose; le confieso que me cansé, me dio lastima y al mismo tiempo que me retiraba dije:

—Está bien, amigo…, como usted quiera, y me alejé de el riéndome a carcajadas.
Es usted un canalla, capitán Bradley.
— Sí, sí…, claro que sí teniente…, se lo admito y hasta le reconozco que me enorgullezco de mi ruindad.
— Abuso de su posición ante un inferior, aterrorizó a un pobre hombre que no le había hecho nada.
¿Cómo lo sabe usted?
— ¿Cómo sé qué?

— Sí, dígame cómo sabe usted que no me había hecho nada. Usted piensa que se asustó por mi sola presencia y mi actitud amenazante, yo mismo le he hecho creerlo, pero ¿y si no era cierto?, ¿y si me había reconocido? Mi caricatura estaba todos los días en la prensa, The Morning había hecho suya la causa de hundirme… tal vez él era el gacetillero que redactaba las soflamas que pedían mi cabeza y pensaba que buscaba venganza. Lo hubiera podido matar con total impunidad; durante el enfrentamiento nadie se nos acercó, ningún ruido me alertó de posibles testigos. Miré el reloj, pasaban las nueve de la noche, a esas horas, en Londres aunque no sea invierno ya no hay nadie en las calles del centro, tal vez en las del East End deambularan algunos tarambanas y ciertas busconas de poco fuste, pero nadie transitaba las calles del centro, y menos a pie, aún a esas horas los clubes estarían rebosantes de gentes y en los cafés se jugaría al billar y a las cartas. Y aprecié en sus justos términos la oportunidad que aquella soledad me propiciaba. Me había divertido, pero el juego había terminado.


¿Lo mató?

— ¿Lo maté? No, por supuesto que no. Lo asesiné.