miércoles, 3 de julio de 2013

UN PERRO CALIENTE CON GABARDINA


No me gustan los seres vivos, no me gustan. Nunca he entendido como los científicos los sitúan en la cúspide de la pirámide de la evolución. Una piedra, un diamante son perfectos en sí mismos, inmutables; un ser vivo, en cambio, lleva dentro de sí el germen de la corrupción, aunque no sea político. 

Ha comenzado el verano y cosa rara está nublado y sopla viento del norte. Parece otoño, así que para caldear un poco el ambiente voy a contaros una historia con dos seres vivos que se consideraban muy especiales. Y lo fueron para mí, tanto, que como un simún llegado del Sahara en los pocos meses que nuestra trayectoria se cruzó me abrasaron. Por entonces tenía veinte años y aún no había elaborado ninguna teoría sobre los seres vivos, pensaba que me gustaban. Nada sabía de los bulldog y mucho menos de sus amos; también desconocía el afán de lucro de los norteamericanos. Robert y Churchill se llamaban, juntos aparecieron en mi vida y juntos salieron. Una unidad indisoluble.



Aparentemente Churchill era un perro de aspecto temible, gruñón y perezoso. Luego, además, resultó rencoroso y vengativo. Feo. Te miraba a la cara, sí, y lo sentías pacífico, pero en unos instantes su mirada se esquinaba, las babas comenzaban a caerle a chorros y entonces, entonces, lo que sentías era que salivaba de gusto porque se veía hincándote el diente. Robert por el contrario, era todo un amor. Atractivo hasta “querer morir”, tierno, cariñoso, meloso. Cuando te miraba no te desnudaba como otros, al contrario, en sus ojos sólo percibías compresión, ternura, amor. Una delicia, luego, por unos instantes su mirada serena rebullía de chispitas brillantes y descubrías al niño travieso que escondía. Y entonces rogabas a los dioses celestiales que te dejaran jugar con él. 

A tanta gloria contribuía sin duda el color de su piel, café con leche, tostado como la arena despertando bajo el sol, como caramelo de la Viuda de Solano en la boca de un niño. Cosas de la genética, porque Robert era fruto del cruce entre razas,  prohibido, por entonces, en el Estado de Carolina del Sur.


Su padre, un negro tan oscuro como si hubiera arribado la misma mañana en que lo engendró del Serengueti; su madre, por contra, de una lechada tan blanca que sólo podía pertenecer a una de las dulces "Rosas de Charleston". Él, sargento de cocina con un cuerpo que cumplía a rajatabla todas las formulas de la proporción Áurea; ella enfermera, miope y olvidadiza. Se cruzaron en Torrejón de Ardoz. Sí, en la base. 
  

Lo adiviné por las fotos que decoraban el techo de su apartamento. Porque en contradicción con la rutilante exposición, en lo referente a sí mismo, Robert era sordo, ciego y mudo. O bien se sentía muy orgulloso de la mezcla, y consideraba que siendo tan evidente era una obviedad hablar de ello, o bien se avergonzaba y la exposición sólo era eso, una exposición, porque jamás mencionó que él o su familia fueran los protagonistas. Al contrario que de Churchill. Del chucho me recitó su pedigrí como unas cien veces, llegando hasta la cuadragésima generación en la que emparentaba con el propio Churchill, éste sí, el primer ministro inglés (su perro para ser exacta). 


Pero además aquel bulldog era un pervertido sibarita que en vez de un hueso o una galleta se comía balanceando sus portentosas mandíbulas un kilo de salchichas con gabardina recién sacadas del horno, que no de la freidora. Si le llamabas caprichoso lo ofendías. Te miraba de soslayo, escondía la cabeza entre los pliegues de sus belfos y se retiraba a un rincón. Es decir, te retiraba el honor de su presencia. Rencoroso y vengativo si se te ocurría ir tras él para hacerle una caricia, fingía una reconciliación, te permitía que le rascases las orejas y entonces sacudía la cabeza y te embarduñaba de babas. Imposible reñirle. Su amo, único psicoanalista que lo comprendía, lo impedía.

— No le regañes. Es su manera de demostrarte su afecto. Y no es un sibarita.

Ya. Si lo hubiera sido se habría conformado con un bocata de caviar.



Sólo que él prefería salchichas con gabardina, bien calientes, chorreantes de queso, aromatizadas con cebollas estofadas y salsa de tomate a la albahaca. En su punto y en su hora. Porque era de Nueva York. Al parecer, allí lo llamaban cerdo encamisado. En realidad un perrito caliente envuelto en una tortita. Robert, su amo, lo había perfeccionado. Cuando descubrió mi afición a la cocina me nombró chef del monstruo y yo acepté. Cómo no hacerlo si estaba enamorada.

Porque lo amé. Lo amé como jamás he amado a nadie en este mundo. Y jamás volveré hacer. Esa fue mi promesa. Churchill el culpable.




Literalmente se me tiró a las piernas. Debieron gustarle. Es lo que admiran todos de mi anatomía, con minifalda gano muchos enteros y aquella tarde la llevaba. El maldito chucho se enamoró de mí. La idiota fui yo que me dejé engatusar por su amo. Y fue por su sonrisa. Una sonrisa sincera profunda, eso creía, no de las que se quedan en los labios. Sonreían sus ojos que parecían relampaguear, sonreían las aletas de la nariz felizmente agitadas, sonreían sus manos mientras intentaban sofrenar el ardor amoroso del gran bulldog por mi entrepierna.

Caí rendida. Literalmente al suelo.

Lo cierto fue que me agaché a acariciar el baboso hocico del chucho, un poco asustada, pero segura de que aquel dios me protegería de cualquier tarascada. No lo hizo. Churchill se abalanzó sobre mí y me tiró. Pretendía montarme en la misma acera.

Quien lo hizo y a conciencia en menos de una hora fue el amo.

En aquel momento me tendió las manos para ayudarme a levantarme, recogió del suelo mis libros y mientras refrenaba al maldito chucho, que no contento con la primera tarascada intentaba repetirla, se disculpó:

— Lo siento, te has manchado la falda -y sonriendo añadió-. Has dejado K.O.  a Churchill.

Debió ver el asombro en mis ojos porque soltó una carcajada y se agachó a explicarle las cosas de la vida al chucho.

Churchill —le dijo—, discúlpate con la señorita…

— Leonor —le informé ante su pausa.

— Discúlpate con Leonor. Reconozco tu buen gusto, compañero, pero a una chica guapa se le debe respeto y consideración, no puedes avasallarla de ese modo.


En ese punto el perro inició su actuación. Por si alguien aún no lo ha entendido, aquellos dos eran pareja artística. Empezó, ladeando la cabeza, a mirarme como avergonzado, a recular bajando los ojos, parecía a punto de echarse a llorar. Reconocí al payaso y le reí la gracia.

— No importa, no le regañes —en realidad no lo hacía, sus palabras estaban dedicadas a mí.

— Debe corregir sus modales. Sobre todo cuando la chica vale la pena.

Me derretí con el elogio; aunque nunca obtuve confirmación de mi sospecha estoy totalmente segura de que era él quien cada mañana vertía un cubo de agua en la acera; luego, juntos esperaban en el portal a la víctima.

— Vivimos aquí mismo, en este portal. Sube un momento y te limpiaré la falda.
.

Y a pesar de que tenía veinte años, o tal vez por eso, a pesar de que me habían advertido que nunca debía ir a casa de desconocidos sola, sin una duda, sin ningún temor, les seguí a través del portal de mármol, del ascensor con puertas de forja y asientos de caoba y por las escaleras de madera noble que nos llevaron por encima de los tejados de Madrid. Era el sitio más hermoso, elegante y al mismo tiempo práctico y habitable que había conocido.

Y ocurrió. Me quité la falda y ocurrió. Jamás antes había saboreado lengua ajena ni digerido saliva de hierro; cuando aquella tarde lo hice por primera vez me convertí en adicta. Y no se me ocurrió rebelarme ante el destino al que aquella adicción me arrastraba. La dulzura del vino, el aroma del chocolate, la caricia de sus manos y la humedad persistente de mi entrepierna vaticinaban que era el destino que tanto tiempo llevaba avizorando.


Y no, no era una sensualidad ligera y juguetona la que me ofrecieron aquellos dos. Nada había de liviano en su apariencia. Fuerte. Armada. Secreta. Me derretí ante lo exigente de esa presencia. Y lo hice desde que hundiendo su cabeza entre mis piernas mordisqueó mis rizos, succionó mis labios y con una aspereza impropia de su lengua, que tan bien sabía a cebollas estofadas, uno de los dos, aún no se cual, hizo sonar el badajo. Fue tan electrizante el rayo que me recorrió que por unos instantes me vi levitar fuera de mi cuerpo. Sólo cuando con fiereza me penetró volví a ser una, aunque tuve que asirme a los largueros de la cama para no perderme aquella gloriosa epifanía, si me soltaba me perdía. Mientras tanto, Robert entraba y salía, unas veces fiero, otras, tierno y nunca se iba; al contrario, se demoraba tomando posesión de cada recoveco, observando, catalogando, recreándose en la suerte.

— Una más, baby..., una más. 

Y siempre había una más. Cuando me desperté, los ojos cosidos por la sal de las legañas, era el chucho quien me lamía la cara y Robert quien pacífico dormía a mi lado. Y me quedé con aquellos dos. Revestí al típico don Juan de arrogante pirata y lo adorné con la orla de bombillas del puente de Brookling. Lo hice, y por un tiempo, dichosa, me convertí en su alfombrilla.


De los dos.

Repito mi excusa, me enamoré. Creí encontrar, al fin, a mi verdadero dios, un  dios al que entregarme, un dios necesitado, un dios que en lo más profundo de su mirada escondía un oculto dolor, un cáliz secreto, que le hacía merecedor de mi adoración y consuelo.  Aunque sabía, sí, en el fondo sabía, que tanto misterio era fruto tanto de su coquetería como de mi estulticia, sólo que prefería seguir la corriente de mis venas.

En realidad era miope y no llevaba gafas ni lentillas.


Me explicó que en pleno siglo XX llevar gafas era un error. Que eso sólo se producía ya en los países subdesarrollados, como España, que en Nueva York, nunca mencionaba los states, siempre Nueva York, nadie las llevaba ya. Nadie que hubiera sido visitado por un buen oculista, uno de los de seiscientos dólares la visita. La miopía se corregía con ejercicios (os recuerdo que era a finales de los ochenta), como la tartamudez y hasta algunas cojeras. Él sólo las llevaba en el trabajo. El resto del día forzaba los ojos para corregir su deformación, obligándoles a recuperar la visión perdida. Y yo, inocente, lo olvidé. Tal vez porque cuando me lo contó le rendía el homenaje debido a mi culito respingón.

— ¿Alguno conocéis un bodegón de Renoir, el pintor francés, titulado Cebollas?


Robert tenía una reproducción al lado de una foto de su madre y su padre en la cocina. La madre parece ensimismada picando diestramente una cebolla, se aprecia por los trozos menudos que escapan de su cuchillo. Mientras el padre, a su lado, la mira con ojos turbios, como si llorase o estuviese drogado. Llegué a aprendérmelo de memoria, a memorizar la anatomía de las cebollas, y es que durante cuatro meses dos veces por día se mecían al ritmo de mis vaivenes, corrían conmigo mientras preparaba las malditas salchichas, porque Robert, estuviera cansado o no en cuanto me veía de espaldas cocinando izaba bandera y exigía satisfacción, yo ahíta. Churchill mirando.


— Oh, baby,  come on…

Y yo me iba a la gloria y con cada embestida mis huesos se quedaban huérfanos. Hasta que lo conocí, mi experiencia se había limitado a los tres segundos de la coyunda de las moscas; no estaba preparada, de ahí el cuelgue, para la eternidad suiza de Robert,  ya lo he dicho, era una inocente, con la inocencia de las niñas de cinco años de ahora. Claro que fue en el siglo pasado.

Pero hablaba del bodegón. En un primer plano seis cebollas de diferentes tamaños y una diminuta cabeza de ajos. Sus colores suaves, cotidianos y amables, inocentes, y sin embargo se mueven. Unas inclinadas hacia delante, otras hacia atrás como agitadas por una doble tormenta. La que les nace del interior, y la que les cae del cielo del lienzo, unas pinceladas fuertes, decididas que las impulsa hacia fuera. Como el tsunami que me arrebataba a mí.

Hasta que un amanecer ventoso, Robert dijo:

— Querida, no podemos continuar así, Churchill va a enfermar de celos.
— ¿Qué?
— Tenemos que dejarlo — dijo, levantándose de la cama y llevándose las mantas. Desnuda era como más le gustaba, decía, y nunca me había importado, pero aquella mañana sus palabras llevaron el hielo a mi piel y al dejarme a la intemperie se me hundió en la carne. Temblé. El añadió.
—  No quiero hacerle más daño.



— ¿Qué?
— Compréndelo, cariño —él decía sweet—, por ahora Churchill es lo más importante de mi vida, le necesito.
— ¿Qué?
— Me hará rico. Ayer lo logró. Por primera vez encontró un cadáver bajo tres metros de escombros. Todos los cuerpos de bomberos del mundo nos llamaran. Compréndelo..., si sigo acostándome contigo se morirá. Y perderé la posibilidad de trabajar en el departamento de Nueva York.
— ¿Qué?
— Tú lo sabes. Volver a Nueva York, pertenecer a su departamento de bomberos ha sido mi gran aspiración desde niño. Churchill tiene la llave.
— ¿Qué?
—  Sé que no es feliz, disfrutó encontrando el cuerpo, pero luego nos ve juntos y... míralo, míralo y dime si no es la viva imagen de la desolación.
— ¿Qué?
— Se lo que piensa, lo sé. Tú le gustas demasiado. Cuando me elegiste le heriste en el alma. Y no puedo defraudarle. Yo no. Después de todo lo nuestro sólo ha sido un calentón ¿no?



Qué le iba a contestar. Aquella pregunta no tenía respuesta. Como pude me levanté. Me vestí y salí por la puerta sin pronunciar palabra. La única manera posible de no echarme a llorar. 

No volví a saber nunca nada más de los dos.

Y tras las primeras semanas de muerte y lágrimas me juré a mí misma que a nadie entregaría el poder de romperme el corazón, que jamás volvería a amar. Durante todos estos años lo he mantenido. Sólo espero que entendáis que  mi hundimiento, cuando mi marido me abandonó, no fue por amor burlado, sino por el orgullo destrozado que duele tanto o más. 


Os aseguro que en mi cocina las cebollas reposan tranquilas en su cesta.