lunes, 12 de mayo de 2014

BONES. Fan-Ficción, La Antropóloga, el Agente y la Presidenta VII



CAPITULO 7
LA ANTROPÓLOGA Y EL BASTARDO
Por un instante mientras tiraba del asa del compartimento frigorífico en el que figuraba el nombre de Seeley Booth, Brennan rogó despertarse; que todo lo sucedido desde que ahíta de sexo le dijera Ser multiorgásmica es muy cansado” fuera una pesadilla y cuando lo abriera, el compartimento estuviese vacío. Pero no lo estaba, el cuerpo yacía cubierto con una sábana y a pesar del dolor, pidió, suplicó que todo fuera una broma, que alzase la cabeza, le guiñase un ojo, sus labios se entreabrieran y dijesen ¡Eh, Bones! Cualquier cosa que le demostrase a su extraviado cerebro que en verdad aún seguía allí con ella, en carne mortal.

Y sin embargo, cuando levantó la tela que cubría el rostro si no hubiera sentido su mano sobre los hombros, su pecho duro sosteniendo su espalda, se habría  derrumbado.

— Sólo es un cadáver, Bones —le susurró al oído—, un cadáver como cualquiera de los miles que han pasado por tus manos.

Lo oyó, lo oyó y no necesito darse la vuelta para comprender que a pesar de la sinrazón era él quién la sostenía. Y aunque era racionalmente imposible, lo creyó, como había creído todo lo que le había dicho desde que inesperadamente se lo encontró en el medio del salón  gritando Gol frente a la televisión. 


Y aunque al principio no dio crédito a tamaña desfachatez, desde el momento en que el palo de hockey, con el que intentó descargar sobre su cabeza la ira que la ahogaba, se desvaneció al atravesar su cuerpo, aceptó como verosímil todo lo que desde entonces sucedió. Era como si su raciocinio se hubiera largado de vacaciones llevándose a la antigua Brennan en la maleta, como si la amígdala cavernícola, hubiera secuestrado su cerebro.

— ¡Eh, Bones! ¿Me esperabas?  —la había saludado inocente. Y en aquel primer instante, rabiosa y ofendida por su sonrisa se había lanzado contra él.

¡¡Bastardo, hijo de puta!! ¿Cómo, cómo has podido hacerle esto a tu hija? ¿Cómo, cómo has podido hacerme esto a mí?— Le había gritado una y otra vez mientras descargaba en el vacío el stick; ella golpeaba, él desaparecía y aún así, furiosa, fuera de sí, insistía e insistía.

— No lo pienses más, Bones —le decía ahora al oído— échale un bote de escarabajos.

— No… tardarían horas, será mejor hervirlo—contestó con el piloto automático puesto y dejándose gobernar por la rutina acercó una camilla al compartimento— No te necesito, Booth, puedo hacerlo sola, ¿por qué no estás con Christine?


— Te olvidaste el petate para transportarlos—, respondió guiñándole un ojo. Y no te preocupes, puedo cuidar a Christine desde aquí. Ahora duerme tranquila, papá le ha dado en sueños su beso de buenas noches. Eres tú quien me necesita… Venga, Bones, prepara la olla. No me dolerá.

Le obedecía, le obedecía como una autómata aunque lo que realmente deseaba era dejarse caer sobre aquel cuerpo roto, abrazarle, zarandearle, volverle a la vida. Quería a su marido.

— Soy yo, Bones, tu marido— le susurró al oído como si leyese sus pensamientos—. Ese de ahí no soy yo, no tiene mi alma, ni mi corazón.
— El alma no existe, el corazón no siente, Booth— y luego más para sí que para él preguntó—. ¿Me estoy volviendo loca?

— No. No pienses más, hazlo rápido antes de que adviertan tu presencia—la apremió.



Y sin embargo Brennan no sentía la urgencia. Miró una vez más ansiosamente el rostro del muerto, alguien caritativamente, tal vez Hodgins, le había limpiado la sangre del rostro; a pesar de las horas transcurridas aún presentaba la disposición de ánimo que había tenido en vida. Quería aprenderse los contornos de aquella carne rota para no volver a extraviarse, para no sentirlo a su lado, sus brazos sobre los hombros, para no reposar en su pecho la dolorida cabeza. El que yacía en el cajón, frío, inerte,  era su marido, su amante, su amigo, su hogar, el que la abrazaba no existía.

— No puedo hacerlo, Booth —dijo, sin embargo al fantasma que la seguía.

— Claro que puedes. Te conozco, eres la doctora Temperance Brennan, una eminencia mundial en antropología forense y esos de ahí son los restos de un hombre, averiguar lo que le ha pasado es tu trabajo.

— No puedo, no puedo compartimentarme. No puedo, ya no soy sólo la doctora Temperance Brennan, Booth, tú me cambiaste. Esta mujer de ahora la inventaste tú. Me has robado mi vida, mi idioma, mi razón, me has dejado a la intemperie, sin protección… 



— Schss, tranquila, tranquila, ven aquí— y le abrió una vez más el refugio de sus brazos—Lo ves, son mis brazos los que te cobijan, es mi pecho en el que te apoyas…, estoy contigo…

No, maldita sea…, estás muerto. Me has abandonado —dijo rechazándolo, golpeando con los puños la dura tabla de su pecho. E incomprensiblemente sus puños no desaparecían, los brazos la arropaban.

— No, no… mientras me necesites estaré a tu lado, contigo, en ti —le decía y en su voz no había mentira—. Soy el de siempre, ¿no me crees? —Y sus labios se desplegaron en su sonrisa de niño— Ya sé, ya sé cómo te convenceré —decía contento—. Cuando creas que no estoy contigo me tiraré un pedo, ¡me olerás! ¿Me has oído abuelo?, diles que obren el milagro, que me ayuden, no pueden concederme la gracia y no darme los medios para hacerla posible, díselo, abuelo— rogó Booth al pálido cielo raso.


— No puedo hacerlo, Booth —contestó mirando el rostro inerte del hombre muerto—, tengo roto el corazón.

— No, no, el corazón es un musculo que no puede romperse, ¿cuántas veces me lo has repetido?  Está bien —rectificó—vámonos, no necesitamos pruebas, lo que digan los informes oficiales poco importa. A Christine cuando llegue el momento se lo explicarás. Vamos a casa, tenéis que marcharos enseguida, Broadsky irá por ti en cuanto los periodistas levanten el cerco.

— No, Booth, tengo que hacerlo, encontraré las pruebas que demuestren que Broadsky te asesinó.

— Por Christine, Bones, por Christine para que no pueda hacerle daño, para que cumpla su espléndido destino. Déjale, no le mires más, es sólo otro muerto. Refúgiate en mí yo te daré la fuerza que necesitas. ¿Vale?


Booth, no… —y por primera vez desde que recibió la llamada que le anunciaba su muerte Temperance Brennan, la mujer de hielo, el volcán islandés rompió a llorar desconsolada entre los brazos de un muerto.

No se lo había permitido hasta entonces, no lloró cuando recibió la llamada, la supo falsa y se indignó por la desconfianza, por el abuso. A lo largo del día la ira le consumió cualquier rastro de amor y furiosa sólo deseó haber sido ella, con sus propias manos, la que le hubiera matado. Así que cuando agotada de dar golpes al aire se derrumbó en el suelo del salón, vencida, continuó insultándolo.


¡Bastardo, hijo de puta! ¿Cómo has podido hacerme esto? ¡¡Soy tu mujer!! ¡Tú compañera!! —y una carcajada que pretendía irónica y sonó histérica se le escapó— Yo era la estrella del espectáculo, ¿verdad? ¡Pretendíais que Broadsky me viese destrozada por el dolor, que te creyese muerto? ¿Es que no te importaba el daño que me harías? ¿Era necesario destrozarte  la cabeza?

Porque así había sido como lo había encontrado, solo, derrumbado en el suelo junto a la puerta de una habitación, como si fuera a largarse y  hubiera desistido, la mano derecha en el suelo, al lado del cuerpo, la pistola, la PPK que le regalara la inspectora Prichart de Sconland Yard al lado.  Tentada estuvo de recogerla  y vaciarle el cargador sobre su rostro intacto, tan perfecta era la representación. Aunque a ella no la engañaron ni por un momento, Booth no estaba muerto. Era una cruel trampa para atrapar a Broadsky. Repetían el juego, una vez más fingían su muerte para atrapar al huido. 


Y como no habían contado con ella, se negó a interpretar a la doliente esposa delante de los gerifaltes del FBI que comenzaban a llenar la habitación. Aunque ellos fueran quienes lo habían ideado, el culpable era Booth. Debía haber confiado en ella, era su esposa, lo habría sabido hacer, se habría fingido transida de dolor, podía hacerlo, era buena actriz.

Peor fue lo de Cam, pobre, Cam, casi se desmayó cuando llegó a la “escena del crimen”. Se agarró, se agarró a su brazo para no caerse, llamándolo, Seeley, Seeley, con la dulzura de una amante y el vértigo de una esposa huérfana, ahogándose por las lágrimas. Y no había soportado el espectáculo, que se lo quedase si tanto le amaba y eso, eso fue lo que le dijo cuándo con determinación le apartó la mano de su brazo.


Todo tuyo, doctora Saroyan, diviértete con la autopsia — Y con el rostro encendido de indignación había dado media vuelta y se había marchado a recoger a su hija. Ni ella ni Christine se convertirían en carnaza para la prensa.

— Lo siento, Bones, mi hermosa y racional mujer, lo siento tanto—le había dicho e intentó abrazarla, pero Brennan evitó el contacto.

— ¿Por qué no has confiado en mí? Puedo entenderlo, racionalmente hablando atrapar a Broadsky es una imperiosa necesidad ¿pero tenía que ser a costa de tu hija? —le había dicho más sosegada, mirándolo frente a frente.  El rostro limpio, ni un rasguño, ni una mancha de maquillaje ni un resto de lo sucedido. Y de repente se calló, la congoja que la ira había mantenido controlada amenazaba con cerrarle la garganta y no, no estaba dispuesta a darle esa satisfacción. No se merecía sus lágrimas. Y estalló una vez más.


—¡¡ Maldito bastardo¡! ¿No hay otros agentes en el FBI que pudieran hacerlo?  ¿Cómo, cómo pensabas explicárselo a Christine? Ella tenía su racionalidad, era fuerte, aguantaba la presión, pero la niña estaba indefensa. Por primera vez  no había sabido cómo hablarle, qué decirle más allá de que papa había tenido que salir de viaje a atrapar a un hombre malo. Pero la niña, maldita sea, se parecía más a él que a ella. Nada se le escapaba y ante su aparición intempestiva en la guardería y los periodistas asaltándolas cuando llegaron a la casa no hubo manera de convencerla de que todo estaba bien, de que papá volvería cuando acabase el trabajo.



¡Quiero que venga papá! —había gritado pataleando, en una interminable barraquera. Dos veces tuvieron que escuchar la absurda historia de amor de un fagot y una trompeta tan linda y con peineta, el cuento musical con el que Booth solía dormirla, para que tranquilizada rezase las oraciones que Booth le había enseñado y abrazada a su conejito rosa cerrase los ojos.  Y eso, eso jamás se lo iba a perdonar, jamás, jamás.

—¡Hijo de puta!, no me vengas con excusas, no te ampares en el doctor Sweets y sus listas. Te lo avisé cuando fingiste tu muerte la primera vez. Te lo dije “No iré a tu próximo entierro”. Y conforme la descargaba su ira se retroalimentaba, acaso no había tenido que soportar a los de la televisión intentando asaltar su casa “¿Qué tiene que decir, doctora Brennan del suicidio de su marido, era Hannah Burley su amante? No lo era. Estúpidos. No se ha suicidado, jamás, jamás Booth se suicidaría. Quería ir al cielo.

— No esperarás que todo siga igual entre nosotros, me has traicionado —le dijo—. Coge tu petate y vete. Sal de nuestras vidas.
Y entonces el sorprendido fue él.


Bones, no, escucha, no ha sido culpa mía haber tardado tanto, hubiera venido de inmediato pero no tienes ni idea como son los de arriba, me han interrogado durante horas —dijo señalando con el dedo al cielo raso.

— ¿Quién el piloto del helicóptero?

— Bendita seas, Bones, bendita seas —se rió y acercó la mano en busca de una tímida caricia, pero Brennan de un manotazo la rechazó; sin embargo cuando las pieles se tocaron sintió desvanecerse su ira—. Créeme, por favor, nunca, nunca te hubiera hecho algo tan cruel. Te quiero demasiado. Aunque tienes razón es culpa mí, lo sé, no debí acudir sólo a la cita. ¿Sabes? por unos momentos creí que lo había conseguido, cuando estaba allí arriba…

— ¿Arriba, donde, en el helicóptero, en tu cielo? —el sarcasmo la salvaba del dolor, oía sus palabras, bebía cada una de ellas y de repente sólo quería perdonarle. Había intuido lo que le esperaba si cogía el petate y se largaba. Y antes de él no le hubiera importado que llegase de nuevo el tiempo de estar sola, pero ahora no lo soportaría.


— Escúchame, Bones. Se presentaron todos, a los buenos y a los malos y creí que eran alucinaciones, mi padre, Cullen, el cabo Parker, hasta que el abuelo no me lo explicó no lo entendí. Dijo que la muerte es un principio. Para ti también.
— ¿Te estás quedando conmigo? —Se burló —¿Dices que estás muerto, que te suicidaste, qué eres un zombi como Jesús? —dijo, y una incrédula carcajada se le escapó.
— Lo ves, te ríes, pero no blasfemes. Cree en la gracia de Dios. No me suicidé, Bones, Broadsky me asesinó.

— Basta, basta, es suficiente —gritó de nuevo furiosa—, ¿por qué me torturas así?—y de pronto recordó el palo desapareciendo, el calor de su mano. La alargó, necesitaba tocarlo y  la mano desapareció dentro de su pecho —No es verdad, estoy alucinando.


— Lo siento tanto. Te quiero, moriría por ti, por Christine, pero Broadsky me ha derrotado… Y sin embargo estoy aquí, me estás viendo y es real, Bones, es real. No estás loca ni alucinando. Es la gracia de Dios, y da igual que no creas en él porque no es por ti, ni por mí. Es por Christine, para protegerla y cuidarla. Para que las alas de la muerte no la rocen.

— No creo en los ángeles, Booth.

Pero crees en mí ¿no? Sólo te pido que tengas fe en mí —Y entonces cogió su mano y la llevó hasta su pecho, Brennan esperó escuchar el latir del corazón pero sólo percibió silencio— Me ha matado, Bones. Y me duele, no por mí, créeme, sino por ti, por Christine, por todo lo que estás sufriendo— Y una temblorosa lágrima asomó en sus ojos y Bones como siempre le había sucedido quiso consolarle.
— Es verdad ¿no?
— Sí.

Debí haberte pedido que lo matases aquella noche —se descubrió de repente diciendo en calma —Es por mi culpa todo lo sucedido. Te importó más que yo no te viese como un asesino que hacer las cosas como tú sabías que debían hacerse. Siempre he pensado que eras tú quien cambiaste mi mundo, pero yo a ti también te cambie —y entonces añadió—Quiero atrapar a Broadsky, que pague por lo que nos ha  hecho



— No, no,  esa es mi misión. Olvídalo. Desaparece, coge a la niña y lárgate, vete donde no te encuentre la muerte, aléjate de este mundo, dedícate a la investigación, a la poesía, pero deja en paz a la muerte.

— Y ya está, si te hago caso te desvanecerás… y me quedaré…

— No me iré. Bones, no mientras tú quieras tenerme a tu lado.

Ayúdame a atraparle y nunca querré que te vayas, pero no consentiré que te crean un asesino. Eres el hombre más bueno del mundo.

— No. Ve al laboratorio, investiga lo sucedido. Tú encontrarás las pruebas. Eres el ser más inteligente del mundo, Bones. Hazlo por Christine, olvida a Broadsky, no lo conviertas en tu amo.

— ¿Mi amo? Yo no tengo amo. Soy  tuya libremente, Booth, ya seas fantasma o yo esté loca. Tú me alimentas, eres mi marido, mi hogar. A él lo atraparé.

Eso había dicho en su casa, con el calor de su pecho en la mano, pero ahora frente a su rostro sereno y callado toda su resolución se venía abajo.

No puedo…, no puedo.

¡Eh, doctora B! Sabía que estarías aquí, ¿te echo una mano? —dijo una voz a sus espaldas.


(Continuará...)