lunes, 21 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES IX




Capítulo IX

Que trata de cuando conocí a una graja parlanchina Y MATÍAS SE ENFADÓ.

Volvimos al patio, Rosi nos seguía con un plato cargado de sobras,  Para Matías y los gatos, dijo. Bernardino descorrió el cerrojo de la puerta de los corrales. Y me quedé otra vez con la boca abierta. Como había dicho que daba al corral yo esperaba encontrarme con vacas y toros, como en las películas de vaqueros de la tele, pero aquello era otro patio, casi igual que el anterior, sólo que en lugar de baldosas rojas, el suelo estaba cubierto de cantos rodados. Empedrado. Y ahí os he pillado, je, je, ¿a que no sabéis lo que son los cantos rodados? Pues un canto rodado es ni más ni menos que una piedra redonda que cuando la pisas hace siuuuu, siuuu, siuu, siuuu, y si te caes encima no duele (aunque no os recomiendo que hagáis la prueba, a lo mejor sí... un poquito).

— Eso es un laurel —dijo Bernardino, señalando un arbol alto y fuerte que presidía el patio—, lo plantó tu abuelo el día que nació tu padre.

Yo sabía que al papá de papá se lo había llevado hacía muchos años Sunman, pero no me pareció muy conveniente decírselo, no quería que pensase que era un miedoso. Para disimular le pregunté: — ¿Y eso? —señalándole las plantas que rodeaban las paredes, repletas de hojas reverdes y sin ninguna flor.

— ¿Eso, lo de los arriates? —Se extrañó Bernardino— Eso sólo son hierbas —y como me viera una vez más con la boca abierta me explicó—. Hierbas que curan las enfermedades sin necesidad de acercarte a la farmacia. Mira, ven –dijo cogiéndome por un hombro y acercándome a uno de los arriates—, eso del rincón que parece un árbol enano es un saúco, y no verás muchos por esta zona, te cura los resfriados y la fiebre; esa  bajita con tantos capullos dorados es la manzanilla, dentro de dos semanas habrá florecido por completo, es una de las plantas que más cura,  el dolor de tripa, las llagas de la boca, las legañas; mira, esa otra con los tallos arqueados y con tantas espinas es la zarzamora, no florecerá hasta junio, te cura la diarrea.



— Y esa, esa que parecen ramas sueltas terminadas en espigas malvas es el espliego, huele, huélelo si te tomas una infusión desaparecen los nervios, y duermes a pierna suelta; y la que está al lado es la salvia, mira las hojas, por el revés parecen grises, tócala ¿a qué parece que tiene pelo?, ahora estruja las hojas entre las manos y huéletelas —lo hice y me pareció que notaba el peso de la cabeza—, a qué marea— me preguntó (a mí nunca me había dado un mareo, uno de la cabeza, a mí lo que me pasaba era que a veces se me dormía la tripa)— pues que sepas que aparte de dar buen sabor a la comida también cura los rasguños de las caídas en bicicleta porque tú sabes montar en bici ¿verdad?



Asentí, claro que sabía, bueno en bicicleta grande mamá nunca me había dejado montar, pero en mi triciclo vaya si corría, aunque tampoco me pareció oportuno contárselo, mejor dejar que hablase él, así podía aprender más cosas. Como lo de los arriates, ¿conocéis la palabra? Pues un arríate, aparte de un lugar con tierra rodeado de piedras es también un lugar dónde si te arrimas te pones perdidos de barro los pantalones y encima se ríen de ti. ARRIATE, eso, arrímate que te manche, je, je, je.

— Y ésa, es la hierbabuena —continuaba Bernardino y seguía señalándolas una a una— y ése tomillo, y ese romero, ya se le ha pasado su época, florece en enero y con una cucharadita  se te abre el apetito, a ti habrá que darte unas cuantas porque estás hecho un alfeñique.


Más que romero yo necesitaba cazos enteros del espliego ese que decía, tantas explicaciones me estaban poniendo de los nervios ¿y si papá había aprovechado mi ausencia y se había vuelto a casa? Estaba claro que no sabía qué hacer conmigo, tal vez…

Y sí aquella noche probé una infusión, la abuela tuvo que llevarme una taza a la cama  porque no podía dormir. ¿Podéis creer que exista una palabra así? INFUSIONES, en principio parece algo malo, como cuando vas al médico y te pinchan, ya, ya sé que eso son INYECCIONES, pero se le parece ¿no?, una INFUSIÓN podría ser una INYECCIÓN que se fuma ¿no?, pues no. Se bebe. ¿A que parece de broma?, pues es de verdad y las de espliego calman los nervios. 

Bernardino estaba resultando eso que mamá decía que debía ser yo de mayor: Un pozo de ciencia, sino hubiera sido porque por allí rondaban muchas mocas y se te metían por la boca la habría tenido siempre abierta.

— ¿Por lo que te he dicho? No, hombre, eso no es ciencia, eso se aprende solo, no hay más que observar  a las cabras o a las vacas cuando se ponen malas.

Por un instante la volví a abrir (la boca digo) así que las sabias eran las vacas y las cabras… eso, eso no me lo había explicado mi mamá.


Mientras tanto Rosi había abierto un portón y por él aparecieron, picoteando por entre los cantos (que protestaban diciendo cloc, cloc), un montón de gallinas. Me escondí detrás de Bernardino, por si acaso, yo nunca había visto ninguna tan de cerca. Luego, de repente apareció una más decidida que las demás mirándonos altanera y agitando con fuerza las alas, parecía un indio dispuesto a atacarnos. Bernardino me empujó hacia atrás y tuve que agarrarme como pude a su pantalón para no caerme.

— Quédate quieto, no te muevas, verás que susto se va a llevar ese presumido —y cuando el bicho estuvo a su altura le largó una patada que lo lanzó por la puerta abierta.— Ese gallo está pidiendo a gritos una buena olla y como se descuide la va a tener.

¿Eso… eso era un gallo? —Pregunté un poco asustado.
          
— Si, eso era un gallo y venía derecho a sacarte los ojos —contestó Rosi en medio de la puerta abierta—. El otro día se me tiró a la cara y me picó aquí, mira todavía tengo la señal. —Era cierto,  pegado a la nariz, cerca del ojo derecho, se le veía un rasguño—. Cuando paso al corral sola cojo el palo de la fregona, pero me despistó Lucrecia con sus tonterías y cuando quise darme cuenta lo tenía encima.

— Lo que yo digo —murmuró Bernardino—. Una buena olla y un buen arroz. Eso va a ser lo que va a conseguir.


De pronto un pájaro de plumas negras se posó en el hombro de Bernardino y repitió imitándole la voz: Una olla. Una olla.

— ¡Hola Lucrecia!, ¿qué te cuentas? —la saludó.

¿Kia entás, kia entás? —repitió el pájaro.

 Bernardino le ofreció un trozo de calabaza que sacó del bolsillo y el pájaro lo cogió de un picotazo. Yo estaba realmente impresionado, otra vez con la boca abierta. En mi vida había visto un pájaro que hablase.

— ¿Qué es? —pregunté.

Quique —dijo Bernardino muy serio—. Te presento a Lucrecia, una  graja muy mala y ladrona— y dirigiéndose al pájaro añadió muy formal—. Lucrecia, éste es Quique. Quique va a vivir un tiempo con nosotros, pórtate bien con él. Éste es Quique—repitió.

Kia-kie, kia-kie —dijo la graja.

— Ves que lista —señaló Rosi —ya se ha aprendido tu nombre. ¡Hola Lucre! —y acercándose al pájaro se puso a rascarle la cabeza.

Kia, Lucre, kiaa, Lucre —saludó el pájaro, imitándole la voz.

— No te he dicho que es muy lista, lo bien que arrienda a todo el mundo.

(¿La habéis leído? ARRIENDA, ¿a qué es bonita?, dentro de un rato os la explico, que si no me pierdo y quiero contar primero lo de Lucrecia)



— ¿Pica? —pregunté receloso.

— ¡Que va!, no te va hacer daño, sólo te dará un picotazo cariñoso para llamar tu atención o para quitarte algo que tengas en las manos y le guste; pero Lucre no quiere ir a la olla ¿A qué no?

A qué no, a qué no. —Y realmente era como si el propio Bernardino continuase haciendo la misma pregunta.

— ¿Le enseñaste tú a hablar? Y Bernardino me miró asombrado.

— ¿Enseñarle, a Lucre? ¡No! Aprendió sola. Un día me la encontré en el suelo medio muerta, se había caído del nido, me la traje y la cuidé. Es tan lista que no necesita más que oír una voz una sola vez para arrendarla.

Vale, ya habéis oído a Bernardino, a él esa palabra le encanta. ARRENDAR, no significaba como yo creía ALQUILAR, bueno, tal vez sí, porque que lo que la graja hacia era coger prestada la voz de las personas, me parece, aunque lo que Bernardino quería decir era que la imitaba. La abuela cuando me lo explicó me dijo otra tan rara o más, dijo REMEDAR, pero no me gustó, parece como que va a ponerse a remar. Yo también he aprendido a ARRENDAR, ahora ARRIENDO a Bernardino, pero sólo cuando estoy con papá para no ofenderlo, porque ARRENDAR a alguien no está bien. Pero, es muy, muy divertido.



Lo cierto es que la graja me miraba y yo la miraba a ella pero los dos manteníamos las distancias, tenía pico como el gallo. Bernardino me explicó que con la Lucre sólo había que tener cuidado de no dejar nada que brillase a su alcance, botones, monedas.

— ¿Se los come? —me parecía imposible.

— Qué va, se los lleva y los esconde en un lugar secreto.

— Yo sé donde lo tiene —dijo Rosi haciéndose la lista.

Lucre no es una ladrona corriente —siguió Bernardino—, digamos que se cree la dueña de toda cosa que brille; pero ladrona  no, qué va. ¿A qué vas a ser muy amiga de Quique? —le preguntó.

Kia-kie, kia-kie —repetía una y otra vez.

Matías llegó corriendo, ladrando y meneando el rabo, todo al mismo tiempo; se restregó contra mis piernas y puso el hocico en mis manos. Esta vez no me asusté, hasta me atreví a rascarle el cuello y pareció gustarle. La graja le arrendó y parecía que había otro perro más. Matías se quedó mirándola, no creo  que lo engañase, creo que pensaba en asustarla.



Luego la graja voló hasta posarse casi junto sus narices, Matías se limitó a levantar una mano para golpearla, y la graja, con un saltito, esquivó la zarpa sin asustarse y siguió ladrando a su alrededor.

Y claro está, Matías se enfadó y empezó a girar sobre sí mismo buscando a la pájara, que ni por un instante se quedó quieta; unas veces a saltos y otras volando lo esquivaba. Y entonces sí que se armó el jaleo, Matías, cabreado, comenzó a ladrar; la graja, pareció entonces asustada o lo fingió, el caso es que  huyó lanzándose como un rayo a las ramas más altas de un árbol del corral y una vez a salvo comenzó muy ufana de nuevo a ladrar.

¡Callaos ya! —Gritó Bernardino-. Vaya barahúnda que habéis montado. Lucre deja de ladrar y tú, Matías, que pareces tonto, con lo viejo que eres y que siempre te saque de quicio. Es que no te das cuenta de que nunca la vas a alcanzar—. Y como ninguno de los bichos le hacía el menor caso, cogió un palo. En cuanto lo vieron con él en la mano, sin que siquiera lo levantar, se callaron.—  Así me gusta, que me hagáis caso —dijo—. Y escucha, Matías, como vuelvas a montar otro jaleo porque la pájara te arriende te dejo sin comida, ¿a la vejez vas a volverte un perro tonto?

Perro tonto, perro tonto —repetía el eco desde el enramado.

—Y tú también —añadió dirigiéndose a Lucre que muy ufana seguía y seguía arrendándolo—,  ¿te has creído, que vas a salirte siempre con la tuya pájaro, loco?



Pájaro loco, pájaro loco... —y, como Rosi le tirará una tapa de cerveza voló a atraparla en el aire; al menos se calló.

— Están siempre así, estos dos —me dijo mientras echaba la comida del perro en un cuenco—. Si Matías tiene algún hueso, la Lucre se lanza a quitárselo y se lo lleva volando. Matías es un buenazo, seguro que le deja quitárselo para perseguirla un rato. La primera vez que le arrendó, el pobre se volvió loco intentando averiguar donde se escondía el otro perro, ahora ya sabe que es la Lucre, por eso le ladra con más ganas.




El corral era distinto a los patios, más grande, y con muchas puertas a los lados. Cerca de la entrada se encontraba el gallinero, rodeado de una tela metálica, con una puerta de hierro; pegados a la pared unos cuantos palos donde dormían las gallinas y en el suelo de tierra, como el de todo el corral, unos cajones de madera, nidales, NIDALES, ENE-I-DE-A-ELE-E-ESE- los llamó Bernardino, donde las gallinas ponen los huevos. También había unos cuencos, barreños se llaman y no sé porqué porque ni barren ni tienen leña sino agua, je, je, je.

 La verdad es que estaba admirado de todo lo que sabían aquellos dos, hasta entonces había pensado que mamá era quien la persona más sabia del mundo, mucho más que Sunman, por supuesto, pero empezaba a dudarlo. Claro que yo seguía haciendo lo que ella me decía, oídos limpios, ojos atentos y mente abierta, así que cada vez que escuchaba una palabra nueva procuraba repetírmela en voz baja para que no se me olvidase, cuando volviera a casa la buscaría en el diccionario, aunque nidales estuvo a punto de escapárseme porque andaba repitiéndome BARAHUNDA, esa sí que era rotunda cómo no, una vara que te hunde las costillas si no te callas cuando Bernardino te lo manda, je, je,je.

Esta puerta debe estar siempre cerrada —le decía Bernardino a Rosi un poco amoscado porque las gallinas andaban picoteándolo todo—, Enciérralas de una vez y que no se vuelvan a escapar.

Rosi se hizo la longui, (esta es buena, esta es buena LONGUI, que quiere decir distraído, y esta, que conste, que ya la sabía, que mamá me la enseñó), por lo que Bernardino insistió, y Rosi siguió modorrando (esta es de ellos y la verdad que no sé sí la digo bien, porque Rosi lo que hacía era dar vueltas con el perro, no dormir la siesta). Hasta que confesó que le daba miedo acercarse al gallo, así que Bernardino se fue hacia él y lo cogió por las alas.

—Tienes un buen arroz amigo, y a no tardando el mochuelillo y yo te vamos a zampar. ¿Te gusta el gallo? —me preguntó.

De ese nunca he comido —contesté.

— Claro que no. Cómo vas haber comido si está vivo —se burló.







— No,  yo he comido un pescado que se llama igual.

— ¡Ah! —se asombró Bernardino, y me alegré, al menos una vez había sido yo quien le había dejado con la boca abierta—, eso sí que no lo sabía. Tú sabes el refrán ese de nunca te acostarás sin saber una cosa más. ¡Un pescado qué se llama gallo!, ¿quién se lo va a creer!, pero bueno, ¿tú has comido pollo sí o no? —Asentí firmemente—, ¿te gusta? —volví a asentir—. Pues el gallo es todavía mucho más rico. Y si te lo guiso yo, te chuparás los dedos.

Soltó el gallo en el gallinero en cuanto Rosi metió dentro a las gallinas y cerró enseguida la puerta con el cerrojo.

— ¿Las vacas y las cabras dónde están?  —Pregunté, siguiéndole hasta una puerta muy rara, bueno no es no que fuese una puerta, es que estaba partida por la mitad, la parte de abajo cerrada, la de arriba abierta y por ella se asomaba...

— Ven que te voy a presentar a fray Junípero -me dijo.