miércoles, 9 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES V Y VI


Capítulo v
Que trata de las dos siesas

Mi vida cambió. Por las mañanas doña Petra venía a despertarme, papá ya se había marchado a trabajar o al hospital, ACHE-O-ESE-PE-I-TE-A-L. Me preparaba el desayuno, casi mi comida favorita, pero con ella los cereales y la leche no sabían igual. Nada que ver con los de mamá aunque la caja fuese la misma. Mamá se sentaba a tomar un café conmigo y o bien me contaba una historia que se inventaba y le seguíamos la pista hasta que me terminaba el desayuno o me leía algún libro de cuentos. Otros días era yo quién se la contaba a ella. 

Pero doña Petra siempre andaba con prisa, así que no había cuentos, ni historias. La primera mañana intenté contarle una sobre Sunman, y como mi amigo Escaiman le iba a vencer. Pero se río y muy sería me dijo que o dejaba de hacer tonterías con los cereales y me callaba o ella se encargaría de avisar a los hombres de Sunman, que preferían a los niños lerdos. Eso dijo, que yo era lerdo. ELE-E-ERE-DE-O. Y quise obedecerla, de verdad que lo quise, y me metía las cucharadas en la boca muy de prisa, pero luego, no sé porqué no podía tragar, y le daba vueltas y vueltas en la boca. Y claro, ella insistía. Venga, Quique, que no tenemos todo el día. Que digo yo que para qué tanta prisa si luego no hacía nada más que ver la televisión y para eso había mucho día. Aún así, lo intentaba, de veras, quería tragármelos pero la bola crecía y crecía y no podía. En el estómago tenía algo así como un nudo que me impedía tragar, así que cuando se daba la vuelta y no miraba me los sacaba de la boca y los dejaba en el plato de Riska, su gata. 



Era una desagradecida, la gata digo. Siempre caminaba pegada a la pierna de doña Petra, moviendo altivamente el rabo, contoneándose. Parecían madre e hija, las dos tan tiesas o siesas, ESE-I-E-ESE-A-ESE como las llamó Bernardino, cuando le conté la historia. Luego se iban las dos a su piso o a hacer recados y me quedaba solo en casa. 


No me importaba, en realidad lo prefería porque tenía conmigo a Severiano y a  Escaiman que me contaban cosas de mamá, pero como no mejoraba, cada vez me asustaban más. Contaban que estaba prisionera de Sunman. Que el hombre del sol era un gigante con el cuerpo rojo, las piernas verdes y llevaba en la cabeza un gran casco amarillo como el sol, que desprendía, como aquél, rayos de fuego y calor. 

La estrategia de Sunman  para  conseguir carburantes humanos con que alimentar al sol era ocultarlo, al sol, digo, llenar la tierra de oscuridad, la gente cree que es de noche y se duerme. Así dormidos los cogía. Severiano decía que ya tenía a mamá, Escaiman lo negaba, y yo lo creía, después de todo era el guardián del cielo y de eso sabía mucho más que un ratón por muy leído que este fuera. Pero además es que yo sabía de cierto que a mamá se la llevaron los del SAMUR y papá la veía todos los días. Claro que, luego llegaba Severiano moviendo los bigotes y me preguntaba ¿tú crees?


Los días pasaban y mamá no se despertaba, luego pasaron las semanas (son donde se reúnen los días para decidir la agenda de trabajo), Riska empezó a engordar y a engordar y yo a adelgazar y adelgazar. Y es que la gata ya no sólo se comía las latas de atún que doña Petra le servía en un cuenco de porcelana, ni mis cereales, es que también se zampaba mis filetes del mediodía. No es que me hubiese vuelto vegetariano, es que con sólo mirar los filetes sangrientos que me dejaba en el plato me daban arcadas. Mamá, que lo sabía, me los escondía. Quiero decir que los empanaba, y estaban más suaves y tiernos y no hacían bola. Los filetes de doña Petra giraban y giraban, primero en el plato, luego en la boca y nunca se dejaban encerrar en la tripa, al final se los comía Riska.



Doña Petra refunfuñaba por lo bajines: ¿Qué le pasa a esta gata que cada día está más gorda? ¿No la habrás dejado que se escape? —me preguntaba mirándome raro— No señora, yo no —contestaba procurando no mirarla no fuera que supiese leer el pensamiento y viera lo que hacía con los filetes. Un día me pilló. Y no me dijo nada, que ya es ser mala.




Cuando papá llegó por la noche le pidió que la siguiese al comedor que tenía algo que decirle, y entonces fue y se lo contó, bueno se chivó, claro que entonces yo no conocía esa palabra tan fea, aunque suene bien. Porque de las palabras uno nunca se puede fiar del todo CE-ACHE-I-UVE-A-ERE-. Las más sonoras suelen ser las peores. El caso es que doña Petra le contó lo de los filetes. Eso y más. Y es que por la noche me había vuelto hacer pis en la cama, como cuando era un bebé. A mí me daba vergüenza que papá o doña Petra lo supiesen y escondía las sábanas por los cajones de la casa; sí, sé que debí haberlas metido en la lavadora, pero no me atrevía a tocarla porque mamá me lo tenía prohibido. 

Tampoco debía hacerme pis, claro, pero es que cuando llegaban las pesadillas y Sunman estaba a punto de atraparme y yo pronunciaba ornitorrinco nadie venía a rescatarme. Como papá no conocía nuestra palabra mágica, seguía durmiendo a pierna suelta. Luego, un día, la mujer de la limpieza (en la que no pensé que mirara en los cajones) encontró en la cocina unos pantalones de mi pijama y varias sábanas que no olían muy bien, se lo contó a doña Petra y ésta se lo contó a papá y papá, me volvió hablar, otra vez, de hombre a hombre.



Capítulo VI
Que trata de las
 conversaciones… De hombre a hombre.
—A ver, cuéntame, por qué por las noches, cuando te haces pis no me llamas.
—Si te llamo —contesté. Él se sorprendió.
— Imposible. Sí me llamases te oiría. No ves que dejo las puertas abiertas.
—Sí que te llamo —insistí—, todas las noches—. No le expliqué que lo llamaba con una palabra secreta, que no a voces, porque como la palabra era de mamá no podía decírsela. Así que estuve a punto de proponerle que nos inventásemos una palabra secreta para nosotros dos, con la que pudiese llamarle cuando llegase Sunman, pero papá no sabía que existía, ni tampoco le seguía la pista a las historias de Severiano, ni a las de Escaiman.
Lo cierto es que papá estaba un poco en la inopia, como dice Bernardino.
— No sé qué hacer contigo Quique, no me estas ayudando nada.
— Pero, si soy un niño bueno, si no le doy guerra a doña Petra, ni le tiro del rabo a la gata, si hasta juego a la pelota en el parque —contesté desconcertado.
— Lo sé, lo sé… pero has vuelto a hacerte pis en la cama como cuando eras un bebé —me dio tanta vergüenza que lo supiera que me puse colorado y una congoja dura, dura me impedía tragarme las lágrimas y mira que no quería llorar, sobre todo cuando me cogió por los hombros, me miró de frente y muy serio me preguntó—. ¿Te trata mal doña Petra? —A lo mejor esperaba que dijese que sí, pero cuando por fin pude tragar saliva le pregunté.


— ¿Cómo de mal dirías tú qué es tratarme mal? —Mamá me tenía advertido que en lo tocante a las personas tenía que pensar uno muy bien lo que iba a decir porque si decías cosas falsas podías hacerles mucho daño, y yo no quería enfadar a doña Petra, seguro que me delataba a Sunman. Papá no estaba cuando me lo explicó mamá así que no me entendió y se asustó un poco, porque casi abrazándome preguntó: — ¿Te pega? — Lo cual era absurdo a  doña Petra ni siquiera le hacía falta decir una palabra más alta que otra para que todo el mundo corriera a obedecerla, como tardé en pensar todo lo que ahora escribo, papá se asustó otro poco más e insistió: —¿te ha pegado?
   No —.El suspiro que se le escapó me dejó preocupado. Tal vez papá
me quería un poquito, porque siguió preguntando.
— ¿Te castiga?
   Nunca.
   Pues no lo entiendo ¿No te da de comer lo qué a ti te gusta?
Me lo pensé despacio, ésa era una pregunta difícil de responder, darme, me daba las mismas cosas que mamá: filetes, verduras..., pescado, cereales, yogures... y todas esas cosas me gustaban.
   Bueno... sí..., pero...
   Pero qué, venga no te calles, cuéntamelo ya.


Papá se ponía nervioso enseguida, sobre todo conmigo que meditaba muy bien las respuestas. Mamá siempre decía que hay que pensar antes de hablar para así tener muy claro lo que se va a decir y no meter la pata.  Y qué podía decirle de doña Petra, que sus comidas, a pesar de ser las mismas, no sabían ni olían como las de mamá, que me ponía el plato en la mesa y ella seguía cocinando su comida o hablando con la televisión y no me contaba historias ni jugaba a ver quién dejaba más limpio el plato. ¿Qué podía decirle? Que los trozos de carne giraban y giraban en la boca y cuando les decía, para dentro, se me salían... No, no podía decirle eso a papá. Pero creo que, a pesar de mi silencio, lo entendió porque lo siguiente que dijo fue:
— ¿Te gustaría que te llevase a mi pueblo a vivir con la abuela?


Lo cual me dejó con la boca abierta por un buen rato. Sabía, claro, sabía que papá era de un pueblo llamado Cantalojas porque mamá me lo contó una tarde cuando me explicó que yo era de París de la Francia. Luego como quise saber si ella también era de París me lo explicó todo, que ella era de Madrid y papá de un pueblo muy pequeño de Guadalajara llamado Cantalojas, pero no me explicó más porque enseguida nos pusimos a ver el álbum que había hecho de su último viaje a París del que ya volví yo metido en su tripa para no tener que pagar impuestos en la aduana. Sabía también que tenía abuela, pero no la conocía. Una vez que pregunté mamá por ella me respondió que estaba  siempre viajando, aunque a nosotros nunca venía a vernos. En realidad era como si no tuviese abuela y de Cantalojas tampoco sabía nada así que lo mismo resultaba que era una base de Sunman. Y se lo dije.
— No sé —dije después de meditarlo —no la conozco, ¿no está siempre viajando?
— Sí la conoces. Y ella a ti. Cuando naciste vino a Madrid para verte, el ratón de peluche que tienes, ése que está tan destrozado te lo regaló ella.

—  Se llama Severiano — le corregí, todas las cosas tienen su nombre, mamá me explicó que los griegos, unos señores muy viejos, muy viejos, que se pasaban el día hablando mientras caminaban le dieron nombre a todas las cosas, incluidos los animales y las plantas y la verdad a mí me molestaba que la gente no respetara su trabajo. Que papá no supiera cómo se llamaba Severiano era para enfadarse, pero claro, no me quedó tiempo para corregirle, porque había dicho… que sí, que yo conocía a la abuela…
— Cuando naciste, mamá estuvo muy enferma, no tanto como ahora, pero  tuvo que quedarse unas semanas en el hospital. Te trajimos a casa porque como tú estabas sano no podías quedarte allí, lo mismo que ahora no puedes ir. La abuela vino a casa para cuidarte —me explicó y aún dijo más cosas, tantas que me quedé con la boca abierta una vez más—. Te daba el biberón, te cambiaba los pañales y te cantaba nanas para dormirte. A ella fue la primera a la que le sonreíste.



No me lo podía creer, pero si yo sólo sonreía con mamá. No podía ser cierto, papá me estaba contando una historia. Yo no me acordaba de nada, pero de nada y siempre he estado seguro de recordarlo todo. Hasta a veces creo recordar París. Debió de notárseme en la cara  que no me lo creía,  porque me miró fijamente y muy serio dijo.
   Es verdad.
—  No me acuerdo de ella.
—  ¡Cómo te vas a acordar, si eras un bebé!
Me costaba creerle, mamá me había dicho que siempre, siempre habíamos estado juntos.
—  ¿Y mamá no me cuidaba?
— Al principio no, luego cuando se sintió mejor la abuela se fue unos días al pueblo. Mamá intentó cuidarte sola, pero se cansaba enseguida y  no dejabas de llorar. Así que la abuela regresó a vivir otra vez con nosotros. Y ya te cuidaban las dos..., aunque para dormirte siempre necesitabas los brazos de la abuela, hasta que un día mamá dijo que ya se encontraba bien del todo, que te cuidaría sola, y bueno mi madre se volvió a su casa.

— Pero... mamá dice que está siempre de viaje.
— ¿Tú nunca te has enfadado con mamá o conmigo? ¿Nunca te enfurruñaste y te fuiste a tu habitación y luego estuviste encerrado sin querer comer?  Pues algo parecido nos pasó a mamá y a mí con la abuela. Un día nos enfadamos, y mi madre se marchó.
No me gustó la comparación. Yo era un niño y no estaba educado del todo, sin embargo papá y mamá ya lo estaban, no tenían porque enfadarse.
— Cuando seas mayor lo entenderás, entre adultos las palabras pueden hacer mucho daño. Y a veces no se olvida. —Me explicó cuando se dio cuenta que no entendía nada.
   Pero no decías que era tan buena.
— ¡Oh!, no lo digo por mi madre. Llama a menudo por teléfono   y pregunta por ti.
— ¿Por mí? ¿Todavía se acuerda de mí? ¿Sabe lo de mamá?
   Sí, se lo dije. Está muy preocupada por ti.
— ¿De verdad?
   De la buena.
Ser  una persona mayor debe ser algo muy difícil y complicado. Papá,  me parecía a mí, estaba hecho un lío por muy papá que fuese. Se acordaba de su madre, pensaba en contarle sus problemas pero ni la veía ni la llamaba. Prefería aparcarme con desconocidos a pedirle que viniera a cuidarme, a cuidarnos a los dos. Y esa era la solución.
— No puede ser —contestó cuando se lo propuse—. No es tan sencillo como tú crees. 
— Pero bueno, si hace tanto tiempo ya se le habrá pasado el enfado.
— Sí, sí, claro, pero no puedo.
Y en esas estábamos, el problema no tenía solución y ya me veía otra vez en manos de doña Petra, o peor aún en la guardería. Pero se me ocurrió una brillante idea.
— Bueno, tal vez sería mejor no pedírselo por teléfono, sino ir nosotros a Cantalojas y  pedírselo —dije mirándolo fijamente para ver como reaccionaba.
— No sabría decirte, hace más de cinco años que no he ido por el pueblo.
— Si lo que yo digo es que podríamos ir allí los dos, le cuentas lo de mamá y a ver que dice ¿no te parece?
— ¿Te gustaría quedarte con ella? —Entonces me tocó sorprenderme a mí, aquella proposición sí que no me la esperaba.
— No sé —tenía que pensarlo, pensarlo de verdad, como no sabía la respuesta y él me miraba expectante (ésta es de las buenas ¿eh? E- EQUIS-PE-E-CE-TE-A-ENE-TE-E) pensé que tal vez fuera mejor que estar con doña Petra, a lo mejor a la abuela le gustaba contar historias y como no podía ver a mamá, para ganar tiempo le pregunté— ¿Está muy lejos el pueblo?
— Unas dos horas y media más o menos. ¿Quieres ir? —Y luego me preguntó— ¿quieres dejarme solo?
Como explicarle que no era yo quien le dejaba solo, sino él a mí, que me tenía todo el día con una señora extraña. Ya sé que papá no lo hacía a mal hacer, que no podía abandonar por mí el trabajo.
— Bueno papá —dije— vamos a llamarla a ver qué dice.


A partir de aquel momento todo ocurrió muy, pero que muy deprisa. Papá se fue al despacho para llamarla y me mandó directamente a mi cuarto para hacer la maleta, así que no me enteré de nada de lo que hablaron. Cada poco tiempo me asomaba a la puerta de mi cuarto pero el despacho seguía cerrado y se oía la voz de papá, no sé si la abuela pudo decir mucho en aquella conversación, a mí sólo me llegaba el murmullo continuo de la de él, y no es que yo sea un espía que se dedique a escuchar por las puertas, pero estaba tan nervioso que no podía concentrarme en la maleta. Cuando papá por fin salió,  me dijo:
— Pero ¿qué haces aquí parado? Venga a terminar la maleta que nos vamos.
Me puse a dar saltos y lancé varias veces mi gran grito de guerra IA-IA-IA-IA-IA.
— Como te esté oyendo doña Petra  creerá que te has vuelto loco. Anda, ve a despedirte de ella.
Pero no fui, me metí en mi cuarto, vacié mi armario y hechos un burujo metí mis pantalones de peto y mi camisa de cuadros en la maleta.
— Ya estoy listo, papá, cuando quieras…