viernes, 4 de enero de 2013

QUIQUE EL CUATRO NOMBRES III Y IV


Capítulo III
Que trata de los sueños,
las pesadillas…  y la realidad

Según las enseñanzas de mamá, después de la NATURALEZA, LOS ANIMALES Y LOS HOMBRES, el mundo estaba repleto de SUEÑOS. Mamá me explicaba que todos soñamos dormidos y algunos hasta despiertos. A veces los sueños de dormidos son horribles, con monstruos de siete bocas y tentáculos de siete metros que te persiguen y hasta te atrapan; pero como yo sé cómo escapar, escaparé TE-E-ENE-TE-A-CE-U-ELE-O-ESE y como la S es una serpiente, se da la media vuelta y se los come enteros (mamá me enseñó que si deletreas una palabra le quitas el poder de hacerte daño).


  Los sueños a veces son buenos y a veces no, unas veces te ocurren a ti y otras a otros que se meten en tu sueño sin que les hayas llamado. Yo siempre he tenido muchas pesadillas. Corre, corre que te pilla: PE-E-ESE-A-DE-I-ELE-ELE-A-ESE.

Como aquella vez que soñé que papa al irse a trabajar se equivocó, y en lugar de salir por la puerta del piso se metió en mi cuarto, que no era mi cuarto, el de verdad de Madrid, pero como si lo fuese y, además, papá, aunque yo sabía que era él, realmente no lo era, al menos no era tan alto y fuerte, más bien parecía tan pequeño como mi dedo meñique.

Le veía subir por mi cama y no paraba de reírme, no podía creer que ese papá fuese mi papá. Mientras me reía logró escalar una de mis rodillas, recorrer mi pecho y subir por los labios a mi nariz, y entonces sí que ya no pude parar de reírme porque me hacía cosquillas, y de la risa estornudé. Con mis mocos papá salió despedido, para él tan pequeñito debió de ser como caer desde uno de los aviones más grandes que surcan el cielo hasta el Barranco del Hornillo, y cayó en la caja de mis botas azules, que estaba abierta en el suelo.





Debió creer que había llegado a la oficina porque enseguida empezó a moverse como si bailase, llevando cosas de un lado a otro, salvo que no llevaba en las manos nada. Luego, ya no sé por qué, dejó de ser divertido y ya no era papá él que estaba en la caja, sino yo, y encima estaba todo a oscuras, alguien debió dejar de caer la tapa. Aunque era yo quien estaba en la caja, no era como de verdad soy, sino como mi meñique, y la caja en principio me pareció una casa muy amplia; pero de pronto las paredes se movieron, el techo se deslizó hacia bajo y me faltaba espacio, me faltaba aire y yo sabía que sin aire moriría. 

Empecé a gritar, ¡eh, qué estoy aquí!, ¡no empujéis! Pero nadie me oyó porque las paredes siguieron avanzando. Entonces me acordé de lo que mamá decía, eso de antes, lo de deletrear las palabras para quitarles el poder, así que me dije que si deletreaba la palabra oficina, esta desaparecería y yo volvería a estar tranquilo en mi cama, así que lo hice O-EFE-I-CE-I-ENE-A, pero no funcionó. Las paredes cada vez se acercaban más y el techo casi me tocaba el pelo. 


Pensé que me había equivocado de palabra porque realmente aquello no era la oficina de papá sino la caja de mis botas azules, así que lo volví a hacer CE-A-JOTA-A, nada, ya estaba de rodillas y con los brazos en cruz intentaba sujetar las paredes pero aquello, caja u oficina, estaba a punto de aplastarme, y si me aplastaba moriría.




Y pensé en mamá, el único ser del mundo capaz de rescatarme, porque las pesadillas no tienen lógica ni razón y se escapan por las veredas (un camino ancho para que quepan las vacas), sin ningún control y por tanto no hay deletreo que valga; así que cuando ya estaba  tumbado de lado en el suelo  pensé en ella y pronuncie nuestra palabra mágica: ornitorrinco. Y nada más pronunciarla ya no estaba en la caja, sino en mi cama con mamá al lado que me limpiaba la frente con un pañuelo empapado en colonia y me daba un vaso de agua fresca. 

Como ya he dicho, no todos los sueños son por la noche mientras duermes y mucho menos pesadillas. A mí los que más me gustan son los sueños de despierto, a la luz del día. Ahí sí que no tengo miedo, aunque haya  monstruos porque Escaiman o Severiano acaban con ellos. Mamá decía que eso son fantasías, historias que me cuento para no aburrirme. Ojo, que esta historia  es verdadera, que no tiene que ver con ningún cuento de Severiano. Inventar historias es fácil, piensas en algo que te guste mucho, mucho, mucho y le sigues la pista un rato.


El caso es que cuando me quedo sólo en la buhardilla me invento historias y juego a que me las creo un ratito. Es como jugar a contar mentiras, salvo que no te oye nadie. 

Bueno, tampoco hay que olvidar que te estás contando una mentira, que sólo te la puedes creer un rato, mientras juegas, pero no más. Porque a pesar de todo, a pesar de la naturaleza, los animales, los vegetales, los hombres y los sueños lo que de verdad manda en el conjunto de las cosas creadas, lo que manda en el mundo es una cosa llamada realidad. Mamá decía que estaba bien contar historias inventadas, que los mayores de vez en cuando podían decir una pequeña mentira, los niños nunca, siempre que no se perdiera de vista algo tan serio como la realidad. Así escrita parece bonita y hasta se deja quitar su poder y parece como si no protestase, ERRE-E-A-ELE-I-DE-A-DE, pero a veces es muy dura, duele y te hace llorar.

Capítulo IV
Que trata del helado de chocolate,
 las sirenas… y el SAMUR.

Vivir en la realidad es como jugar a las mentiras pero de verdad. Un día la realidad me hace reír, y me río a carcajadas porque a mamá se le ha manchado la punta de la nariz con el helado de chocolate y cuando intenta limpiársela se le extiende por todo el moflete. Casi me duelen los costados de tanto reír, y ella se venga y con su dedo manchado me toca la punta de la nariz, y entonces es ella la que se ríe y la que se sujeta los costados, porque me pongo a hacer el mono, guu, guu, guu; y me subo a su espalda y nos restregamos nariz con nariz y los dos terminamos en el baño, sorprendidos de nuestras caras marrones, salpicándonos agua. Ésa era una realidad. ERRE-E-A-ELE-I-DE-A-DE




Sin embargo, al ratito estoy llorando, de rodillas en el suelo, empujando a mamá, pidiéndole a gritos que se levante, que ya está bien de jugar a asustarme, porque se ha caído al suelo y no se mueve. Está dormida y si sigue así Sunman se enterará y vendrá por ella en cuanto se haga la noche y se la llevará. Intento razonar con ella, pero no me escucha; cojo el despertador y le hago que suene, a lo mejor se ha creído  que es la hora de la siesta, pero tampoco vale el intento, sigue dormida. Para ser un cuento ya había durado demasiado, me asusté y corrí a llamar a casa de Mercedes, mi vecina preferida, pero no estaba, así que a pesar del miedo, llamé a doña Petra. 

 A mamá un día se la llevaron en una camilla, unos hombres vestidos de naranja que eran del SAMUR, en eso me fijé muy bien, y hasta les pedí la documentación, uno no debe fiarse de nadie —al principio se rieron; luego, como insistí tanto, me enseñaron sus carnets, tal vez pensaron que yo no sabía leer, pero uno se llamaba Sebastián Tejedor Ramírez y otro Rafael Torres López, uno vivía en Moratalaz y era médico y el otro en Atocha  y era el enfermero—, por eso permití que se la llevaran, no trabajaban para Sunman sino para el Ayuntamiento, que lo ponía en sus tarjetas. 



Quise ir con ella; más que nada por si de verdad era un juego y para pasarlo mejor necesitaba una ambulancia, que corriera a todo gas por las calles con la sirena puesta  (NI...NI...NI...NI...NI...NI...NI...NI...NI...NI...NI...AU...AU...AU...AU! 

Los del SAMUR no me dejaron, ya se sabe, era un niño. Pero es que yo quería estar con ella cuando se despertase, porque a lo mejor si era un juego y se despertaba en la ambulancia, y no me veía a su lado, sino a Sebastián, preferiría seguir haciéndose la dormida. Tal vez tuviese miedo a que le regañasen por haber montado tanto bollo. Pero no me hicieron caso por más que se lo pedí; así que me tuve que quedar en casa de doña Petra.

A mí no me gustaba mucho doña Petra, tan estirada y vestida siempre de negro; aunque tenía dos cosas buenas, al menos para mí. Nunca te daba un beso y hacía unas galletas tostadas riquísimas, tanto insistí que hasta enseñó a mamá a hacerlas. Cuando nos veía a mamá y a mí juntos giraba de lado a lado la cabeza y decía: Elenita, Elenita estás malcriando al niño, siempre pegado a tus faldasDebería ir  ya al colegio, tiene la edad. Debe relacionarse con otros niños. ¡Y ella qué sabía de mi edad!,  solo quería separarme de mi mamá. Menos mal que ésta le contestaba: Tiempo tendrá, tiempo tendrá. 







Además, ¿para qué quería yo juntarme con otros niños?, si eran o tontos o malos, no como los de aquí que cada uno tiene su aquél, es decir, sus cosas buenas y sus cosas malas. En el pueblo, viviendo de continuo, estamos doce niños, de los que cinco son los hermanos de Rosi: los dos gemelos, a los que jugando a las tiendas, encerramos en el armario del cuarto de su madre simulando que era la cámara frigorífica y ellos unos terneros. Como estaba oscuro se asustaron mucho. La verdad es que se nos olvidó que los habíamos encerrado y nos fuimos a ver pasar por la calle a Bernardino con las vacas. Del miedo se hicieron caca, y como sólo tienen dos años la cogieron con las manos y se dedicaron a restregarlas por el vestido que les quedaba más a mano, que resultó ser el vestido blanco de la primera comunión que al día siguiente tenía que ponerse Rosi. Cuando su madre los sacó del armario se armó una de aquí te espero y a Rosi aquella noche le calentaron bien el trasero. Pedro, que tiene diez años y una buena zurda para tirar penaltis, Diego, que tiene nueve, y como dice Bernardino es de la piel del diablo, y Vanesa, que como tiene trece se enfada si la llamas niña y no tiene tiempo de jugar porque tiene que ayudar a su madre.

Luego están Rober que es mi mejor amigo y es tan fuerte que hasta Diego le teme, su hermano Juan que tiene ocho años y es delantero centro del equipo de futbol; y Kevin, Iván y Alex que parecen trillizos de lo iguales que son, aunque sólo son primos. 


Con todos me junto, Rober es mi amigo y por eso lo quiero, Kevin me enseñó a coger grillos orinando en su agujero y es muy feo porque lleva la cabeza monda y lironda. Esa sí que es una historia. Una tarde, que estaba solo en su casa, se metió en la despensa y se comió tres docenas de rosquillos que tenía su madre preparados para las fiestas. Cuando se dio cuenta de que no quedaban rosquillos se puso a cavilar la explicación que le daría. No podía decirle que se los había comido,  claro, porque entonces nadie le salvaba de una buena somanta  —quiere decir paliza y se escribe ESE-O-EME-A-EN-TE-A— así que decidió que mejor no decir nada y revolver un poco la casa para que pensasen que habían entrado ladrones.  



Luego se acordó que su abuela decía que a los ladrones le gustaban los huevos, así que se metió en el gallinero y empezó a tirar cosas: los palos de dormir, los nidos, los bebederos. El caso es, que cuando su madre regresó se asustó un poco al ver el desorden, pero en ningún momento se creyó la trola, porque Kevin no paraba de rascarse la cabeza, y por todo el cuerpo; a su madre no le quedó más remedió que dejar lo de la tunda para otro momento, aunque no se libró de un buen par de pescozones —esto también lo dicen en el pueblo PE-ESE-CE-O-ZETA-O-ENE-E-ESE— y empezar con el fregoteo. Hasta lumbre tuvieron que encender en el corral y en una olla grande poner a hervir la ropa. A pesar de todo, al final le raparon la cabeza porque los piojos le habían colonizado el pelo.

Con Iván me deslicé como si fuese en un tobogán por el tejado de una de las casas abandonadas de Villacadima, donde nos escapamos una tarde entera; a Alex le regalé una caja de acuarelas que me encontré en la buhardilla, porque las suyas se le cayeron al río y le daba miedo decírselo a su abuela —le pasa lo que a mí, sus padres están en Madrid y él aquí—. 

Estaba contando que se llevaron a mamá al hospital, palabra fea y malísima, porque te engaña, parece amable y suena alegre HACHE-O-ESE-PE-I-TE-A-ELE. La ELE del final da confianza, te hace creer que puedes escapar porque su pata es bien larga, pero no se puede, sólo tiene una, te obliga a cojear, al final tienes que quedarte quieto, muy quieto, en la cama, dormido como si te murieses porque no hablas, ni sueñas, ni comes, bueno por una goma que te ponen en la nariz. Así fue como vi a mamá el único día que me dejaron ir a verla.





Yo seguía con doña Petra. Y no cuento nada más porque no parecería verídico. Una noche papá y yo mantuvimos nuestra primera conversación de ésas que él llama de hombre a hombre, que no es ni más ni menos que él hablando y hablando, intentando convencerme de algo que a mí no me gusta.



Quique —dijo, nunca me llamaba Enrique como hacía mamá—, ahora que mamá está enferma y no puede cuidarte tienes que portarte como un hombre y no llorar —y mientras lo decía me limpiaba las lágrimas que me caían por las mejillas, pero nada, a él le daba igual que llorase o no. No permitía que le acompañase al hospital, luego añadió lo que más me temía, dijo —te quedarás con doña Petra unos días más.

Eso dijo, unos días más y hasta me lo prometió, cosas de padres, ya se sabe, prometen y prometen pero sólo para que te calles. Me prometió que mamá se pondría buena en seguida, que pronto volvería a casa. Y le creí, sí, era mi papá y según decía mamá me quería muchísimo. Mamá nunca me mentía, así que le creí, aún no conocía suficiente a los padres. Porque los días pasaron y pasaron y mamá no volvía.


Por las noches, todas las noches, en mi cama la llamaba despacito ORNITORRINCO, ORNITORRINCO, ORNITORRINCO, ORNITORRINCO, pero debía estar muy dormida, o tal vez fuera, como me explicaba Escaiman, no me oía por la contaminación acústica de la corteza terrestre —quería decir ruido—.