sábado, 10 de noviembre de 2012

ISABEL, LOS SIERVOS DE LA GLEBA Y EL BAILARÍN DE TANGOS (I)


Antes de que me hagáis las preguntas os contesto. Sí, aún tengo el hacha en la mano. No, no molesta a mi vigilia el rostro abotagado y muerto del jefe de los zetasSí, Hank sigue sentado en la taza. Sí, el alcalde y los concejales me cuidan las esquinas y… Sí, por supuesto, yo sigo siendo Heisenberg y el principio deincertidumbre mi refugio. No. No tenéis posibilidad alguna de conocerme ni por supuesto de atraparme. 

Para que os hagáis una idea me he identificado hasta tal punto con el alma negra de Walter White que la inactividad aparente en la que me refugio tiene más que ver con mi calidad de fásmido que con un picotazo de la mosca tsé tsé. Y aunque lo dudéis por mi silencio os lo confirmo, no, no me he contagiado de la enfermedad del sueño, ni mi cerebro ha sufrido destrozos irreversibles por el consumo inmoderado de cristales azules, tampoco me he dejado seducir por el dolce far niente, es, repito, puro y simple mimetismo. En la actualidad Heisnberg se encuentra en stand by en la sala de guionistas de Breaking Bad y yo, mientras tanto, disfruto de otras series de televisión, mejor dicho, vegeto del aburrimiento al sentimiento. 


Algunos seguidores espoleados por la crisis y sus inmisericordes ajustes sobre los parias glebarios (permítaseme el palabro), ansiosos de que sangre edilicia responda del despilfarro, me han pedido que cuente como he conseguido que el alcalde y los concejales me controlen las esquinas, no muevan un papel, adjudiquen una obra, consigan una comisión, sin mi autorización. Pues va a ser que no, que no se lo voy a poner en bandeja a los fiscales anticorrupción. Cierto que no he necesitado hacer un esfuerzo titánico, que han venido hacia mí ellos solos en cuanto empuñé el hacha, pero no les denunciaré, no, mientras la antigua cochiquera de mi casa siga llenándose de paquetitos de billetes de veinte euros. Que no es dinero público, ojo, ese que al parecer no era de nadie, sino de los míseros descerebrados que de tanto desear el paraíso se recuecen en el infierno.

Quienes siguen Breaking Bad ya conocen el proceso que lleva a un pobre hombre a convertirse en un despiadado criminal por amor a su familia (¡ja!) y ya os conté mi transformación. Así que ahora toca silencio. Los intríngulis del negocio no tienen por qué ser de conocimiento público, por si lo sabéis olvidado existe eso que se llama espionaje industrial y la mafia china, no lo dudéis, está interesadísima en copiar mis métodos. No quiero competidores. No mientras que Hank permanezca sentado en la taza extasiado con las hojas de hierba.



Pero como no dejáis de pedirme más historias, no sería yo Heisenberg si persistiera en el silencio y no me metiera en berenjenales. Así que sin más preámbulos, aprovechando la fiebre que por la espuriamente llamada “Memoria Histórica” ha provocado la emisión en Televisión Española de la serie, Isabel, voy a hablar de la memoria histórica, sí, pero de mi familia.


Y no, no voy a hablar de víctimas de la guerra civil, aunque también, pero sólo de refilón, porque mientras la susodicha ley se tramitaba en el Congreso de los Diputados poniendo de los nervios a vándalos y a alanos con esqueletos y restos de todos los colores volando por los aires, disgustando a todas las partes,  provocando agrios debates en las Cortes, en los casinos y en los hogares de jubilados. En mi familia provocó la "mundial" entre uno y otro lado de la mesa camilla.

Antes de continuar un inciso, los apellidos con los que me conocéis, con los que se me conoce civilmente, pasaporte, documento nacional de identidad, tarjeta sanitaria, etc… no son con los que me inscribieron en el Registro Civil, y aquí, si, aquí es donde entronco de lleno con Isabel, la reina. 


Repito, sigo siendo Heisenberg. A pesar del reciente premio Ondas, de lo fascinante de los personajes retratados por Jordi Frade y Javier Olivares no voy a convertirme en ese aprendiz de Maquiavelo que fue Juan Pacheco, ni en esa veleta, tipo cardenal Mazarino que fue el cardenal Carrillo ni en el antecesor de la Thatcher que estudiamos como Fernando II de Aragón, ni mucho menos en Isabel I de Castilla. Le falta ritmo y elipsis a la serie, le sobran minutos y cartón piedra para fascinarme. 

Mal que les pese, Javier Olivares no es Vicen Gilligan, los de Diagonal TV no son la AMC, ni Joan Barbero, Jordi Calafi, Pablo Olivares, Salvador Perpiñá y Anaïs Schaaff son los enviados del diablo que en la sala de guionistas pergeñan Breaking Bad. Ni por supuesto Michelle Jenner es Isabel, por mucho que se lo piense y la perdone. Porque en Isabel es criticable lo mismo que de cualquier serie o película actual española: las interpretaciones. Rediós. ¿Ya no existen actores en este país? ¿Cómo puede la Jenner pretenderse Isabel o Víctor Elías el infante Alfonso de Castilla?

Y no se trata sólo de los jóvenes, puede decirse lo mismo de los más veteranos, Ginés García Millán que interpreta al válido Juan Pacheco o ese Pedro Girón de César Vea, todos sobreactuados, esas bocas que se abren grandilocuentemente como si hablasen para sordos y a las que nadie entiende. En cuanto a los departamentos técnicos, mejor callarnos, esas épicas batallas con efectos digitales de cuatro soldados y dos espadas. ¡Ah!, y se jactan de no usar pelucas, gran logro, sí, señor, en cambio les sobran mangas y eso que los diseños de Look art, han sido generalmente elogiados, por los productores, claro. 






Y no, no voy a hacer sangre con las licencias históricas que se permiten, después de todo se trata de una ficción y cada uno escribe la crónica según las necesidades de su faltriquera, pero llama la atención que, en los tiempos que corren, pasen de puntillas por las relaciones homosexuales entre reyes y validos que pudo haber habido y sin embargo, conviertan en trama sucedidos anacrónicos. El siervo que, revelándose contra su destino, venga un honor que nunca tuvo y mata al caballero (nada menos que a don Pedro Girón, pretendiente al lecho y al reino de Isabel), por la violación de una pastora. Eso, las pastoras lo tenían de suyo desde que menstruaban por primera vez. Porque eso de que “Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”, lo escribió Calderón en el Siglo de Oro, es decir, doscientos años después, y Pedro Crespo, el Alcalde de Zalamea, está por ver si existió.





El honor, en la Edad Media, era cosa de caballeros, todo lo más de los hijosdalgo, nunca de siervos. Y sí, históricamente, María Coronel se quemó la cara con unasartén de aceite hirviendo antes de permitir que el rey Pedro I de Castilla la ultrajase, pero María Coronel era de familia noble y Pedro I un jodido violador.  ¡Ay! del siervo que atentase contra un caballero, podía ocurrir, por supuesto, en un arrebato de ira, ciego de dolor, pero una conspiración del calibre que nos presentan, no. Porque un siervo ni disponía de maravedíes suficientes ni de inteligencia para llevarlo a cabo; pero Javier y Jordi se olvidan de los códigos de mandos de aquella sociedad y nos lo presentan comprando venenos a un alquimista judío y manejando la espada como preclaro caballero. Muy  democrático, sí, inverosímil, también.




Aún así quiero reconocerle el mérito de, en tiempos inanes, poner el espejo para que nos veamos. Y visto el panorama parece de “justicia” que le hayan otorgado el Premio Ondas. Al menos, con la mezcla de espadas y amoríos han logrado interesar al personal en una historia que es a un tiempo vieja y nueva, y, tal vez, les lleve a comprender de dónde venimos y a dónde vamos, a reconocer, que la guerra civil forma parte, como un gen más, de nuestro ADN nacional. Porque a pesar de lo confusos que se reflejan los cambios de banderías, deja patente la incivilidad de nuestra raza.

Y aunque al venderla buscaron la hipérbole proclamándola como la réplica de la ficción española a Los Borgias y a los Tudor, le faltan impudicias y medios para igualarlas y aún así, densa, pobretona, sin chistes ni bufones, embauca semana tras semana a más de tres millones y medio de espectadores. Un éxito.




Y llegados a este punto vuelvo a mi familia, os digo ya que los apellidos con los que me inscribieron son muchísimo más largos que el López o el Fernández que ahora me nombran; no es mi intención llevarles el oprobio así que no les pondré juntos, (¿qué?, ¿qué me he cargado a mi familia? Si, pero no a toda, ya iréis conociendo a los supérstites) sólo deciros que hay por ahí, extrañado, un De la Caballería y totalmente olvidado un De la Cabra. Quien se los otorgó al primero de los nuestros fue ni más ni menos que Isabel la Católica. Que me hubiera preguntado a mí y  Javier habría tenido anécdotas democráticas y jugosas del ascenso social de un siervo.


Fue cosa de amores, y no creáis que hubo mucho mérito. Os cuento. Mi familia en el siglo xv eran siervos. Siervos de la gleba, es decir seres atados a la tierra, de los que vivían sus días machacándola, arándola, sembrándola, arañándola, de los que lloraban, se desangraban y morían en ella abonándola. El caso es que en uno de los viajes de  Isabel, el carruaje que la conducía perdió una rueda cerca de la covachuela de adobes y albardas, donde mi familia, ya digo, unos pobres siervos sin apellidos, madre viuda y dos hijos de apenas once y doce años,  malvivían. Isabel aún era infanta de Castilla y no tenía seguro ni su oficio ni su beneficio, como las de ahora. La acompañaba su paje Gonzalo Fernández de Córdoba que aún desconocía que la historia lo conocería por su forma pormenorizada de presentar las cuentas.



Y aunque Peris Mencheta no sea muy atractivo, don Gonzalo sí lo era, el caso es que en mi familia se ha conservado el bulo de que fue el propio don Gonzalo quien aserró la rueda y así, mientras los caballerizos la arreglaban, quedarse a solas con Isabel y conseguir por mor del campo, la primavera, los pajarillos y las abejas que le calmase la gran desazón que le corroía la entrepierna, deslumbrada por los mujeriles encantos de la princesa; pero hete aquí que mi tatatatatatatatatatatatatatatatatatatatata (elevado a la enésima potencia), andaba rebuscando leña por las cercanías para encender el fuego y cocer las patatas gorrineras con las que se alimentaban, los vio y a pesar de  su dieta pobre en proteínas, supo apreciar, con perspicacia, el peligro en que la flor de la doncella se encontraba, de la que por supuesto desconocía su alcurnia y aún más, tuvo la osadía de aparecer delante de ellos cuando ya las manos, palomas extranjeras, reptaban bajo las minas, cuando la lanza, encabritada, asaltaba el baluarte y la lava, ardiente, buscaba a borbotones caminos para derramarse. Vamos, hablando en cristiano, que si aparece un minuto más tarde, doña Juana, la que luego sería loca y reina doliente de España se hubiera ganado la vida de auditora de su padre. Y aunque como es natural el caballero se tomó a mal su intromisión, a la se le escapó un suspiro de alivio. 


El caso es que mientras arreglaban la rueda, mi antepasada se llevó a la dama en cuestión a su covacha y para matar la espera le enseñó a tejer una toquilla de hilo de cabra, sí, esa que a través de los siglos nos ha  llegado hoy en día convertida en parte típica del traje regional manchego, de la que ella fue única y real diseñadora. Y que por entonces, desafiando a la miseria y los piojos, comenzaron a lucir las villanas con maravedíes en las faltriqueras. Porque otra cosa no, pero las mujeres de mi familia han sido todas muy emprendedoras.

Tanto disfrutó la infanta con el punto, tan agradecida se sintió por no haberse rendido a los encantos del Don Juan que, en cuanto estuvo en su mano, es decir, en cuanto fue reina, acordándose de que habría podido perder todo solamente por haberse rendido ante una picazón momentánea mandó, por medio del mismísimo Contreras, la orden liberando a la familia y dotándolos de su propio apellido. Podían elegir el que quisieran, la reina en su carta sugería que fuera De la Cabra. Y así lo quiso mi tatatatat…, pero los chicos más aventureros o más conscientes del ridículo prefirieron De la Caballería, porque, cosas de chicos, se soñaban ya con yelmo, armadura, caballo y espada. Al final se quedaron con los dos, que uno les parecía poco premio por una toquilla de pelo de cabra.




Los apellidos permanecieron inalterables a través del tiempo y las generaciones por la fuerza y constancia de la Y de nuestros cromosomas, hasta que llegó la democracia y la universalización de los impuestos, con lo que no había casillas suficientes en el impreso de la declaración de la renta para tanta letra y acabaron acortándolo al común y anodino López y Fernández. Aunque no es del todo cierto, en el meollo de las discusiones de la Ley de la Memoria Histórica nos enteramos que, allá por la II República, hubo uno de los nuestros que por mor del rojerío de su sangre se comió los “de” y descabalgó el caballo. No fue lo peor que hizo, entre otras cosas era bailarín de tangos.




Y antes de contaros la incivilidad de mi familia tengo que recordaros las fechas en que se debatía el articulado de la Ley de la Memoria Histórica. Cuando aún se discutía si se abrirían o no las fosas, año 2009, yo, aún fascinado por Bones, era un esqueleto feliz. En una de aquellas batallas, atrincherado tras las faldas de terciopelo de la mesa camilla, mi padre mencionó a un tío suyo, hermano de su padre, que acabada la guerra partió camino del exilio a los mismísimos Estados Unidos, precisamente a Nuevo México. Como era natural mi madre aprovechó la nostalgia y se le lanzó a la yugular; con toda la mala leche de cincuenta años de convivencia le dijo que se largó al exilio simplemente porque se había enamorado de su pareja de baile. Un soldado de la Brigada Lincoln. Ni en la batalla del Ebro se luchó con tanta ferocidad, a punto estuvieron de acabar los dos en el cementerio, lugar en el que como ya sabéis, ahora, decapitados y sin piernas, residen. No tuvieron la suerte que Mike the heatless chicken.


Entonces mi sobrina, sí, tengo una sobrina. Hija del desdentado que en gloria esté. Un hijo de su santa madre, hablando claro, un hijo de p*, que se negó a reconocerla cuando se enteró de su existencia. Un año tardó, lo que le llevó a mi padre darse de bruces con ella en la puerta del casino. De bebé era igualita, igualita que el difunto de mi “hermanico”. Mi padre la vio gatear hasta él y se sobresaltó hasta el punto de creerse teletransportado al pasado y encontrarse frente al desdentado. Hombre de honor, a pesar de la Cabra, se fue derecho a por el infractor, le obligó a confesar “el pecado” y lo arrastró a casa de la madre de su hija. Y se quedó helado. La madre, dijo que ni harta vino se casaba con el inútil de mi hermano, pero que  no se oponía a que él se quedará con la niña. Y mi padre la cogió en brazos y desde entonces, dieciséis años en el 2009, la cría habitó entre nosotros.

Una friki de internet que, en mayo de 2009, descubrió la siguiente noticia  y tuvo la ocurrencia para conseguir el armisticio entre sus abuelos de decirme que debía viajar a Nuevo México, para ver si me conseguía una novia de entre las 11 esqueletos encontradas y al paso buscar información sobre el tío e intentar una reconciliación familiar. De nuevo los López de Cabra unidos. Su proposición, como ella había previsto, tuvo la virtud de reconciliar a mis padres que hicieron causa común contra mí. Me adjudicaron la misión, me embarcaron en un viaje alucinante al desierto de Nuevo México y de paso se libraron de mi cloqueante presencia.


Del viaje y de cómo encontré al tanguista os hablaré en una próxima entrega (continuará…)