miércoles, 28 de noviembre de 2012

LA BICHT DEL APARTAMENTO 23, LA CRISIS Y… EL BAILARIN DE TANGOS (II)


O.K. O.K. El universo ha hablado y lo he entendido. O.K. O.k



Esta historia comenzaba con una referencia metaliteraria a la Poética de Aristóteles, concretamente a su definición de tragedia, y os aseguro que no estaba traída por los pelos, que venía muy a cuento con lo que le había acontecido a Rusky, pobrecillo. Pero de repente, cuando menos me lo esperaba, el contador de comentarios del blog se ha disparado. Y hay que ver lo que han largado los anónimos.

¿Y sabéis qué? Lo he entendido, esos anónimos no son anónimos, qué va, son los insultos que me lanzan las hojas muertas cuando las espachurro contra el suelo. Nada de melancólicos susurros de otoño, esos que decía el poeta que herían su corazón con monótona languidez ¿por qué habrían de serlo cuando las estoy pisando? Gritos de agonía. Como la de los muertos en la playa de Omaha, el día D. O como la agonía de un blog y las historias de la vieja loba que, a pesar de su fulgurante inicio, languidecen olvidadas en el totum revolutum en que se han convertido mis días.


Comprendo que leer sobre la historia de mi familia os aburra. O.K. no pasa nada. Como bien decía el “estagirita” el carácter de los personajes poco importa a la hora de la tragedia, lo que importa es la acción, y ya va siendo hora de que abandone las disquisiciones estrambóticas y pase a lo contingente.

Además, que mientras escribo los yanquis del imperio andan, casa por casa, tirándose los trastos a la cabeza, que se dicen de todo menos “bonito” en las cenas de Acción de Gracias y yo acabo de ver, precisamente, el cuarto episodio de D´ont trust the B* Aparment 23, titulado It´s a miracle. Una pasada.


Ya está la loba dando la murga con las series, dirán los anónimos, como si fueran el epítome de la ficción. No lo son, lo sé, pero por ahora, hasta que recupere la cabeza, esto es lo que hay. Mi yo propone y el fásmido dispone.

Tanto es así que estoy a mitad de una transformación, a no ser que se me atragante la fúrcula del pavo que se han cenado en casa de la zorra terminaré, cómo no, convertida en la zorra. Cosas de los fásmidos y de mi fascinable constitución. ¿O es que por ser jefe de un cartel en plena expansión tengo que convertirme en un psicópata de libro? ¿Y qué si me cargué a los troncos de mi familia? Estaban podridos, no dejaban verdear a las ramas. 



Y además que ahora descansan en paz y yo quiero ser una zorra, se divierte una más, consigue más amigos que siendo jefe de un cartel.

Vale. Ya se me pasó el berrinche. Recapacito. Digo, insisto. Ser una zorra está bien, pero que muy bien. Lo malo son las ladillas, la gonorrea, el sida, los chulos y las alcahuetas. Pero una zorra, una zorra como Chloe, que es la reina del sarao no tiene ningún desperdicio. Y yo quiero serlo. Claro que el quererlo es parte del proceso, el que me ha llevado, en apenas cinco minutos, a crecer cinco centímetros, a que se me hayan estilizado las piernas, los ojos se hayan disparado de las orbitas y mi cabeza monda y lironda, de Walter White, se haya cubierto de una sedosa y brillante cabellera negra. Estoy seguro, segura… de que si ahora me levanto y me miro al espejo me encontraré hermosamente desnuda, un poco biseladas las carnes. Sólo espero que no aparezca a mi lado la jodidamente chillona y patética June. Vayamos…, vayamos al espejo. O.K. O.K. Esta soy ella. Chloe.



¡Dios, que buena estoy!, si no fuera porque con mi nueva estatura no me llego me comería a besos.

—Pero…, pero quién eres tú.

—Tranquilos, no os preocupéis, no ha entrado la pasma. A quien acabáis de oír hablar es a la sosaina de June, la compañera de piso de Chloe.

—No soy June, jodido sicópata, soy tu sobrina.

—Nadie es responsable de la familia que le ha tocado en el sorteo —le digo cerrándole la puerta en las narices.

—Te tengo dicho que no me cierres la puerta, que no hagas más cochinadas a escondidas o te denuncio.

— ¿Te vas o cojo el hacha?

Katapum…, pum.

— Sí, lo habéis oído bien, se ha largado dando un portazo con eco. Definitivamente me teme.


Me había encerrado, cual enfermera sicópata tipo “Misery”, con una resma de papel, un bolígrafo bic y el ordenador para que os contase la historia de Rusky, en la creencia de que así me quedaría en stand by para siempre. Pero ya lo he dicho, el ordenador, la red, son el peligro; el mundo y, en mi caso la carne, se hacen presentes a través de los bits y el 3.0.

¿Qué quién es el maldito Rusky? Rusky fue el perro que desenterró a las doce -porque al final fueron doce- mujeres encontradas en la fosa de West Mesa en Albuquerque, Nuevo México, de las que ya os hablé. Y al que el hallazgo trastocó, como premio a su desinteresada colaboración con la justicia, su hasta entonces placida vida en una pesadilla.




Y sí, os prometo que os contaré su historia, que hablaré de mi viaje a Nuevo México en el 2009. Reconozco que fue… cuando menos tan tétrico como una historia de invierno, como un cuento de Poe, de los que se contaban al amor de la lumbre mientras fuera gemía el viento y las almas en pena (cuando había almas en pena) paseaban su doloso fardo por los embarrados caminos. Pero no ahora. Aún no es invierno. Ahora, diga lo que diga la sobrina, manda la zorra.

Os cuento, en el episodio que me ha fascinado  It´s a miracle, Clhoe, con intención de ayudar a la pobre June, toma las riendas de la revista People y así nombrar a (X) “el hombre más sexy del planeta”. La historia es trivial, lo que a mí me ha entusiasmado ha sido el cómo la ha ejecutado. Su audacia y decisión. Se lo ha propuesto y lo ha conseguido. Que le obedezcan, claro. Y es que Clhoe demuestra en este capítulo que todo en esta vida es cuestión de creérselo. Y quién en mejor disposición que yo para secundarla.


Y además que sabía lo que quería conseguir. No, os equivocáis, no pretendo  la paz mundial, eso contestábamos cuando nos preguntaban las monjas, la paz mundial, acabar con el hambre… Pero si Clhoe consigue que June vea en el  pazguato de Dawson al hombre más sexy del mundo, por qué yo con mis aptitudes para la corrupción no podía acabar con la CRISIS y restaurar el estado del bienestar, sí, ese que los sátrapas de este mundo, decididos a ser los únicos con casa de veraneo en Benidorm nos han arrebatado inoculándonos el virus de la avaricia.


Mi único objetivo derrotarlos. Empezando por los que desde Madrid han determinado que a mi sobrina, rabiche del ayuntamiento de mi pueblo, se le suprima la paga doble de Navidad. ¿Qué es un rabiche? No, no lo busquéis en el diccionario, no viene. Y da lo mismo, ¿a caso sabe alguien para qué sirven los cientos de miles de funcionarios que oficialmente nos sirven?

Me decidí, iría a la Moncloa, pondría los pies en la mesa del Consejo de Ministros, despediría, como Clhoe, al dúo sacacuartos, le cortaría el flequillo a la vice, para que me viera y no se llevase a engaño y anularía de un plumazo todas las decisiones nefandas que nos han llevado a la ruina. Primero bajaría los impuestos y segundo anularía la reforma laboral, después para ayudar a las pymes a crear empleo obligaría a los directivos de los bancos, de todos los bancos, a devolver los bonus de los últimos diez años que se han llevado calentitos a un paraíso fiscal. 



Mientras guardaba la bolsa del maquillaje me asaltó la duda. ¿Obligándoles a devolver lo que habían afanado conseguiría que volviera el crédito? Había que hacerlo, por supuesto, pero no…

El crédito. El crédito era lo determinante. No me cabía duda de que los vampiros seguirían alimentándose con la sangre de los parias, así que había que conseguir que circulase tal cantidad de euros que los que se les cayesen del bolsillo fueran suficientes para cubrir el coste del estado del bienestar. Cambié de idea, mi destino ya no sería Madrid, aunque realmente necesitaba una visita a la peluquería. 


La llave del crédito la tenía Bruselas, Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, para ser exactos. Y aunque no sabía nada de los defectos y virtudes del Consejo de administración, no me cabía duda de que en cuanto despidiera a un consejero, sin necesidad de poner un pie sobre la mesa, le recomendarían que comprara toda la deuda soberana del reino de España. Y entonces sí, entonces los recortes dejarían de tener sentido y volvería el bienestar o lo que es lo mismo, los viajes del Inserso al balneario de San Jenjo, las pagas extras de mi sobrina y los cursos de reciclaje en China, en la sede del Comité Central del Partido Comunista, del liberado sindical de su marido. 


Cuando iba a dar el O.K. a la reserva del billete me di cuenta del error. Recobraríamos el crédito, funcionarían las fábricas, contratarían a todos los parados, pero si el mundo mundial seguía en crisis quién nos compraría lo que produjéramos. Era un error estructural. Si quería solucionarle a mi sobrina su paga extra debía viajar a Nueva York, arreglar el agujero de las subprime, levantar a Leman Brothers, reponer a Bush en el trono… qué mareo, me agoté tan sólo de pensar los trabajos que me esperaban. Ni que hubiera sido Hércules. Me senté, la minifalda se me subió por encima de la línea de la concepción, demasiado incomoda para un viaje de ocho horas en un avión de Iberia en clase turista.


Y además que me miré en el espejo, allí estaba yo, toda una mujerona pensando en muermos. Rajoy, Draghi, Bush. Me pellizque un pezón para escapar de la pesadilla. ¿Qué demonios hacía yo preocupándome por el bienestar de la humanidad? Esos pensamientos no eran propios de una zorra, sino residuos de la estúpida que se soñaba escribiendo esta historia.

Y además, además no cometía un error, era mucho peor. Incumplía una de las normas de la casa. Si, la de los López de Cabra. Desde que dieran garrote vil al cuarto de nuestro nombre por luchar con Padilla y Maldonado, por los derechos de los burgos, los supérstites, acojonados, adoptaron un lema gracias al cual hemos conseguido, no desaparecer en el polvo de la historia. Lingua quieta, caput inmotus o lo que es lo mismo, lengua quieta, cabeza firme. 



Y yo, maldita sea, no iba a inculcarlo. Yo era una maldita zorra. Frívola y egoísta. Lo mío eran las portadas de las revistas, la ropa de Versace, las cremas hidratantes de caviar de “La Prairie”, la buena vida y mis amigas. Como Amaia, mujer inteligente y divertida donde las haya, que en nada se parecía a la patética June, capullo de primavera que se cree rosa de abril. A mi amiga y a mí nos unía la pasión por Radio3 y su música, bueno no exactamente, ella amaba la música y yo a los locutores y a los músicos. Especialmente a los que ponía Manolo Fernández en Toma Uno. Y a los hermanos Pizarro… “De ocho a nueve, de ocho a nueve…Por mor de los recortes ya  no había de ocho a nueve; las Melodías pizarras, mi segundo programa favorito, lo emitían a deshora para mí. Como Ruta 61, que me acompañaba en el gimnasio. Y a mis domingos en la cocina les faltaba “Te recuerdo Amanda, la calle mojada…”, es decir, Café del sur. Eso se había acabado. Me decidí, iría a Prado del Rey, a la Casa de la Radio y en despidiendo a uno o dos consejeros tendría la nueva programación, a mi conveniencia y a la de Amaia, claro.

Me sentí satisfecha. Al fin la zorra tenía un objetivo digno de ella.



— Ni en mi peor pesadilla podía imaginarte con esa pinta —dijo mi admirada sobrina cubriendo la puerta con su cuerpo, impidiéndome la salida —.¿Dónde te has creído que vas, desgraciado?

Simpática la niña.
  

La verdad es que le había molestado limpiar la sangre de mis padres, contar a los picoletos que el abuelo se había vuelto loco y le había abierto la cabeza a la abuela, como el colchones a su mujer (un caso terrible que aconteció en mi pueblo muchos años antes de que nos enteráramos que existía la violencia de género). Y no era para ponerse así, les había ahorrado la degeneración de la vejez y descansaban como justos en la gloria del cielo.

— A la peluquería —mentí. Ya sé, ya sé que eso no está bien, pero cuando uno está en misión de combate todo está permitido, tanto matar como mentir.

—De aquí no sales. Hasta que no hayas vuelto a tu ser.

¿A mí ser? ¿Cuál creía ella que era mi verdadero ser? ¿Walter White, el capitán Jack Aubrey, el esqueleto? Yo quería ser la zorra, ¡maldita sea!

— Apártate —la conminé con mi mirada disfrazada de agente pimienta.

— O te quitas esa minifalda o te quito el ordenador, tú mismo.






Si hubiera seguido siendo Walter o Jack le hubiera hecho tragar sus balandronadas con un sablazo o con un tiro, pero como zorra, solo disponía de mi cuerpo. Lo malo era que la niña estaba recién casada con un buen bigardo. Reculé. Lo suficiente para coger del armario mi abrigo de plumas de marabú. Cuando volví a estar a su altura ya no tenía duda de lo que correspondía. Cogí el bolso, lo balanceé adelante y hacia atrás, le hice describir una órbita elíptica y como planeta vagabundo que hubiera perdido la gravedad le golpeó con fuerza y contundencia en el mentón.

O eso creí yo. Lo cierto fue que cuando me desperté, sonaba en la habitación a toda pastilla aquello de “Yo soy aquel que cada noche te persigue…”, me habían desaparecido los duros pechos y mis piernas desnudas florecían cubiertas de vello. Había desaparecido la zorra, allí estaba de nuevo el capo, calvo y prisionero.

—Déjate de escapaditas y escribe. Cuenta la historia de tu viaje a Nuevo México y habla de una j* vez del bailarín de tangos —me ordenó blandiendo en mi cara un enorme mazo.



— No puedo –balbuceé, la boca estropajosa por la adrenalina.

— Si que puedes, lo que pasa es que prefieres la molicie, pero ya ves lo que te acarrea el no hacer nada. ¡Escribe! —terminó gritándome.

— No puedo…

— No es que puedas o no, es lo que vas a hacer.

— No puedo, maldita sea —me defendí— ¡No puedo escribir sobre el bailarín de tangos!

— Venga ya, está muerto, no va a venir a denunciarte por libelo.

Es una inculta, estaba visto que no sabía de qué le hablaba.

— No puedo. ¿No lo entiendes? Pérez Reverte me acusaría de plagio.




Entonces, aunque al principio se quedó muda, estalló en una sonora, estentórea, estruendosa carcajada que ahora, que ya se marchó, aún resuena en mi cabeza. Ha dejado en la cadena musical un cede de Gardel, para ambientarme, supongo. Canta “Volver, con la frente marchita, las sienes plateadas…”.

No ocurrirá, ella volverá esta noche.

Al menos he conseguido que no me quite el ordenador. Pero qué queréis que os diga… Ah, sí, Ruski. Como os decía…

                                                                           (Continuará)