domingo, 24 de febrero de 2013

GIRLS, LAS HIJAS DE LENA



Tres eran tres las amigas de Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna. Cuatro eran cuatro las niñas de  Girls, y en la taza del váter abandonaron a Amy, Jo, Meg y Beth, las de Mujercitas, sin remordimientos. Nada más ajeno a la rancia inocencia de las March que la coraza de egoísmo con la que las muy modernas Girls ocultan a sí mismas y a los demás la dimensión estratosférica de su  simpleza.


Aunque lo que en verdad hay que decir sobre Girls es que en la televisión actual no hay otra serie que más certera y apropiadamente refleje la confusión e inanidad de ciertas mujeres y hombres que transitan la edad  de la inocencia, la que se esconde entre la esquina de los veinte  y la de los treinta, la edad de las incógnitas, cuando aún se está por decidir si uno va a ser, pongamos, místico a lo Leonard Cohen o muerto a lo Kurt Cobain, esposa a lo Yoko Ono o a lo Ivana Trump. Cuando uno cree que aún todo es posible, menos convertirse en, pongamos, comunity manager de una webserie de chicha y nabo o encargado de la plancha en un bar de camioneros adictos a Camela.


Y Lena Dunham, su autora y protagonista, la mujer más premiada en el último año de la televisión, descoloca al personal retratando sin eufemismos, obviando lo políticamente correcto, la suciedad física y moral, la falta de escrúpulos y sobre todo el egoísmo, egoísmo, de esas niñas desprovistas de norte y guía que se creen brillantes porque lucen diamantes de Swarovski, bolsos falsos de Gucci y vestidos de poliéster o de plexiglás; porque tienen cuerpo de Venus, lo de menos es el apellido, las hay tanto de Willendorf  como de Cranach.





















Y aunque unos la aman y otros la odian nadie se dice, como la Gaskell cuando habla de Charlotte Brontë que “Tal vez hubiese sido preferible que hubiera descrito sólo personas buenas y agradables, que hacen sólo cosas buenas y agradables (en cuyo caso) podría no haber escrito nunca”. Porque en ese caso no habría generado polémica y su obra habría pasado desapercibida; otro “Sexo en Nueva York”, habrían dicho. Pero ha jugado inteligentemente sus bazas y ha ganado. Y ahora los que la siguen se preguntan entre el morbo y el escándalo ¿es Lena Hannah? Lena es Girls y yo que la crítico no puedo dejar ser otra cosa que un fásimido misógino ¿qué no sabéis lo que es eso? Aquí conté como me transformé.



Lo que está claro es que en un mundo confesional, en el que todos disfrutan aireando sus trapos sucios es muy fácil confundir al personal. Identificar al autor con el personaje. Lena ha jugado al engaño, su estrategia de despegue, su pasaporte al éxito, Hannah no soy yo. Y todo el mundo entiende, Lena es Hannah. Inteligente, muy inteligente. Valiéndose de las bajas pasiones y la mala baba de los espectadores, abonándolas con un exhibicionismo naturalista, se ha quedado con el personal y ha conseguido el aplauso de la hipstería que la cree su igual. Mientras las hipster critican su ropa, su celulitis y sus michelines a ella le llueven los contratos (nueva serie, libro de autoayuda y adelanto de 3 millones de dólares) y los premios. 



Y sin embargo no hay más que ver lo que va de la segunda temporada para comprender que Hannah Horovath, a pesar de su dedicación a su obra, nunca escribirá Girls. No desde luego a los veintisiete años, ni siquiera el cutre y hediendo episodio piloto. Ese, ese por el que recientemente le han otorgado a la autora el premio al mejor director de serie de televisión los del sindicato de directores. Ni mucho menos, los seis episodios de la segunda temporada emitidos hasta ahora en la HBO, cada uno, como en una carrera de relevos, más brillante que el anterior. Comenzando por el autoreferencial It´s about Time, en el que Lena, considerando la hora del ajuste de cuentas, se burla de las críticas raciales y de la rendición de la mujer ante el amor.




Y así, con profesionalidad e instinto, en un ejercicio de transformismo propio de artistas consumados como Marina Abramovic, Lena Dunham, abre la temporada con un primer plano de Hannah besando a un nuevo novio, negro, al que por supuesto abandona al final del capítulo por no ser consecuentes sus ideas políticas, con las propias de su raza y color. Eso se llama alardear de prejuicios, y por supuesto de valor, porque hay que tener mucho para en una serie de televisión seguir su propio rumbo. Y no ha sido el único riesgo que ha corrido. Ha hecho “madurar” a Hannah




Después de haberse pasado la primera temporada persiguiendo al siniestro Adam (“Yo no aceptaría nada de mis padres, son unos payasos, pero mi abuela me da ochocientos al mes. No quiero ser esclavo de nadie), aceptando de él las más vergonzantes humillaciones, desde hacérsele pis encima hasta “tienes que pedirme permiso siempre que quieras correrte”, en “I Get Ideas”, da una vuelta de tuerca a su relación y le pone fin de una forma harto violenta. Ya lo dijo Loory Moore, la escritora, “El fin más violento y satisfactorio del amor se produce cuando los amante comienzan a imitarse uno a otro”. Justo lo que Adam hace, perseguir a Hannah suplicándole amor. Y Hannah, Hannah, por Dios que lo sabe hacer bien Lena, Hannah llama a la policía y pide una orden de alejamiento para él.




Y aunque en Bad Friend, el tercer episodio, Hannah se desata ante la necesidad de adquirir experiencia para su obra, lo que queda de lo hasta ahora visto, es que Lena, logrados sus propósitos, obtenido el éxito y los premios, abandona, a la hora de contarnos la historia de sus Girls, el trazo grueso y el feismo y con una fina ironía propia de Elizabeth Bennet, nos muestra la melancolía por la pérdida de los sueños y el dolor por la desoladora realidad: “Por favor, no se lo digas a nadie, pero yo quiero ser feliz”.” Por supuesto que quieres ser feliz, todo el mundo quieres ser feliz”, le contesta el hombre de la basura. “Pero yo pensaba que no”. 


Confieso que soy un converso, que cuando el año pasado vi el episodio piloto  debía ir ciego de meta porque me pareció propio de gafaplastas con problemas de halitosis, vamos, que catalogué Girls como una serie sólo apta para artistas alternativos, de los que explican el universo observando las diferencias de densidad de un gargajo. Confieso que no la supe ver. Que me quedé en el reflejo y no vi el espejo.


 Me echó para atrás la sordidez del sexo, el petardeo de niñas de papá, la ridiculez de sus aspiraciones y la enjundia de la obra de la artista. Un error, y ¡qué gran error! Ojalá y le hubiera dado antes otra oportunidad, me habría ahorrado el bochorno y los cuartos del viaje a Gotemburgo. ¿Os acordáis de mi enamoramiento de la sueca amante de los esqueletos? ¿Recordáis la noticia? Pues me lancé a la aventura, sí, fui hasta allí con la estrambótica idea de que nada más ver el tuétano de mis huesos se  me rendiría. Inteligente que es uno. Hasta que no he regresado con el estigma del fracaso sangrando en mi frente, hasta que no sentido la necesidad de complacerme con las desgracias de otros perdedores como yo, no le he dado una oportunidad, pensé que con la sórdida vida de las Girls se saciaría mi sed de venganza sobre las mujeres.


Y no la sacié. No. Lo que hice fue recuperar la vista.  Las palabras con las que Hannah se despide de Adam, en “It´s about time” fueron tan eficaces como un gramo de cristal cocinado por el mismo Heizemberg para restañar mi amor propio herido.  “Sabes, soy una persona y siento lo que siento, y justo ahora siento que no quiero volver a verte.” Y cuando Adam,  estúpido y perdedor, le contesta que no está de acuerdo. Hannah con voz firme, le dice “Bueno, no es tu elección, es mi elección“.


Comprendí, al fin, que el rechazo de la sueca no se debía tanto a mí persona como a su personalidad, comprendí que ellas siempre eligen y negarlo es ofuscarte en el fracaso. Ojalá y hubiera visto antes Girls, hubiera llegado a comprender mucho mejor que los infelices de Ray y Adam (candidatos a fásmidos) como son y cómo piensan las mujeres de hoy en día. Porque Girls es todo un tratado de antropología, como comedia no vale un pimiento, ¿Quién podría reírse viendo llorar a una  pija de Brooklyn? ¿A quién podría parecerle gracioso el patético y narcisista Booth (no confundir con el de Bones)? ¿Quién podría reírse con los fracasos de la pretenciosa Marnie o el que se avecina de la inocente Shoshanna?, pero no se trata de risas. Quien quiera reírse que vea Miranda, la gran PAYASA de la BBC, con mayúsculas, genial la mujer, genial la comedia, glorioso el romance. 



Lena está escribiendo en la pantalla, con total conocimiento de causa, para la memoria de su generación. Y digo bien, para la memoria, para que cuando lleguen a los cuarenta y ya vivan en los suburbios de Nueva York y trabajen de brokers en Goldman Sachs o sigan sacando la basura en un diner de Staten Island no puedan cambiar la historia. Como alguien dijo en no sé donde, unas memorias sólo se escriben para provocar la verdad escondida. Ahora, que aún no es memoria sino día a día, les pone el espejo para que se vean; quien quiera pase, pasen y vean, les dice, nos dice.



 Puede hacerlo, pertenece a la clase alta de la sociedad, la de los intelectuales creativos, sí, de los de Richard Florida, de los que contribuyen más al desarrollo de las ciudades que un secadero de jamón de Jabugo. Está libre del estigma del resentimiento de quien ha de cruzar el Hudson cada mañana,  de quien llega a sentarse junto a ella a base de codazos a dentelladas. Puede escribir que a una madre le gusta sentir sobre su piel las manos ásperas de un camarero porque puede elegir al camarero, porque no tiene miedo, porque está protegida de la maldición de las clases medias, esas de las que decía el poeta que están infinitamente dotadas para el fracaso.


Y da miedo que una mujer de veintisiete años tenga esa capacidad de análisis y de desnudez y no me refiero a su culo, que por cierto no está tan mal, es alto y repomponudo, de la sociedad, sino que tenga la clarividencia e inteligencia para incidir en su destino, para transformar unos vídeos de amiguetes en una serie de televisión de éxito y encima nos  haga creer que es una perdedora como su amiga Marnie.


Y eso no me gusta. No. No me gusta el cambio de juego que Girls presupone. Mientras psicólogos, sociólogos y antropólogos se esfuerzan una y otra vez en explicarnos que el amor, a pesar de ser sólo química,  duele, y sin embargo ninguno nos dice que podemos vivir sin él y podemos. Mientras otras mujeres de la televisión como Shonda Rhimes o Amy Sherman Palladino nos muestran mujeres duras, independientes y talentosas pero que indudablemente sucumben ante el ciclón del amor. Viene Lena y en un hermoso y tierno capítulo titulado, como no, “La basura de un hombre”, se atreve, aparentemente rindiéndoles pleitesía (y ya puesta aprovecha el metraje para darse un autohomenaje con uno de los actores maduros más sexys de la televisión), a burlarse de las mujeres fuertes que sucumben al amor y de todos nosotros denunciando la impostura de relegar a millones de mujeres a una cama, a un abrazo, a una cuna. Y no, no me gusta.


Y lo que es peor, que haya gente, hombres sobre todo, que sean capaces de reconocerle el talento; si su éxito se afianza y otras mujeres se lo reconocen, el reinado del hombre habrá perecido. ¿Es que no se da cuenta Judd Apatow y los directivos de la HBO que han lanzado una bomba en el centro de la civilización? ¿No se han dado cuenta de que a partir de Girls a todos nosotros, como al pobre Ray, sólo se nos valorará por lo que en su misericordia ellas nos concedan? ¿No se dan cuenta la subversión de valores que significa que Ray se pregunte delante de Soshannna, la única que es buena, “¿qué me hace valer la pena?” y ella le conteste “estoy enamorada de ti  ¿No se dan cuenta que ese es el verdadero triunfo que han venido soñando las viejas feministas? ¿No se dan cuenta los del sindicato de directores que han llamado a los bárbaros? ¿Qué les han abierto las puertas de Roma? ¿Qué Russell Crowe ya no vestirá las farelas ni empuñará la espada, sangre y honor, para defendernos?


La sueca me derrotó. Iluso de mí, como Ray, como el marido de Jessa, como Adam, viajé hasta Gotemburgo para demostrarle cual firme puede ser el amor de un hombre muerto, cual potente puede resultar su amoroso trato, hasta me creí su ilusión por la cita. Y no supe de su impostura hasta que no gritó “guardias,  a mí, que me violan”. Sí, durante el viaje me creí el Adam de la primera temporada,  hasta me creí el hombre de la basura, cuando sólo es un sueño del que disfrutan a solas, y fracasé. La que creí mi amante perfecta, la niña de paredes de terciopelo que se abriría ante mí con la generosidad del Mar Rojo ante Moisés, resultó ser otra Jessa avariciosa.

Y eso que al principio, aceptó con agrado los presentes que le entregué, cosas del calvinismo y los beneficios, que a mí español, feo y católico no dejan nunca de asombrarme. Los aceptó, y también, sin dudas ni remilgos que mis huesudos dedos se engarzasen en su suave melena, que mis dientes de marfil acariciasen la piel turgente y cálida del interior de sus muslos, que mis falanges bailarinas danzasen con su clítoris, la danza del escondite y el encuentro…, ¿qué…? 


De acuerdo, me callo… Lo que peor llevo es que, precisamente cuando me encontraba en las puertas del éxtasis  y mi gabardina, por el ímpetu del amor se abría mostrando la potencia y dimensión de mi hueso peneano, me empujase. Sí, me tiró contra la pared, a punto estuve de descomponer toda mi armazón, porque por la potencia del choque y de las fuerzas contrapuestas mi clavícula se dislocó, el húmero huyo de su encaje, la rótula se me torció y los metatarsos se pusieron a jugar al guá con el calcáneo.



Casi ni tiempo tuve de devolverlos a todos al redil antes de que aparecieran las celadoras suecas. No podéis ni siquiera imaginar el pánico que me entró, me creí el mismísimo Julian Assange y me vi consumido y sin tuétanos, traspasado por el “expreso de medianoche” en una cárcel del último rincón de Suecia, sin nadie que me facilitara la huida. ¿Cómo pude ser tan pardillo? Sólo cuando me di el maratón de Girls lo vi. Es su elección. Siempre es su elección.