martes, 5 de febrero de 2013

LA DAMA DEL MAR (I)


  
Cuando Peter Keel terminó la guardia estiró los brazos hasta que le crujieron las articulaciones, los tenía adormecidos. La mar encrespada le había obligado a emplear toda su fuerza para mantener el rumbo nordeste de la fragata. En noches como aquella, cuando se aunaban en su contra el viento y las olas, la Dame se deslizaba por las negras aguas del Pacífico en el rumbo adecuado si el hombre del timón controlaba con mano firme sus querencias.

— Mantenga el rumbo, Keel —le había ordenado el capitán cuando se retiró.

— A la orden, señor —respondió.

Sólo ocho palabras, más sobraban. Gobernando el timón Peter Keel se sentía el amo del mundo. Un convencimiento íntimo, que nada debía a la vanidad y el orgullo propios de los oficiales. Era sólo un  marinero y sabía lo único que necesitaba saber, que si mantenía firme  el rumbo, la Dame cumpliría con éxito su misión. No dudaba que el marcado fuese el correcto. James Bradley era el mejor capitán de la Armada y ese convencimiento le llevaba a creer firmemente, puesto que él lo había elegido, que también Peter Keel era el mejor timonel de la Armada Real o al menos de los que navegaban en la Dame.

Sonrió al contemplar la recta estela que la fragata dibujaba en el mar. Los ronquidos del capitán se oían claramente en la popa. De su interior surgió una oleada de cariño hacia Jim. La muerte de su hijo le había marcado con una tristeza indeleble, desterrando todo rastro del juvenil Jim, un hombre con suerte, esforzado, valiente y alegre, siempre alegre. Keel, que vio la expresión de sus ojos cuando le entregó el cadáver a la niñera, creyó que aquello sería su muerte. Nunca antes había sido testigo de cómo el dolor podía borrar un rostro conocido y dejar una carcasa vacía.


Lo observó de lejos mientras en el cementerio de la finca cavaba, al lado de la tumba de la “Bien Amada Margaret Bradley, Condesa de Dungear”,  el agujero dónde descansaría su hijo y le recordó al viejo. James Bradley más que cavar golpeaba la tierra, como si fuese el rostro de su mujer... o de la propia muerte.

Peter conocía bien el cementerio; desde que lo leyó le intrigó el epitafio de la tumba de la madre de Jim: “Tu desconsolado esposo y tu hijo nunca te dirán adiós”. Mirándole cavar comprendió que si el viejo se lo hubiera dicho, él no estaría en el mundo. La desesperación y al final la destrucción le llegó a Duncan Bradley porque no emprendió una nueva vida sin su amada Margaret. Y Peter sintió miedo... Jim podía convertirse en otro Duncan... podía dejarse arrastrar por la angustia y olvidarse de olvidar. Nunca le había visto tan vencido, ni siquiera cuando desguazaron su primer barco antes  de tomar posesión, ni siquiera cuando en Trafalgar le hirieron y casi perdió la pierna. En cambio la pérdida del niño lo rompió. 

Cuando le entregaron la Dame, Peter se alegró; si Jim Bradley podía superar el dolor y salir de su apatía sería en el mar. Ni siquiera se dejaba tentar por lo que antes de su matrimonio era, después del mar, su mayor afición, el comportamiento de Violette lo había vacunado contra las mujeres y sus desdenes.

—Peter prepara tus cosas, regresamos a Plymouth —le anunció una mañana.

— ¿Embarcamos?

— Mañana con la marea alta.

Siempre era así cuando del mar se trataba, rápido, resolutivo.

— ¡Ya era hora! —Suspiró agradecido al viejo Neptuno. Por fin se acaba el luto. Sin embargo se equivocó, la Dame no había devuelto la esperanza al corazón de James Bradley.

La misión estaba resultando extraña: política y rapiña y Jim se entregó a ella como si no vislumbrase ningún futuro en su horizonte. Disparó más cañonazos que ningún capitán de brigada,  inutilizó más baterías de las necesarias aún a riesgo de dejarse la vida en el empeño y mató más españoles que ningún otro miembro de la tripulación, persiguió a las presas con tenacidad inquietante como si la captura del botín le fuera indispensable para su medro y durante la caza el sonido áspero de la jarcia solo se quebraba cuando desde el alcázar ordenaba.

— Icen los juanetes.

O cuando a pesar de los palos medio doblados por la fuerza del viento en las velas, decía:

— Sr. Fultton, los sobrejuanetes ¿a qué espera?

Y si el primer oficial dudaba ante el temor de perderlos insistía tajante.

— Obedezca, Bob, la Dame aguantará.



Y la fragata aguantaba, nadie la conocía mejor que él. Parecía que sentía en sus venas las tensiones de la madera y el viento. Era una forma como otra de escapar de los recuerdos.

En el último abordaje sus órdenes expresas fueron que Fultton asumiese el mando en el alcázar, que mantuviese a la Dame a salvo mientras él encabezaba el abordaje. Peter le siguió presto a librarle de los enemigos que no pudiese escabechar y tuvo más trabajo que otras veces. Jim se arrojó sobre la cubierta enemiga, no como quien  busca la victoria, sino como quién ansía la muerte. Cierto que nunca le preocupó si le seguían sus hombres, pero en aquel abordaje se lanzó directo hacia donde el grueso de los enemigos defendían más enconadamente la posición, y avanzó sin mirar siquiera que los que mataba estuviesen muertos, ni si el lugar era batido por las balas que los infantes de marina disparaban desde las cofas de la Dame. Y sin embargo ni una bala, ni un machete le rozó.

Cuando todo terminó, Peter le vio mirarse las manos chorreantes de sangre extrañado de que aún se movieran, luego le preguntó:

— ¿Todo bien, Keel?

— Sí, señor —fue lo único que pudo contestarle de lo cansado que estaba.

— Bien... regresemos a la Dame.

Y ese hombre de casi seis pies de altura y ciento setenta libras de peso, ese hombre cuya sola voz hacía temblar a los marineros más despiadados de la Armada, ese hombre cuya posibilidad de muerte asustaba a los más veteranos de la tripulación, era su hermano mayor y él lo quería. No eran amigos, ¡cómo iban a serlo! les separaban la clase, la educación e incluso la sangre, que el viejo Duncan, tras la muerte de Margaret, después de toda una vida de amor conyugal y fidelidad, se dedicó a derramar a diestro y siniestro, lo mismo que su simiente.

Nunca Jim Bradley lo había reconocido. De su boca no saldrían las palabras que cambiarían para siempre la relación. A Peter no hacían falta, el lazo que les unía no necesitaba ser expresado. Cierto que el segundo al mando, Robert Fultton, era amigo de Jim, podría sustituirlo en el alcázar,  gobernar a los marineros, fijar el rumbo, disponer las velas, podría acudir con él a un burdel e  incluso compartir mujer, pero... cuando abordaban una presa, cuando había que disparar los cañones largos de proa y popa, cuando había fuerte marejada, era Peter Keel quien caminaba tras él, quien empuñaba la segunda mecha y el único que cuando estaba de guardia al timón lograba que, en noches de tormenta y grandes marejadas, Jim Bradley abandonase la cubierta y se retirase a dormir.

Navegaban juntos cerca de quince años sin olvidar las diferencias que los separaban ni la sangre que los unía. Y no fue fácil para James Bradley aceptar que el mocoso pelirrojo, que los criados deslenguados señalaban como el vivo retrato de su padre, le hubiese seguido hasta la mar. Ya le costaba aceptar, cada vez que volvía de permiso a Dungear House, la ausencia de Duncan y el hecho de que algunas mujeres de las aldeas vecinas llegasen preguntando por él con el vientre abultado, eso lo sabía Peter. También que su madre, una buena costurera, fue la única de las que se presentaron por la puerta de servicio a la que Lady Mary, la vieja condesa, toleró en la mansión; la que le permitió, desde que fue capaz de moverse por sus propios medios, seguir a Jim como un perrillo. Y aunque a veces le trataba peor que a los animales, cuando llevaba algún tiempo sin verle rondándole le echaba de menos y le buscaba. Se sentían a gusto juntos, el mayor porque vencía la soledad y se libraba de sus malos humores haciéndole objeto de sus travesuras y Peter, Peter porque se sentía dichoso sólo con que Jim le mirase, y le daba igual que lo atase a un árbol, le untase de miel y le dejase a merced del oso de unos gitanos o le colgase cabeza abajo de la rama más alta de la higuera del parque.

Cuando acabado su primer permiso como guardiamarina Jim se reincorporaba a la mar salió a caballo de Dungear House. Iba al paso, contento de alejarse de las restricciones de la vieja condesa, su abuela y de su marido, el obispo. En  Hill Cover se detuvo y se giró para mirar por última vez las torres de Dungear, el momento del último adiós y cuando lleno de la visión de la mansión se fijó de nuevo en el camino se encontró de frente con Peter.

— ¿Me estás siguiendo?

— No, voy a la aldea a hacer un recado —le mintió
.
— Pues adelante... vamos ¿a qué esperas? —se impacientó viendo que el otro no se movía.

— ¿Te vas a Plymouth? —preguntó Peter mirándose los pies y sin moverse.

— Mi barco zarpa mañana.

— No me lo dijiste.

— No tenía porqué, apártate.

Y cogiendo firmemente las riendas volvió el caballo hacia la aldea. El chiquillo no se movió, parecía pegado a la tierra.

— ¿Puedo ir contigo? —se atrevió por fin—. Quiero ser marino —por fin lo había dicho, pero no por eso levantó la vista del camino donde se había entretenido en formar un montón de chinas con los pies.

— ¿Tú? Eres muy pequeño.

— Mido tres pies y medio, no soy tan pequeño. Y no te rías —le pidió enfurruñado.

— Ya..., aparta. Regresa a casa, tu madre te estará buscando.

Y haciendo girar al caballo Jim prosiguió su camino silbando una cancioncilla. Peter caminó tras él, el otro puso el caballo al trote y el chiquillo avivó el paso, Tras saltar el portazgo del límite de la finca, lanzó el caballo al galope. Estaba despidiéndose del caballo en la cuadra de la posada cuando entró el niño jadeante.

—Te he dicho que regreses a casa —dijo parándose delante de él con la silla entre los brazos. Y como Peter no recuperase el resuello lo cogió por el cuello de la camisa y lo empujó hacia un montón de paja-. Deja que te explique. Eres muy pequeño, sólo tienes ocho años. Tu sitio está con tu madre, con el tiempo mi abuela te dará un buen empleo en la finca.

— Yo quiero ser marinero... —insistió Peter.



— ¿Marinero? ¿Qué sabrás tú? Si te embarcas serás un simple grumete, tendrás que hacer los trabajos más sucios, pasarás hambre, te pegaran... No lo resistirás.

— Tú lo resistes —aquello era incuestionable, si Jim podía él también.

— Yo soy un guardiamarina, no un grumete.

— Pues seré guardiamarina.

— Peter Keel, tú no puedes ser un cadete —le dijo recalcando cada palabra.

— ¿Porque no tengo dinero? Tú tienes, préstamelo —le pidió.

— ¿Yo? No digas tonterías, en mi vida he visto más de dos libras juntas. Anda, vuelve con tu madre, estará preocupada —insistió.

— No se dará cuenta de que me he ido. Está muy ocupada con el señor Taylor.

— ¿Quién es ese? —A pesar de sus prisas a Jim le picó la curiosidad.

— El barbero de Clayton House. Su marido.

— Así que tu madre por fin se ha casado. Pues enhorabuena Peter Keel, ya tienes un padre que te enseñe su oficio.

— Yo ya tengo un padre—contestó mirándolo muy fijamente—. El señor Taylor no me toca nada —gritó ofendido—. Quiero ser es guardiamarina como tú.

— No puedes, no te dejarán —el estallido del pequeño le pilló por sorpresa.

— ¿Por qué? —Insistió con impaciencia—. ¿Por qué tú sí y yo no?

— Son cosas que no sé explicar muy bien, pregúntale a tu madre —le reconoció con pesar.

— Está bien —se resignó el chiquillo—. Seré grumete.

— ¿Sí? ¿A ver, qué sabes tú del mar? ¿Sabes halar de un cabo, llevar un timón, cazar las escotas?, ¿qué quiere decir partir el puño...? Apuesto que ni siquiera sabes nadar.

— Puedo aprender. Soy listo. Tú lo dijiste.

— Eres listo pero no sabes leer, ni escribir, no nadar…

— Tú me enseñarás —le dijo categórico.

— ¿Yo, en el barco? Eso es imposible —Jim le dio la espalda harto de la conversación, el mocoso era un cabezota, así que para zanjar el asunto le hizo una proposición-. Vamos a hacer una cosa, Peter Keel, escúchame bien. Regresa a casa, ve a la escuela, aprende todo lo que puedas y cuando vuelva de este viaje si sabes leer, escribir y nadar hablamos.

— Júramelo —le exigió.

— Te lo juro, por éstas —dijo al mismo tiempo que se besaba el índice y el pulgar cruzados. En aquellos momentos no tuvo conciencia de lo que aquel juramento le cambiaría la vida.

Y Jim cumplió porque no le quedó más remedio. Aquella conversación, la más larga que habían mantenido hasta entonces, le dio a Peter Keel fuerza y esperanza. Cuando regresó con su madre, le lloró, le insistió, y se enfadó hasta que consiguió que le dejase acudir a la escuela. Cierto que el maestro dejaba mucho que desear, que no enseñaba ni latín ni griego, que sus matemáticas no pasaban de las cuatro reglas y su retórica del Padrenuestro, pero al menos aprendió a leer y escribir. No hizo amigos en aquel cuartucho sin ventilación donde en invierno les chorreaban las narices, los sabañones sangraban y los ojos lagrimeaban por el humo de la estufa y no le importó. Regresaba corriendo a su casa saltando cercas para hacer su trabajo con el señor Taylor.



Afilaba navajas, limpiaba palancanas, mezclaba grasas, y lo hacía rápido y bien porque, sobre todo, ansiaba hacer sus deberes y leer. Leer, una y otra vez, el libro que uno de los criados había salvado del trapero y que perteneciera a Jim “Teoría y ciencia de los vientos y la navegación”. No entendía ni una palabra, pero no por eso cejó de leerlo mientras caminaba por entre las tumbas del cementerio de la finca. Cuando en la primavera los días se alargaron y la temperatura se templó, dejaron de verlo caminar... hasta que un día uno de los jardineros avisó al obispo Grey de que Peter Keel se estaba ahogando en el arroyo de Man Green. El obispo, abandonando sus mariposas, se lanzó al agua a rescatarle y Peter recibió  una única y valiosa lección del arte de nadar “nunca te tires al agua donde no puedas hacer pie”.  No la olvidó y siguió intentándolo, hasta que una tarde se percató de que con el impulso de sus brazos y sus piernas había avanzado unas yardas o eso le pareció, porque no hubo testigo alguno que lo corroborase.