miércoles, 13 de febrero de 2013

LA DAMA DEL MAR XLIII




LA DESTRUCCIÓN DE ACAPULCO

Cuando el infante hizo sonar la primera campanada de la guardia de la noche, el silencio se cortaba en las cubiertas de la Dame. Los hombres miraban ansiosos hacia el este, Acapulco se encontraba frente a ellos en silenciosa. Se deslizaban tan cerca de la isla Roqueta como podían permitirse sin temor a los disparos de las baterías del fuerte. En el mesana ondeaba la bandera portuguesa y en el espejo de popa brillaba su nuevo nombre La Dona.

Los destrozos de la tormenta no habían sido graves y los hombres trabajaron rápido para desarbolar la fragata lo suficiente para aparentar que necesitaban refugiarse en el puerto. El mastelero del trinquete y el perico yacían sobre la cubierta aparentemente hechos astillas. Era un disfraz sencillo, ningún vigía sospecharía de un mercante portugués medio desarbolado. Si fracasaba la misión de Carter y Miller al menos la Dame saldría indemne del puerto. 



El cerro de la Brea apareció de repente frente a ellos y debajo una inmensa  playa de arena dorada precedió a los pantalanes del puerto. La ciudad de casas blancas parecía dormida a la sombra del fuerte nuevo de San Carlos que se erguía como frontera entre la cordillera y las calles. El capitán Bradley lo inspeccionó con el catalejo. Era un fuerte imponente de planta estrellada, con murallas de varios pies de grosor. Sus torreones cubrían los cuatro puntos cardinales ante cualquier ataque. Habían planeado derribar el torreón sur y parte del lienzo  de la muralla más alejado a la ciudad para que les fuese más fácil a los hombres escabullirse. Al verlo frente a él, tan impresionante como un castillo medieval, pensó en lo inútil de su intento; después de todo, los malditos españoles hacían algunas cosas bien. Observó las troneras donde ninguna actividad se apreciaba, parecía pacífico, tan dormido como la propia ciudad. Enfocó cuidadosamente la lente, por algunas se asomaban las bocas de los cañones pero no se veía a los artilleros sirvientes. Eran cañones pesados, probablemente de cuarenta libras o más. La Dame no resistiría el impacto de un cañonazo, uno sólo y se irían al fondo de la bahía. La suerte estaba echada.

En el fondeadero, desarbolado, escondido entre unos mercantes distinguió un buque de línea de dos puentes. Otro enemigo a destruir.  
                
         — El factor sorpresa, el factor sorpresa... —canturreó en voz baja.

         — ¿Decía algo, señor...? —preguntó de Mercx a su lado.



        Miró el reloj, pasaban cinco minutos de las ocho y seguía la calma. Ninguna cañonera salía del puerto, los muelles permanecían desiertos, las calles vacías, las troneras del fuerte silenciosas. Tanta paz le intranquilizó. “Calma... calma, hay tiempo, todavía hay tiempo”, se pidió. Pero la hora ya había pasado y el fuerte permanecía intacto. Estaba arrepintiéndose de haber confiado a Carter una misión tan arriesgada cuando por el ala este de la muralla, la más cercana a la playa, se levantó una  nube de polvo. Se encontraban tan lejos, que a pesar de aguzar el oído sólo percibió el roce del mar en los costados de la fragata. Podía ser una explosión, su explosión, pero también la aparición de un regimiento de artillería. El viento del oeste arrastraba los sonidos tierra adentro privándole de un aliado. Aparte de la columna de polvo nada, el fuerte seguía silencioso y el puerto y las calles vacías. No entendía donde estaban las gentes de aquel lugar, sólo era víspera de Navidad, aún no era fiesta. Una segunda explosión debió producirse y una tercera casi simultánea porque de pronto el fuerte tembló y el torreón del fondo se vino abajo lentamente. Un hurra salió de las gargantas de los asombrados hombres de la Dame, Jim estuvo a punto de dejarse vencer por el mismo entusiasmo pero en el último instante se controló. Los hombres de tierra habían cumplido su misión ahora era cuestión de ellos el rematar la faena. Con la bocina en la mano para hacerse oír, gritó a Bob Fultton.



         — ¡Abran fuego y que el demonio se los lleve!, ¡fuego, señor Fultton!

 Y apenas pronunciada la orden el infierno se desató sobre Acapulco. Uno tras otro los cañones de babor de la Dame arrojaron sobre el puerto más de cuatrocientas libras de  proyectiles. Cuando el viento arrastró el humo hasta la cima del cerro de la Brea comprobaron los efectos, habían destruido los edificios del puerto y un enorme boquete aparecía en la popa del navío de línea. Aún así el torreón de poniente del fuerte seguía en pie y de Mercx le avisó.

         — Señor, en el torreón mueven los cañones.

         — Señor Fultton, eleve el tiro, al torreón—ordenó.

         No lo alcanzaron. Demasiado lejano para los cañones de la Dame. Sería necesario acercarse más, casi se verían obligados a entrar en el fondeadero si querían terminar de destruirlo.

         — Vire en redondo, señor Williamson —ordenó. Debían alejarse, virar e intentar una mejor aproximación desde el sur. Los hombres respondieron con rapidez. Hasta aquel instante habían tenido suerte y ni un sólo proyectil había sido disparado contra ellos, pero el tiempo que tardasen en virar significaría tiempo de recuperación para los defensores.

         — Capitán Perking que sus tiradores de las cofas disparen a todo lo que se mueva en la ciudad.

         Aún a pesar del polvo, del humo y del olor a pólvora James Bradley se encontraba sereno. Había pensado que las minas serían definitivas en aquella batalla y había tenido razón. El desconcierto de los defensores debía ser tal que, a pesar, de que les estaba disparando desde la bocana del puerto, debían de estar preguntándose qué diablos le había ocurrido al fuerte. Podría haber una compañía de soldados en la ciudad e incluso un batallón, pero ante la Dame estaban indefensos, sólo el fuerte era vital para la defensa de la ciudad y lo habían inutilizado. Cuando de nuevo se encontraron en posición, los artilleros de estribor, con evidente afán de superar los tiempos de las brigadas de babor, lanzaron las andanadas una tras otra. Nunca antes habían disparado tanto en tan poco tiempo, apenas si el puerto era visible por la nube de humo. Sin embargo algunas balas silbaron alrededor de su cabeza. Los defensores habían tomado posiciones y disparaban a la Dame desde los muelles.

         — Capitán Perking, afinen la puntería, de cada disparo quiero un español muerto. Me oye, oblíguenles a retroceder.

         — ¡Señor Fultton, incendie los muelles, quemen los barcos, que no puedan perseguirnos!

         — Señor Marcus, suelten las escotas, ¡Al pairo, al pairo!

         — ¡Williamson, carguen el cañón de popa, ya!

Sus órdenes se sucedían una tras otra y eran obedecidas con prontitud. Los mercantes comenzaron a arder. A su lado cayó uno de los grumetes que corría de un lado a otro con su saco de pólvora. Lo cogió por el hombro y lo levantó a pulso. Una bala le había entrado por la sien derecha y un chorreón de sangre le manchó la mano y el brazo. En cuanto le vio los ojos vacíos, lo dejó caer de nuevo sobre cubierta.

— ¡Maldita sea, a qué espera, señor Perking, acabe con ellos!

 Unos cuantos soldados se habían acercado hasta los botalones de la Isla Roqueta y barrían con sus mosquetes la cubierta. Duraron poco, de nada les sirvieron las rocas para su protección. Desde las cofas, los infantes de Perking los dominaban y en apenas unos minutos aquel peligro desapareció. Aún así Jim no desistió del ataque, del torreón norte salió una nube de humo, les disparaban con un cañón. Sintieron el silbido del bolaño que pasó de largo por encima de la arboladura.

— ¡Tienen que afinar la puntería! —gritó a su lado Lovely, que había subido a cubierta ansioso por ver la batalla.

— Déjelos que sigan así, no tiente al diablo, señor Lovely —contestó Williamson totalmente ocupado con las maniobras de la Dame. El segundo proyectil que les llegó atravesó limpiamente el perico—. Lo ve, ya han afinado y no nos conviene. Larguémonos de aquí.

— Un momento, Williamson, espere, daremos una nueva pasada, destrocemos esos cañones, no dejemos las cosas a medias —ordenó el capitán.

La Dame viró y enfiló de nuevo la bocana del puerto con columnas de humo saliendo de todas las portas de babor. La andanada silenció al mar. Desde tierra no les llegó respuesta, aunque con la humareda ninguno de los hombres de cubierta vislumbraba lo que ocurría en el puerto.

— El fuerte, señor, está cayendo... —gritó el vigía desde el tope del mayor.

Era cierto, una fuerte sacudida se sintió en la cubierta. Parecían los temblores de un terremoto, salvo que cuando el humo fue arrastrado tras la cima del monte de la Brea, en el lugar donde antes se alzaba, majestuoso y terrorífico el fuerte nuevo de San Carlos, se veía una inmensa polvareda ocre y marrón que saliendo de las entrañas de la tierra se alzaba como columna de fuego por detrás de las casas blancas de la población.



—Lo han vuelto hacer, señor, ¡Hurra por el señor Carter! —gritó un eufórico Williamson.

A James Bradley se le escapó un suspiro de satisfacción, se sentía feliz, un poco mareado por el olor a pólvora y la tensión acumulada durante aquellas horas, pero feliz. Observó una vez más Acapulco por la lente de su catalejo, habían estallado algunos incendios pero no se veía a nadie que corriese a sofocarlos. Sabía por las noticias que le llevó O´Connell que la ciudad se encontraba en manos de los insurgentes. Había sido todo tan fácil, que en su fuero interno no dudó que se debió a la falta de una guarnición. Los soldados realistas hubieran opuesto mayor resistencia, que la chusma sublevada, al menos se les presuponía mejor preparación artillera, más disciplina. Pero... esa fue su suerte, y no había que desdeñarla. Se volvió hacia los hombres.

- Bien, señores ha sido un hermoso ataque —dijo y sus labios se entreabrieron en un esbozo de sonrisa.

Luego se volvió hacia los oficiales y anunció solemne.

—Hemos acabado con Acapulco la base de la Armada española en el Pacífico —y como los hombres empezaron a vitorearle, levantó los brazos y los contuvo— Hemos acabado con Acapulco —repitió, pero no ha terminado nuestra misión. Señor Williamson, alejémonos a todo trapo —ordenó—, rumbo noroeste.

— A la orden, señor.

Y las órdenes se repitieron hasta el último rincón de la Dame. Los hombres subieron a los palos. rápidos, sin mostrar la más mínima huella del cansancio que sin duda tenían. La fragata navegaba bien de bolina, pero en aquellos momentos tendría que hacerlo con mayor precisión que nunca. Y eso a pesar de que la cubierta mostraba alguna herida, y algunos cabos colgaban sueltos. Con rapidez y precisión las velas se amuraron a babor y la nave se alejó del humo y el fuego. Realmente no habían sufrido graves daños, un grumete muerto y tres hombres heridos por los retrocesos de los cañones y algunas quemaduras. Se sentían orgullosos de la hazaña. El capitán Bradley se frotaba las manos, Acapulco tardaría mucho, pero que mucho tiempo en volver a ser la base de la Armada española en el Pacífico o de cualquier otro estado, si finalmente los alzados triunfaban.


—¡Destrinquen el cúter, señor Grahan! —ordenó al segundo del contramaestre— Busquen al Galeón. Se encontrará probablemente a unas siete u ocho millas de nuestra posición a no ser que la tormenta de anoche le hiciera daño. Escuche —explicó al marinero— si no lo encuentran a esa distancia, lancen dos bengalas rojas, si están a menos, dos amarillas ¿entendido? Y no se le acerquen demasiado.

Keel había asistido a la desigual batalla con el corazón encogido, no porque tuviera miedo, sino porque no podía dejar de pensar en Eugenia. Hasta aquel día había apoyado ciegamente a James Bradley, su lealtad no era para la Armada ni para Inglaterra. La Armada, Inglaterra, el rey Jorge, eran para él tan abstractos como la trigonometría, demasiado lejanos para ser tenidos en cuenta. Su lealtad era para su hermano, para su sangre. Pero Eugenia lo había trastocado todo y la falta de escrúpulos de James Bradley rompió el lazo. En la Dame había una mujer inerme, desposeída de sí misma por otros hombres hasta hacerle preferible la muerte a la que James Bradley acababa de darle el golpe de gracia. Necesitaba verla,  hacerle comprender que Peter Keel no la abandonaría jamás. Que no importaba lo que hubiese ocurrido ni en el Magallanes ni en la Dame. Tenía que verla, hablarle, hacerle saber que debía conservar la esperanza, que en algún lugar habría una vida para ellos.

La Dame se deslizaba lentamente por las negras aguas. Despachado el cúter a vigilar el Galeón de Manila, a la tripulación no le quedaba nada por hacer más que esperar. No lo dudó, la única posibilidad que tenía para verla era acceder al camarote desde el coronamiento. Se la jugaba, no sólo arriesgaba su libertad si la guardia le sorprendía en el intento, sino la vida. Podía caer al mar, la Dame seguiría su rumbo y nadie daría la voz de alarma. Pero era su única posibilidad y la aprovecharía. Esperó a que los hombres de la primera guardia se hubieran aburrido un rato en sus puestos, a que la atención decayera ante la inactividad y el cansancio, después de todo acababan de librar una batalla y a más de uno se le cerrarían los ojos. A demás tenía la suerte a su favor, Williamson era el oficial encargado de la guardia con Clift de ayudante. 

Bajó al rancho cuando se lo ordenaron. Tendió su coy y cuando se oyeron los primeros ronquidos se  levantó con sigilo y se deslizó con mucho cuidado entre los hombres como una sombra. Markoff gruñó cuando sin querer le rozó la mano, aunque no dijo nada. Tenía preparada una excusa, iba al beque de proa. Una vez fuera del rancho no sería tan fácil. No podía dirigirse directamente a popa, el centinela lo detendría. La única posibilidad de acceder al camarote era salir por una de las portas que se encontraban entre el rancho y la escotilla de la enfermería. Quedaba cerca de la camareta de los guardiamarinas, demasiado cerca para que el ruido no fuese un peligro. Escalaría por el costado de la Dame hasta llegar al espejo de popa y entraría en el camarote por el ventanal. Llevaba tantos años navegando que la oscuridad había dejado de ser un problema, e incluso sus pies descalzos conocían, casi tan bien como sus ojos, los rincones de la Dame. Se deslizó pegado a las paredes, sin ruidos, atento a cualquier crujido extraño. Oyó los ronquidos de Dick de Mercx y los del señor Lovely; de la cabina del escribiente salía una raya de luz, el señor Sinclair estaría poniendo al día el diario de a bordo.


Extremó la precaución y pegado a los mamparos de las cabinas siguió avanzando, sus manos y sus pies eran sus ojos y aunque iba despacio tanteando el espacio delante de él, no pudo evitar el golpe en la rodilla con la cureña del cañón; aún estaba caliente y el olor a pólvora se le metió en la nariz cuando se inclinó para localizar las juntas del batiporte. Tendría que arriesgarse y dejarlo entreabierto porque debía regresar por el mismo camino. Cuando tras varios intentos fallidos logró alzarlo sin que los pernos chirriasen, la brisa de la madrugada le heló el sudor de la espalda. Ahora venía lo difícil. Se agarró al exterior de la porta y haciendo un gran esfuerzo tensó los músculos de los brazos y logró  sacar el cuerpo. Estaba fuera, lo había conseguido a costa de sus menguadas fuerzas y aún le quedaba por recorrer una tercera parte del costado de la fragata. Tendría que hacerlo saltando de porta en porta, de imbornal en imbornal hasta llegar a la popa; luego por las cadenas del timón le sería fácil escalar hasta el ventanal. 

Había sobreestimado su resistencia, a pesar del impulso de sus piernas y que sus manos asieron el trancanil del imbornal, el brazo izquierdo no le sostuvo y cayó al mar. El ruido que siguió a su entrada en el agua le asustó, atraería hacia el costado la atención de todos los hombres de la guardia. En el silencio de la noche, ningún marinero, nadie con sus sentidos alertas confundiría aquel sonido, sólo con creer oírlo a los marineros ya se le escapaban las palabras “hombre al agua”. Hundió la cabeza en el mar, la luna cómplice se escondió tras una nube y Keel se lo agradeció, al menos contaba con una aliada. Aún así siguió bajo el agua hasta que sus pulmones dijeron basta, se ahogaba. Emergió silencioso, con la boca abierta, sin jadeos y despacio, muy despacio llenó sus pulmones de aire. Volvió a emerger cuando tocó la cadena del timón. Se agarró a ella y se impulsó hacia el aire, extenuado. No sólo le faltaba la respiración sino que  los músculos de sus brazos y las piernas le bullían como si los recorriesen un batallón de hormigas rojas. Hacía casi tres meses de la herida y aún no se había recuperado del todo. Esperó agarrado a que el palpitar de su corazón se serenase, y haciendo de nuevo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban trepó los diez pies que le separaban de la galería. Se agarró al pasamanos y desentumeció los brazos, le pareció imposible haberlo conseguido. Tenía tan pocas fuerzas que cuando alzó las piernas para pasarlas por el hueco, el brazo de apoyo le falló y estuvo a punto de caer de nuevo al mar. Esperó a serenarse agarrado al borde con una mano, cuando su respiración se recuperó volvió a alzarse a pulso sobre el hueco y se dejó caer de cabeza en el camarote.


La habitación estaba en penumbra. Por el tragaluz, el fanal del mesana iluminaba apenas una estrecha franja. Conocía la disposición de los muebles, no era la primera vez que estaba dentro, aunque si la primera desde que instalaran a Eugenia. Se acercó despacio al mamparo de estribor donde se encontraba la litera. Estaba dormida. En cuanto la vio en la cama totalmente abandonada, con el rostro gris por la escasa luz, sintió una profunda vergüenza. No debía de estar allí, no debía robarle aquella visión. Sin embargo, se acercó no podía dejar de contemplarla de cerca. La sabana que la cubría apenas si tenía un ligero relieve sobre sus pechos y en la almohada, en la penumbra una sombra más oscura señalaba sus rizos que ya caían a ambos lados del rostro.

—¡Váyase capitán! —La voz surgió como un lamento de entre las sombras. Peter retrocedió—. ¡Déjeme en paz!— La frialdad se quebró y el “por favor” sonó roto, estrangulado.

— Soy Peter, Eugenia. No voy hacerte daño —dijo sin acercársele, dándole el espacio suficiente para no intimidarla—. Sólo quería saber si te encontrabas bien.

Y como la mujer callara, como no hiciera ningún gesto hostil dio un paso hacia la cama.

— ¿Peter Keel? ¡Oh Peter, eres tú!— y ante su sorpresa Eugenia le echó los brazos al cuello— ¡Peter, Peter, Peter! —no paraba de pronunciar su nombre, y Peter sintió la humedad de sus lágrimas en el cuello. Con cuidado la rodeo con sus brazos y la apretó contra sí, el corazón quería escapársele del pecho. La abrazaba y  no escapaba. Se dejaba mecer como un bebé.

— Desahógate..., ya ha pasado todo.

Cuando Eugenia se serenó, su cuerpo se quedó rígido, al fin se había dado cuenta de a quién abrazaba. Keel le acariciaba la nuca cuando ella poniéndole las manos en los hombros se apartó de él.

— Siento que hayas tenido que pasar tanto miedo, hubiera querido venir antes, pero no he podido. ¿Estás bien? ¿Te ha herido alguna esquirla, te duelen los oídos..., dime que no te ocurre nada, que estás bien? —insistía sin apartar las manos de su rostro.

— Sí, no me pasa nada, gracias. Siento haberte asustado —contestó.

—No, quien te ha asustado he sido yo, pero no podía venir abiertamente, aún sigue el centinela en tu puerta. Siento que hayas tenido que pasar por todo esto, el miedo...

- No, no, miedo no. Dolor, Peter, cada cañonazo me partía el corazón, se me clavaba en el estómago. No podía dejar de pensar en la gente que moría por cada disparo.

— Ya ha pasado, ya ha pasado..., no te preocupes —la acunaba—. Descansa, sólo quería saber cómo te encontrabas. Me quedaré contigo hasta que te duermas... — y la volvió a estrechar entre sus brazos.

— ¿Hay heridos, muertos?  —preguntó— Nadie me ha dicho nada, ni siquiera Bell ha venido.

— Lo siento, Eugenia, Bell..., Bell a muerto.  No llores, duérmete... mañana habrá otra batalla, procura descansar...

—  Va a seguir arrasando ciudades, es eso Peter...


— No, estamos en alta mar, va a intentar apoderarse del Galeón de Manila.

— El barco que hace el comercio entre las Filipinas y el Virreinato de Nueva España —apostilló la muchacha.

—Sí, será más peligroso que el ataque a Acapulco. ¿Dónde te han llevado, a la enfermería, has estado con el doctor?

— No, pero no importa. El centinela me encerró en el pañol del pan. - Y como viera la ira en los ojos de Peter, le contuvo—. No te enfades Peter, no importa...

— ¿Cómo ha podido? —estaba indignado, ofendido por tanta crueldad —. Hablaré con el doctor —y sin poder contener más su ira estalló—. ¡Le mataré!, te juro que lo mataré…

— Por favor, Peter, no te enfrentes al capitán, tú no —le pidió verdaderamente asustada—. He estado cómoda, te lo aseguro, el centinela me dejó un farol, no ha sido tan horrible como parece.

— ¿Por qué lo defiendes, dime, le quieres? —y había tanta ansiedad en su voz, tanta angustia que Eugenia cogió una mano entre las suyas y mirándolo a los ojos le contestó

- ¿Quererle, al capitán? No, Peter, no puedes preguntarme eso. Yo no puedo querer a nadie, no te das cuenta. Yo no puedo querer al capitán Bradley.

— Puedes quererme a mí —le propuso abrazándola y cuando ella le rechazó con suavidad para engatusarla añadió—, me harías el hombre más feliz del mundo. Si tú quisieras le pediría a James Bradley que nos dejase en alguna isla y viviríamos nosotros solos, al margen del mundo. Tú y yo. Yo pescaría, cazaría... y hasta que te recuperases cocinaría, lavaría, te cuidaría. ¿De qué te ríes? —Se detuvo en su discurso deslumbrado por la sonrisa de la muchacha— Me gusta tu sonrisa,  quiero verla siempre en tu rostro. No importa que te rías de mí. Puedo ser un payaso... te cantaré mis canciones —y poniéndose serio le pidió—. Eugenia di que vendrás conmigo..., dilo..., necesito oírtelo decir...

— ¡Estás loco!, ¿dónde iríamos?


— Lo he estado pensando., hay muchas islas. Ya viste las Marquesas, son el paraíso. No recuerdas como disfrutamos en la cascada. Podríamos ser felices juntos lejos de la Dame, del capitán Bradley.

—... El capitán Bradley... Nunca podríamos olvidar al capitán Bradley, Peter, nunca —reconoció apesadumbrada.

— Pero vendrás, vendrás conmigo... –insistió.

— Peter, no tengo fuerzas para ayudarte con tu mundo, no puedo, creo que...
— Calla, no sigas. Yo tengo fuerzas suficientes por los dos, sólo quiero tenerte a mi lado. Que me mires como ahora lo estás haciendo, que me sonrías. Tú no te preocupes, déjalo en mi mano, lo conseguiré... , sólo dime que vendrás. ¡Dímelo!

— No es justo Peter, no es justo para ti, estoy tan cansada. No tendrás el barco, con  que llevas tanto tiempo soñando sólo una mujer enferma.

— ¡Te equivocas! Tendré a la mujer que amo ¿qué más puede desear un hombre? Nunca he tenido tanto...