jueves, 28 de febrero de 2013

EN NOMBRE DE LAS TETAS DE KATHY BATES




PRÓLOGO

En principio fueron dos, la mastectomía se las arrebató y según confesión propia no le dolió tanto perderlas como que cancelaran la serie La Ley de Harry en la que trabajaba. Perdida la insolencia de la belleza sólo le importó lo contingente, tal vez por eso ahora se ha apuntado a America Horror Story.

Porque es una falacia más de la publicidad considerar que la felicidad está en la juventud. Olvidarse de contar los años no es buena política, los años pasarán y en cada célula de tu piel dejarán rastro.

Porque las arrugas degradan los recuerdos, desmienten a las fotografías. Y no hay mayor peligro que una mentira al descubierto, por ellas caen los tronos y se pierden las cabezas.

¿Y la generosidad de la juventud? ¿Otra falacia más? Inconsciencia. La generosidad de la juventud nunca resulta gratuita, se adereza con la dureza del diamante y el despego de la peste.

Tienen tiempo, mucho tiempo por delante, tiempo para malgastar y aún así tienen prisa, no esperan los réditos de la inversión, pretenden recoger los frutos cuando aún penden de los árboles.

Y no esperan, porque no pueden creerlo, que la vida apague los fuegos de las grandes pasiones y se dejan devorar por ellas bocado a bocado.


Porque “La venganza es mía —dijo el Señor—, y la desgracia vuestra”, añadió dándose la vuelta y abandonándonos, volviéndose a sus labores, labores propias de un dios.

Y aquí nos quedamos esperando, infantes llorones, suplicándole “Vuelve tus ojos, míranos, misericordioso”, y para ablandarle el corazón de diamante amamos a nuestro retoños, los conservamos a nuestro lado, los protegemos de todo mal, los amamantamos.

Y sin embargo él nunca nos mira, no tiene tiempo, vaga de universo en universo, de materia a antimateria creando nuevos súbditos, olvidando a los primeros, a los segundos y aún a los últimos.

Porque el primer día creó el cielo y la tierra. El segundo dijo, hágase la luz y la luz fue hecha. El tercero creo los mares y las aguas. El quinto los pájaros del cielo y los animales de la tierra. El sexto creó al hombre y a la mujer, a su semejanza, dicen. El séptimo los abandonó. Y llegó la vejez y la muerte.

Oh, sí, ya sé que nos han contado otra cosa diferente, una historia ridícula que habla de serpientes y manzanas, de árboles del bien y del mal, de mujeres estúpidas, malignas en su ambición.


Pero la única verdad es que él nos abandonó y envejecemos, nuestro cuerpo se pudre cada día un poco más, las carnes se aflojan, se separan de los huesos, éstos se resquebrajan, el cerebro se licua. Lo llamamos vida, cuando debería llamarse muerte, nos mata desde el mismo instante que le damos la bienvenida.

Y entre que llega y se va generamos ruido y basura, nos dotamos de nombre, apellidos y soñamos aventuras a imagen y semejanza del dios vagabundo. Y no voy a confesar ni mi edad ni mi nombre ni mis apellidos, soy muchas y de todo tiempo y lugar.

¿Mi verdad? No la tengo, sólo una certeza, que cuando el cielo se cegó y la tierra se abrió, en el año en que se masacraron 5000 fieras en el Coliseo en honor a Vespasiano allí estaba yo, en la lejanía, contemplando como la noche cubría al sol, como rugían las fieras mientras los hombres morían.

¿La verdad? ¿Qué verdad? Que soy aquella y ésta que se estremece ante un ramillete de violetas o el alfanje del pirata o la que con las carnes abiertas escuchaba a Tito pronunciar el nombre secreto de Roma.

¿La verdad? ¿Qué verdad? Que vivo abandonada de mi marido rodeada de millones o que soy aquella de la que Juvenal elogiaba los carbunclos de sus dedos. La que se entristece por la desaparición, la cruel desaparición de una amiga o la que al lado del emperador contemplaba la crucifixión de los celotes. La dama que desafió al capitán o la que huyó del hombre sin patria ni futuro. La detective de carnes recentales por arrobas que buscan el estremecimiento que el dinero satisface en hoteles de ocho estrellas o la que se rinde al amor de amantes platónicos.

¿Y por qué ahora contarlo? ¿Porque siento que la muerte o la vida se están cansando de mí o más prosaico que sea Vanessa, mi amante esposa la que le abra mi puerta de par en par? La verdad, sí, tengo miedo de que me ocurra lo que a las tetas de Kathy Bates, que se me considere superflua, que se desprenda de mí sin remordimientos ni lápidas. Las tetas de Kathy fueron incineradas, sus cenizas esparcidas por el desierto del Mojave, en cuanto nieve parirán las arenas otras iguales, poderosas, firmes y al final enfermas… en un eterno bucle sin memoria ni sustancia.  

Una cita para situarnos.  Es de un libro que define a las mujeres como yo “Tomates verdes fritos” de Fannie Flagg: “Había sido siempre una buena chica, comportándose siempre como una señora, sin jamás alzar la voz, mostrándose delicada con todo el mundo y con todo. Daba por sentado que tras esa línea de conducta habría una recompensa, un premio.”

Y para conseguirlo, aunque fuera la pedrea, Kathy Bates que interpretaba a Evelyn, una cuarentona entrada en carnes, se vistió con papel transparente. Es lo que hacemos las buenas chicas con tal de seguir aparentándolo.

Una aclaración. Esta es mi historia, pero desde ya os digo, que lo que sigue  no podía ser contado de forma diferente. Tal vez os resulte egoísta, autocompasiva, antojadiza, mísera o cínica, creedme, sin necesidad de juramento, que he puesto todo mi empeño en que resultase más ejemplar. Inútilmente. Porque lo cierto es que la piedra engendra al hueso, el hueso a la carne y en la carne se ciernen los deseos. Y aunque las células vienen a renovarse cada veinte años espontáneamente, la piedra permanece inmutable.