sábado, 9 de febrero de 2013

LA DAMA DEL MAR II



Cuando dos meses después regresó James Bradley, un pie más alto, con bozo en el bigote y pelusa medio rubia en las mejillas, se encontró a Peter esperándolo en el portazgo.

         — Sé leer, escribir y nadar —le dijo en cuanto lo tuvo a la distancia de su voz—, ¿me llevarás contigo al mar cuando regreses?

Y enfrentado a sus promesas, Jim, acabado el permiso, cumplió la suya y enroló a Peter Keel como grumete en el Agamenón.

— Tú no me conoces. Cuando te dirijas a mí o a cualquier otra persona a bordo la llamas señor y no hables sino te preguntan ¿entendido? —Le recomendó antes de subir al barco.

Jim lo miró, pequeño, delgado, cubierto con una de sus viejas chaquetas que le quedaba demasiado grande, con los zapatos, atados por los cordones, colgados al hombro, con sus grandes ojos más asombrados que nunca y sintió lastima de él.


— Toma me la regaló mi padre cuando me embarqué la primera vez. Corta muy bien los cabos —dijo entregándole una navaja española no más grande que la palma de la mano. Luego subió al barco sin decirle adiós.

         Hasta aquel día Peter no se había sentido nunca tan solo como se sintió aquella noche en el Agamenón apiñado con otros trescientos hombres en una cámara en la que no corría ni una brizna de aire; embutido en una lona que llamaban coy que colgó de unas vigas llamadas baos, cuando unos hombres gordos, provistos de látigos de cuero con bolitas de hierro en la punta, lo ordenaron a golpe de silbato. Y no podía correr el aire, aunque fuera soplara un vendaval porque apenas catorce pulgadas lo separaban de su vecino por la derecha, otras catorce del de la izquierda y  menos de un palmo del de la cabeza o del de los pies. Nada más ajeno a los sueños que había alimentado en las tardes de verano que aquel corralón infecto. Otros muchachos deambulaban a su alrededor, parecían decirle “juntémonos tengo miedo” pero, por mucho miedo que  Peter Keel sintiese, no iba a confesarlo. También algunos hombres con pintas de campesinos parecían tan atemorizados como los muchachos. En toda su vida había visto tanta gente dispar, a algunos les faltaban ojos, a otros piernas, brazos, a casi todos dientes y todos olían a orines, a sudor, incluso el miedo se podía oler en los más inocentones. Los veteranos se reconocían en seguida por el gesto hosco, los músculos de los brazos profundamente remarcados y el colmillo retorcido fuera del labio, o al menos eso le parecía a él desde lejos, porque se habían reunido en el costado de estribor debajo de una de las escotillas donde se respiraba el aire del mar.

Apenas acallados los ruidos de los preparativos de la noche comenzaron otros bien distintos, susurros, gemidos y algún que otro grito contenido. En la penumbra de la cámara de proa, no podía estar seguro de lo que ocurría a su alrededor, aunque había vivido en una mansión y visto y oído a los criados fornicar  en las cuadras y los prados, siempre creyó que esas cosas sucedían entre un hombre y una mujer y allí no había ninguna.  Con precaución sacó la navaja del bolsillo, la abrió y la mantuvo bien apretada en el puño. Pronto tuvo oportunidad de utilizarla cuando una mano callosa y maloliente le tapó la boca y otra lo hizo girar en el coy colocándolo boca abajo. Anduvo rápido y antes de caer al suelo mordió la mano y se zafó de la que lo retenía. A su agresor se le escapó en voz baja una maldición lo que no obvió que le lanzara un puñetazo a la cabeza que de haberlo alcanzado hubiera acabado con su resistencia; sin embargo, Peter lo esquivó, se dejó caer al suelo y clavó el acero en la pierna que se interponía entre él y el camino a cubierta. Todo ocurrió en un segundo, nadie parecía haberse enterado, el hombre de su derecha tenía la cabeza vuelta hacia el lado contrario y el de la izquierda, que miraba con los ojos desorbitados, era otro muchacho tan asustado como él. Retrocedió sin darle la espalda a su atacante con la navaja firme y los brazos bien abiertos. Sintió a su espalda un olor acre e intuyó el nuevo peligro que se cernía sobre él, así que pensando que la mejor defensa era un rápido ataque, se volvió hacia su nuevo enemigo con la navaja por delante y  la clavó con decisión en lo que resultó un vientre fofo y grasiento. No esperó, mientras el herido gritaba “asesino, asesino”, encontró la escala y salió a la cubierta superior.

El silencio se había roto y junto con el aire salobre del mar le llegaron los pitidos del contramaestre y las ordenes perentorias del oficial de guardia reclamando silencio.  No sabía que hacer, sólo ansiaba encontrar un rincón oscuro donde esconderse  para pasar la noche. Y entonces fue cuando unos brazos fuertes se cerraron sobre su cintura y elevándolo por encima de la borda lo lanzaron al mar.


         El agua negra lo engulló y se cerró sobre él aprisionándolo. Se dejó llevar, que lo arrastrase, en algún momento lo rechazaría hacia el cielo y el aire. Cuando vio sobre su cabeza las brillantes estrellas abrió la boca e intentó atrapar la mayor bocanada  de aire posible porque ya otra vez el agua se cerraba sobre sus caderas atrayéndole hacia las profundidades. Dio unas cuantas patadas para librarse de la presión, sacó los brazos e intentó bracear recordando que él había nadado, que podía mantenerse a flote y avanzar sobre el agua. No vio el barco, en los breves instantes que estuvo en las profundidades había desaparecido, se giró sobre sí mismo y reconoció la negra mole que se alejaba. Intentó nadar, él nadaba. Pero el agua era demasiado densa, demasiado fría y el abismo le arrastraba de nuevo. Pataleó resistiéndose una y otra vez hasta que emergió tosiendo ya medio ahogado y sin fuerza para evitar una vez más el abrazo de las aguas. Cuando se hundía, una mano lo cogió por el cuello de la camisa sacándole al aire y la noche. Intentó ayudar, pataleó y movió los brazos hasta que una voz conocida le dijo al oído.

   Quédate quieto o nos hundimos los dos.

         Era James Bradley. Quiso explicarle... pero no pudo, la garganta le ardía y la cabeza parecía a punto de estallarle.

         Cuando por fin se encontró en cubierta, las piernas se negaron a sostenerlo y cayó de rodillas frente al contramaestre cuyo semblante enrabietado le hizo pensar que la acción de Jim no había servido de nada, que aquel demonio lo volvería a arrojar por la borda. Alrededor del contramaestre otros rostros parecían flotar entre las sombras de los faroles del mayor con sonrisas salvajes en la boca.

         — ¿Ha sido este mocoso quién te ha herido? —Preguntó una de aquellas bocas.

         El gordo se adelantó, se agarraba la barriga con una mano, por entre sus dedos se escapaban unos hilillos de sangre. Asintió con la cabeza y Peter percibió como el círculo de rostros sonrientes se estrechaba y las sonrisas salvajes se convertían en sonoras carcajadas.

         — ¡Silencio en cubierta! —rugió el oficial de guardia—. ¿Éste es el furioso asesino? — preguntó al contramaestre.

         - Señor, con su permiso, señor. Atacó a mi ayudante.

         - Enciérrenlo en la bodega.

         — Señor, con su permiso, señor —mientras se lo llevaban arrastras Peter pudo oír la voz cada vez más lejana de Jim intentando defenderle—. Alguien lo tiró por la borda.

         — ¿Lo ha visto usted, Bradley?

         — No, señor, pero…, no se ha caído él solo.

         — Se ha tirado huyendo de mi ayudante —le interrumpió el contramaestre.

         — No es cierto, señor —protestó Jim.

         — ¡Silencio, Bradley o informaré de usted al capitán!


         — Con su permiso, señor —insistió—. Junto a babor se encontraba el ayudante cuando he llegado. No había dado el aviso de “hombre al agua”,  ni siquiera había tirado un salvavidas.

         — Señor Bradley, cuando doy una orden quiero que se cumpla y le he ordenado silencio.

         Y Peter Keel pasó su primera semana en el mar encerrado en una celda de la bodega, mareado, asustado y sin embargo un tanto satisfecho, a menos se había sabido defender como un hombre.

         El domingo cuando el oficial de guardia anunció las doce, dos infantes de marina con casacas rojas y pelucas empolvadas le subieron a cubierta. La tripulación estaba dispuesta para la revista. Se alzó de puntillas intentando  ver a Jim entre los oficiales del alcázar y  uno de los soldados le propinó un codazo en el estomago que le hizo doblar las rodillas. Cuando el capitán ocupó su puesto, un oficial relató una historia que no reconoció.

         — ... El ayudante lo encontró robando en el baúl del contramaestre y al intentar detenerle se revolvió clavándole un cuchillo de diez pulgadas.
   ¿Testigos? —pidió el capitán.

— Señor, con su permiso, señor. —Y Peter se sorprendió. Jim iba a hablar.

   ¿Qué tiene que decir, señor Bradley?

—Señor, conozco a este muchacho, es de mi pueblo y no es un ladrón...

Era de él de quién hablaban…, pero él no era un ladrón.

   ¿Señor Bradley, usted presenció lo ocurrido?

   No, señor, cuando llegué a cubierta...

   Retírese, señor Bradley.

Y como Jim iba insistir el capitán le dio la espalda. En el  alcázar con el uniforme de respeto y el sombrero de tres picos calado hasta las cejas, con el gesto contenido y la mirada fría a Peter le pareció un gigante cuando se dirigió a él.

— ¿Qué tiene que decir en su defensa, Peter Keel? —le preguntó.

   Señor, con su permiso, ¿está muerto el ayudante?

   ¡No! — gritó una voz por  la guardia de estribor.

   ¡Silencio de proa a popa! —ordenó el primer oficial.

   ¿Tiene o no tiene algo que alegar? —insistió el capitán.

Y como Peter se mantuvo en silencio, el capitán se descubrió. Y en la cubierta sonó de proa a popa la voz firme y dura del primer oficial leyendo los artículos del Código Naval. Cuando calló, el eco de las dos últimas palabras estremeció a los hombres duros de la marinería, a los grumetes, a los guardiamarinas y hasta el mismo primer oficial... “doce latigazos”.

Los infantes lo arrastraron hasta el enrejado. Le ataron las manos por encima de la cabeza, le desgarraron la camisa y el silencio expectante de la marinería se transformó en consternación cuando el contramaestre descargó sobre la desnuda espalda el primer latigazo.



—Uno —contó el oficial de guardia por encima del grito de Peter. Y dos surcos se le abrieron en la piel brotando sangre—. Dos —Peter volvió a gritar, las piernas se le doblaron, uno de los surcos se abrió más profundamente y el silencio de la tripulación se trastocó en inquietud.—Tres—. Los soldados lo alzaron porque las rodillas se le doblaron—.Cuatro  —y no oyó el resto porque las negras aguas lo atraparon de nuevo.

Aunque no por eso la carne de su espalda dejó de abrirse con cada uno de los otros ocho latigazos ni su cuerpo de estremecerse por el dolor. El capitán permaneció firme en su alcázar, el ayudante, colorado y sudoroso, siguió golpeando cada vez más fuerte y un inquieto murmullo se fue elevando de entre las filas de la guardia de estribor y de los gavieros. Cuando por fin el oficial contó “Doce”, algunos de los marineros más viejos se le acercaron ansiosos, le desataron, e intentaron cortar la hemorragia por la que se le iba la vida con sus propias camisas. Unas manos los apartaron.

Aunque Peter no lo vio, fue James Bradley quien lo levantó del suelo y entre sus brazos lo trasladó a la enfermería.

— ¿Se salvará, doctor? —Preguntó ansioso mientras vigilaba que el ayudante del cirujano no le hiciese daño mientras le lavaba la espalda.

—El amanecer nos lo dirá, señor Bradley. Váyase, ya nos encargamos nosotros.

Pero no se fue, pasó toda la noche junto al coy cambiando los emplastos. Aquella noche el silencio en el barco fue absoluto. Muchos hombres desfilaron por la enfermería con simples excusas. El amanecer llegó y Peter no abrió los ojos. El capitán pasó y se detuvo un momento a mirarle.

—Señor Bradley queda relevado de la guardia de la mañana -le dijo con el mismo tono neutro con que había ordenado los golpes.

El día transcurrió como la noche, con Peter delirando por la fiebre y el dolor. Cuando sonó el toque de retreta se removió, Jim se agachó y vio que tenía los ojos abiertos e intentaba decirle algo.

   No hables —susurró.

—Le mentí, señor —balbuceó Peter—. No sabía nadar tan bien como le dije...

—Calla...

Y Peter Keel siempre recordaría que cada vez que aquella noche abría los ojos, el guardiamarina James Bradley seguía a su lado.