sábado, 9 de marzo de 2013

LA DAMA DEL MAR III



EL DESPERTAR DE UN MAL SUEÑO
Aunque la tormenta se había diluido en el mar, la mañana resultaba desapacible. Soplaba un viento solano que silbaba por entre las ramas del nogal como si fuese un vendaval marceño. La había pasado con Miss Eileen traduciendo a Julio Cesar y su “Guerra de las Galias”. Una mañana larga..., demasiado larga, deseando continuamente escapar, bajar a la playa a encontrarse con Juan. El mar habría arrojado un montón de tesoros que perderían si no andaban listos. La cuadrilla del negro Miguel se los robaría; pero la irlandesa no cejaba en “la Galia está dividida en cuatro partes” y en cuanto se percataba de su desafección insistía, “Miss Eugenia, atienda”, “Miss Eugenia en el cielo no va a encontrar el significado de “servum”“, “Miss Eugenia,  no pierda el tiempo”. ¡Qué sabía ella! Perder el tiempo, perder el tiempo. Estudiar latín sí que era una pérdida de tiempo. Cuando volviese su padre se lo diría. Nadie la obligaría nunca más a declinar esas aburridas Rosa, Rosae, Rosas, Rosarum...con lo a gusto que estaría correteando con Juan arrastrando tras de sí la cabilla de un timón o quién sabe qué maravilla que el mar les hubiera regalado. Y sin embargo seguía amarrada al pupitre.
          — No he podido venir antes —se disculpó en cuanto le echó la vista encima al muchacho—, la maldita irlandesa no me ha dejado en paz con el latín —dijo exagerando el insulto.
          — Ya...  —contestó incrédulo.
         — Es verdad… —protestó en un hilo de voz, a punto de llorar. No soportaba que Juan se enfadara con ella—. Llegó carta de mi padre —se le escapó—, regresa en un mes.
           Y en sus ojos de almendra temprana el muchacho contempló las motas doradas que irradiaban más luz que la que del cielo aborregado de aquella mañana dejaba escapar. La alegría de aquellos ojos desmentía la tribulación de la voz.
          — Estarás contenta —dijo dándole la espalda, molesto sin saber porqué.
         Claro que lo estaba, pero viéndole el ceño fruncido lamentó que se le hubiese escapado. El padre de Juan nunca volvía, llevaba más de siete años ausente de Ñora.
         — Sí, no. No sé –contestó indecisa.
           Realmente estaba contenta, muy contenta de que su padre regresase por fin a casa después de casi dos años de ausencia, pero la ansiedad se debía sobre todo a que en el baúl, bien envuelta y escondida, vendría la espada que le prometiera en la despedida. Era su sorpresa, Juan no debía saberlo, era para él, su capitán.
          — Si fuese mi padre yo me alegraría  —reconoció el muchacho mirando al mar, un poco más taciturno todavía.
          — ¿Qué has encontrado? —Preguntó señalando la cabilla que llevaba en la mano- ¿No había ninguna botella? —su último descubrimiento, que en verdad las que arrojaba el mar portaba escondido un secreto escondido.
          — No seas tonta, no vamos a encontrar mensajes todos los días  —dijo por fin sonriéndole, era una niña abandonada como él.
          — Lo sé, pero me hizo tanta ilusión entenderlo —la semana anterior, cuando se habían llevado a su madre al hospital Eugenia había encontrado medio hundida en la arena una botella vieja. Dentro un papel descolorido con unas palabras en latín, una oración, pero se sintió tan orgullosa de entenderla que desde entonces miraba cuidadosamente cada mañana por  si la resaca traía alguna más, y alguna más trajo, una hasta con la mitad de un plano. El escondite de un tesoro presupuso alborozada pensando que algún día los dos se harían más ricos que el romano Creso.
          Mientras Juan corría de un lado a otro con los brazos al viento y la camisa desplegada como si fuera un velacho, Eugenia se entretuvo rebuscando botellas y recogiendo conchas, una diversión estúpida, propia de la inglesa. Las sacaba de la arena, las lavaba en la orilla y las guardaba en la cesta. Un deber más. Recubrir el marco de un espejo con conchas pequeñas. La institutriz daba las órdenes y ella obedecía. Como decía su padre de los españoles y los curas todos “servum pecus”, borregos obedientes. En la playa nadie impartía órdenes, en la playa podía soñar que su madre se recuperaba, y su padre, por fin, se las llevaba a navegar con él. 

           Cansada, se había sentado en la arena seca y miraba fijamente el cielo. Las nubes, impulsadas por un viento tranquilo se movían hacia el este abriendo en el cielo claros de un límpido azul. Un rayo dorado como la lanza de Lancelot se escapaba entre dos cirros y se posaba con suavidad en el agua apenas a unos metros de la orilla. La espuma blanca se perlaba y parecía encaje escapando de una caja, esa era la vida que ella deseaba, estar allí en la playa sintiendo el calor en su espalda, la brisa del mar colarse por entre sus piernas y un rayo del sol sobre sus labios. Intentó atraparlo pero lo único que asió fue una muñeca huesuda y velluda que en el acto soltó.
          — Tranquila, tranquila... —era apenas un susurro apagado por el rugir del mar, por las aguas estrellándose contra las rocas..., más rota, más vieja que la voz de Juan.
          No era Juan, no estaba en la playa..., el sonido del mar la había equivocado. Las olas que chocaban contra los costados del barco rugían, no era el suave deslizar de la resaca en la playa de Ñora. Entonces recordó y un sollozo se le escapó de la garganta.
          — Tranquila, nadie va a hacerte daño... —Y aunque entendió las palabras no abrió los ojos. No quería ver, no quería sentir, ni oír.
          —  Aprieta mi mano si me entiendes..., vamos —decía la voz vieja.
          La muñeca huesuda dejó paso a una mano delgada y suave, no era mano de marinero... era como la de su padre, mano de caballero. Le había cogido la derecha y la había dejado suavemente sobre la suya, por su silencio supo que estaba esperando que apretase. ¿Para qué? ¿Qué podría decirle? No hizo ningún movimiento, la dejó inerte. Mejor que no supiese.

          — Está bien, está bien..., no contestes. Hablaré yo por los dos. Soy médico, doctor O´Reylly,  cirujano de este barco, la Dame de la Armada Real —decía—. Si abrieses los ojos verías a un anciano de pelo blanco, pelo, me oyes, no peluca, que podría ser tu abuelo. Te estoy lavando, soy médico y he visto desnudas en toda mi vida a más mujeres de las que hubiese deseado. Disculpa, digo tonterías. Estamos en un barco inglés y me temo que nadie más que yo se va a encargar de ti, no hay ninguna mujer a bordo. Pero no tienes nada que temer, nadie te tocará —y sin embargo él la tocaba y ella se estremecía—. Te curarás, no padeces nada que no haya curado mil veces, desnutrición, un golpe en la sien y… —se percató de la pausa y no le importó—, ya veremos..., tú tranquila...
          Había dejado los ventanales abiertos y una ráfaga de viento frío le hizo tiritar. Ni siquiera entonces abrió los ojos ni hizo movimiento alguno para atraer hacia sus hombros las sabanas que le cubrían las piernas.
          — ¿Tienes frío? —Preguntó solícito— Es bueno para tu piel que le dé el aire y el sol, así las pústulas se curarán antes. Son por el agua salada, querida, no tienes ninguna enfermedad que yo no sepa curar —hablaba y hablaba—. Lo que más me preocupó al principio fue el golpe en la sien, ¿sabes que deberías estar muerta?, con un golpe así pocas personas lo cuentan —seguía quieta—. Aunque te niegues a hablar sé que me escuchas. En algún momento tendrás que hablar, lo sabes ¿verdad?
          Aunque siguió en silencio, Eugenia abrió los ojos y lo miró. No la había engañado. Era un hombre viejo, el rostro surcado de arrugas, quien le pasaba una esponja por los pechos. Intentó taparse tirando con fuerza del lienzo.
          — No, querida —le retuvo la mano—, déjame, tengo que lavarte. De veras que es necesario. Es agua dulce y le he puesto unas hierbas antisépticas que te cicatrizarán las pústulas.
          Le miró a los ojos y le reconoció la mirada. La había visto antes en los ojos de su padre cuando atendía enfermos. Cómo hacerle entender que no le importaba si las pústulas se curaban o no, cómo decirle “déjeme morir, por favor”. Ningún médico la escucharía. Intentó girarse, darle la espalda, un espasmo le nació en las entrañas y un gemido se le escapó. En seguida la mano suave que antes apenas rozase la piel del pecho se posó firme en su nalga obligándola a volver a la posición anterior.
          — ¿Dónde te duele? —preguntó—. Estos días pasados no te has quejado. Déjame que te examine —le pidió mientras metía la mano por debajo de la sábana y con firmeza le apretaba el estómago. No se movió, luego cuando descendió por la tripa y los dedos fuertes presionaron la piel detectó la contracción.— ¿Te duele aquí, verdad?—  Volvió a palpar y la carne se contrajo con un nuevo espasmo—. Está bien, está bien, deja... Por favor, pequeña —insistió mirándola seriamente, era la primera vez que los ojos de ambos se cruzaban, los de él todo bondad, los de ella tan vacíos que el doctor O`Reylly, cirujano de la Armada, experto en amputaciones y enfermedades venéreas sintió un escalofrío, no le gustaría lo que le faltaba por hacer—. Querida, te tendré que examinar más afondo, ¿entiendes?, miraré tus partes intimas, no será nada, ya verás —la tranquilizó— , posiblemente sea un espasmo previo al menstruo, pero habrá que descartar otras complicaciones—. Con decisión fue a retirar la sábana pero Eugenia la asió por el embozo reteniéndola contra su piel.
           — Tranquila, tranquila —insistió. Y como seguía sujetando la sábana sobre la barbilla con las dos manos intentó convencerla—. Será sólo un momento, no te enterarás —dijo  a sabiendas que le mentía. Soltó la tela  dejándole cubiertos los pechos y la cintura y la alzó por encima de las rodillas—. Necesito que  levantes las piernas…  y las abras. Ya sé que no es una postura decente, pero quiero asegurarme de que no hay ninguna enfermedad que aún no haya diagnosticado. Una vez estuve en España..., hace muchos, muchos años —la cabeza  del anciano se perdió bajo el lienzo y el calor de la llama del farol con que se alumbraba se fijó en la cara interna de sus muslos. Los estremecimientos resurgieron de repente con tanta fuerza que el médico se asustó—. Por favor —le pidió asomando la cabeza desde detrás de  la sábana—. No voy a violentarte. El dolor puede ser un síntoma de una enfermedad venérea —explicó—. Sé que esos demonios te violaron, pero estás es un barco de Su Majestad Británica y aquí nadie te agraviará. La tripulación está preocupada por tu salud —dijo intentando sonar convincente— . Han sido testigos de lo que ocurrió en el Magallanes,  y están orgullosos de haberte rescatado. Se interesan por ti, me preguntan “¿Cómo ha dormido la señora, doctor O`Reylly? ¿Doctor O´Reylly, es verdad que ya no tiene fiebre?, doctor O´Reylly llévele a la señora una buena tajada de este atún y verá como pronto se mejora.”
          Y era como si sus palabras la hipnotizasen porque el doctor volvió a tocar, a palpar a introducir dedos y a recoger flujos, y su carne y sus  músculos permanecieron inertes, ajenos a las manos que los examinaban. Cuando terminó y se acercó a la cabecera de la litera vio las lágrimas que silenciosas caían por el rostro de la muchacha.
          — ¡Cuánto lo siento, cuánto lo siento!, hija.
          Le oía, le oía perfectamente. A su cerebro hipnotizado llegaba el sonido gutural de las vocales, el repiqueteo nasal de las consonantes,  parecía que miss Eileen seguía con ella, corrigiéndola, con los labios fruncidos y la lengua sobre el paladar para enseñarle su posición correcta cuando pronunciaba la th inglesa. Los sonidos iban y venían del exterior a su mente pero como las mismas manos del hombre sobre su cuerpo apenas lograban abrirse paso entre la niebla de otras vidas, de otras sensaciones más dolorosas que se presentaban ante ella sin aviso, sin llamada alguna. 

            Sintió que una puerta se cerraba, fue apenas un susurro, como un roce no previsto y del que uno se arrepiente porque teme despertar al dormido. Y la vida parecía que tenía más fuerza, que en la niebla se había abierto una ventana por la que entraba una brisa fresca. Se obligó a abrir los ojos. No pudo alzar del todo los párpados, una llama brillante le obligó a cerrarlos, luego, con cuidado, despacio, lo intentó de nuevo. Después de unos segundos, en los que sólo percibió una masa informe de grises y blancos, sus ojos se acoplaron y los objetos desenfocados adquirieron contornos sólidos. Distinguió una puerta, una cortina amarilla, con los frunces recogidos a un lado, un hueco a través del que brillaba un objeto blanco, muy blanco, como de porcelana. Y lo reconoció. A su mente acudió otro objeto igual o casi igual que aquel, era el lavabo de porcelana del baño de su casa. Pero aquella no era su casa, su firme casa de Ñora, excavada en la roca, cubierta de verde hiedra, tan frondosa que parecía sustentar las propias paredes. Su casa de árbol y roca, su escondrijo seguro durante los vendavales y los asaltos. Hasta ella nunca llegaron los disparos de los ingleses, nunca nadie horadó una sola de sus aspilleras. Su casa de roca y árbol, ¿cuándo volvería a ella? Lentamente volvió los ojos a la fuente de luz blanca que inundaba la habitación. Provenía de un gran ventanal abierto. 

           No era Ñora, era la galería nueva de la casa de la Plaza Alta. Por fin lograron terminarla a pesar de la escasez de vidrio que el tío Andrés alegaba día tras día como excusa para no acabarla. Una habitación hermosa, muy hermosa, amplia con las paredes recubiertas de paneles de madera de pino... “qué extraño”, allí quería la tía Fermina que pintasen unos frescos de jardines y plantas. La habitación se movió y  fue consciente de que se encontraba a miles y miles de millas de su casa de Algeciras, que a la casa de la colina de Ñora jamás volvería. Un sordo rumor acompañaba cada suave balanceo, un barco, en el mar, y recordó las manos suaves de un hombre viejo y bondadoso, y recordó las últimas palabras que le oyó “¡Cuánto lo siento, cuánto lo siento!, hija! Pero no era verdad, nadie había que lo sintiera, sólo ella.
          La garganta le escocía, no podía tragar saliva sin gemir. Todo el pasado desapareció ante aquel nuevo dolor que se volvió presente. Cerró los ojos y buscó el olvido, esa mezcolanza de recuerdos y sueños en que se habían convertido sus días. 
           Se fijó en el ventanal, la brillante luz provenía de un inmenso cielo que todo lo ocupaba. Ni una sola nube rompía el suave azul de una pureza prístina. Podía levantarse, acercarse y hundirse por siempre en él. Intentó moverse y las piernas no le obedecieron. Perseverando se incorporó apoyándose en los brazos, se dejó caer de la cama al suelo. Era un camarote, un camarote mucho más grande que del que dispuso en el Magallanes. “Oh Dios, dame el olvido, aparta de mí tanto dolor”,  rogó. Se arrastró por la suave madera, tan suave que ni un arañazo retrasó su avance hasta el banco corrido de la ventana forrado con una hermosa tela de rayas blancas y azules. Se apoyó en el borde con los brazos, tras varios fracasos logró sentarse. Miró a su alrededor, era una hermosa habitación, había libros en una estantería a la derecha de la ventana y en una mesa de despacho relojes y aparatos de náutica. Desplegado sobre la mesa un mapa y sujetándolo un pequeño cuadro con marco de plata. El rostro de una mujer muy bella de ojos azules y rizos dorados la miraba con ternura. Había mucho amor en aquella mirada, ella nunca podría volver a mirar así, se dijo, ya no habría nadie a quien amar. Se llevó una mano a la cabeza..., no tenía pelo, alzó las dos asustada, solo sintió los contornos de los huesos de su cráneo y unos ligeros pinchazos. Se apretó fuertemente las sienes y gritó, gritó, gritó... De  su garganta no salió ningún sonido. Nada que perturbase la calma del inmenso cielo azul, tan sólo, tan puro, tan lejano... Cerró la boca, “para qué...”, se dijo. En la pared de la izquierda al lado de la cortina unos sables se cruzaban sobre un inmenso mapa mundi, donde manos expertas habían dibujado las tierras conocidas; incluso el continente Australis, que según miss Eileen tanto había costado encontrar a los ingleses, porque los españoles que, ya lo conocían, habían guardado el secreto durante años.
          Sus ojos se detuvieron en el biombo situado justo frente a ella. Colgado de una percha había un vestido blanco, con bordados de oro viejo en el talle y encaje de Valenciennes en los bajos, parecía reírse de ella, único vestigio de una vida acabada. Lágrimas silenciosas brotaron de sus ojos, se deslizaron por las mejillas imperiosas. Se volvió hacia el mar, no podía mirar de frente su anterior vida sin sentir que la muerte era el único consuelo que le quedaba; aún así no pudo evitar ver aparecer, frente al panel de pino desbastado, el rostro fuerte y duro de su abuela ni dejar de oír su voz firme regañando con la tía Fermina:

          —No, Eugenia, no irá al baile por mucho que os empeñéis. Eso está bien para majas y aristócratas, que ya sabemos que son todas de la misma calaña. Ella no irá...
          Y la tía Fermina, sin amilanarse ante su cuñada, insistía —. Mujer, no puedes negarte, es un honor que el General Castaños hace a la familia. Nita irá con sus tíos. Sería un desprecio muy grande y los negocios se resentirían. No te das cuenta, mujer...
          La abuela resistía firme en su decisión. Era la roca en que toda la familia sustentaba su fuerza, el motor que los empujaba a erguirse de entre sus iguales—. No habrá ningún desprecio, ya vais vosotros cuatro, ¿te parece poca representación de la familia? Eugenia se quedará conmigo.
          —Inés, Inés, a veces me das pena. Nita ya es una mujer aunque no quieras hacerte a la idea. ¿A caso pretendes que sea una solterona?
          — No es esa mi intención, pero mi nieta no andará de mano en mano de los barbilindos de la ciudad. Es una muchacha honesta y un baile en la comandancia sólo puede dar pie a que su nombre ande de boca en boca. La honra de una mujer es muy frágil, tú lo sabes, Fermina. Basta el soplo de un rumor para derrumbarla. Quien evita la tentación evita el pecado. No irá —terminó tajante.
       Y la tía se marchó arrastrando sus casi seis arrobas con una ligereza impensable en otra persona de su estatura. Una mariquita gorda y oronda que se movía como una mariposa y regresó casi antes de que la hubieran echado en falta. Entre sus brazos sostenía el vestido más hermoso que Eugenia y su abuela hubieran visto en su vida. De un blanco marfileño, suave y tenue en las manos, como alas de mariposa, que dejó en sus dedos la huella de los insectos que fueron necesarios para tejer su urdimbre.

          —¿Hermoso, verdad? —decía orgullosa—, mi regalo para ti, Nita, serás la muchacha más hermosa del baile. Y tú, cuñada, a callar, que también tendremos algo que decir los demás en su educación. ¿Crees que si su padre estuviera aquí no le permitiría acudir al baile de la Comandancia?
          —Su padre no está, soy yo la responsable —oponía la abuela aunque con menos fuerza.
          El vestido, el vestido logró la victoria... lo sabía, iría al baile..., y allí estaría Juan, su Juan... El tío se lo avisó y no sería capaz de mentirle. Vendría de Cádiz y  hacía tantos años que nada sabía de él que le pareció increíble, una mentira del tío Pablo. Hasta que le entregó el mapa y ya no había duda. Juan, su capitán pirata se encontraba a menos de sesenta leguas y el mensaje decía que el primer baile y el segundo y el tercero serían para él y que ya vería si mientras tomaba un ponche le consentía aceptar alguna contradanza.
           Las aplicaciones del encaje de Valenciennes estaban rasgadas, y la cola que caía por detrás tenía un color parduzco con huellas de sangre vieja. Los andrajos que colgaban frente a ella eran un burdo reflejo del hermoso traje. La vida se había encargado de convertir los sueños en pesadillas. Soñó que se casaría con Juan y sería libre, porque con nadie más que con él lo había sido alguna vez y llegó Trafalgar y Juan por poco muere en el San Agustín. “¡Oh Dios, Juan!, ¿dónde estás?”, se preguntó. Habrían vivido por siempre en Algeciras donde le esperaría que regresase de sus viajes, tendría sus hijos y vivirían felices y la abuela Inés se opuso al noviazgo. Tendría que haber vivido rodeada de seguridad, los tíos, su padre y su marido como si la tierra no girase, como si los días no marcasen huellas en la tierra ni en los hombres y llegaron los franceses, Napoleón y sus ambiciones y España ya no fue nada más que un inmenso campo de batalla. Y hasta en la pacífica Algeciras llegaron los ecos de la guerra. Los muertos y los heridos de Bailen, soldados de la guarnición. Y Juan que se marcha de nuevo a luchar, esta vez lejos de la Armada, a una “partida”, con los guerrilleros. Y su padre que decide regresar a América porque está perplejo, porque  que no quiere seguir en una Cádiz sitiada a punto de rendirse a los franceses.
          Sueños, sueños rotos… como el vestido… como un jirón de niebla en lucha contra el viento.