martes, 20 de agosto de 2013

SAMANTHA O LA RECOMPENSA DE LA VIRTUD I




“Sabes bien, mi querida Raquel, que el amo desde que regresó a la mansión de T. cuando la condesa, su pobre madre, expiraba, puso sus ojos de halcón en esta pobre paloma, con mayor insistencia, si cabe, que lo había hecho unos meses antes cuando vino al campo a cazar. Lo cierto fue que entonces no me vio demasiado porque la condesa, tal vez temiendo que quisiera apoderarse de mi virtud tan recién descubierta por entonces, no me dejaba salir de sus habitaciones.


¿Recuerdas lo felices que fuimos aquellas noches calurosas tú y yo soplándonos la una a la otra para refrescarnos la piel?¿Recuerdas la alegría que le daba a la señora vernos retozar, con que deleite nos lamía el sudor mientras Tommy, el pajecillo, le aireaba los bajos con su plumilla?


Ninguna fuimos conscientes de la tormenta que se avecinaba. Tú estabas demasiado ocupada cuidando de nuestra amada condesa, que sólo de tus pechos aceptaba recibir el alimento que la sustentaba, y no te enteraste de los intentos del amo por meterse en mi cama. La señora J., andaba vigilante y aquella semana en cuanto la condesa descansaba me llevaba con ella a su cama. En mi ingenuidad me enfadaba porque si bien el musgo de la condesa sabía a miel, el de la señora J. lo hacía a pescado y, Raquelita, me daba ración doble, antes de dormir y otra vez por la mañana, para homenajear al sol, decía. 

Sin embargo, para mi desgracia y ventura la noche en que la condesa agonizaba, la señora J. y tú no abandonasteis su habitación y, el halcón avizor, olvidándose de la dama de negro que visitaba a su madre, subió a la buhardilla y por fin tuvo éxito. Nunca pude contártelo, porque bien se encargó de sacarme a la mañana siguiente de la mansión de T. Robarme, podía decir. Que ni despedirme pude de la bendita condesa.




El muy malvado se escondió en el armario de nuestro dormitorio y cuando Tommy, después de darme gusto un ratito con sus juegos de infante, no tan inocente como se fingía, porque si bien su cayado era aún pequeñito bien que levantaba cabeza mientras metía su lengua  en mi oído y me pellizcaba el trasero. Como te decía, cuando me dejó sola llevándose la vela, el chirrido de una puerta al entreabrirse me puso los pelos de punta.

Pensé que se trataba de la visita de uno de los fantasmas de los que siempre nos hablaba la señora J. ya sabes, los que te ofrecen bananas en las noches de verano. Me quedé muy quieta, con los ojos fuertemente apretados, sin respirar siquiera, intentando hacerme invisible a su presencia. No había olvidado la primera vez que vi uno granado. Fue mientras nuestra noble ama se encontraba en casa de su íntima amiga la baronesa de Y. cuando compartí por primera vez la cama con la señora J. y dos de esos fantasmas se nos aparecieron. Uno se dirigió a mí blandiéndolo tieso frente a mi boca, pidiéndome que se lo lamiese con voz cavernosa.



Me asusté. Yo nunca había visto una cosa tan grande y dura. Grité tanto cuando me abrió los labios que la pobre señora J., que lamía satisfecha uno bien prieto, se asustó y le clavó los dientes. Cuando el fantasma gritó de dolor por un momento creí reconocer en él la voz del señor C. nuestro siempre admirado coadjutor, y así se lo dije a la señora J. en cuanto se desvanecieron entre el lió de sábanas que se formó. 


Luego, cuando todo se calmó, muy enfadada me explicó que a veces los fantasmas cuando se manifiestan no se parecen a los antiguos cuerpos que ocuparon, sino que adoptan la apariencia de algún ser vivo conocido para no infundir tanto pavor a los pobres mortales, y añadió, que éramos muy afortunadas de que vinieran a hacernos presentes; porque un presente era, y me lo recalcó cada vez más irritada, que un ser del otro mundo te pidiera que le alegrases la noche; al parecer, me dijo, significa que se está más cerca del cielo, donde viven como ángeles. Por eso nunca, nunca debía volver a gritar en su presencia. Podían enojarse y entonces me pasaría lo que le había ocurrido al abad del condado de F. cuando una noche se le apareció uno con la apariencia del rey Jacobo. El abad quiso interrogarle sobre algunos pasajes de la Biblia que le suscitaban dudas mientras su majestad le presentaba impaciente su cetro inhiesto y tanto se enfadó por las preguntas y la tardanza en rendirle pleitesía que lo arrastró con él hasta el infierno.




Ahí me entraron las dudas, si eran ángeles del cielo cómo podían arrastrarte al infierno, pero por si acaso me callé, porque la señora J. molesta por no haber terminado su ración, me había cogido la cabeza y me empujaba a lamerle los bajos.


Volviendo a la terrible prueba…, no sabes el miedo que sentí cuando oí los chirridos de la puerta, tardé unos segundos en reconocerlos. Provenían del armario dónde guardábamos los ropones del invierno, así que pensé que de allí sólo podía salir un fantasma. No sabes cómo temblaba mi corazón. Aún hoy, me parece mentira, Raquel, que resistiese aquellos inciertos instantes sin que me diera ningún sincope... (continuará…)