miércoles, 28 de agosto de 2013

SAMANTHA O LA RECOMPENSA DE LA VIRTUD III


Prólogo del editor 

Si divertir, entretener e instruir las mentes de las jóvenes doncellas. 
Si inculcarles las virtudes de la pasión de manera sencilla y agradable.
Si pintar el vicio con sus oropeles de oro para hacerlo merecidamente agradable y fijar la virtud en toda su iniquidad para hacerla parecer castradora.
Si mostrar la religión y su viciosidad de manera clara y prístina
Si crear personajes deshonestos y egoístas y apoyarlos completa y decididamente.
Si dar ejemplo práctico digno de ser seguido en los casos más críticos por las vírgenes, las torpes, las novias y las esposas.

Si llevar a cabo todos estos dignos propósitos atraen la atención de lectores insensatos y obsesos haciéndoles tener la historia en gran estima, y ello sin dar en todo el texto una sola idea que no ofenda la más pura inocencia (si es que aún existe), este editor se da por satisfecho y no cree oportuno pedir ninguna disculpa por ello.

Tú sabrás lo que te conviene lector anónimo.



(Fragmento del capítulo 2)

Querida Raquel, que terribles te parecerían mis noticias del billete anterior, lo sé, visto con tus virginales ojitos debe ser un sin vivir sentirte presa de las garras del demonio, pero Raquelita, no te equivoques, el rabo del demonio es placentero una vez que se le conoce bien y te mueves a su ritmo.

¡Cuánto tiempo desperdiciado, pequeña mía, mientras jugábamos a ser virtuosas! Y no, no me condenes, tú no lo sabes, pero ni la lujuria ni el pecado llevan al infierno, al contrario, Raquelita, desde que conozco al demonio vivo en el cielo.

!Oh Raquel, cómo hacerte llegar a tu dulce corazoncito la cualidad esencial de la pasión. No es que nuestra queridísima ama quisiera nuestro mal, no digo eso; pero sí que era egoísta al no permitirnos disfrutar de lo que en verdad es el amor... temía que la abandonáramos en cuanto nos reconociésemos la primera vez en la verdadera pasión que, no es otra que, satisfacer el apetito vehemente del ser amado,  ser el cordero en su mesa.

No te enfades conmigo porque te escriba éstas que tu creerás duras palabras contra la condesa. Ella prefirió rendirnos con melodías de un sólo instrumento y mimosas entregas para librarnos de las malignas perturbaciones de la verdadera pasión. No lo son..., porque ahora que  a todas horas se abaten sobre mi cuerpo esas dulcísimas torturas contra las que tantas veces nos previno, convengo con ella que si se llegan a satisfacer en edades tempranas la sociedad entera, tal y cual está establecida se desmoronaría.


 Imagínate que mundo sería aquel en el que todas las personas se dedicasen a satisfacer los apetitos del cuerpo. Nadie trabajaría, y quién haría las camas, quién prepararía la comida, araría los campos, pescaría los peces. ¿Lo entiendes, ahora? Por eso sólo ellos, los poderosos, conocen la pasión, se refocilan en ella; por eso apoyados por los hombres de iglesia estipulan los tormentos del infierno para quien pecare contra la carne y nos ensalzan como meta la gloria incorpórea del cielo.

El amo dice que no hay mayor gloria ni en el mundo ni en la eternidad que la del cuerpo. Y me ha asegurado que las doncellas pobres, como tú y como yo, a las que nuestra cuna e ignorancia nos aleja de ese goce, no necesitamos morir para vislumbrar el cielo, que es su rabo el que tiene las llave de acceso. Y es verdad.

Oh, Raquel, siento haber escrito palabras tan sucias, que sin duda te escandalizarán; no han salido de mi corazón, ha sido el amo quien mientras embardunaba de jabón mi chochito para dejarlo tan límpido como cuando tú me lo comiste la primera vez, entre risas, me lo ha dictado.

Mañana, si puedo, te mandaré otro billete explicándote lo que se ha acordado que sea de ti. No te preocupes, querida, que yo velo…

Tuya afectísima,
Samantha.