martes, 6 de agosto de 2013

UN AÑO DE HISTORIAS DE LA VIEJA LOBA


Hoy hace un año que comencé a publicar Historias de la Vieja Loba. El 6 de agosto de 2012 nació este blog. Y nació por una ventolera. La imaginación harta del silencio y las metáforas ciegas exigió su tributo y, con el ímpetu de la primera rebeldía, desatada de los lazos de la identidad,  ha pululado a su libre albedrío por estas páginas. Durante este año las historias han dado muchas vueltas por aquí que diría Alicia.

Desde que me recuerdo he inventado historias, tal vez porque fui una niña enfermiza —cuando no estaba en la cárcel (enferma) era porque me buscaban para encerrarme—, que pasaba demasiado tiempo entre mayores que se contaban historias al amor de la lumbre: de amores y desamores, de criadas que prendían fuego a los fantasmas que las preñaban, de gatos que acechaban tu paso por los corrales para robarte el aliento y la vida. Historias que no entendía del todo, pero que me hicieron comprender que podía ser tan feliz imaginando que corría por entre el cañaveral del río como lo era mi vecina saltando de pretil en pretil.




Del exceso de melancolía me salvó la curiosidad, Severiano, un ratón borracho de cuentos que me encontré en Las Navas de Marimingo, las inyecciones de hierro y Mary Noticias, la reportera más dicharachera.

Mi paso por la facultad de Periodismo no fue memorable, la odié desde el primer día, porque como era de razón, en la primera clase de redacción periodística me dijeron que si quería ser periodista debía encerrar entre rejas la imaginación. Allí sólo cabían seis preguntas ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?, una retahíla que sólo descubría lo que a mí no me atraía. En mi primera entrevista a un político para un periódico serio terminamos riñendo. Verídico. Desde entonces me dediqué a perseguir a los jugadores del Real Madrid. Para entrevistarlos, claro. Era muy sencillo y no había posibilidad de enfados, siempre he sido una forofa del Madrid.


Luego, alguien se apropió de lo que no era suyo y sobre mí y mi familia cayó la maldición bíblica, tuve que ganarme el pan con el sudor de la frente. La escritura y la imaginación, aunque siguieron presentes gracias a Severiano, se convirtieron en algo secundario. 

Durante años, en ratos perdidos, escribí un montón de historias. A Severiano las palabras se le escapan a borbotones hasta por la coronilla y poco a poco el archivo del ordenador se fue llenando de cuentos y novelas: Quique el Cuatro Nombres, El Despertar de la Doncella,  La Dama del Mar, El Silencio de la Traición, La Confesión de Berenice, La Victoria de Grace, Los Conquistadores del Coronado. Docenas, tal vez centenares de personajes, de voces. A todos les seguí la pista un rato, como hacía Quique el Cuatro Nombres. Los investigué exhaustivamente, sus antecedentes, sus antepasados, sus pensamientos, dolores y miedos, sus hechos y el mercado de futuros. Sólo a mí y a otros cuantos podridos de imaginación les interesaron sus andanzas, hasta que surgió el blog.

Y hoy es el momento de agradecer a todos vosotros que me leéis vuestro apoyo e interés. Vuestras visitas son un orgullo para mí. Mi especial agradecimiento a la gente de FricarteWeb, Pilar Baena y Daniel Espinosa, sin la oportunidad que me dieron de publicar en su revista y los conocimientos blogueriles que gracias a las charlas y a la paciencia de Daniel adquirí, no hubiera sido tan fácil hacerlo posible: muchas gracias, Pilar; muchas gracias Daniel. Y a ti, Javier, como no agradecerte tu aliento, tus críticas y tus comentarios, te aseguro que cumplo lo que prometo, aunque a veces parece que me olvide. 



Gracias a mis primeras seguidoras, las que conozco y a las que lo único que sé de ellas es su avatar. Gracias a mis amigos de Twitter, gracias mil, Encarna, Manuel, Anna Rosa y María, sois un encanto, una ayuda y una alegría.

Y como no a las Boneheads, tanto españolas como americanas, y sí, reconozco que a veces soy severa con Bones, pero soy una adicta y cuando la dosis (léase episodio) viene mal cortada y no obtengo el placer acostumbrado no puedo evitar criticar al cocinero.




Y una última confesión: aunque la suerte no me quiso triunfadora no me quejo, después de todo soy feliz, amo y soy amada y no puedo cambiar ni ser cambiada. Lo dijo Shakespeare en inglés y en el Soneto 25.