viernes, 9 de agosto de 2013

UN GRANIZADO DE SANDÍA RESULTÓ LO APROPIADO

 

Empecé a contaros mi historia el 13 de marzo, hace ya seis meses, y lo hice, bien lo sabéis (¿lo sabéis?), con una llamada de socorro, a la que para mi desencanto nadie aún ha respondido, Y lo necesitaba. Necesitaba oír voces distintas a las de mi cabeza, sensatas o alocadas, me daba igual, distintas. Alguien que me dijese, “Sí, Leonor, huye a Nueva Zelanda, apacienta ovejas. O “No, no seas estúpida, quédate con Vanessa es un buena chica que te ha hecho millonaria. Cría su hijo y olvida la paranoia, no quiere heredarte”. O, “Lárgate de ahí, ya,  acabarás en un vertedero”. O “No te desanimes, Leonor, que a estribor de toda pena hay una delicia segura”. Cualquier cosa. Pero este silencio. Este silencio me mata.


Ya sé, ya sé que no soy Woody Allen, que cuando Woody cuenta sus intimidades en sus películas es una genialidad, le conceden el Oscar y le abren una línea de financiación para la próxima. Lo entiendo. Nadie quiere oír la confesión de una ama de casa cincuentona de Torrelodones. Lo mío no es genialidad, es marujeo, diréis. Si es por eso, lo entiendo.

Aunque os aseguro que no ha sido fácil desnudar mi alma. Tenéis que entender que para una mujer de mi edad y condición exponer los trapos sucios a la vecindad, llegar a este grado de exhibicionismo es tan duro como si me pusiera a escalar el Everest sin oxigeno (con oxigeno lo hice el año pasado), pero lo hago porque me encuentro en una disyuntiva en la que pocas se pueden enfrentar, solas. Y os lo he contado todo, las intenciones de Vanessa, como me abandonó mi marido, como lo conocí, por qué lo elegí y hasta como quemé mi viejo hogar. Es cierto que no os he hablado de mis sesiones con el doctor Conejo, ni os he hablado de mi descubrimiento del sexo, pero ya os podíais haber hecho una idea.


¿Sabéis? Pienso que no me habéis creído ni una palabra, ni que tenga seis millones de euros ni que Vanessa esté preñada; lo está, lo está y de seis meses,  me quedan sólo tres para decidir… Y no me ayudáis. Ya sé, ya sé. Si dudo es que no la quiero. Pues claro que no la quiero, eso no me lo tenéis que decir… pero… pero tal vez si os explico cómo terminó nuestra primera cena tal vez comprendáis que "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, de las que entiende tu filosofía".

¿Recordáis como se quejo Vanessa del Don Perignom?  Lo cierto fue que no le hizo ascos, que se bebió su rebujito de aperitivo, pero en cuanto empezó a sorber con deleite las ostras ya no paró de vaciar su copa; y sí lo confieso, mi intención era emborracharla, que olvidase su lascivia y dejase de una vez en paz mi entrepierna. Y lo logré, en parte. Al menos mientras saboreaba sorprendida la sopa de de coco y plátano. Es que es un estómago agradecido, igual que José Antonio, salvo en fino, las judías con chorizo le dan ardor de estómago.


Con el salteado de rape y mango creí que lo había conseguido, tanta era la delectación con que se llevaba cada bocado a la boca y lo saboreaba. Hasta que apuró el último sorbo de champán de la copa. Entonces se levantó, rodeó la mesa, me echó un brazo por el hombro, me obligó a levantarme, me llevó hasta el sofá, se sentó a mi lado, comenzó a toquetear el cuello de mi blusa y con voz de cigarra asmática me pidió.

— ¿Por qué no me cuentas uno de tus cuentos? 

Os recuerdo que la primera vez que intimamos, después que descubriera los millones que José Antonio pretendía estafarme, para que no me creyera una pobre maruja abandonada, le comenté que escribía cuentos eróticos desde niña. Sí, desde que era niña y ni se extrañó.

¿Quién iba a pensar que se acordaría? Pues lo hizo y aunque al principio no me di por enterada en cuanto sus dedos comenzaron a bajar por mi espalda me escapé a la estantería en busca de uno de mis muchos cuadernos. De espiral, amarillos, rojos, de todos los colores del arco iris, cuadriculados, escritos a lápiz. Cajas llenas convertidas en nidos de ratones. Cogí uno de los que encontré más a mano y se abrió por el titulado “Samantha o la Infeliz Doncella”, si muy dieciochesco, de mi época de imitación a Samuelson.  Comencé a leerlo, no es muy largo, pero no pasé del primer capítulo, porque el calor de las palabras se transmitió a su piel… cuando llegamos a lo de…



“Inmediatamente arranqué, con pesar, bien lo sabes, mi mano del dulce lugar que tanto disfrutaba cuando era la tuya la que lo acariciaba, e intenté cubrirme el pecho. Apenas si noté el vacío porque aquel ángel lo cubrió enseguida con la suya poderosa. Mi conejito se estremeció al percibir la fuerza de los barrotes que lo enjaulaban y el pobrecito se inflamó intentando huir de la prisión. No podía hablar, no podía gritar, la voz había abandonado mi cuerpo sobre todo cuando sus labios se posaron sobre el lóbulo de mi oreja.”

Fueron los suyos los que se posaron en la mía, el estremecimiento que me recorrió entera me sorprendió. Me aparté despacio, aquella noche, maldita sea, era su noche, pero no podía exigirme tanto. Me coloqué las gafas, la miré con reprobación y continué leyendo…

“El colchón subía y subía tan frenético como mi corazón, pero ¿sabes Raquel?, no sólo era yo la que temblaba, también el ángel se estremecía. Luego de unos instantes de gozo, la mano se tornó inquisidora y abrió y buscó entre mis pliegues. Creerás que aún seguía muda, pero no, de repente me pareció oír, entrelazado con su ronco gemir, los estertores de mi alma y créeme si te digo que pensé llegada mi última hora cuando uno de sus fuertes y poderosos dedos se abrió paso dentro de mí. El hechizo se rompió y grité, grité y mordí la mano que intentaba cubrirme la boca para ahogar mi voz. 

La vi venir, os juro que vi venir su mano, supe lo que pretendía y no la rehuí; no la rehuí, el Don también hacía mella en mí. Pero ya os lo he dicho, es muy lista, la muy zorra dosificaba el juego, en cuanto vio que iba a mordérsela la retiró. “Continua me ordenó”. Le obedecí. 


¡Oh Raquel! Han sido tantas y tan bienaventuradas las circunstancias que me han acontecido desde que nos despedimos, tantas, que hasta siento remordimientos por tener que decirte que, a pesar de tu ausencia, no he sido desgraciada desde que me arrebataron de tus acogedores brazos, como sin duda tú esperabas de una amistad tan tierna como la nuestra.
 Debes saber, mi pequeña, que he sufrido en mis carnes los tormentos del infierno, las llamas del fuego eterno abrasan mi piel, garfios de hierros incandescentes la esgarran como tus dientecitos rompen la dorada costra de un pastelito de miel, las aguas sulfurosas escaldan mis carnes saturándolas de jugosos zumos pero… el volcán del amo me cubre con su ardiente lava al menos cinco veces al día. Estoy destrozada, dolorida, pero… soy, ¿me atreveré a decirlo…?, si, corazón mío, soy feliz. 
Por primera vez en mi vida puedo gritarlo ¡¡¡ SOY FELIZ!!! Oh querida, tengo que dejar de escribir este billete, le oigo acercarse por el pasillo, mis manos tiemblan, mi entrepierna se humedece…

No sé como estaría la suya, la mía andaba seca cuando terminé con el “Tuya afectísima. Samantha.” Lo que no me esperaba fue lo que preguntó:


¿A ti te va el sado-maso?  
— Es sólo un cuento —me defendí.
— Pues parece como que te fuesen esas cosas. Tal vez lo que te ocurría cuando lo escribiste era que estabas…

No la dejé terminar, nunca me han gustado las ordinarieces y menos cuando se referían a mi persona. Cerré el cuaderno  y me levanté dispuesta a dar por concluida la experiencia.

— Ah no, nada de eso, tienes que leerlo entero… si puedes —dijo.

“Te parecerá terrible, lo sé, visto con tus virginales ojitos debe ser terrible sentirte presa de las garras del demonio, pero Raquelita, el rabo del demonio es placentero una vez que se le conoce bien. Y después de cien días prisionera de sus deseos créeme, le conozco, todos los poros de mi cuerpo lo conocen, de todos mis jugos se ha saciado, por todos sus agujeros se ha vertido y nada más verle venir con su manguera pletórica tiemblo sólo de pensar en la tortura que me espera, porque luego, una vez pasado el primer dolor, es tan delicioso sentirlo gobernar mi cuerpo como león sobre leona.
 ¡Cuánto tiempo desperdiciado, pequeña mía, cuantas torturas perdidas, mientras jugábamos a ser virtuosas!”
— ¿No notas demasiado calor? —preguntó, y antes de que pudiera contestarle comenzó a desabrocharse los botones de la blusa.

Y no, yo no notaba nada,  es más me sentía incomoda con su striptease, sí hasta di un salto cuando dijo:




Lo que ahora me apetece es lamerte toda entera.

Y sin que me hubiera dado tiempo a buscar un resquicio para escapar me tumbó en el sofá y comenzó a desabrocharme la blusa. Entonces recordé el postre, el granizado de sandia que guardaba en el congelador y lo bien que me vendría para refrescar su ardor. Se lo propuse intentando zafarme de sus dedos.

—Quieta —ordenó—, lo dejaremos para después.

Y me rendí. Sí, lo confieso y no me avergüenzo, nunca había hecho nada como aquello… pero ¿por qué no? ¿Qué había conseguido últimamente de los hombres salvo disgustos? Me dejé llevar, el calor era insoportable…

— Finges muy bien lo de ser una buena chica —dijo de improviso alzando la cabeza de entre mis muslos.

— ¿Qué?

— Ni por un instante me engaño tu apariencia de señora. Tus camisas Burberry, tus faldas de cuadros y tus sombreros. Desde que te eché la vista encima supe que era fachada. Eso me atrajo de ti... —dijo y luego inopinadamente añadió—Háblame de la primera vez que practicaste sexo.

— ¿Ahora?

No quería hablar, sólo... yo sólo quería, ansiaba que su lengua siguiese jugando en mi escondite hasta que reventase el volcán. Le cogí la cabeza con las manos y la empujé  hacia abajo. Se resistió.

— ¿Cuéntamelo... o...?

—O... qué —quise saber. No veía una amenaza, sólo una moratoria estúpida que a ninguna beneficiaba. Cada cosa tiene su tiempo. Lo dice la Biblia. Y aquel era el tiempo del placer.

—O... —y pareció pensárselo, luego en sus ojos apareció una nota picara y por fin me anunció —te quedarás sin plátano. Lo entendí. Se refería al cuento. Pero yo no quería ningún plátano. El último que tuve entre mis labios fue el de José Antonio para su cincuenta cumpleaños y de eso hacía ya más de tres años. Era pasado. El recuerdo de mis veintiséis años de sumisión me exasperó.

— ¿Para qué quieres saberlo? —pregunté alzándome sobre ella y agarrándola por los pelos. Hasta a mí me sorprendió la violencia de mi reacción. Hasta aquel momento había sido totalmente pasiva, dejándola hacer, repitiendo mi comportamiento durante tantos años. Pero no, se acabó ser sumisa. Atraje su cara hacia la mía y la miré a los ojos. Seguía reinando en ellos el vacío. Y entonces me entró una alegría por dentro, un rebullir en la piel. Yo enseñaría a aquella niñata  lo que era el miedo. Y le eché la cabeza hacia atrás, tirándole del pelo mientras con los dientes le raspaba la piel desde la barbilla hasta el cuello.

—Me haces daño —gimió.

—No seas absurda, te gusta —le susurré al oído para después morderle el lóbulo. Le gustó de verdad.


Seguí tirando de su pelo hasta que no tuvo más remedio que tumbarse boca arriba, caí sobre ella y me senté sobre su vientre. De un tirón le rompí la camisa y su inmenso sujetador. Sus pechos me dejaron en silencio. Ante su boca abierta, expectante le cogí los pezones entre los dedos y se los retorcí. Chilló entusiasmada. Luego me incliné sobre ellos, se los besé. Ahora uno, ahora otro, ahora los dos bien prietos a la vez. Eran inmensos. Gordos como cerezas del Valle del Jerte y sabían a miel. Los mordí, la obligué a levantarse tirando de ellos entre los dientes.


—No sabes lo que era aquel tiempo, no lo entenderías —dije.

Sudaba, sí sudaba y se agarraba a los míos, quería retorcérmelos,  me zafé de sus dedos.

—Quiero entenderlo —gimió— quiero saber por lo que has tenido que pasar, lo que has sufrido. Lo quiero todo de ti, Leonor, lo quiero todo —mintió. Sus ojos seguían vacíos. Hubiera debido cruzarle la cara de un bofetón, otra hubiera sido nuestra relación, en cambio la derribé de nuevo contra el sofá.

—No mientas, Vanessa —dije.

Luego me comí su lengua y sus labios, mientras mis dedos ciegos buscaban llegar al fondo de aquel vacío. Cuando comenzó a agitarse espasmódicamente, cuando sentí que su paroxismo se acercaba me detuve y me senté a su lado. Que sobre su piel sudorosa corriese el aire, que se enfriase la lava, que se solidificasen las llamas.

—Sabes, si vamos de confesiones será mejor que tomemos un helado. Salté de la cama y me fui a la cocina. Lo había sabido mientras la besaba.


Un granizado de sandía era lo apropiado.