viernes, 10 de mayo de 2013

LA DAMA DEL MAR VI



CAPÍTULO 6
UN MATRIMONIO AFORTUNADO
James Bradley era demasiado joven, demasiado impetuoso, inocente y sincero cuando se comprometió con Violette Judd. Por contra Violette Judd era impaciente, de risa pronta, zalamera y curiosa. Examinada en su conjunto no dejaba de ser una niña maleducada y mimada a la que nadie había advertido que no siempre podía hacer su voluntad. Pero era muy, muy hermosa y desde la primera vez que la vio, Jim no pudo pensar en otra cosa que tenerla frente a él rendida a su amor diciendo, con voz melosa y suplicantes ojos, “sí querido, lo que desees”.



A tales ilusiones contribuyó sin duda alguna su soledad. A su regreso después de Trafalgar permaneció  en Londres bajo los cuidados del doctor O`Reylly  debido a que la herida que recibiera en la pierna no cicatrizaba. Joven, con apenas veinticuatro años, sin ninguna responsabilidad, sin el control de la familia, sin los cuidados decididos y la mano de hierro de Lady Mary se dejó arrebatar por el ambiente de liberalidad y regocijo que imperaba entre la gente de la sociedad. Así que en cuanto logró mantenerse en pie, se dedicó con ahínco a perseguir mujeres, su afición favorita cuando se encontraba en tierra.


Tal vez, después de todo, tuviese suerte y el encuentro con Violette Judd y el cerco en que ella lo envolvió no fuese tan desastroso como desde su retiro pensaba Lady Mary. La apariencia de aventura que otorgó a su rendición contribuyó a alejarle de Duncan Bradley,  pero también de las salas de juego, de los burdeles, de las noches de borrachera, del camino de perdición en que su padre se hallaba abocado. Porque desde que se enredó en los rizos de la nuca de la muchacha, desde que se quedo prendado del pecho más firme, turgente y generoso que ojos de hombre contemplaran nunca, cambió por completo el rumbo de su existencia; a partir de entonces dedicó toda su sabiduría y su fuerza en averiguar la manera más rápida de rendirla a sus brazos.

En las lejanas tierras donde la vieja condesa Dungear o Lady Grey, como le gustaba llamarla a su segundo marido, vivía su tranquila existencia, nada hacía presagiar los vaivenes y cambios que el nuevo año les acarrearía. Confiaba en Jim, nada de lo que hasta entonces había sido su vida, presagiaba que en algún momento pudiese correr la misma suerte que su padre, que fuese a seguirle en su vertiginosa caída en los infiernos. Sólo que la vieja condesa  sabía que lo que no estaba manifiesto aún en el carácter del muchacho, podía en el momento más inesperado exigir su parte de realidad. Así había ocurrido con su padre quien también había sido un joven tranquilo y discreto preocupado por su carrera y sus propiedades. Lo que le torció el destino fue el maldito amor. Esa emoción caprichosa que enredaba los corazones hasta la locura. Lady Mary no era religiosa, y no era culpa del obispo, si alguna vez rezaba lo hacía para pedir que Jim nunca amase en demasía.


Si su esposa no hubiese muerto, Duncan hubiera llegado sin duda a ser primer Lord del Almirantazgo. Era su destino y ambos, madre e hijo siempre lo supieron. Sin embargo, cuando vio por primera vez juntos a la pareja, tan enamorados, tuvo un presentimiento de desastre; nada dijo, temerosa de descubrir ante los demás que detrás de su mascara de serena racionalidad, se escondía una mujer nerviosa e intuitiva como decían que eran las madres. Vio lo que ni su marido, tan racional, no veía. Que Duncan y la muchacha irlandesa andaban perdidos el uno en el otro.  Que Margaret Nhort resultase una mujer serena, discreta, tierna, extremadamente leal y una buena amante para su hombre, fue su suerte. Durante dieciocho años Duncan Bradley fue el hombre más feliz del mundo. Lo que no le impidió llevar a cabo una muy honrosa carrera como capitán de la Armada Real; tan felices eran juntos que ni echaban de menos el heredero que se negaba a llegar.

—Ya llegará, milady, ya llegará —le contestaba tranquila Margaret en las muchas tardes que pasaban juntas.

— Madre, no te preocupes. A Margaret no le ocurre nada... y te aseguro que yo no me rindo... no sabes con cuanto afán lo seguimos intentando —la tranquilizaba Duncan si se lo mencionaba.

Jim había heredado de Duncan ese punto de insolencia que da a los hombres la firme convicción de que nada en sus vidas ocurrirá sin que ellos lo permitan. Algo muy ajeno al corazón de una mujer, acostumbrada desde niña a que los vaivenes de la vida convirtiesen en papel mojado cualquier sueño. Y la condesa, en el secreto de su tocador, sintió miedo, bien sabía que la vida se cobraba y con intereses usurarios cada uno de los minutos de felicidad que permitía disfrutar. Ya temió por el precio que hijo y su nuera, tan dichosos, tendrían que pagar.  Y ahora temía por su muchacho, su querido Jim... la última gracia que la vida le otorgaba. En cuanto podía no dejaba, tal vez imprudentemente, de prevenirle contra el amor, esa pulsión de la que había que huir como del demonio. Le hacía ver o al menos lo intentaba, que en la vida, sólo la metódica aceptación de los días, la tranquilidad de espíritu y el destierro de todos los deseos traían consigo la paz y la apariencia de felicidad, que resultaban más completas y a la larga más placenteras que los sinsabores de un amor que podía ser contrariado, traicionado o peor aún, inesperadamente arrebatado.

Jim en cuestiones de amores nunca le había hecho mucho caso, las amonestaciones y consejos de su abuela siempre habían sido para él fuente de diversión cuando los leía, en cuanto conoció a Violette Judd decidió que demasiado vieja era la condesa para dar consejos de amores y dejó de leerlos.

Si de Violette Judd podía decirse que era una vivaracha y hermosa, muy hermosa jovencita, y a la que en un escrupuloso escrutinio sólo se encontraría como posibles defectos su carácter travieso y un tanto caprichoso; lo mejor que de Violette Bradley se rumoreaba en la “sociedad” era lo egoísta, casquivana y manirrota que había resultado ser. Dejó de ocultar la imperiosa necesidad que sentía de poseer admiradores. Y no discriminaba entre solteros, casados, feos o hermosos, rubios o morenos. Sólo les requería tres cualidades: rendirse ante su belleza, encontrarse cerca del trono y hacerla reír.

No se arrepentía, aún, de su matrimonio con James Bradley. Gracias a él había dejado de sentir miedo de dar ese paso en falso que la lanzara a un rincón de la sociedad. Y además, gozaba de un lugar privilegiado desde el que atacar al mismo trono, su objetivo final. Aunque alguien la acusara de inconsecuente, no le importaba en lo más mínimo que James no fuese siempre divertido, “¿quién desea un marido que esté siempre riendo?”.

Cuando se casó no lo hizo más enamorada que cuando se compró el sombrero de seda y perlas que lució en la boda. James Bradley era joven, medianamente atractivo que sólo adolecía de cierta rigidez de modales, heredados de la arpía que desde las tierras altas ostentaba el condado de Dungear.

Que tuviese por padre a lord Bradley, que había gozado en otro tiempo de la amistad del viejo rey, no dejaba de ser una desgracia de la que pronto podrían apenarse abiertamente... y uno de sus más fuertes atractivos. Bien que se informó, antes de rendirse, que el estado de salud del futuro suegro distaba mucho de considerarse apto para el mantenimiento de la vida. No se equivocó,  pocos días antes de su proyectada boda apareció muerto en un callejón de los barrios bajos sin más ropa encima que un viejo gabán lleno de agujeros. Lo tuvo por un buen augurio, el tránsito del viejo conde a la gloria eterna la convertía en Condesa de Dungear, la única condesa. “Una terrible desgracia, querido” consoló a su prometido “Estoy segura de que no hubiese consentido que por su culpa aplazásemos la boda, aunque sí tú quieres...”

No menos importante para su decisión fue la profesión de James, que posibilitaba, con sus viajes y ausencias, que el matrimonio no le acarrease demasiadas exigencias. Un heredero y basta. Estas consideraciones apenas le llevaron cinco minutos de reflexión. Así que Jim Bradley, a pesar de sus años en la mar o tal vez precisamente por ello, inexperto y confiado fue incapaz de escapar a la estrategia que Violette Judd desplegó para conseguir ser ella a quien James, “su querido James” hiciese la única pregunta que una mujer debía contestar con sinceridad a un hombre “¿Quiere usted ser mi esposa?”


Si James Bradley había esperado sorprenderla con la petición, si esperó verla azorada o nerviosa quedó profundamente sorprendido, Violette Judd le sonrió con mucho, mucho amor en sus adorables pupilas y modosa, un tanto tímida, pero con voz firme y decidida le contestó que “Nunca habría podido soñar con que él le hiciese tan gran honor”. Después, abrió desmayadamente los brazos y se dejó abrazar por su nervioso y exultante prometido. La exigencia con que le mordisqueó los labios resultó un poco fuera de tono, pasada de moda, pero condescendió y los aceptó amablemente con una sonrisa.      

Lady Mary se perdió el noviazgo y los rumores que le llegaron no le preocuparon mucho. Una mala elección sin duda, pero Jim era inteligente, en seguida se daría cuenta, peor hubiera sido si Violette hubiera sido digna de amar. Consumida la pasión de los primeros abrazos se hartaría de la dama, Violette Judd no tenía ninguna de las cualidades que podrían hacer que un hombre como su nieto perdiese irremediablemente la cabeza, aunque le diese un heredero, se dijo y se despreocupó.


Violette Bradley luciendo su sombrerito de seda purísima y perlas salió de la Iglesia del brazo de su marido sintiéndose la mujer más feliz del mundo, mirando de frente y sin temor a las reinas de la sociedad que sólo un día antes habían dudado de que el matrimonio se celebrase. Creían que Lady Mary y el obispo Grey aparecerían por Londres y arrastrarían a James hasta las tierras de Dungear poniendo punto final a lo que algunos consideraban el principio de la locura Bradley que ya empezaba a contaminar a James. Pero la abuela no apareció, limitándose su participación a enviarle una agradable nota deseándole la mayor ventura y felicidad en su matrimonio. Al mismo tiempo le rogaba que tuviese paciencia y generosidad con los deseos de su marido puesto que el sagrado sacramento del matrimonio exigía una total entrega de la mujer al hombre. “Ridículo” se dijo Violette, “costumbres de otra época”; pero aún así, aunque el deseo incontenible y apremiante de James le pareció ciertamente repulsivo, se convirtió los primeros días en una sumisa esposa.

 

El sexo le resultaba sucio y degradante ¿cómo podía parecer hermosa si tenía que mostrarse desnuda y despatarrada encima de la cama? Los jadeos, el sudor, las babas provocaban rojeces y sarpullidos, las posturas forzadas la obligaban a un andar pesado y falto de elegancia y “además el sexo era feo, feo, feo”. James desnudo resultaba un tanto grotesco; hermoso visto por detrás tan alto con la cintura estrecha los fuertes músculos de su espaldas y sus altivas y poderosas nalgas, pero en cuanto se volvía de frente se estropeaba el cuadro, y según en que ocasiones podía resultar “ciertamente monstruoso”. Además sudaba muchísimo, pesaba y desprendía un olor acre que la mareaba. 

Claro que el sexo con James, vencida la repugnancia del sometimiento, tenía sus compensaciones; la primera mañana de casada recibió junto con el beso de buenos días una diadema de brillantes y esmeraldas, engarzadas en flor y no le importó despatarrarse de nuevo pese a que le dolía todo el cuerpo. Esperó paciente nuevos regalos y que el paso de las noches y el agotamiento venciesen a su apasionado esposo. Se equivocó el valor de los regalos disminuyó, un abanico, una limosnera y en cambio los requerimientos no menguaron, Jim estaba siempre bien dispuesto y ni una sola noche dejó de compartir su cama. Y para colmo insistía en que viajasen a Dungear House, donde podrían llevar una vida relajada lejos de las cenas y las fiestas a las que de continuo acudían.

—James, querido —dijo una noche cuando subían hacia el dormitorio—, tengo una fuerte jaqueca ¿no te importa, verdad, dormir esta noche en tu gabinete?


Y en el gabinete pasó Jim parte de su segunda semana de casado porque las jaquecas no remitían y sólo cuando el doctor O`Reylly hizo acto de presencia con el bisturí para las sangrías desaparecieron. Luego poco le costó convencerle de que debían volver a la sociedad, disfrutar con unos pocos y escogidos amigos harían que sus nervios se tranquilizasen. Así que regresaron a las cenas y los bailes, a los estrenos diarios de vestidos, sombreros y peinados y la Violette encantadora también volvió.

Cuando la conoció tuvo una premonitoria visión, aquella hermosa rendida a sus pies pidiéndole “Jim, cariño, haz de mí lo que quieras”. Después de tres semanas de casado sentía que salvo la noche de bodas, aún no lo había conseguido. En cuanto volvieron a hacer vida social y cesaron las jaquecas sintió renacer dentro de sí, con más fuerza, la celestial visión. Que casi le vuelve loco la noche en que regresaron del primer baile y ya en la cama, mientras se quitaba los calzones, Violette alzó las caderas, se colocó debajo uno de los cojines de encaje de Valenciennes regalo de bodas de  la reina Carlota Sofía y abriendo las piernas se le ofreció, sólo le faltó para hacerle inmensamente feliz oírle decir “... lo que tú quieras...” pero no la oyó.