sábado, 18 de mayo de 2013

LA DAMA DEL MAR VII



UN MARIDO CRUEL Y ABURRIDO


Durante la tercera semana los bailes y las cenas escasearon. En opinión de Violette para brillar en sociedad era necesario que de vez en cuando les echasen de menos; sin embargo, no abandonaron Londres ni a Jim se le ocurrió proponerle visitar Dunguear House, era rápido e iba aprendiendo. Ni rechistó ni abrió la boca cuando visitaron al tapicero de la corte, al ebanista de la corte, al empapelador de la corte, al pintor de la corte, al decorador del palacio de Saint James y a un etcétera interminable de artesanos vinculados a “la corte”, prestos a vaciar su bolsa y a llenarle la, hasta entonces, tranquila casa de “Marrion Square” de andamios, pinturas, telas, y ladrillos, y dispuestos a convertirla en una sucursal de… la corte. 


Todo lo dio por bueno con tal de preservar sus derechos conyugales. Incluso, estoicamente, aceptó que la inmensa cama del dormitorio principal, fuerte y maciza, preparada para concebir una dinastía, la sustituyesen por dos camas pequeñas. 

Vagaba por la casa buscando habitaciones vacías, escondiéndose. No se atrevía a comparecer aún por el Brooks Club. Una cosa era encontrarse a Keithel, Fultton y a la cuadrilla de solterones empedernidos de la Armada en una cena de gala o en un baile donde su única obligación era rendir tributo a las damas y otra bien distinta sentarse con ellos en el salón de fumar del club y aguantar las bromas respecto al grado de domesticación del capitán Bradley. O lo que era aún peor, reconocerle a Keithel, que su matrimonio no había resultado ser la total entrega de la que tanto se había vanagloriado. Que entre lo deseado y lo hallado discurría un océano entero. 



Ni el sexo ni el cuerpo de Violette habían resultado los esperados. El pecho tan generosamente exhibido con los trajes de gala, lo primero que atrajo sus ojos como un imán, por su poderosa presencia, una vez libre de corsés y zarandajas resultó poco firme y desmadejado, los pezones tan juguetones en los bailes, se le escurrían inanes entre los labios; los muslos esbeltos entrevistos a contra luz terminaban por abajo en unas rodillas huesudas y por arriba en unas nalgas flácidas y escurridas, y lo peor era lo que le esperaba dentro de ella, hielo y aspereza.



Y mientras la miraba circular por los salones como una reina hacía balance de los ratos buenos que habían pasado. La primera noche fue decepcionante. Había soñado tanto que la realidad no pudo ser otra cosa que mero remedo de los sueños y en parte la culpa era de él. Violette inexperta y asustada no colaboró para mejorar el resultado, que debido a sus ansias y a sus torpes manejos resultó violento, espasmódico y rápido. Culpa suya, culpa suya. Sin embargo el despertar fue inesperadamente agradable, Violette deslumbrada por la diadema que enlazó entre sus pechos se lo agradeció como ni siquiera se había atrevido a soñar, montándolo a horcajadas y dejándose empalar como una cantinera veterana. Luego llegaron las cenas y las fiestas, las jaquecas y los paños fríos en la cabeza. Sólo llevaban dos semanas de casados y por la insatisfacción parecía que había transcurrido toda la eternidad. “Está bien —se dijo decidido—, dejaremos Londres, iremos a Dungear House, allí todo cambiará”.



Como iba aprendiendo no dijo nada hasta que vaciado y exhausto después de un rápido galope se trasladó a su nueva cama vestida de satén rojo, con dosel de borlas y tul de algodón rosa. Más le hubiese valido haberse dado media vuelta y quedarse dormido. En cuanto mencionó que al día siguiente partirían a Dungear House, el berrinche estalló y aunque las recriminaciones eran inteligibles le quedó muy, pero que muy claro, que no. Que al día siguiente acudirían, como estaba previsto, a cenar en casa de Lady Hambier.


—¡Por Dios, James!... —gemía—, ¿cómo puedes ser tan cruel...? Tú no me quieres..., no me quieres...


—Claro que te quiero, soy tu marido —pero Violette desconocía la lógica.


—No, no me quieres. Eres cruel y… repulsivo. Y no..., no me toques —le pedía, pero él no la tocaba, ni se había movido de su cama—. No volverás a tocarme en toda nuestra vida... —amenazó asustándolo— ¡Oh Dios!, si ya me lo decían mis amigas, ya verás, ya verás en cuanto te cases... Y yo que no, que mi James no, que me quería...—lloraba desconsolada arrugando el embozo de la sábana con las manos— ¡Que desgraciada soy...! Como se van a burlar Lady Hater y Lady Hambier cuando se enteren... 

James contrito se levantó y con el corazón encogido por el miedo intentó apaciguarla. 

—Tranquila, cariño, no pasa nada... —pero Violette de un manotazo rechazó sus brazos. 

— Por supuesto —contestó con voz firme—, para ti no pasa nada... a ti qué te importa lo que me suceda... 

—Pero si sólo he dicho... 

—Basta ya, James, sé muy bien lo que has dicho —le cortó con el rostro congestionado por la ira—. Quieres encerrarme en tu castillo, emparedarme entre fantasmas y obispos. Con los bastardos de tu padre señoreándose en mis habitaciones. Eres cruel, el más cruel de los hombres... ya me advirtió Lady Hater... 


—¿Lady Hater, pero si la conocí en el mismo baile que a ti? 

— Conocía tu fama... 

—¿Mi fama? ¿Qué fama? —Y como la viera dispuesta a clavarle las garras en los ojos cedió —Está bien, está bien, de acuerdo ¿qué quieres, cariño? 

—Nada. Serás obedecido. —Y levantándose de la cama se fue hacia el armario y comenzó a sacar trajes que tiraba al suelo. 

—Violette, no te enfades más, por favor... cariño, ven, duérmete... —protestó un atribulado Jim. 

—¿Cómo quieras que me duerma, con todo lo que tengo que organizar? Tendré que presentar tantas excusas que aunque empiece ahora mismo dudo que estén listas para cuando ordenes que partamos.— Y su sombra encogida que se alzaba sobre ellos semejaba el de una de las comadres de Macbeth. 

—No serán tantas. — Nada más pronunciadas las palabras se arrepintió. La trapisonda comenzó de nuevo. 

—¡Cómo que no...! —gritó— ¿Pero quién te has creído que soy? Tenemos invitaciones para cenar toda esta semana y para las dos próximas. Pero si al señor conde le apetece visitar sus posesiones no se hable más… 

—¿De verdad que no te apetece visitar Dungear House, conocer a la vieja condesa? —preguntó acercándose cauteloso. 


—Claro que sí..., adoro a tu abuela, pero no precisamente ahora que estamos recién casados, James, ahora soy yo la condesa, no lo olvides —contestó tajante, y luego volviéndose zalamera añadió—, ¿crees lady Mery se sentirá cómoda teniéndonos en casa a nosotros dos, tan alegres? ¿Te has olvidado que está de luto? Sinceramente, James, eres muy egoísta exponiéndola a nuestra felicidad. Estoy segura que Lady Mary se molestaría si supiera que pretendes abandonar nuestras obligaciones con la sociedad para ir a visitarla precisamente a ella —su rostro era la viva imagen de la profunda preocupación que sentía por la anciana abuela, tanto que Jim se avergonzó de no haber pensado antes en ello. 

—La verdad Violette no había pensado en eso... 

—¡Oh cariño!, ya lo sé, estas son cosas mías. —y con voz de chiquilla añadió volviéndose tranquila a su cama—...querido, cenaremos con el Almirante Mellville. Necesitas apoyo James. Tienes que obtener un mando... 

Y James tuvo que reconocer que tenía razón, llevaba casi un año en tierra. 

—Hay demasiados capitanes y pocos barcos... 

—Lo ves, precisamente, ahora más que nunca necesitamos mantener un amplio círculo de amistades, sólo así podremos lograr otro mando... 

— Está bien, anda dame un beso —y feliz como un chiquillo quiso meterse de nuevo en su cama. 

—¿Otra vez?..., vamos, James, olvídalo, no es bueno para ti, enfermarás —y empujándolo suavemente le tiró al suelo—. Buenas noches, James. 

— Que descanses Violette... —contestó doblemente dolido. —No sé si podré, no sé si podré –rezongó su mujer—, que disgusto me has dado, James, que disgusto me has dado...

Y con la palabra en la boca se quedó dormida. Su suave resoplar hizo que Jim Bradley se sintiera tan solo y desvelado como cuando era guardiamarina y pasaba la primera noche en un nuevo barco. En una cosa debía reconocer que Violette tenía razón... no conseguiría un nuevo barco si no fomentaba las relaciones con los lores del Almirantazgo. Su primer barco la Mery, una fragata de veinte cañones, había sido desguazado antes de que pudiera tomar posesión de ella por sus heridas. Pasaba el tiempo y sus hazañas se volvían antiguas y su carrera se estancaba. Sí, Violette tenía razón… 


Al día siguiente se levantó muy temprano, desayunó solo y se marchó al Almirantazgo. No tenía un propósito concreto para la visita como no fuese recordarles que estaba vivo. En Whitehall no lo recibió nadie, salvo el viejo portero, tan perenne en su taburete junto a la puerta como el propio edificio. 

—Lord Bradley, de nuevo por aquí —saludó afable—, felicidades por su matrimonio, milord. Lo leí en el Times... ¿se ha recuperado ya de sus heridas, señor? —Una lástima lo de su padre, tan joven...— A Jim siempre que le hablaban de su padre se le revolvían las tripas. Pero el viejo Turner lo miraba limpiamente, sin reticencias. 

—Gracias Turner ¿no sabrá si está muy ocupado el primer lord? 

— ¡Cuánto lo siento, milord! hoy es uno de esos días que anda de comité en comité. Un día endiablado, señor. 

— Sólo quería saber si me recibiría... 

—Ya sabe usted, milord, que su secretario controla las citas... 

—Sí, Turner, su secretario controlará las citas, de lo que no me cabe duda es de que usted controla su puerta. —Y aplacó la posible protesta del anciano guiñándole un ojo. 

—Me honra usted, milord, pero es cierto que está demasiado ocupado, de lo contrario no dudaría en indicarle que subiese un momento a visitarle... 

—Está bien, tenga, tómese una cerveza a la salud de la nueva condesa Dungear —dijo entregándole unos chelines. 

—Gracias, milord, es usted un caballero como su señor padre. Siempre que venía por aquí me saludaba. Nunca dejaba de hacerlo, un gran señor el difunto conde... —y como Jim se marchaba se le acercó hasta casi tocarle y en bajando la voz, muy en secreto dijo— mañana entre las nueve y las diez lord Mellville no tiene ninguna reunión, tal vez si usted estuviese por aquí cerca, digamos a eso de las ocho y medía... ya me entiende ¿verdad, milord?


Tan temprano y por la calle se sintió muy solo. Le hubiera gustado estar en la cama con Violette, verla vestirse, desnudarla. Se sintió estúpido, no se lo consentiría. Dónde debía estar era en Dungear House, contemplar desde la ventana de su habitación las suaves colinas que rodeaban el lago, lo añoraba. Después del mar era el único lugar que podía considerarse su hogar... y allí estaría Peter... “Maldita sea —se dijo— pues no estoy echando de menos al maldito bastardo”. Y un pensamiento le llevó a otro. Ya era hora de concluir los asuntos de su padre. El abogado le había dicho que se encargaría de liquidar las deudas. Lady Mary, cuando se hizo patente quién era el padre de Peter Keel, impuso como condición para no meterse en la vida de Duncan que respetara la herencia de su legítimo hijo. Con las rentas podía hacer lo que quisiera, pero el obispo Grey se encargaría de la administración del patrimonio y controlaba los beneficios. Duncan aceptó las imposiciones de su madre y nunca persiguió a ninguna mujer de su clase. Pero Jim no sabía con cuantos bastardos más podría encontrarse… podía haber docenas. 




El señor Adams de Adams, Wheber y Lloyd tenía su despacho en la misma plaza del Temple. Era una buena caminata pero le sentaría bien. Se estaba anquilosando y los calzones le venían un poco justos en las nalgas. En el mar, bien porque trabajaba demasiado o bien porque comía poco, los botones no se le abrían. El abogado lo recibió en cuanto lo anunciaron. Era un anciano calvo y sin peluca, con el rostro surcado de arrugas y la boca consumida por la falta de dientes, sólo sus ojillos pequeños y sagaces brillaban independientes de la vejez. 

—Milord, es un honor verle por este despacho —le saludó obsequioso—, permítame felicitarle por su venturoso matrimonio. ¿En qué puedo servirle? 
Jim fue al grano, quería la liquidación de la cuenta de su padre. Se sentía incomodo y utilizó un tono desabrido, pero las piernas comenzaban a hormiguearle y un sudor frío le perlaba la frente y le corría por la espalda. Se había agotado por una simple caminata de dos millas. 

—Sí, milord espera un minuto mi secretario le traerá la liquidación —contestó de inmediato el viejo—. La cantidad final ha sido de unas tres mil libras.

Se sorprendió. Siempre había creído que si su padre vivía como un vagabundo no se debía a una elección sino a la imperiosa necesidad de quien derrochaba su fortuna.
—Pues verá, milord... —comenzó Adams dubitativo—… su padre vivía casi exclusivamente de lo que obtenía del juego y de las mujeres. 




Y James Bradley entonces sí se quedó paralizado y con la boca abierta.

—Lo siento, milord, lo siento... —se disculpaba como si él hubiera sido el proxeneta-. Tenía dos, señor, dos mujeres de mediana edad —explicó—, hermanas con las que convivía cuando se acordaba de donde estaba la casa. Por favor, milord, ¿quiere una copa? —Jim había palidecido —.Cuando les comunicaron el fallecimiento de su señor padre se sintieron muy tristes Estaban muy apenadas por su muerte.

— ¿Y las tres mil libras...? ¿En que se gastaba las rentas?

—No ha sido fácil dar con ello, milord. Su padre durante los dos últimos años retiraba todos los meses una cantidad fija de unas mil libras y nada más. ¿De veras no sabe nada? —los ojillos pitarrosos parecían taladrarle la frente. A pesar de su legendaria discreción el señor Adams quería saber...

Jim se irguió en la silla, se inclinó sobre la mesa y acercando su rostro terso al abogado dijo—. Dígame todo lo que ha averiguado.

—Tiene usted dos hermanastras —le soltó sin levantar ni una ceja.

—¿Dos? —Jim terminó por levantarse de la silla y apoyándose en el sobre de la mesa se mantuvo erguido a pesar de que las piernas se negaban a sostenerle.— ¿Están..., están... aquí en Londres? —las palabras no le salían, de pronto su boca se había quedado seca.

—No, milord, casadas con campesinos irlandeses. Su padre les compró las granjas donde viven.

—¿Las dotó? —No podía ser cierto, su padre no podía haber reconocido a ningún bastardo su madre se lo habría impedido.

—Sí, milord. Las tres mil libras era un plazo pendiente de las granjas. Pero no tiene usted de qué preocuparse. Es su único heredero. Milord —añadió solemne-, a partir de este mes dispondrá de mil libras extras de renta. Es usted, señor, si me lo permite, uno de los hombres más ricos de Inglaterra.

No le impresionaron las palabras de Adams y mucho menos las mil libras, James Bradley seguía preocupado por los bastardos.

—¿Hay... hay algún documento o algún legado para Peter Keel?, ¿ha comprobado si también a él le ha hecho algún pago o le ha comprado una granja o...?

—No, señor —tajante

—¿Seguro..., no necesita mirar ningún legajo..., mírelo por favor?

—No es necesario, milord, ese nombre no aparece por ningún lado en relación con su padre. Ni pagos, ni legados.

—Está bien, señor Adams —Y levantándose le tendió la mano y abandonó el despacho con precipitación.


Al salir tropezó con el secretario, con el portero y estuvo a punto de irse al suelo al salir a la calle justo cuando pasaba una mujer con unas jaulas colgadas en la espalda. En Dungear House todos eran conscientes de la existencia de los bastardos, porque después de sus raras visitas y transcurrido el tiempo necesario se presentaban ante el mayordomo o ante el ama de llaves muchachas de las más diversas procedencias con sus fardos entre los brazos. Unos lograban vivir unos meses, otros nacían muertos, que él supiese sólo Peter Keel había llegado a adulto, nunca se preguntó por qué los demás no. Lady Mary apreciaba el trabajo de la madre de Peter, su costurera y tal vez por eso la ayudó y él se salvó... del resto no quiso saber nada...

Regresó taciturno y sudoroso a Marrion Square la mañana no podía haber sido más desagradable, ni por un momento pensó en los beneficios que se derivaban de la noticia que le había anunciado el señor Adams, no le importaba la riqueza, ¿de qué le valía tener una gran renta si no obtenía un barco? ¿Para derrocharla en fiestas y bailes? Y Violette acudió a su mente y suspiró imaginando lo feliz que se sentiría en cuanto se enterase. 




Cuando regresó Violette estaba impaciente. Les esperaban para cenar en casa de Lady Caroline de Mercx, su nueva mejor amiga a la que perseguía con tesón porque era la nueva amante del príncipe de Gales, el bufón gordo y seboso que ostentaba la corona sobre su oronda tripa.