domingo, 5 de mayo de 2013

EN NOMBRE DE LAS TETAS DE KATHY BATES V



LAS INTENCIONES PELIGROSAS 
DEL "DOS CABALLOS"

TUENTI CON CIRUELAS PASAS
Para dos personas: Cuatro lonchas de Jamón York de unos cuatro milímetros de espesor. 4 porciones de quesitos. Doscientos gramos de queso azul o Roquefort. Doscientos gramos de ciruelas pasas.
Sacar previamente los quesos del frigorífico y dejarlos a temperatura ambiente hasta que se ablanden. Mezclarlos y hacer una masa fina, sirve el tenedor. Extender una capa espesa en cada loncha de jamón hasta cubrirla entera y colocar encima una ciruela pasa detrás de otra. Formar un rollo con cada loncha, envolverlo en papel aluminio y meterlo en el congelador una hora. Se sirve cortado en rodajas de un centímetro de espesor, sin el papel de aluminio, claro.


— Bien, ya se ha ido a la cama, perdonad lo del rollo.

Hoy le han puesto a Vanessa la primera inyección de hormonas para estimular la ovulación y anda susceptible pidiendo mimitos. ¡Señor, la que me espera como no se quede preñada a la primera! Disculpad, como no se me iba de la chepa me he puesto a escribirla para disimular y se le ha antojado el rollito, ¡y aún no está preñada! Siente celos ¡celos!, de mi ex, porque era otra de sus comidas favoritas. Ni sé cuando se lo dije, pero lo recuerda todo, todo, y va y me pide que le prepare un rollito, que si lo hacía para el c... de mi ex por qué no para ella.

Y se lo he explicado, se lo he explicado, le he dicho que por prepararle tantos ahora es mi ex y ella mi marido. Dios, la que ha armado, gritaba como una posesa que el marido soy yo. Y ha terminado llorando. Vanessa, la tigresa de Marcel Usera. Total para al final para calmarla le he preparado unos cuantos, en el congelador andan, para cuando estén listos espero que se haya dormido. ¡Señor que cruz!

—¿Entendéis ahora mi dilema? En fin, os cuento.

Un entrante de este rollo, un plato de judías blancas con arroz y chorizo y una cerveza bien fría era la comida que se sirvió en mi hogar un día sí y otro también. Formaban parte de la teoría de la felicidad de José Antonio. A mí las insulsas rodajitas rosa, blancas y oscuras siempre me recordaban… lo que menos me gustaba de su anatomía, pero que se le iba a hacer. Eran su capricho.

Como dije cuando le conocí andaba tan perdida, tan embarullada con mi rebeldía y mis pasiones que ante su sincero homenaje preferí fingirme otra. Una chica inocente, franca y pura. Por si mis fracasos se debían a una falla mía. ¿Hipócrita? ¿Por qué no? ¿Acaso no me habían abandonado porque un buldog tenía celos de mí? Así que antes de que pasáramos a mayores le pregunté por su perro, a Dios gracias respondió que nunca había tenido, que su padre nunca consintió un animal en casa, me pareció un gran acierto y me cayó bien aquel desconocido señor.; luego, más tarde supe de su estricta educación, de la apariencia y representación con la que en su casa se vivía y ya no me pareció tan bien, pero eso fue más tarde, mucho más tarde, cuando ya nada tenía solución.

A lo que iba, mi aparición en su vida, debió suponer para él un choque mayor que las importaciones chinas para la industria textil española.

Una hecatombe.

Porque además, antes siquiera de que me hubiera preguntado si quería tomar algo, antes de entrar a ver la película, le dije, poniendo las cosas claras, “No voy a acostarme contigo”. Aunque conforme lo decía me arrepentía y corregí un poco la dureza de mi declaración “Al menos hoy”, añadí. Y no me sentí ridícula aunque por entonces ya lo fuera tanto como hoy en día.

Terminé cediendo, por supuesto que sí, pero con cálculo. Cuando me convencí de que en él no había recovecos oscuros ni negras amistades me dije, éste no me abandonará por un maldito buldog, ni por su madre, ni por Dios (se confesó ateo). Cuando me convencí de que era el idóneo, de que caminaría por el borde de la acera y con sus anchuras me protegería del abismo del bordillo. El ideal. Sí, ya sé lo que estáis pensando, y no me importa. Si fuera tan inteligente como me creía hubiera salido corriendo, entonces me limite a retrasar la apertura de piernas.

Sentimentalismo en estado puro.


Cuando finalmente me espatarré fue todo como muy victoriano. A mí madre no se le ocurrió decirme jamás eso de “No te asustes, hija, si tu marido se vuelve loco por las noches, por la mañana se recupera.” Ni mucho menos lo de “Ábrete de piernas y piensa en Inglaterra”, claro, entre otras cosas porque soy manchega. El caso es que no hubo ningún terremoto, a lo lejos me pareció escuchar unas campanas como Lady Chatterley, debieron ser las del Convento del Carmen, al otro lado de la calle. Pero tanto aburrimiento me pareció un seguro contra las insanias del exceso de pasión y repetí.

No estoy orgullosa de mi comportamiento, pero que conste que él no presentó grandes resistencias y me dejó, al principio, gobernar la relación. Así que entre mi gazmoñería impostada y la suya propia el cortejo fue, aparentemente, como los de antaño, bueno, un poco menos, pero si que fue conquistando cacho con cuenta gotas. Primero le cedí una mano, en nuestra tercera cita. En la despedida de la cuarta, cuando llegaban las vacaciones y regresaba a mi casa intentó, el pobre, un beso; astuta torcí la cara y entreabrí los labios, resultó un beso esquinado. Suficiente para que no me olvidara.

A las dos semanas se presentó en casa en un “Dos Caballos”. A mi madre le encantó verle comer sus judías. A mi padre también. Cuando le preguntó que qué pretendía de su hija le contestó que casarse, “si usted no tiene inconveniente”. Eso dijo mirándole a los ojos. “Aunque tardaremos unos años, me quedan dos para terminar la carrera y luego otro para las oposiciones.” Añadió. “Tres años de novios está bien, si uno es un hombre de palabra y respeto”, le contestó mi progenitor. “La respetaré”. Le replicó rotundo. Si don Pedro Calderón de la Barca hubiera escrito la escena no la hubieran representado aquellos dos machos con mayor honor.


Porque Jose Antonio mentía, se trajo el “Dos Caballos” y a mi padre le dijo que llegó en tren. En fin, en plan novios de provincia, ¡en el verano del 89!, salimos a pasear por la Plaza Mayor, mientras ellos tras los visillos nos vigilaban, hombro con hombro sin siquiera darnos la mano. En un callejón oscuro esperaban los dos caballos. Una vuelta a la plaza, dos, y otra..., y otra y la tensión sexual no resuelta, comúnmente conocida como TSNR incendiándole la parte media. Ni me explicó sus palabras a mi padre ni volvió a mencionar el futuro, en realidad casi no hablamos más que del calor, de la última película de la tele y conforme el sol se ponía la TSNR agudizándose, de refilón ya casi se notaba sus intimas expectativas. Y a mí casi escapándoseme la risa. No podía olvidar como había engañado a mi padre. Me pareció un genio. Y lo divertido sería devolverlo a la botella.

 Porque que hubiera aparecido con aquel vehículo significaba lo que significaba y  mi intención era exigirle el cumplimiento de su promesa. Que aceptara que quien llevaba el timón era yo. No él. Aquel atardecer no iba a ocurrir nada. Él no lo sabía. Yo sí. Si cedía entonces le concedía las riendas de nuestra relación. Y a eso no estaba dispuesta.


Al fin se decidió mareado de tantas vueltas a la plaza y me propuso dar una vuelta con el coche por los alrededores. No dije no. Esperaba ansiosa hasta donde se propondría llegar y hasta donde le dejaría yo. Sus ojos brillaban, no lo pudo evitar y hasta se relamió los labios cuando acepté.

Le sonreí inocente y pasé a su lado sin tocarle aunque consentí que mis pechos se rozaran contra su brazo mientras sujetaba la puerta del coche. Lo conduje hasta la orilla del río. En el radiocasette Juan Manuel Serrat cantaba “Penélope”, la que esperaba en la estación como Betsy Blair en Calle Mayor. Lo dirigí hasta la alameda del río, el lugar de mi “desvirgamiento” por el seminarista amigo de mi hermano, un hombre que estaba tan bueno como Richard Chamberlaine en “El pájaro espino”. Y que resultó un amante tan pésimo que no dejó ninguna huella en mí, ni siquiera horadó el camino. Ya os contaré, ya os contaré, porque ya veo que nadie se anima a darme un consejo, tal vez andáis esperando que os ponga un vídeo. Pues no lo haré, el porno sólo es una representación estética que  termina aburriendo porque le falta la pulsión de la sangre. Imagináoslo.

En cuanto apagó el motor se inclinó hacia mí. Con calma.  Cuando intentó besarme en la boca finté como un buen ala pivot y sólo rozó la mejilla. Esperé en silencio, con la vista puesta en las oscuras ramas que nos rodeaban, escuchando el rumor del río que a pesar de ser verano venía crecido. Esperaba que insistiera, que entrara en el juego, no me hubiera gustado que se hubiera rendido tan pronto. No lo hizo. Me echó un brazo por los hombros, luego su mano inerte me rozó un pecho mientras se inclinaba de nuevo para besarme los labios. Cedí. Le metí la punta de la lengua entre sus dientes. Cuando abrió la boca permití que la suya explorara la mía.  Inexplicablemente porque la acción transcurría una cuarta más arriba, un botón de mi blusa saltó y una mano se cerró sobre mi pecho. Su boca se deshizo de la mía y deslizándose por mi cuello se cerró sobre un pezón. Cuando levantó la cara de entre mis pechos le faltaba la respiración.



Más de mes y medio había tardado en tocarme. Mis manos, por el contrario siguieron todo el rato sobre mi regazo. Sólo cuando goloso como un bebé y con los ojos cerrados volvió a buscarme los pezones me permití rodearle el cuello, acariciarle la nuca. Rápidamente se apartó. Se ahogaba. Me cogió una mano y se la llevó a la entrepierna, le di un manotazo y me solté, no era tiempo de alivios, mi carne aún andaba de luto por lo del maldito buldog. No dijo nada. Puso el coche en marcha y regresamos a la Plaza Mayor.

Y fue suficiente. No se escapó.

Y no me importa lo que penséis de mí. Me habían herido. Alguien tenía que pagar el rechazo de Luis Alfredo. Y además, aunque ahora no importe, yo no lo quería. Nunca amaría a ningún hombre. Sólo esperaba encontrar uno a quien pudiera confiar. José Antonio daba poco, ciertamente, pero lo que prometía lo cumplía. Y me adoraba. Literalmente besaba el suelo por el que pisaba. Creí, tal vez porque lo necesitaba que era la excepción que confirmaba la regla. Era fiable. Nada sabía del error de traducción detectado por Ambrose Bierce. Y un cuerno. ¡Fiable!

Pero no, hace veintiséis años no me equivoqué. Era Fiable. Porque no le quedaba remedio. Por feo y aburrido.

En el fondo, truhán como todos.