domingo, 19 de enero de 2014

BONES. The Big in the Philippines, la paradoja del perdedor.


En realidad no fue el más grande de Filipinas sino de Sudáfrica y se llamaba Sixto Díaz Rodríguez. El episodio The Big in the Philippines está inspirado en su historia, una historia que dio la vuelta al mundo cuando en 2012, el documental  Searching  for Sugar Men, dirigido  por Malik Bendjelloul ganó el Oscar al mejor documental, lo anunció Stephen Nathan en la entrevista telefónica que concedió hace unos meses a los medios americanos (enlace a TangoTV).


La paradoja del perdedor. Sixto Rodríguez triunfó y supo de su triunfo demasiado tarde, había abandonado la música y malvivía trabajando en la construcción sin esperanzas de conseguir lo que tanto había ansiado. Porque Sixto Rodriguez es un cantautor estadounidense, hijo de emigrantes mejicanos, que cantaba por los bares de Detroit música folk, quería ser tan grande como Bob Dylan. A finales de los sesenta grabó un disco Cold Fact, que pasó sin pena ni gloria, cambió de productor y grabó otro, Coming from Reality, que tampoco tuvo éxito

Lo que desconocía Sixto era que en Sudáfrica Cold Fact había sido todo un éxito, más de  60.000 copias vendidas, que se había convertido en un disco de culto entre los jóvenes blancos contrarios al apartheid y al clima de represión cultural en el que vivía el país, jóvenes que se sintieron identificados con la disconformidad y el afán de libertad que expresaban sus letras. Y en Sudáfrica nadie, nadie conocía al tal Rodríguez, hasta se rumoreaba por entonces que se había suicidado en  un concierto (enlace a wikipedia)





Sin embargo en los  noventa dos documentalistas investigaron lo sucedido, sobre el porqué Sixto Rodriguez nunca había acudido a Sudáfrica a recibir el aplauso de un público que lo idolatraba. Descubrieron, contactando con el productor de Cold Fact, que estaba vivo. Lo localizaron trabajando en la construcción. Finalmente viajó a Sudáfrica en 1998 donde dio seis conciertos. Después del éxito de Searching  for Sugar Men ha vuelto a dedicarse a la música y ahora sí a disfrutar del éxito. En julio de 2013 dio un concierto en Barcelona al que asistieron más de cinco mil personas llenando el local lo que no había conseguido unos días atrás el propio Bob Dylan, aunque las críticas fueron demoledoras.


En The Big in the Philippine, escrito por Keith Foglesong, Colin Haynes, un cantante y compositor de música country, al que interpreta Charlie Worsham, malvive cantando por los bares mientras, sin él saberlo, se convierte en un ídolo en Filipinas. La productora de su compañía discográfica una pantera estafadora lo sabe y le compra los derechos por mil dólares, cuando está obteniendo royaltis por más de cien mil. Al parecer en el mundo de la música esas ruindades se dan por sabido. Y el paralelismo entre la historia de Sixto y de Colin se acaba, comienza el guión de Keith Foglesong, cómo no, con lo más emblemático de Bones, un cadáver verdaderamente vomitivo.



Aparece precisamente en los terrenos en que la primera dama va a levantar uno de sus proyectos solidarios, un jardín, la primera dama llama al FBI para que investiguen el crimen, y el FBI manda a Booth, y Booth, por supuesto al equipo del Jeffersonian. Los animales se han dado una gran comilona con los restos y además han vomitado en ellos, verdaderamente asqueroso, un top ten, de la asquerosidad. Tan destrozados están que la doctora Brennan no dictamina en la escena del crimen más que la raza de la víctima, caucasiano.



Quién dictamina que se trata de un hombre es la doctora Saroyan cuando de la masa gelatinosa que son sus retos aparece cercenado un miembro exclusivo de los machos. Los hombres del laboratorio, el doctor Hodgins y Wendell quedan conmocionados. No es para menos. Si hubiera estado Booth presente se muere de la impresión. Cuando entre los restos encuentran una servilleta con el emblema de un bar cercano al lugar donde apareció el cadáver su identificación resulta fácil. El gerente del bar y la camarera le dicen a Booth que se trata de Colin Haynes, un buen tipo con poca suerte y ningún enemigo que se ganaba la vida cantando en los bares.



Booth y Sweets acuden al apartamento de Colin, la portera, les habla de él como un perdedor, un hombre que no molestaba demasiado, ni siquiera hacía demasiado ruido, porque de tanto oírlas ya ni siquiera escuchaba las canciones que continuamente andaba ensayando y grabando en un antiquísimo magnetófonos que aparece en la habitación; alguien que se ve obligado a grabar su música, en los tiempos que corren en tal antigualla es sin duda un perdedor. La investigación se acelera cuando inopinadamente del apartamento sale huyendo un individuo.



Booth corre tras él y como David Boreanaz es el director del episodio nos regala este plano en el que perseguidor y perseguido bajan las escaleras paralelamente. Llevábamos tiempo en Bones si ver a Booth persiguiendo a alguien y mucho más disparándole, porque dispara, vaya si dispara y lo que es más de agradecer, lo detiene. Claro que no era el malo sino que resultó ser un fan de Colin.



Un fan de Filipinas. Y es así como descubren que Colin había alcanzado el tan ansiado éxito, demasiado lejos de casa para que a alguien le importase, pero éxito al fin y al cabo. Y además ahora no son los setenta, vivimos en la era de internet, estamos interconectados, el fan había visto un vídeo en la red en el que Colin hablando con una fan recibe la noticia de que su música suena continuamente en las radios de Filipinas; el asaltante sólo quería conseguir algo suyo para el museo que estaba organizando. No lo había matado.



Analizando psicologicamente las canciones el doctor Sweet y Angela descubren que las letras y la música habían evolucionado, las últimas eran más alegres, rezumaban esperanza. Deducen que se había enamorado. ¿Quien es la mujer? Por su parte Hodgins encuentra en la ropa del muerto restos de un cóctel, la última noche de su vida Colin había salido con una mujer. Resultó ser la portera, una cita con un dramático final. La mujer, Kara le cuenta a Booth que Colin era otro de tantos que sólo pretendía meterse en sus bragas, que había pensado que era un buen tipo hasta que comenzó a presumir delante de ella del gran éxito que estaba obteniendo. Le había llegado a proponer un viaje al paraíso pero no le enseñó los billetes de avión, cómo iba a hacerlo si todo era  una mentira, dice Kara, Colin le contó que el repartidor los había perdido. Ella le dijo que se muriese.



No lo hizo, lo asesinaron. Y es Angela quien descubre la verdad, el mensajero entregó los billetes a un tipo que se encontraba en el mismo edificio, un tipo que resultó que estaba también enamorado de Kara y no estaba dispuesto a pérderla. Al final Booth y Brennan lo detienen. No sólo había apuñalado a Colin en el corazón con un cuchillo sino que cuando la hoja se quebró quedándose la punta dentro, le abrió la caja torácica con una pala para intentar extraérsela. Un sanguinario sin escrúpulos.



El encargado de contarle a Kara lo injusto de sus prejuicios es Sweets, se lo cuenta porque ahora que Colin está muerto alguien a quién le importe debe llorar por él. Y Kara llora, lo que no sé es si porque en verdad sentía la perdida de la persona o de la posibilidad de haber viajado con él hasta el paraíso. Lo cierto es que al menos el cielo de Washington llora. Pero no con la lluvia acaba el episodio. Si la historia de Colin Haynes era la trama central de The Big in the Philippines, la que verdaderamente arrancará más de una lágrima a las fans es la historia de Wendell Bray, sin duda alguna el interno favorito de Booth y como se ha demostrado en el episodio también de la doctora Brennan.



Wendell aparece a trabajar con el antebrazo escayolado, una carga legal durante un partido de hockey dio con su cuerpo en el hielo, resultado múltiples facturas en el radio. Sólo que Brennan viendo el vídeo de la caída en el teléfono de Booth no cree posible que pudiera ocasionar tal lesión. Y no duda en examinar las radiografías. Lo que descubre la deja destrozada y aunque Cam se entera porque la pilla examinándolas a quien Brennan busca para contárselo de inmediato es a su marido. Wendell sufre sarcoma de Ewing, uno de los cánceres de huesos con mayor mortalidad. Y ya no es sólo ella la que está destrozada, ahora son los dos. David Boreanaz nos ofrece este plano de su desolación.



Ambos se reúnen con Wendell, Brennan con la voz estrangulada por la emoción le da la noticia, será Booth quien, ante la congoja de la doctora le de el nombre del mejor oncólogo en la especialidad, debe ir inmediatamente a verlo. Wendell queda anonadado, sabe de las escasas posibilidades de vivir que tiene, conoce el cáncer, no olvidemos que como dijo en el primer episodio que intervino allá por la temporada cuatro, su padre murió luchando contra el cáncer de pulmón. La disyuntiva es luchar y después de sufrir un calvario morir o rendirse de antemano y largarse a vivir los meses que le queden. Aun le queda mucho mundo por ver, muchas mujeres con las que acostarse.



Es el dilema que ante un diagnóstico tan descorazonador cualquiera se plantearía ¿merece la pena sufrir tanto? Booth sabe la respuesta. Sí, merece la pena, porque si lucha no tiene porque ser el fin, puede llegar a vivir cien años, a conocer a la mujer que será su esposa, a los hijos que esperan por nacer. Booth tiene fe, y aunque Brennan le confiesa que la idea de ir a ver el mundo es una idea maravillosa ella no lo haría, echaría demasiado de menos su trabajo y, haciendo una pausa añade, "y mi familia, por supuesto", para mí uno de los pocos fallos del guión. La Brennan que ahora es, habría dicho la frase al revés, "Echaría demasiado de menos a mi familia y, haciendo una pausa habría añadido, y mi trabajo, por supuesto".



Aceptar la muerte no es fácil, renunciar a la posibilidad de tener un futuro no es una decisión que alguien en la plenitud de la vida tome sin consecuencias; mientras el corazón lata y la mente sueñe, deseará vivir, esperar, luchar. Y esa es la decisión de Wendell, no se marcha, el maravilloso mundo puede esperar, después de los vómitos y el dolor aún seguirá existiendo para él. Y no está sólo, tiene amigos como Booth que lo pueden necesitar. Así que en la noche en que el cielo de Washington llora por Colin Haynes, Wendell va a casa de Booth y Brennan y les comunica su decisión, luchará. Porque al fin y al cabo como bien dice Booth en una hermosa metáfora, "A veces uno tiene que bailar con la música que hay".


Un gran episodio, sin duda, en el que el director David Boreanaz nos deja hermosas imágenes.