viernes, 23 de septiembre de 2016

Bones. En terapia. Booth el hombre culpable.



Los spoilers nos advierten de que es posible que en Bones12 la doctora Temperance Brennan haga terapia “ya que algunas cosas contundentes y muy significativas le van a pasar”, ha explicado el showrunner Jonathan Collier. No sería una novedad. Una de las tramas más emocionantes y divertidas que ideó Hart Hanson en las tres primera temporadas para enredarnos a  Bones, cuando aún no nadie sabía si “lo harían” o “no lo harían”, cuando a veces, por culpa de la tensión entre Booth y Brennan, volaban asesinos, otras volaban tiros, fue la de someter la pareja a  terapia.



Aunque oficialmente la terapia de la pareja no comenzó hasta el inicio de la tercera temporada con la incorporación del actor John Francis Daley dando vida al doctor Lance Sweets, psiquiatra del FBI, la utilización de la psicología, esa pseudociencia al decir de la doctora Brennan, para intentar solventar sus problemas, comenzó  mucho antes, en The Girl in the Gator (2.16) y  con la excusa de  un disparo, el de Booth a la cabeza de un payaso musical de plástico. Ansioso de silencio, Booth se volvió, disparó y lo calló para siempre.


Eso no se hace —le dijo Brennan conmocionada.

Y tenía razón, que Booth, un hombre paciente cometiera tal desatino, que perdiera tan infantilmente los nervios era sin duda signo de que algo dentro de él no andaban bien. El FBI lo mandó al psiquiatra, al doctor Gordon Gordon Waytt, un gigantón y cachazudo inglés sabiamente interpretado por Stephen Fry. Un hombre  tan inglés tan inglés como ansioso por asimilar el way of life, el modo de vida americano, casa con verja blanca, coche y barbacoa en el jardín; sin renunciar, eso sí, a tomar el té de las cinco. El té era sacrosanto.


Y funcionó, no en balde una de las armas fundamentales de la terapia es el contacto directo y personal, el diálogo entre el terapeuta y el afectado. En  los tres episodios en los que apareció Stephen Fry, los tres episodios en los que la terapia The Girl in the Gator (2.16) The Man in the Mansion (2.17), The Priest in the Churchyard (2.18), fue parte de la trama son de los mejorcito de Bones. Con unos diálogos y unos enfrentamientos chispeantes, intensos y divertidos.


El más emocionante fue The Girl in the Gator. En el que Gordon Gordon a pesar de su cachazuda amabilidad asedia sistemática e implacablemente a Booth, hasta obligarle a reconocer la verdadera razón del disparo al payaso de plástico que no es otra que su sentimiento de  culpabilidad por la muerte del asesino en serie Howard Epps. El hombre ansioso de redención que es Booth no podía aceptar por sí mismo, que a pesar de sus deseos de que el asesino muriese, cuando al final cayó, él no lo mató.



Porque Booth acudió al loquero por obligación, porque necesitaba que le firmase la autorización para volver al servicio activo después de haber disparado al payaso cantarín, no porque sintiese que necesitaba ayuda. Él no tenía ningún problema, había reconocido su error, pedido perdón al heladero y hasta comprado otra cabeza cantarina. El incidente estaba saldado. La visita un mero trámite... Lo que Booth ignoraba era que cuando uno se pone en manos de un psiquiatra nada es tan simple… tal vez si hubiera disparado a un camión cargado de terroristas, pero disparó a un camión de helados… ¿su razón? Le pregunta el doctor. 



Y Booth es sincero en su respuesta. ¿La verdad? le estorbaba la musiquita… así que sacó su pistola y “Pum, pum, pum”. Payaso muerto. Respuesta equivocada. La musiquita en todo caso sería la gota que rebosó el vaso, la causa inmediata, con perdón; que el payaso no fuera uno de verdad, sino de plástico era el  síntoma más claro de que entre los sentimientos de Booth y su razón había mar de fondo, que se negase a reconocerlo, el problema a solventar. ¿Por qué realmente le disparó al payaso? ¿A qué apuntaba cuando disparó? Quiere saber Gordon Gordon. Booth, no.



Amigo —le responde Booth en tono amenazador, levantándose sobre la punta de sus pies para alcanzar el picasiano rostro del doctor—, cuando yo apunto a algo acierto.


Precisamente —le responde Gordon Gordon.

— “¿Quién es ese maldito bebedor de té?” Parece preguntarse Booth por su cara de asombro cuando el doctor se va a comprar mortero para construir su barbacoa encargándole que se ocupe de los cimientos.



Y Booth se encarga, como mal menor, después de todo a él le encanta arreglar cosas, pensando que si está a bien con el doctor terminará firmándole los malditos papeles, así que se quita la chaqueta y  cuerda y nivel en mano se pone a construir la maldita barbacoa o barbacue que dirán los franceses. Pero…



Pero Gordon Gordon es perro viejo y psiquiatra y  si Booth no quiere hablar de sus razones para “asesinar” a un payaso de plástico, no importa, él la descubrirá. Desmontará sus defensas. Así que cuando vuelve adopta un acercamiento indirecto a la cuestión. ¿Le enseñó su padre a construir la barbacoa? No. Booth no se llevaba bien con su padre. Y sin embargo aún siendo ese un tema clave en la personalidad de cualquiera, el doctor lo deja pasar (no será hasta la cuarta temporada en que conozcamos que lo maltrató de niño), centrándose en otro menos emocional y más divertido, la complicada relación de Booth con las mujeres. Cree que Booth es rígido a la hora de asignar roles a los sexos. Por supuesto él no está de acuerdo, su compañera es una mujer, una mujer que a veces necesita su ayuda, dice, literalmente. Y no, no tiene una relación, acaba de cortar con alguien y ha sido cosa suya, insiste.



¿Cuánto tiempo llevaba saliendo con él? ¿o con ella? —pregunta el doctor.

Ella, con ella —le recalca Booth ofendido por la duda, explicándole que llevaban saliendo un par de meses, “esta vez” añade, ofreciéndole sin querer a Gordon Gordon más munición contra él.



Habíamos salido antes — explica—, hace unos años y yo la dejé cuando mi ex quiso volver a intentarlo.


Complicado —reconoce sarcástico Gordon Gordon dejando escapar un profundo suspiro. Y Booth que es más listo que el hambre lo aprovecha.


¡Ya está! —exclama entusiasmado, han encontrado la solución —Disparé al payaso —dice— porque no puedo olvidar a las mujeres de mi vida.dice. Gordon Gordon debe firmarle el papel. Pero… Booth no es más listo que el doctor quien a pesar de reconocer la excelencia de la teoría va y le concede otra cita. Pobre Booth.



¡Pobre Booth!, está tan desesperado que no puede esperar a la mañana siguiente y en medio de la noche se presenta de nuevo ante la puerta del doctor. Insiste, tiene que volver a trabajar. ¿Por qué no le firma una orden de alejamiento para payasos y le firma el papel? Inútil.


— ¿Acaso tiene ya una idea de por qué disparó al payaso? —pregunta el doctor. Y aunque Booth parece que ahora sí que tiene una idea, suena inoportuno el teléfono inoportunamente y Booth descuelga, costumbre que tiene el hombre.


Es Brennan quiere saber cuándo va a volver al trabajo, y no es que no se divierta con Sully es que no sabe si se toma en serio su trabajo. Booth la tranquiliza está en buenas manos. 



Cuando finalmente vuelve Gordon Godon, Booth parece ceder y le reconoce que tal vez está un poco irritable.
¿Y por qué cree que puede ser? —pregunta el doctor.
—¿Oiga, no le dan papeles, expedientes y esas cosas? —protesta, intentando retrasar el momento de su rendición, aunque el vuelo del ángel de Howard Epps por fin aparece en la conversación.


Mi compañera y yo atrapamos a un asesino en serie llamado Howard Epps y murió explica reticente, soslayando la realidad, que antes de morir colgaba de su mano.

—¿Y quién tuvo la culpa,  usted o de su compañera? —le pregunta el doctor directo al meollo de la cuestión.



No, saltó de ese balcón por ella. — responde haciéndose el gracioso y luego, una vez más pecando de incauto añade —A veces creo que hizo bien.



—¿Y dónde estaba usted cuando el Señor Epps cayó?
Sujetándole —afirma Booth.



No, eso no es asíle corrige Gordon, Gordon—. Eso fue antes de caer.




— ¿Qué? —Booth no se puede creer lo que oye. ¿Cuántas veces habrá visto repetirse esa escena en su cabeza? ¿Cuántas veces sintió como su mano soltaba a Epps?



 Bueno, el Señor Epps estaba colgando de su brazo antes de caer, y luego dejó de estar colgado y cayó. Cogido a usted estaba vivo y al soltarse murió. —le explica Gordon Gordon, retorciendo como un gusano del espacio la realidad que Booth sabía cierta. Una interpretación demasiado sutil para quien había deseado que Epps cayera.


Pero Booth no va a reconocer sus sentimientos. No aún, y Booth se enfada, no necesita perdón. Él no se siente culpable, Epps era un asesino en serie que intentó matar a su compañera y amenazó a su hijo. No le dio pena que se estampara, termina diciendo indignado. Pero Gordon Gordon lo ha comprendido, y sin mirarle, dejándole intimidad, pregunta.



¿Piensa a menudo en el suicidio?


Booth incrédulo repite de mala manera — ¿Suicidio? ¿Yo?  No, nunca.


Y  sin embargo, a veces se siente que la idea de Howards Epps de saltar desde el balcón era una buena ideaBooth lo había dicho, lo había dicho.


 Era coña —se ofende Booth, repentinamente serio —Una coña —insiste. Y el turno del sarcasmo vuelve a Gordon Gordon.


¿Le gustan las coñas? Hace que me sienta un abusón por entrometerme —dice antes de dar por concluida la sesión.



Sí a Booth le gustan las coñas, como a todos, sobre todo cuando se nos escapan verdades que queríamos ocultas. Todos nos disfrazamos y nunca, nunca parecemos tan vulnerables como cuando nos quitan el disfraz, cuando la máscara cae. Y Booth nunca hasta entonces había sido tan vulnerable como ante Gordon Gordon Wyatt, el hombre que parecía leer en él como un libro abierto y nunca lo volverá a parecer hasta muchos años después, hasta The Woman in the Whirlpool(10.20).


Y sin embargo no renuncia, a la mañana siguiente vuelve para terminar la barbacoa. Y lo hace como a él le gusta hacer las cosas, bien. Todas las cosas, café, barbacoas, resolver crímenes, criar a un hijo, amar a las mujeres, dejar a las mujeres, allá dónde apunta acierta como le reconoce el doctor con un deje sarcástico de admiración.


¿Eso es malo? —pregunta ofendido, desafiante.
En absoluto, claro que no... excepto…Booth debería ya haber aprendido que con los loqueros nada es absoluto, siempre acecha una excepción. En su caso ese deseo es indicativo de la necesidad de controlar su entorno, le explica el doctor.


 y Booth insiste una vez más y le pregunta  ¿Eso es malo?
— No, por supuesto que no —repite Gordon Gordon —, excepto...


¿Excepto? —le pregunta Booth una vez más incrédulo.
Excepto cuando se dispara un payaso.



Y Gordon Gordon le explica por fin lo que realmente significa el maldito disparo. Una rebelión. En su mayor parte las rebeliones de Booth son pequeñas. Los calcetines de colores, la hebilla del cinturón cocky, son un mecanismo —le dice —, rebeliones silenciosas, una forma de afirmar su control personal sobre una organización homogénea como el FBI— Y mientras Gordon Gordon habla. Booth abandona su arrogancia, se encierra en sí mismo y su rostro se va demudando.


 ... Pero disparar un payaso no es una rebelión tranquila. Disparar a un payaso es literalmente ensordecedor —termina el doctor. Como ensordecedor y en este caso muy oportuno es el teléfono de Booth. Su sonido es la campana que lo salva.


¿Por qué cuando contesto el teléfono te marchas? —le pregunta Booth a Gordon Gordon. — ¿Por qué contesta sabiendo que me voy a ir? —responde Gordon Gordon.

Pero aún no se ha acabado, hasta ese momento Gordon Gordon y él sólo se habían estado tanteando, pequeñas escaramuzas que si bien abrían brecha no terminaban de derribar la muralla con que Booth había rodeado sus sentimientos por la muerte de Epps


El asalto final es nocturno y con alevosía. Porque Booth convencido de que todo ha terminado se presenta en casa de Gordon Gordon decidido a inaugurar la barbacoa y a recibir la preciada alta, lleva dos chuletones de buey;es un maestro de la barbacoa y son ideales, la verdad es que a Gordon Gordon no le hacen mucha gracia y tampoco se decide a estampar su firma. Pero sí a proseguir su charla, en principio amablemente, muy amablemente.



Y así le explica que según los informes de todos los testigos Booth no tenía por qué sentirse culpable.
Ya y qué— le responde, el rostro tenso, está claro que a Booth los informes del FBI no le sirven, que el problema está dentro de sí.  
 — ¿Por qué, entonces en  un ataque de resentimiento poner en peligro a personas inocentes en una vía pública disparando su arma? —le pregunta.  



Soy un buen tirador —se defiende Booth —. No puse a nadie en peligro
 Su expediente dice que fue francotirador en el ejército. ¿A cuántas gente ha matado? —pregunta ahora sí directo a la yugular el doctor. 


Y Booth, mentiroso se niega a responderle, “No lo recuerdo”, dice escabulléndose. Gordon, Gordon insiste, no puede creer que no recuerde cuántas vidas ha quitado.


—  Con Epps van cincuenta —termina contestando Booth.
 Cincuenta ¿qué?
 Personas —concluye Booth con los ojos rasados de lágrimas, intentando romper el nudo que le cierra la garganta, descompuesto. Booth está llegando a donde no quería ir, a enfrentar el monstruo.



 Pero agente Booth, usted no mató a Epps. Intentó salvarlo ¿recuerda? O mejor dicho con una pregunta, ¿se soltó Howard Epps o lo soltó usted? — That’s question que diría un shakaespiriano. Y aunque Booth recuerda lo que en aquel fatídico balcón sucedió no tiene respuesta… Él había deseado la muerte de Epps.



— Oh, vamos hombre, es una pregunta bastante simple —insiste Gordon Gordon —¿Fue su muerto cincuenta o sólo estaba allí cuando murió?


— No lo sé —confiesa Booth anonadado, no lo sabe, no puede saberlo. ¿Lo mató o se le escapó?


— ¿Un hombre como usted  que controla todas las situaciones no lo sabe? —insiste Gordon Gordon, hurgando la herida. No lo sabeBooth está roto. Es incapaz de conciliar la realidad de lo sucedido en el balcón con sus deseos.


—Lo tenía y luego lo perdí… algo sucedió en el medio. No lo sé… —reconoce impotente.


— Le creo —cede Gordon, Gordon sacando el cuchillo, aplicando un apósito en la herida —, porque para un hombre como usted admitir que no sabe, ceder el control implica una ruptura en la opinión que tiene de sí mismo, lo suficientemente grande como para disparar a un payaso. —y el doctor Gordon Gordon reconociendo el gran progreso que ha hecho Booth al reconocer su impotencia se decide a firmar los papeles. Un momento, ¿los va a firmar?

—¿Sabe qué?, he cambiado de idea —dice y a Booth no parece importarle, como si aún estuviese grogui. Pero no, Gordon Gordon no le va a pedir que se tueste en la parrilla sólo que le encantaría que hiciese esos chuletones y por fin Booth deja escapar un suspiro y sonríe. Eso está hecho, le contesta mientras recibe, finalmente los papeles.


Fin de la primera parte. Primera, sí, porque las terapias suelen ser traicioneras; cuando se arregla una cosa otra se aparece rota y en The Man in the Mansion (2.17) Booth necesitará un nuevo ajuste de sus emociones, la culpa de Hodgins y sus millones y los ricos... y por supuesto Brennan, siempre Brennan.