viernes, 14 de marzo de 2014

BONES (FAN-FICCIÓN): La Antropóloga, el Agente y la Presidenta II

CAPÍTULO II
CHRISTINE NO PUEDE DORMIR



Christine se giró en la cuna, llevaba una eternidad despierta. La rama del cerezo que su padre plantara frente a su ventana cuando nació se mecía al compás de la brisa de la madrugada, aún era de noche, por la calle  ni siquiera pasaban coches, todo el mundo dormía. Hizo oído y hasta le pareció oír los resoplidos de su madre. La muy cabezota no se creía que roncaba y un día que se quedó dormida en el sofá después de la cena su padre le grabo los ronquidos con el móvil, se rieron mucho, porque aunque eran de ella insistía e insistía que era mentira, que no roncaba, que aquella era una prueba falsa. Se le escapó un suspiro…, las hormigas que cavaban túneles en su tripa se quedaron en suspenso pero de inmediato volvieron al trabajo. “Dormíos ya”,les pidió, “aún es de noche, hay tiempo… tal vez…” tal vez su papá se olvidaría… tal vez…

No quería pensarlo, no quería y sin embargo, por más vueltas que se diese, por más ovejas que contara el tacto resbaladizo de la piel de la serpiente, la mirada con la que la atrapó, la liviandad  de su peso cuando la levantó, la mirada de espanto de Michael Vincent cuando se dio cuenta de lo que iba hacer y el momento en que lo hizo, no se le iban de la mente… podía pretender que el doctor Sweets era tonto, que robaba la pistola, que se convertía en astronauta (ese sí que era un buen trabajo y no el de los muertos de su madre), podía fingir que nada le importaba que llegase el amanecer… pero no era cierto. No podía evitar pensar en lo que ocurriría cuando se levantase, su padre se lo había advertido, serio muy serio.



— Mañana hablaremos, Christine.

Sólo eso, “Mañana hablaremos”, sin una sonrisa, sin guiñarle un ojo. “Mañana hablaremos”, enfadado, muy enfadado. “Mañana hablaremos”, “Mañana hablaremos” repetía una y otra vez en su cabeza. Y sabía lo que ocurriría…, lo sabía.

Ya había ocurrido antes, salvo que entonces ni la tía Ángela ni Michael Vincent habían chillado tanto, lo de la araña fue una tontería, no hubo sangre, ni hospital ni nada y en cambio su padre, en cuanto su madre le contó lo sucedido dijo:

— Si vuelves a hacerle una perrería a Michael Vincent no volverás a subir en el carrusel hasta el día de la Primera Comunión.

Eso dijo y no se lo creyó, no. Su madre no le había dado ninguna importancia a la araña, hasta le pareció divertido. 

¡Booth, no!, era una broma —protestó... Y por un momento creyó que lo habían conseguido, que el rostro de su padre se iluminaría con su sonrisa y que los tres terminarían burlándose del cobardica de Michael y de la escandalosa de la tía Ángela. Se le escapó un suspiro. Su padre nunca llevaba la contraria a su madre en casa, nunca. Y se equivocó porque su padre no sonrió, al contrario miró a su madre y luego a ella como si fuera un delincuente al que acababa de detener y entonces repitió:


— Hasta el día de su Primera Comunión —Y lo peor no fueron las palabras sino el tono seco en que las dijo y la mirada. Su padre jamás la había mirado como si ella no fuese su niñita.

Booth, un castigo tiene que ser comprensible y proporcional al delito, Christine no quiso hacerle daño a Michael —explicó su madre con el tono doctoral que a veces empleaba con ella y que a su padre le arrancaba siempre una sonrisa.

Pero no aquella noche, aquella noche la miró fijamente y dijo —Christine lo comprende, recuerda… es un genio como tú.

Y era verdad lo había comprendido, sabía que su padre no la volvería a subir a su nave espacial en mucho, mucho tiempo, porque aún era demasiado pequeña para recibir la Primera Comunión.



— Papá… — gimoteó entre pucheros. Los había estado guardando desde que su padre comenzara a hablar. Algo le decía que era su mejor arma, que en cuanto los soltara a él le cambiaría el rostro, se pondría triste y correría a abrazarla, a decirle que todo estaba bien. La subiría a caballito y se la llevaría corriendo al columpio del jardín y se reirían, se reirían mucho viendo cómo se acercaban las nubes de lo alto que subía cuando él la empujaba. Porque en cuanto hacía amago de llorar, su padre se convertía en un payaso hasta conseguir arrancarle la risa. Pero aquella noche se equivocó. Ella gimoteó y su padre siguió impertérrito. Por primera vez en su vida su papá no la abrazó para consolarla.


— No llores, Christine —dijo—. Hija, no puedes hacer siempre lo que te dé la gana, tienes que ser buena y no hacer daño a nadie y mucho menos a Michael Vincent que es tu amigo. ¿Te habría gustado que la araña te picase a ti?

— Me picó… —contestó sorbiéndose los mocos y mostrándole la señal rojiza que tenía en el dedo meñique.

Y entonces quién la armó, quién se enfadó fue su madre.

— La culpa es del doctor Hodgins —dijo— por permitir que jueguen con sus bichos. Christine no tiene la culpa, Booth ¿y si hubiera sido venenosa?

De nada le sirvió, su padre no rectificó.

— No compliques las cosas, Bones, no les ha ocurrido nada. Christine ha abusado de Michael y eso está mal, debe comprender que no puede volver a hacerlo nunca más.

Y entonces había sonado el teléfono y su padre, aunque Christine lloraba a moco tendido, contestó y se marchó sin darle un beso, porque una persona mala había hecho daño a otra y era su obligación atraparlo para que recibiera su castigo, como con ella había hecho.


Y llegó el sábado y como su padre no había vuelto a mencionar el castigo pensó que se le había olvidado. La decepción fue mayúscula cuando una vez en el parque la llevó derecho al corralito de arena, la dejó con su cubo y la pala y se puso a leer el periódico. La música del carrusel sonaba muy cerca y hasta distinguía las luces de su nave espacial destellando más brillantes que nunca llamándola "Ven, Christine, ven...". Cuando le miró suplicante, dijo.

— No, estás castigada y lo sabes. Pide perdón a Michael Vincent y prométeme que nunca más le harás daño  y entonces volveremos a hablar, pero por ahora no hay nave espacial.

 Y no la hubo. Ni su padre la llevó al carrusel ni ella se lo pidió, no se atrevió, reconocía que había sido mala… pero es que era tan divertido hacer llorar a Michael Vincent. Y por un tiempo se había comportado bien y hasta dejó que Michael le pegara pelotazos y que tocara el tambor en su cabeza y le pidió perdón, por supuesto y pensó, pensó que todo estaba ya arreglado,  que el sábado siguiente el castigo habría acabado. Pero una vez en el parque no se dirigieron hacia el carrusel sino hacia el lago. 


Y aunque se sintió decepcionada no dijo nada, estaba demasiado triste, así que cuando se le acercó un niño con la cara churretosa mirándola con envidia, se compadeció de él y le ofreció su bolsa de palomitas para que alimentase a los patos. Y entonces, entonces para su sorpresa ocurrió. Su padre la subió a upa y quiso a comérsela a besos. Aquella mañana estuvo subida en su nave tanto tiempo que hasta creyó que había llegado a Marte y lo mejor que pasó fue que su padre en vez de bajarla, cuando se cansó de el periódico se subió en la de al lado y echaron una carrera hacia la luna que ella ganó. Entonces volvió a ser muy feliz.


Pero… la tarde pasada, la tarde pasada la tentación fue demasiado grande… tanto que no pudo resistirse. Y la serpiente no le dio un picotazo a Michael como la araña. Tuvieron que llevarlo al hospital porque le mordió en un labio y del dolor se desmayó, se cayó y se abrió  una brecha en la cabeza al golpearse con el pico de una mesa y sangró como un cerdo. 


Se montó un lío tremendo. La tía Ángela le gritaba al tío Hodgins por tener la serpiente en casa y a ella por ser una “niña malvada”; y cuando su madre llegó le dijo Llévate a tu monstruito, que no la vuelva a ver por mi casa”. Y su madre no había dicho nada en el coche pero en cuanto entro en casa se lo contó a su padre, que también podía haberse callado. Y entonces…, entonces había vuelto a ocurrir. Su padre la sentó frente a él, la miró fijamente y le había dicho lo que le había dicho y en cuanto amaneciera sabría su castigo por ser una niña tan mala a no ser que…, suspiró.

Tal vez debería hacerle caso a su madre y convertirse en Presidenta de los Estados Unidos. Todo sería entonces mucho más fácil. La primera orden que firmaría sería que todas las mesas del país fuesen redondas. La segunda prohibirles a las serpientes morder a la gente. Las esquinas y los colmillos causaban dolor, por la tarde a Michael, y ahora, en medio de la noche, a ella. Debía pensarlo bien, debía... pero y mientras tanto qué.


¿Y si la encerraban en la cárcel como a los hombres malos? Había habido mucha sangre; seguro, seguro que su papá la encerraba con la gente mala. Se asustó... ¿Y si no volvía a ver más a su papá y a su mamá? Las hormigas también se asustaron, las notaba subiéndole hasta el pecho, en la garganta provocaron un embotellamiento, se ahogaba. Una lágrima le resbaló por la mejilla… “Papá”…lo llamó en voz baja, la presión pareció disminuir y volvió a llamarlo bajito “Papí”, pero él no la oyó.


En una de las revueltas sus ojos se fijaron en el cuadro pequeñito que había sobre su mesilla, un regalo del yayo cuando nació: Jesús niño con un cordero. Y entonces lo supo, supo que tenía la solución, se equivocaba su padre cuando decía que era un genio, si lo fuera no habría pasado tanto miedo. Tenía la solución de sus problemas  a la vista y no se había dado cuenta, podía escaparse del castigo… Era muy sencillo, así que lo dijo:


— Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo… por favor, por favor, por favor… que suene el teléfono, que suene el teléfono y papá tenga que irse a trabajar, por favor, por favor, Jesusito.

Y ocurrió, desde la cuna lo oyó. El teléfono sonó, su padre se marchó y del castigo no volvieron a hablar hasta que no estuvieron en al cielo; eso sí, Christine nunca, nunca más volvió hacer a sabiendas daño a nadie.

(Continuará...)