lunes, 24 de marzo de 2014

BONES. FAN-FICCIÓN "La Antropóloga, el Agente y la Presidenta III

CAPÍTULO 3
EL DESPERTAR DE BRENNAN
(Anteriormente, cap. I  cap. II)



De repente retiró la mano, se quemaba… ¿Cómo… cómo podía haber sido tan irracional? La alzó a la altura de los ojos y sí, allí estaba la prueba, entre las falanges comenzaban a aparecer las huellas de su estupidez, las burbujas de una ampolla. Un escalofrío la recorrió entera y otro, y otro. ¿Voy a pillar una septicemia por una simple quemadura?, se preguntó. Los dientes le castañeaban, tenía frío, mucho frío. Intentó taparse con el edredón, sabía que estaba en su cama lo que no entendía era el porqué la frialdad de las sábanas, por qué se fingían la superficie de un lago helado.

¡Booth! —llamó —¡Booth! —repitió. Quería decirle que la calefacción se había apagado, pedirle que se levantara, que la arreglara o Christine enfermaría.

¡Booth! —gritó y ante el silencio le palmeó con la mano vuelta el trasero. Reconoció el crujido del escafoides al romperse, no había sido la cadera firme de su marido la que recibió la caricia sino una dura costra de hielo.


Un momento, disculpad por la interrupción, será un minuto. Hasta ahora más de 165 personas han entrado en los capítulos anteriores de esta fan-ficción, pero sólo dos han dicho que les interesaba. Escribir una historia es un trabajo duro, necesita tiempo, dedicación y sobre todo lectores; saber que a otros le interesa, divierte o aburre. Obtener respuesta, en fin. Estos tres primeros capítulos han sido regalos para seguidoras del blog. Doy por cumplida mi palabra. Y aunque la historia continua si a nadie más le interesa este será el último capítulo que publique. Marien.   

(Continua El Despertar de Brennan)

—¡¡¡Booth!!! —gritó más fuerte. Y una vez más el silencio le respondió.

— ¿Otra pesadilla? —preguntó Booth abrazándola— ¡Dios, estás helada! —dijo masajeándole los hombros desnudos —Ven aquí, se ha terminado lo de dormir desnuda, Bones, es un placer para mi piel, pero antes que el placer está la salud. O dormimos con la calefacción encendida o te pones el pijama. Estás helada.

Brennan se acurrucó entre sus brazos y entrelazó las piernas con las de Booth. La recibieron hospitalarias; luego, cálidas y placenteras se alzaron sobre sus caderas arropándola. 

— ¿He gritado? —le susurró al oído mientras se apretaba más y más contra su cuerpo — ¿Habré despertado a Christine? —su sistema límbico andaba en la disyuntiva. La parte más profunda, la que enraizaba con su matriz le decía que tenía que levantarse, ir a la habitación de su hija y comprobar si se había desarropado; sin embargo,la que se situaba precisamente en la zona del tallo cerebral conocida como Tegmento Pontino Dorsolateral le ordenaba que permaneciese entre los brazos de su marido, con unas cuantas caricias más dejaría de temblar, su sangre se soliviantaría y terminaría disfrutando de un arrebatador encuentro sexual.

— No, no me has despertado. Y tampoco has gritado, temblabas y te he abrazado —dijo, besándole el pelo, la mano subiendo y bajando por su espalda.

— No estabas —sin reproche, constatando un hecho.


— ¿Dónde, en tu pesadilla? Menos mal, lo último que me gustaría en esta vida es ser tu Freddy Krueger particular.

— ¿Quién…? —preguntó pero ni siquiera alzó la cabeza, su cuerpo recobraba poco a poco el calor al reflujo de sus caricias. En otro tiempo, con otro hombre diferente, se le habría subido encima y habrían ardido por combustión espontánea. Nada más vigorizante para comenzar el día que una cabalgata en un espléndido semental. Pero esa Brennan ya no era ella. Desde que lo amaba había aprendido el goce de la espera, el acicate de la demora. A veces la recreación del frenesí era la opción, pensó, mientras los escalofríos de su espalda respondían al surco que dejaba vacío la huella de los dedos de Booth

— Nadie. El protagonista de unas películas de adolescentes —le respondió.

— Estaba sola, Booth, y hacía frío.

Lo dijo y esperó el crujir de sus huesos por la presión del abrazo. Para su sorpresa no sucedió, al contrario, Booth detuvo el deambular de los dedos: cuando le habló lo hizo con voz de marido preocupado.


— Te lo he dicho, Bones, está bien que ahorremos energía, pero porque durmamos con la calefacción encendida en pleno invierno no vamos a provocar un cataclismo climático.

A Brennan le desagradó el aire que se interpuso entre sus pieles, Lo buscó ansiosa, de repente, ante la ausencia olvidó los propósitos, le urgió el roce de las carnes, el batir unísono de los pulsos. 

— Tú no tienes frío.

Bones, yo nunca tengo frío cuando estoy cerca de ti.

Y aunque no podía verle la cara sabía que sonreía, que el amante recuperaba el sitio. Sus dedos acariciadores, embajadores, se movieron rápidos hacia el centro de las nalgas, sus piernas apretaron el cerco y Brennan dio por concluida la demora. En unos instantes comenzaría el milagro, sentirse él, saberlo ella. Esperó. Y sin embargo, el abrazo se aflojó.

— Has dejado de abrazarme —protestó.

— Pensaba.

— ¿Pensabas?

— En Christine.



Christine está bien, yo tengo frío —protestó decepcionada.

— Bones, ¿no te das cuenta de lo terrible que es lo que ha hecho esta tarde? —dijo atrayéndola de nuevo hacía sí, con ternura, sin urgencia.

— Es una niña traviesa, Booth, sólo jugaba. No tiene culpa de que Michael no posea una coordinación motora tan buena como la suya (heredada de mí, por supuesto) y no pudiera atrapar a la serpiente —dijo intentando acomodarse de nuevo a los accidentes geográficos, a los valles y a los picos del cuerpo de su hombre.

— Se desmayó, se cayó y se golpeó en la frente. Podía haber muerto, no deberías excusarla.

— Vamos, Booth —protestó buscándole la mano, la necesitaba, necesitaba que no se dispersara, que cercara las carnes—. No le ha pasado nada. Tres puntos en una ceja y una piruleta.

Pero no la encontró, se había extraditado por detrás de la cabeza de Booth. Brennan se alzó, sí él no tenía prisa por arder en llamas ella sí, desató el nudo de las piernas y se acopló sabia sobre su cuerpo, sus pechos desnudos rozándolo. Ese movimiento nunca le había fallado, los veneraba. Y sin embargo, Booth no les prestó atención, la mano que tanto deseaba seguía lejos de sus caderas, aún sujetaba su nuca.

— No quiero hablar ahora de eso —insistió molesta—, Christine es una niña inteligente, no una abusadora. Jugaba, qué culpa tiene de que Angela haya mimado tanto a su hijo.

— Te oyes…

—¡Booth! —protestó—Es un bebé, no puedes juzgarla como a un delincuente. Abrázame, tengo frío. Y se tendió de nuevo a su lado arropándose con el edredón; en verdad debía estar preocupado para no sentir como le hervía la sangre.


— Tengo que hacerle comprender que no puede continuar abusando de él. Que no puede hacer daño a la gente y menos por diversión. Eso no está bien. ¿No lo entiendes?

— Lo entiendo, lo entiendo, tienes que castigarla. Conque no la beses esta mañana al irte al trabajo y conque la mires serio habrá aprendido la lección. ¿No ves cómo se entristece cada vez que cree que la ignoras? Igual que su madre ahora —añadió para sí, pero sus palabras sólo rebotaron en la almohada. Booth seguía pensando en Christine.

— Tres semanas sin carrusel no son suficientes. Ya estuvo una y no aprendió. Debe ser un castigo ejemplar —dijo siguiendo el run rum de sus pensamientos.

— ¡Ja!—Exclamó aparentemente entusiasmada—. Ya sé, ¿por qué no la encierras unos cuantos meses en Alcatraz? 

Alcatraz está cerrado, Bones.

— Lo sé, sólo pretendía que te dieras cuenta del absurdo. ¿Quieres castigar a Christine? Niégale un beso. No la subas a caballito. No juegues con ella.

— Entonces el castigado sería yo. ¿Cómo pretendes que le niegue un beso? —dijo sorprendido sólo por la idea e inclinando la cabeza le besó en los labios. No estaban sedientos, no le buscaron la lengua, pero aun así Brennan se estremeció. Aún tenía una posibilidad de conseguir su orgasmo. 


— Hay una manera…, una que no supondrá ningún castigo para ti —dijo retirando la ropa de su cuerpo, retándole a lo Clara Bow. Ahora es un momento oportuno…, no podemos esperar mucho más o necesitarás pastillas…

¡Bones! —lo oyó llamarla en voz alta — ¿Te has vuelto a dormir?

Lo había hecho, lo había hecho, un minuto, un segundo tan sólo; dejándose llevar por el calor que desprendía su cuerpo había cerrado los ojos y se había dormido..

— He encontrado  la manera de que Christine aprenda a respetar a los más débiles, a proteger a los indefensos… —dijo Booth satisfecho.

— Es una buena idea, la secundo —respondió encantada—. Hagámoslo ahora mismo, estoy dispuesta, vamos —le animó y sus manos salieron de descubierta hacia sus ingles—. Si esperamos un poco más tendrás que pedir ayuda.

— ¿Ayuda? ¿Tú crees…?

— Bueno, está tu edad y la mía, claro, aunque yo soy más joven que tú -por unos instantes detuvo el avance, deseaba rendirlo, pero antes debía explicarse-. Leí el otro día en la Revista Médica que un tres por ciento de los hombres de más de cuarenta años toman pastillas.

— ¡Qué dices! ¿Pastillas? ¿Quién necesita pastillas para comprar un perro?

— ¡¡Un perro!! —se quedó anonadada, un perro, a veces le costaba entender el caótico discurrir de los pensamientos de Booth.

— Sí, un perro, ¿en qué pensabas tú?


— Yo hablaba de un hermano. Conociéndote, viendo como disfrutas ejerciendo de padre, lo más lógico es que quieras que engendremos otro hijo. Así cuidando a su hermanito o hermanita Christine aprenderá a respetar a los indefensos. Creía que era en eso en lo que pensabas.

—¿De verdad, de verdad quieres que tengamos otro hijo…? —preguntó volviéndose esperanzado hacia ella; luego, inopinadamente se enfadó— ¡Para hacerte un hijo no necesito pastillas!

— Por ahora no. Tus niveles de testosterona siguen siendo altos, doce nanomoles por litro de sangre en tu último análisis, un nivel bastante alto, por cierto. Pero Booth, dentro de poco tu hipotálamo reducirá la producción de gonodotrafina, y tu hipófisis la secreción de la hormona luteinizante, y entonces tus testículos, esas pelotitas encantadoras, con las que ahora no me dejas jugar, no producirán la testosterona suficiente y tus erecciones dejarán de ser potentes y efectivas. Hasta ahora no has tenido problemas, pero…

— Gracias, Bones —dijo sarcástico.

— De nada, sólo expongo los hechos. Aunque admito que puedo estar equivocada— dijo mientras iniciaba de nuevo la descubierta hacia la cintura de Booth quien no parecía estar dispuesto a presentar armas. 

— ¿Lo dices de veras? ¿Quieres, quieres que tengamos otro hijo, ahora…?

— Ahora no, Booth, al término de la gestación. Puedo concebir ahora mismo, mi útero esta preparado. Aunque si fuera racional te diría que no. No quiero pasarme nueve meses con la tensión arterial y la glucosa por las nubes, los pies hinchados, la piel de la tripa tensa como un tambor; los pechos doloridos y luego…


— Hey, tus pechos son cosa mía —dijo inclinándose sobre ella. Claramente había cambiado de opinión —yo cuidaré de ellos—dijo mientras le rozaba con los labios los pezones. Cuando el rostro de Booth se hundió entre ellos se olvidó del goce de la demora y entrelazó las piernas a su cintura. Mientras los cañones de su barba recién nacida enardecían su piel su boca ansiosa se clavó en sus hombros, sus uñas recorrieron lacerantes los costados de Booth y sus talones le espolearon los ijares, lo quería dentro de ella y lo quería ya, ya... Sin embargo, Booth se detuvo, alzó el rostro de su cuello e hizo oído. 

— ¿La has oído? —dijo de repente, irguiéndose como un resorte. 

¡¡¡Booth, sigue!!! —protestó, reteniéndole por los hombros.

— ¿No has oído? Christine está llorando. Tengo que ir a verla -dijo desasiéndose suavemente de sus brazos- Habrá tenido una pesadilla. Ahora vuelvo ¿Vale, Bones? Tú espera un poco. No te enfríes -dijo guiñándole un ojo-. Seguiremos por dónde lo hemos dejado ¿vale?


Y sin que Brennan pudiese impedírselo abandonó el lecho dejándola sola. 

(Continuará si vosotros queréis, un comentario de una sola palabra bastará, gracias por leerme).