domingo, 2 de noviembre de 2014

Bones. The Corpse at Convention. De los genios, de los astronautas y los gatos muertos.


La física cuántica dice que “las cosas” tienen dos realidades, dos posibilidades de ser o no ser, y que quien rompe esa dualidad, esa paradoja, es el mirón que las contempla. No es un chiste, sino una simplificación de las teorías que revolucionaron la ciencia a principio del siglo XX.


Que el policía que detiene al físico Schrödinger observe que el gato que este lleva en el maletero está muerto no tiene ninguna gracia, no para el gato, que al menos antes de que se abriese el maletero tenía el cincuenta por ciento de posibilidades de estar vivo. Booth tampoco se la encuentra ¿Cuándo llega el chiste?, le pregunta a Brennan quien como si fuera una chiquilla que recita la lección del día siguiente a su madre mientras cocina ensaya delante de él su discurso en la Convención Nacional de Ciencia Forense. 


El de Schrödinger y el gato muerto es el chiste con el que va a iniciar su disertación. Booth intentando ayudarla le ofrece una alternativa. El chiste del astronauta y el restaurante en la Luna, buena comida pero mala atmósfera. ¿Lo pilláis? Tiene gracia. Pero a la doctora no le gusta, no es científico; entonces él para reforzarla le recuerda que será la más inteligente de toda la sala, no necesita contar chistes. 


Brennan sin embargo se siente mal, su discurso se ha ido al garete, ni siquiera tiene hambre. Booth se lo explica, mientras le sirve una unas tortitas, es porque está nerviosa. Lo está, le reconoce. Siente la responsabilidad de quien necesita seguir reconociéndose primus inter pares. Para mí que a veces se le olvida que ella es la demostración empírica de los postulados de la física cuántica. Si está viva y nerviosa y no yerta y fría como la Reina de las Nieves, es porque cuando Booth la miró por primera vez (metafóricamente hablando) resolvió la paradoja; porque cuando él se prendó de sus ojos su corazón, un corazón grande, tierno y generoso, latió.


Como encandilados tienen el equipo del Jeffersonian a los asistentes a la Convención. En cuanto les ven llegar les hacen el pasillo de los campeones. Fotos, peticiones de autógrafos, entregas de currículos vitae, presentación de inventos. Un desfile triunfal, para todos. La más sorprendida Angela, encantada de que le digan con mirada arrobada que es la más maravillosa del Jeffersonian, que sus descubrimientos informáticos son una genialidad (¿a qué cuesta reconocer en esta nueva Angela a la vieja hippy libertaria de las primeras temporadas).


Un momento, un momento, no todos están felices con los encuentros. La doctora Brennan se encuentra con su “colega escritora” Tess Brown (interpretada por Nora Dunn), sí, la que en el episodio The Dude in the Dam (9.08) buscaba el enfrentamiento con ella para publicitar sus libros, la que se burlaba de sus lectores. Ahora pretende hacer las paces, está en la convención porque anda investigando para su próximo libro. Para Brennan es una novedad, nunca investigó nada y además ella nunca podría ser amiga de alguien que desprecia públicamente a sus lectores. Bien por la doctora.


También el doctor Hodgins tiene un mal encuentro, una pelirroja cuarentona se le acerca, le saluda muy amablemente, ha seguido su ilustre carrera, y el doctor, para nuestra sorpresa, inopinadamente le suelta que es la entomóloga más incompetente del mundo y una vergüenza para la profesión. Hasta Cam se sorprende de lo duras de sus palabras. “Una antigua historia”, le dice, para luego largarse tras la pelirroja dejándola a ella y a Angela con la boca abierta. Cuando vuelve poco antes de que comience el discurso de Brennan se le ve contento. Todo se ha arreglado,(¿cómo?)


Cuando por fin Brennan comienza sonriente a contar la historia de la detención por el policía del físico Schrödinger, a pesar de la advertencia de Booth, suena la alarma de incendios y Tess Brown entra en la sala gritando que hay un cadáver ardiendo. Y como es natural allí que se van, a la sala de calderas, el equipo del Jeffersonian en pleno. Pero no pueden hacer nada, hay un fuerte olor a gasolina y cuando Brennan intenta apagar el fuego con el extintor termina avivando las llamas. Cuando los bomberos las apagan ya están allí Booth y Aubrey y comienza la investigación. 


Investigación a la que se une Wendell Bray, sí, Wendell ya no fuma marihuana terapéutica y vuelve a ser un interno (¿no os parece un retroceso en su carrera? ¿De consultor externo a interno?). Ha entrado a formar parte de un estudio clínico gracias a la recomendación de la doctora Brennan y el cáncer está en remisión, por ahora le va estupendamente, a él y a los otros doce que forman parte del grupo.

Desde luego es una suerte que el crimen se haya cometido en una convención de ciencia forense, porque de inmediato todo el mundo les ofrecen sus artilugios para ayudarles, es un auténtico griterío, una marea que apenas si Aubrey, en plan G-Man, logra contener tras la línea amarilla, luces led, sierras que cortan metal y cemento, termómetros digitales, guantes que no se pegan. ¡Un momento!, no  todo el mundo es tan “generoso”, entre los asistentes hay alguien que aprovecha la ocasión para hablar de su “libro”.


Exacto, es Tess Brown quien aprovechando las circunstancias cuenta ante las cámaras de televisión como fue ella quien encontró el cadáver que paradójicamente estaba en las mismas condiciones que ella describía en su próximo libro “Tan caliente como mi corazón”, un hermoso título. Booth la pone en su sitio, no va a consentir que promocione su libro a costa del cadáver. Y ante sus protestas de que no hace daño a nadie, le contesta rotundo. “Sí, a alguien con sentido de la decencia”. Pero ese sentido es tan antiguo que sólo los muy ancianos de la tribu lo recuerdan, desde luego Tess Brown, no. Y sí, Booth sabe quién es ella, dónde lleva a lavar su coche venden sus libros. Toma ya. 


A la victima la mataron al menos una hora antes de que ardiera, dictamina Cam y Angela con una de sus genialidades descubre su identidad e innecesariamente da información que pone a la cabeza de los sospechosos a su marido. La muerta es la doctora Leona Saunders, precisamente la pelirroja entomóloga con la que discutía Hodgins.

Se siente fatal por no sentirse mal porque esté muerta, les dice a Booth y Aubrey cuando le preguntan. Luego les cuenta que Leona le robó un invento en la universidad, un invento con el que ganó cuatro millones de dólares, entonces él valía miles de millones y no le importó. Y lo dice con la seguridad del inocente; lo dice y Aubrey se aprovecha, ahí está el móvil, la mató por el dinero.

Y como es natural se enfada, ya van tres veces que le han considerado sospechoso de cometer un asesinato (The Man in the Mansion, 2.13, cuando investigaron el asesinato de un viejo amigo y marido de su antigua novia y The Ghost Killer, 9.11 al ir a ver a Trent McNamara poco antes de su muerte). Esta dispuesto a matar a alguien para que no pierdan el tiempo. Es una broma, tiene que aclararle a Aubrey, que parece dispuesto a detenerle. Al final les muestra una prueba contundente, el molde de una pisada que había junto al cadáver y que contiene aceite de oliva. Otro sospechoso entra en liza, un friegaplatos.


Él no ha sido, le dice Booth a Brennan cuando se encuentran en el diner, las cámaras lo sitúan en otro lugar a la hora de la muerte. Brennan está preocupada no parece que vaya a atrapar pronto al asesino. Booth verbaliza la desazón de la doctora. Cree que va a quedar mal delante de los frikis de la convención si tarda mucho en resolver el crimen. “Si lo resuelvo” dice. 


Y entonces Booth, una vez más refuerza el maltrecho ego de su mujer. “Te apuesto 100 dólares a que estarán más celosos cuando esto acabe”. Y Brennan, dulce y cariñosa, le recuerda que está en Jugadores Anónimos, “No deberías apostar”, dice. Y Booth muy en su papel de soporte emocional soluciona el problema “Muy bien, y tú eres un genio ¿de acuerdo? Así que no digas estupideces”.  

Mientras tanto la investigación en el laboratorio prosigue. Lo cierto y verdad es que el doctor Hodgins no sólo es el rey del laboratorio sino una hormiguita muy trabajadora, por sus manos pasan todas las pruebas, la comida del estómago de Leona, una tirita que puede o no puede contener ADN, restos de papel aluminio. Pruebas que como la tirita al final resultó ser suya. Y por primera vez en diez años, el doctor Hodgins termina increíblemente en la sala de interrogatorios del FBI.


Por supuesto Booth no cree que la matase, pero tiene que cumplir las normas, una pequeña conversación y listo. Quien más estrictamente se aplica en el interrogatorio es Aubrey, aún sigue haciendo méritos. Cuando Hodgins le dice con sorna que pensaba que le caía bien, Booth le defiende, hace su trabajo.


Sin embargo cuando Hodgins explica cómo se cortó el dedo preparando el desayuno y que el mismo tiró la tirita a la basura que el asesino desparramó sobre el cadáver, Booth considera que ya es suficiente y corta en seco el interrogatorio. Hodgins no lo mató, demasiadas pruebas circunstanciales en su contra. Él por experiencia sabe lo que significan.  Aunque Aubrey quiere tener la última palabra y reticente cuando salen por la puerta le pide a Hodgins que por favor no sea el asesino. Este chico…

Y una vez más de vuelta al laboratorio, el doctor Hodgins prosigue su trabajo. Del contenido del estómago de la víctima se deducen dos sospechosos más. El primero el director de la Convención con quien la víctima mantenía una relación, la noche anterior habían estado juntos bebiendo vino de más de mil dólares la botella, un Chateau Lafite (señor, yo quiero una copa), y comiendo fresas con chocolate. Ya se sabe lo que son estas convenciones “ferias de infidelidades”, dice como disculpa. Pero Leona era la mujer de su vida. Por ella abandonó a otra amante. ¿Quién, quién? Exacto. Tess Brown.


Wendell, Wendell ayuda a la doctora Brennan a catalogar las heridas de la víctima y se marcha, tiene cita con su médico, debe tomar la nueva medicina. A la víctima la habían apuñalado con un cuchillo nada menos que de obsidiana (ya teníamos al astronauta, ahora casi aparece un troglodita), un arma del periodo achelense (paleolítico inferior) como inmediatamente reconoce la doctora Brennan, y además ¿sabéis quien utilizó como arma asesina un cuchillo de obsidiana en uno de sus libros? Exacto, premio. Tess Brown. Nuestra querida Tess se perfila como principal sospechosa. Pero… se defiende bien, de inmediato saca a relucir a su abogado. 


En el laboratorio todos están preocupados por la tardanza de Wendell, el tráfico ha dejado de ser una excusa. La tardanza nos da otra muestra de la nueva Brennan, la empática. Preocupada como los demás no se ha limitado a esperar, ha llamado a los doctores para interesarse por él, sólo que por mor de la confidencialidad no le han querido decir nada. ¿Habrá vuelto el cáncer? El trabajo tiene que seguir y la doctora encuentra una decoloración en el Ilión, la prueba de la existencia de otro acelerante del incendio. Y para encontrarlo, el doctor Hodgins no tiene otra ocurrencia que llamar a uno de los frikis de la convención.

Que cuando estén hablando de clorato de potasio y ácido sulfúrico, la receta perfecta para incendiar tiras de magnesio, se presente el inventor de los guantes que no se pegan y el termómetro digital Aldus Carter no deja de ser una de esas circunstancias extrañas de la vida con la que Dios premia a las hormiguitas. Que los dos frikis se pongan a discutir y que Cam los expulse del sacrosanto Jeffersonian, sirve para que Hodgins averigüe como se inició el incendio. Un rollo de papel de aluminio es la clave.

Y no me resisto a citar la fórmula, el clorato de potasio y el ácido sulfúrico reaccionan violentamente cuando se juntan, pero… si se separan por capas de papel aluminio… exacto, el incendio tarda en declararse,  luego el asesino no tenía por qué estar en la sala de calderas cuando se declaró el fuego. Genial. Todas las líneas temporales quedan invalidadas, de nuevo cualquiera puede ser el asesino… incluso el doctor Hodgins… Mirad, mirad que cara se le queda cuando se da cuenta…


Cuando Cam preocupada por Wendell insiste ante Brennan ésta le explica que Booth sabe dónde está y al mismo tiempo le habla de la punción que ha descubierto en una de las costillas. La muerte de la víctima no la causó la puñalada con el cuchillo de obsidiana, una pista falsa. Lo que de verdad la mató fue esa punción ¿Con qué se hizo? El doctor Hodgins lo averiguará. 


Y por fin Wendell reaparece, tiene una cita con Booth. Está muy preocupado, uno de los que estaban en el estudio clínico y que un mes antes también estaba en remisión, ha muerto por el cáncer. Y Booth, una vez más en este episodio, contextualiza la situación. Que ese hombre no haya mejorado no significa que Wendell no vaya a hacerlo. Y entonces mirándole de reojo, para que entienda le cuenta una de sus batallas.


Y tengo que decirlo, me encanta este Booth comprensivo y atento a las necesidades de los demás, este hombre que tiene la palabra exacta que cada uno necesita. Porque lo que Wendell necesita oír es que tiene que lidiar con lo que le toca, como Booth tuvo que asistir a la muerte de sus doce “hermanos” en la batalla. Dejar de sentir lástima por sí mismo y luchar. Booth no necesita ver morir a otro hermano.


Y Hodgins por fin descubre al asesino, por favor Doctora Saroyan, una gratificación con muchos ceros para él. La punción es la clave, se hizo con el termómetro digital inventado por  Aldus Carter, es más Aldus Carter es el asesino, hay rastros de su ADN en el cadáver. Y por fin en la sala de interrogatorios Brennan atrapa a su asesino. Ella tiene las pruebas y no, no es el termómetro digital donde estaba su ADN, sino en los restos de los famosos guantes que no se pegan encontrados en el cadáver. Booth necesita saber el por qué la mató. La clave es la víctima. Se acostaba con Carter sólo para robarle sus inventos. Pobre hombre, pretende seguir trabajando en ellos en la cárcel. Brennan estaría interesada en verlos. “¿De verdad?”, pregunta Booth. “De verdad”, contesta Brennan.


Y al final, al final, exactamente veinticuatro horas después de que su discurso se viera interrumpido la portentosa doctora Brennan comienza a contar de nuevo el chiste del gato de Schrödinger y el policía que lo mató. Cómo pudo dudar de que lo conseguiría. “Es la mejor”, dice Wendell que llega contento porque está en remisión. Y es que a veces “la gente duda de lo fuerte que es”, puntualiza, una vez más Booth.

Un Booth que se queda con la boca abierta cuando los frikis de la Convención se ríen a mandíbula batiente ante el pobre gato muerto. Quienes sin embargo se quedan en silencio cuando les cuenta el chiste del astronauta. Un silencio sólo roto por su carcajada. 


Pero lo que cuenta no son las risas. Lo que importa es que lo ha contado, porque confía en su “astronauta”. Porque en su realidad como pareja no hay paradojas, ni electrones cuánticos. Lo que el observador ve es que lo que hay entre ellos es más fuerte, mucho más que un ataque al corazón. Booth y Brennan no están enamorados. Brennan y Booth se aman, se necesitan, se tienen y se complementan. Lo que hay entre ellos dos no es sólo fuego, ni ternura. Lo que hay entre ellos es un misterio. El mayor misterio de las relaciones humanas, algo que la física cuántica nunca podrá explicar y si, en cambio, una sonrisa, una mirada. 


¿Qué opináis? ¿Os ha gustado el episodio tanto como a mí? Disfrutad de la última escena. Este es el gif.


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