lunes, 24 de noviembre de 2014

Bones. Reseña The Puzzler in the Pit (10.08). Nueva misión para el agente Booth.


Este es Seeley Lance Wick Sweets, la nueva misión del agente del F.B.I. al mando Seeley Booth. No es su hijo, pero para el caso como si lo fuera. Conociéndole sabemos que pondrá todo su empeño en cumplirla fielmente, que estará presente en todas las obras de teatro en las que participe en el colegio, en sus graduaciones, en sus partidos de hockey. Que intentará convertirlo en un buen hombre

¿Tres partos en cuatro temporadas no son demasiados para un procedimental, aunque sea un tanto gore como Bones? Unos pensaréis que sí, otros que no, dependerá de cómo sea de elástico el umbral de suspensión de la credibilidad de cada cual. Lo cierto es que Daisy Wick y su hijo son “miembros de la familia Bones”, y los productores de la serie no podían obviar la llegada del pequeño. No después de lo sucedido con su padre, el doctor Sweets en The Conspiration in the Corpse (10.01). Aunque ya desde The Lance to the Heart (10.02) quedó claro que al menos que se declarase una guerra nuclear a nivel planetario nada ni nadie nos libraría de asistir al parto de “la viuda”. Porque la familia está para eso, para apoyar y sostener a sus miembros en los momentos trascendentales de la vida, a saber: nacimientos, bodas y funerales. 


Lo que no podíamos prever que sucediera era ver la sala de partos convertida en “el camarote de los hermanos Marx”. Aunque en mi opinión más que comedia The Puzzler in the Pit ha sido una tragicomedia.



Cuando Booth ante el lamento de Brennan en el episodio The Judas in the Pole (2.11), la cogió por la barbilla, la miró a los ojos y le dijo “Escucha, Bones, hay más de una clase de familia”; Bones, la serie, apostó por la afinidad y no por la sangre como su fundamento. Y lo hicieron no sólo porque sea el pensamiento imperante actualmente en la sociedad, sino por necesidades de la ficción; porque al principio nos presentaron a los dos protagonistas como miembros de familias “de sangre” disfuncionales. Ella, abandonada a los quince años por sus padres con el increíble pretexto de que dejándola sola salvarían su vida; él, con apenas nueve, abandonado por su madre en manos de un padre maltratador y borracho. 

Así que en la sala de guionistas de Bones cuando se discutió cómo afrontar el episodio del nacimiento del hijo póstumo de Sweets, debieron tenerlo claro. Demostrar que la tesis de la afinidad es la única válida en la sociedad de hoy en día y elevar la apuesta; no sólo los lazos de sangre no funcionan para unir a los seres humanos, sino que a veces son la causa fundamental que los mueve al asesinato. 


Y organizaron todo para contraponer el nacimiento del niño sin padre rodeado de una familia afectiva, consoladora y tolerante con la muerte solitaria e innecesaria de un padre desmemoriado, la víctima del caso de la semana. Porque como si se tratara de una tragedia griega, el padre no reconoce al hijo y el hijo mata al padre. Terrible argumento que decidieron aligerar con los aspavientos de Booth en la sala de partos y sobre todo con los cambios de personalidad de Daisy, pasando por alto la contradicción en que incurrían.


Y como andaban de apuestas alguien recordó la adicción de Booth al juego, con la que, a pesar de la ficha de póker y el dado que lleva de continuo en el bolsillo de los pantalones, sólo una vez le habían obligado a enfrentarse. En The Woman in the Sand (2.08) cuando viajó con Brennan a Las Vegas a investigar  un asesinato que involucraba al dueño de un casino.


Y se dijeron, este es el momento, la adicción dejará de ser cosa del pasado. Introduciendo a un jugador como sospechoso, tentaremos a Booth y Aubrey, en plan ángel de la guarda, arriesgándose a incurrir en su ira le impedirá caer en ella. ¿De verdad? Vamos, anda. ¿Ese perdedor salvar a Booth? A no ser… A no ser que se trate de una apuesta de futuro y el estrés post traumático siga minando su espíritu.


Normalmente no me cuesta trabajo suspender mi credibilidad en Bones pero en The Puzzler in the Pit ha habido dos momentos, además de en la escena entre Booth y Aubrey en que he dicho no y no. El primero ante una frase de mí siempre admirado y nunca suficientemente alabado doctor Hodgins:

— ¿Qué has hecho? —le pregunta horrorizada Brennan cuando le ve cubrir los restos con un polvo blanco para evitar que sigan deteriorándose por causa del ácido.
— Es bicarbonato sódico —dice orgulloso—, de todos modos ya nadie lo utiliza para cocinar.


¿De verdad nadie cocina ya legumbres? ¿Nadie echa en agua la noche de antes los garbanzos del cocido o las judías del potaje y les pone un buen puñado de bicarbonato para ablandarlos? Pues yo sí, y además, para más inri, totalmente verídico, justo antes de ver el episodio estuve echando en agua judías para el potaje que hemos comido hoy. No, doctor Hodgins, se equivoca, aún quedamos gente que utilizamos el bicarbonato para cocinar.

La segunda, cuando la mujer de la víctima, Lawrence Brooks, un genio de los crucigramas que aparece muerto en la zanja de una empresa de fracking, y que no ha denunciado su desaparición, ante Booth y Aubrey confiesa que su marido tenía Alzheimer y que le amaba. ¡Santo cielo! ¿Tú marido enfermo de Alzheimer, al que juras amar, desaparece y te quedas en tu casa tan pancha? ¿De verdad?  ¿No habría sido más congruente que la mujer denunciase la desaparición, que removiese Roma con Santiago hasta encontrarle? ¿O miente cuando dice que le ama?


 Pero hablemos de la contradicción “de base” que lastra The Puzzler in the Pit. Pretender mostrar “la grandeza de la familia Bones” y hacernos reír con el cambio de personalidad de Daisy son dos tramas incompatibles. Porque sí “la gran familia Bones se mostrase real en el episodio”, Daisy no habría cambiado de personalidad con el embarazo. Como en su día no lo hizo Brennan. 

Me explico, la Daisy que se presenta a trabajar en el laboratorio a sólo dos semanas de dar a luz, no sólo es una mujer enorme, sino totalmente diferente a la que conocíamos y no sólo por su vestido vaporoso y estrafalario, tan distinto a sus sobrias camisas, sus rebecas y sus pantalones pitillo; sino una neohippy espiritualista. Una mujer zen, al decir de Angela, ha ocupado el cuerpo de la científica empírica que conocíamos; capaz, ahora, de decir que la ciencia sólo llega hasta cierto punto. ¿Y por qué? No lo explican. Aunque se desprende de su actitud. 

Daisy, durante el tiempo que no ha estado delante de las cámaras (permitidme que lo exprese así), ha estado muy sola, tanto que ante lo abrumador de lo que se le avecinaba, contrata a una mujer, estúpida e ignorante para ayudarla en el trance (una doula). Todo es cuestión de meditación y respiración le aconseja, y ella necesitada de consuelo la cree.


Y no, no está bien que Angela le vaya con el cuento a Brennan de que Daisy tiene una crisis nerviosa porque cree que gracias a unos cristales parirá sin dolor y su hijo será feliz. Sí se ha convencido de ello es porque lo necesita, no tiene a un Hodgins, como ella tuvo, para martirizarlo mientras prepara la habitación del niño. Daisy necesita creer que sí sabe escucharlo, su hijo le hará saber lo que le gusta. Porque Daisy tiene pánico, el mismo que tenía cuando estaba embarazada Brennan de no ser capaz de tender puentes hacia su hijo. Brennan tenía a Booth para ayudarla, Daisy no tiene a Sweets. Ni por lo visto a Angela, ni a Cam, ni a Brennan, ninguno ha estado a su lado para aconsejarla.


Y no, no está bien que cuando Daisy le cuenta a Brennan que según la doula su hijo y ella podrán comunicarse siempre y cuando los dos mantengan la mente abierta, Brennan, seca, olvidando su situación, le conteste “Tu hijo se comunicará cuando esté cagado o hambriento y lo hará llorando, no eligiendo ropa”; Lo han escrito para que nos riamos, y nos reímos, pero no es eso, no es eso. 

Brennan, la de esta temporada, habría entendido el dolor y el miedo de Daisy. Nunca hubiese consentido que se sintiese tan sola como para que ella, una científica, confiase en una ignorante. Si en el episodio de la semana pasada vio el dolor de Aubrey ¿cómo es que esta no ha sabido apreciar el de Daisy que le es más cercana?


La tesis de fondo que mantiene el episodio se cae, enla familia Bones”, la afinidad no ha funcionado. Y como si hubiera sido escrita por otra mano que pasaba por allí,  Daisy  le confiesa a  Brennan: “Ahora estoy sola, sólo somos mi hijo y yo. Tengo que encontrar un modo en el que eso funcione para mí, para conectar con él sin Lance por aquí. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo.”

Y de la misma mano la presentación de Angela a su doula: Esta es Angela, trabajamos juntas en el laboratorio”. Ni siquiera menciona la palabra amiga. ¿Qué ha ocurrido para que el todo no sea la suma de las partes de manera tan patente? No lo sé.


Sin embargo hay dos cosas que me han encantado, la primera, en mi opinión, muestra claramente hasta qué punto se aman Booth y Brennan, más que cualquier beso, que cualquier abrazo. Porque muestra hasta qué punto se aceptan y se conocen, hasta qué punto es ella consciente de las debilidades de él y hasta qué punto Booth disfruta poniendo a prueba su racionalidad, como diría siendo su “perrito sexual”.

Hablo de las miradas que le ha lanzado Brennan, cuando Booth ha hecho el tonto. La primera al principio, cuando le ha quitado uno de los juguetes de Christine que Brennan (excesiva) ha preparado para regalárselos el hijo de Sweets, y como si fuera un crío ha corrido empujándolo por el pasillo. “Es un clásico” se lo quedan, dice entre onomatopeyas. ¿En serio, Booth



La segunda cuando Booth se presenta en la habitación del hospital, después de que Daisy con gran alivio de las matronas del Jeffersonian, ante la inminencia del dolor recupere su personalidad manipuladora y mandona, y rechazando a la doula, al canto de los pájaros, a la bañera y a las velas clame por maquinas brillantes y un anestesiólogo:

“— Gracias a Dios que has llegado a tiempo; si te lo llegas a perder no me hubiera sentido bien… —le dice.


A lo que responde caustico “Claro, porque en mi vida había visto tanta gente asistiendo a un parto.”

— Es que somos familia ¿verdad? —pregunta Daisy

Booth avergonzadísimo, deseando escapar del bochorno que le espera (¿qué hombre que no fuese el que ha mantenido relaciones sexuales con la parturienta, se sentiría cómodo presenciando algo tan gore), decide que aquel no es su sitio.



— Absolutamente cierto —responde—. Y como familia debería esperar en la sala de espera —añade y después de entregarle el peluche que lleva en la mano a Brennan, hace ademán de largarse.

 No, no —protesta Daisy—. Tienes que estar aquí. Todos tenéis que estar aquí.”

Entonces Brennan se vuelve hacia su marido, le lanza su mirada de sargento mayor de las fuerzas especiales, y dice solamente “Booth” y el perrito sexual obedece, si eso no es amor que me lo expliquen.



Y la otra que haya sido Daisy entre contracción y contracción, entre empujón y suspiro quien ha resuelto el asesinato mientras los demás, incluida Brennan, actuaban de paseante villa. Es ella quien recuerda que las heridas de la víctima no eran defensivas, sino ofensivas, que la rotura del cuello que lo mató, dado el estado frágil de sus huesos afectados por la medicina que tomaba la víctima contra  el Alzeimer, tal vez la provocase una caída tras un simple empujón. Es ella quien afirma que la sangre encontrada no era de la víctima, sino posiblemente de su hijo. Y no, no acepta que le digan que la víctima no tenía hijos. 


Lo tenía”, grita. “Haber quien tiene huevos para discutirle a una mujer a punto de parir”, les reta voz en grito.

Y no se equivoca, a Lawrence Brooks lo mató el hijo que no conocía porque en su demencia le negó el reconocimiento que según la sangre le debía.

 Yo podría haber sido un buen hijo —,le dice a Aubrey en la sala de interrogatorios del FBI.

Pero los “podría” nunca serán ni fueron. Y no son ciertas sus palabras, ni siquiera era una persona decente. Se asustó, se asustó y en vez de auxiliarle y reconocer el accidente, vengativo, ofuscado por el rechazo, tiró el cuerpo a una zanja y le cubrió de ácido clorhídrico para que desapareciera cuanto antes. Exactamente lo que haría un buen hijo (lease con ironía).


Y al final, al final cuando el niño llega, Daisy se lo entrega al padrino, responsabilizándolo de su futuro. Y Booth con la ternura que le caracteriza y que normalmente esconde, lo coge en sus brazos, lo mira a los ojos y le dice. “Yo conocí a tu padre. La primera de las muchas conversaciones que seguramente tendrán en la vida.

Que al final haya resultado un episodio, para mí, fallido tal vez no sea culpa ni de la autora Nkechi Okoro Carroll ni de Jonathan Collier, el jefe de los guionistas; tal vez, tal vez dónde haya que anotarlo sea en el debe de The 200th in the 10th, ese agujero negro que durante semanas ha consumido la energía positiva de Bones.