domingo, 9 de noviembre de 2014

Bones. Reseña The Lost Love in the Foreign Land. Amar y proteger.


The Lost Love in the Foreign Land tenía todos los ingredientes para ser un gran, gran episodio. Cuenta una historia dramática que por sí sola toca el corazón de las gentes decentes: desesperación de los humillados y unos malvados avariciosos que revestidos con la túnica de la ayuda humanitaria se aprovechan de su necesidad y como contrapunto porque Bones es Bones


… Una carrera de relevos que por supuesto gana una cabra. Y sin embargo… sin embargo no puedo dejar de pensar que el tema merecía algo más, que han dejado pasar la oportunidad de hacer algo grande para denunciar esa gran lacra que es el tráfico de personas. Tal vez por la falta de presupuesto, que se nota, tal vez porque el agujero negro del 200 todo lo traga, se han conformado con hacer algo que se le da muy bien a la guionista Emily Silver, un “emotivo” episodio.

Porque qué hay más emotivo que Tennyson y la busca de la felicidad.


La busca Arastoo, pendiente de que la doctora Brennan por fin acepte el tema propuesto para su tesis doctoral, cree que lo conseguirá, ha elegido uno que a ella le entusiasma. La esquiva Cam, la felicidad de Arastoo se entiende, los chantajes emocionales de su madre y el “Fasejan”, la receta persa típica de las bodas. Y así cuando Arastoo pregunta pensando en su matrimonio “When?” “¿Cuándo? ella contesta If”, un muy  condicional “si”.


La persigue el doctor Hodgins, el chico de los bichos y las cacas, el único personaje que en el episodio parece sentirse en paz; en realidad corre tras una cabra ladrona que se alimenta con la ropa y las joyas del cadáver. Y no la atrapa, aunque antes de rendirse entrega, en una magnifico pase, el testigo a Aubrey, tiene que recoger todos los excrementos de la cabra. 


Y Aubrey, el trepa, siempre dispuesto para la fama  corre y corre que se las pela para atraparla ante la mirada incrédula de Booth, Cam y Brennan, pero la cabra escapa ¿o no? Un capullo con afán de medro, como ya apuntaba, uno más que pretende beneficiarse: “Imagínate la sesión de fotos”, le dice a Booth (viendo ya su imagen en primera página de los periódicos), del dolor de los que buscan la felicidad lejos de su hogar. “¿En serio?”, le pregunta un Booth irónico. “Sería buena prensa”, le responde. Pero con Booth no cuela. Y el chico se consuela del fracaso con una pantagruélica comilona de comida basura. Al final hasta se le escaparán algunos pucheros, pero eso va más a cuenta de la guionista del episodio que del personaje.


Pero hablemos de la felicidad, de la busca de la felicidad de las dos protagonistas, de Min Yung, también conocida por Theresa, la víctima. Una joven china que llegó a Estados Unidos con un visado de trabajo falso y de Chao Xing, su amiga y compañera de esclavitud, también conocida por Tammy. Ambas víctimas de quienes, valiéndose de su desesperación por llegar a la tierra de los sueños, alimentan su avaricia robándoles la libertad, la dignidad y la esperanza.

“La felicidad no consiste en realizar nuestros ideales
 sino en idealizar lo que hacemos”


Lo decía Alfred Tennyson el laureado poeta inglés que desde su rincón de la verde campiña inglesa, desde su hogar revestido de cretonas y maderas, de lustrosos muebles y chimeneas de mármol, escribía poesía que hacía soñar con la felicidad a las damas victorianas. Y parece tan cierto... ¿Quién no siente que para ser feliz necesita cumplir un sueño? Todo el mundo, diréis, todo el mundo sueña con conseguir lo que no tiene.

Y arriba y abajo, la gente viene,
Mirando a donde los lirios florecen.

Pero sabéis qué, no todo el mundo se permite soñar con la felicidad. ¿No? No. Algunos sólo con subsistir. ¿Acaso no sueñan con la felicidad aquellos que careciendo de todo abandonan sus hogares y familias y saltando vallas, cruzando desiertos, aguantando injurias, vendiendo su alma vienen hasta nuestras tierras dónde los lirios florecen, pretendiendo percibir algo de su fragancia? Sí, claro que sí, sólo que no se lo permiten, se pellizcan para despertar, para no dejarse vencer, para no perder el rumbo. El suyo es cierto, volver a su hogar, abrazar a los suyos. 


Min Yung, sin embargo, no tenía ese rumbo, Min Yung se puso en manos de desaprensivos pero no buscaba el lugar donde los lirios florecen por necesidad de sobrevivir, sino por amor. Llegó a los Estados Unidos en busca de su hombre, un hombre que, precisamente por su amor, había matado a su padre convirtiéndose así en prófugo de la justicia. Sung, se llama, un hombre cuyo rostro e identidad recupera Angela en el papel cagado por la cabra. Un sospechoso antes de oír su historia. 


Y sabéis qué, que a pesar de la emoción por el amor perdido siento que ese amor abarata la historia. Una historia tan dura que no necesitaba de padres desaprensivos, ni de nieves ni montañas ni de dedos perdidos por el camino. Más sobria habría resultado aún más aterradora. Con dejar hablar a Tammy bastaba. Sin embargo, es tan sencillo conseguir que el espectador se conduela con el amor perdido justo cuando los amantes están a punto de reencontrarse, que la guionista no se ha resistido a utilizarlo. 

Min Yung se labra su desgracia porque se escapa en busca de su hombre, porque se olvida que el resto de las mujeres que la acompañan en su esclavitud no tenían ningún amor que buscar, que sus amores se encontraban lejos, a miles de kilómetros y tan amenazados por sus amos como ellas mismas, “Es más efectivo que las cadenas y los candados”, le dice Alex Radziwill (Danny Woodburn) el funcionario de la Secretaría de Estado, a Booth, cuando Tammy le pregunta desesperada si Yena, su hija en China, está bien.



Tammy, la asesina, no podía soñar con la felicidad, bastante tenía con sobrevivir aferrada a su bolso recuerdo de su gran amor. Victor Lee, el que se presenta como el “humilde emigrante” que procura el “bien de sus compatriotaslas amenazó con castigar a todas y a sus familias en China si Min Yung volvía a escapar, por eso no le quedó más remedio, para impedir que los locos sueños de amor de Min Yung terminarán causando daño a su hija, que acuchillarla hasta la muerte. Y se lo cuenta a Booth, el hombre compasivo que con mirar como aferra su bolso logra arrancarle la historia. “Yo quería a mi hija, tenía que protegerla”, le dice.

Ese es el drama, la historia “real” de las mujeres que como las que encuentran Booth y Aubrey, llegan a nuestras fronteras huyendo del hambre o la guerra. El de las mujeres que solas, sin conocer el idioma se enfrentan día a día a una sociedad desconocida, a un mundo aterrador, obligadas no sólo a pagar una ficticia deuda, sino a hacerlo sin rechistar para preservar del mal a los que aman, por liberarles de la desesperación, las que como Tammy tienen su corazón encerrado en una vieja foto arrugada.

Bajo el azul despejado del cielo
Refulgía la silla de oro y cuero.


Bajo el azul del cielo refulgen en sillas de oro y cuero la gente de “alma bondadosa”, como la hipócrita dama inglesa, Sandra Zins (Phyllis Logan), que empleaba a Min por un salario miserable y que aparentemente ni sabía que le robaba “Sí hubiera sabido que necesitaba dinero simplemente se lo había dado”, le dice a Booth, cuando era ella quien empuñaba las riendas de la mafia que las esclavizaba, cuando era ella quien las explotaba. Pero también los burócratas que amparándose en “estatus” ficticios las expulsan del paraíso, obligándolas a perder todas las lágrimas que han derramado.

Lágrimas, indolentes lágrimas.



Y frente al mundo de los miserables, el de los banales, el de quienes si tenemos posibilidad de sentirnos desgraciados cuando nuestros sueños de felicidad fracasan, los que sí necesitamos comprender que más nos vale idealizar lo que hacemos que “perecer” buscando la felicidad, Arastoo Vaziri, el interno, tiene dos sueños, uno público y notorio, obtener su doctorado; otro secreto que apenas puede ocultar casarse con Cam” ¿Y Cam? Cam, en cambio, no quiere casarse con Arastoo.

Y cómo se siente culpable de no darle una de las dos cosas que más desea, busca frente a la doctora Brennan conseguirle la otra. Cam es inteligente y debía saber que interceder ante la doctora para que haga algo a lo que no estaba dispuesta hacer era un error, un error que Arastoo le recriminaría. No tienes fe en mí, no me respetas le dice.


En cambio de la doctora “su mentora", si acepta las críticas y un proverbio precisamente de Tennyson. La doctora Brennan no suele citar poetas, pero la Brennan de Emily Silver es diferente. “Nunca podremos predecir con seguridad los resultados que obtendremos de nuestros esfuerzos, pero yo sigo con la búsqueda a pesar del día y de la noche, de la muerte y del infierno”, le dice para aplacarle su entusiasmo.

Que al final el caso le sirva a Arastoo para plantear, ahora con éxito, otra tesis no tiene más sentido que redondear la historia. Métodos forenses para demostrar las atrocidades contra los derechosos derechos humanos. No parece muy innovadora que digamos, porque qué otra cosa hizo la doctora Brennan antes de asociarse con Booth sino luchar para desenmascarar en Guatemala o Darfur mediante su ciencia forense a los que inculcaban los derechos humanos. Pero bien está lo que bien acaba, al menos Arastoo hace realidad uno de sus sueños y parace estar en el buen camino para conseguir el otro.

Dos mundos antagónicos a los que sólo 
podrá unir la justicia y la compasión.

 A Tammy y a Booth, a Tammy y la doctora Brennan, a Tammy y a nosotros sólo nos podrá unir la justicia, pero no la ciega, no la que representa, mal que le pese, Booth, que esa sólo exige venganza, que Tammy nunca más vuelva a ver a aquellos por los que mató, sino la Justicia que con los ojos abiertos mira el daño, ve el dolor y cura. Y la Compasión pero no la indulgente, con nosotros, no la que se queda detrás de la cámara mirando la historia y limpiándose las lágrimas, sino la que acompaña y consuela con hechos.

Pero esto es una reseña de Bones y no un tratado moral y  sabéis qué, que tiene razón Tennyson, la felicidad no está tanto en conseguir como en idealizar lo conseguido. Y eso es precisamente lo que hacen Booth y Brennan en una hermosa escena final. 


— No permitas que me acomode con todo esto, Bones, con la suerte que tenemos —le dice Booth mirándola arrobado—. No puedo dejar de pensar en Tammy y en la situación que tenía. En que si yo estuviera en esa situación os protegería a ti y a Christine.

A lo que Brennan, responde:


— No dejo de pensar que Min quería encontrar a Sung —y para nuestra sorpresa, añade —.Fácilmente yo podría haber sido como ella, perdiendo la oportunidad de vivir la vida junto a ti. Se lo agradecería a Dios si creyera en él.

— Entonces lo haré yo por ti —responde Booth.

Y cogiéndola de la mano, felices, sabiendo lo que tienen y conscientes de lo fácil que sería perderlo, bailan.


Fin.